2. «Lightning» – Little Mix #2
Esta vez es Klaus el que se acurruca conmigo en la cama.
O, más bien, encima de mí, lo que no ayuda mucho con este calor infernal, pero sí con la soledad de mi habitación.
Todo el mundo está de vacaciones con su estupendo novio o de fiesta de despedida de soltera...
y yo no he conseguido juntar ni un par de días libres en los que no haya estado envuelta en papel de burbujas.
Incluso esos días en los que no fui a la oficina, avancé con tareas pendientes.
Mi jefe quiere las máquinas funcionando las veinticuatro horas. Chiqui pum, chiqui pum, chiqui pum.
Si estás viendo este vídeo el 6, 7 u 8 de agosto, no lo pases, porque el próximo jueves será el día más poderoso de todo el año...
Sin saber muy bien por qué, me incorporo como puedo, con los treinta kilos de pelo marrón chocolate de Klaus aún encima, y deslizo el dedo por la pantalla para reproducir el vídeo desde el principio.
Si estás viendo este vídeo el 6, 7 u 8 de agosto, no lo pases, porque el próximo jueves será el día más poderoso de todo el año para la manifestación y, si hay algo que deseas con mucha fuerza, este es el momento de atraerlo a tu vida.
Una chica con un eyeliner muy marcado, tatuajes preciosos y una melena perfectamente ondulada, aparece en mi pantalla prometiéndome que solo yo tengo el poder de atraer cosas buenas a mi vida y que, por lo visto, esta noche es la mejor ocasión para hacerlo.
El principio de correspondencia dice que tal como es arriba es abajo, y tal como es adentro es afuera, por lo que somos nosotras quienes atraemos lo que nos ocurre cada día a través de nuestros pensamientos, decisiones y la opinión que tenemos de nosotras mismas...
Así que hoy te voy a enseñar a cambiar tu mindset , la narrativa que das a tu vida, y a crear un espacio para que tu mente dé la vuelta a tus creencias, te sientas merecedora y por fin vibres en la misma frecuencia que aquello que quieres atraer.
Cuidado con lo que manifiestas, porque, después de esta noche, se hará realidad.
¿Manifestación? Sí, bueno, Loreto suele decirme, día sí y día también, que deje de manifestar que me pasen cosas malas cada vez que vamos a desayunar a la cafetería y auguro que el aguacate habrá volado para entonces.
Pero creo que nunca me había parado a escuchar de qué va todo esto, y eso que estoy crónicamente en redes sociales.
La combinación de velas, mantras y rituales que @mystara_ está compartiendo me parece de lo más entretenida.
Realmente no hay nada que crea merecer o que desee tanto como para molestar a los espíritus.
Una casa, sin duda, estaría bien, pero para ello necesito que me suban el sueldo, y con lo reemplazable que es todo el mundo en el equipo, no cuento con ello.
Quizás si eligiesen nuestra idea mañana...
De todas maneras, ni nos ascenderían ni nos subirían tanto el sueldo como para meterme en una hipoteca.
Ni siquiera el poder del universo es tan potente.
Por otro lado, tampoco tengo nada mejor que hacer.
Con las piernas colgando al borde de la cama, soy consciente del nudo en el pecho, de la angustia que siento al pensar que, quizás, esta vida mediocre que no me hace del todo feliz sí que es culpa mía.
Tiendo mucho a repasar de manera obsesiva mi día siempre que me meto en la cama, poniendo en duda todo lo que he hecho, dicho y preguntándome si se han intercambiado miradas cómplices por algo estúpido que se me ha escapado.
Si estuviese en la cocina de casa con Olivia y Gabi, en medio de un bajón como este, me intentarían convencer de lo contrario con frases como «deja de victimizarte, eres maravillosa» y «nosotras sí te vemos, y lo haremos siempre».
Me cuesta reconocerlo, pero muchas veces he sentido muy injusto el hecho de que, como somos prácticamente familia, todo lo que me digan se disolverá mucho más rápido, como cuando mi madre me dice que estoy guapísima recién levantada.
Lo hacen porque me quieren como soy, pero el resto del mundo no, y es a ellos a quienes tengo que convencer.
Puede que pedírmelo a mí misma no sirva de nada, que me falte arrojo, pero seguro que el universo tiene fuerza de sobra como para prestarme.
El vídeo sigue reproduciéndose de fondo mientras giro la cara para mirar a los ojos a Klaus, que me observa como si pudiese leerme la mente.
—No me mires así, solo voy a escribir un poco —replico, aunque ni siquiera haya hecho un sonido que indique que me está juzgando.
Me levanto de la cama y voy hacia el escritorio.
Nunca he creído mucho en fuerzas místicas, en la astrología o en la magia. Soy creativa, tiendo a montarme películas en mi cabeza constantemente. Sería muy peligroso para mi tambaleante estabilidad mental.
No obstante, eso no me impide rebuscar entre las veinte libretas que tengo guardadas (a lo mejor son más, no me voy a poner a contarlas). Elijo una de hojas lisas, con anillas por arriba, de las que usaba en las prácticas de interpretación, y me siento en el suelo.
@mystara_ recomienda encender algunas velas para el ritual y tener algo personal a mano con el suficiente poder como para atraer energía mística. Resoplo: si ese algo personal está en alguna de las cajas, no pienso ponerme a buscarlo ahora. Ni siquiera sé qué buscar; solo tengo libros y trastos.
Miro rápidamente a mi alrededor, porque tiene que haber alguna vela por las estanterías. ¿O acaso en el armario?
Gateo hacia la esquina de la habitación donde se encuentra el que ya es el armario de vestidos largos de mi madre y donde aún no me ha hecho hueco, y toqueteo el fondo hasta encontrar una caja de cartón bastante grande.
La saco como puedo, porque pesa como si toda mi adolescencia estuviese ahí guardada, y la abro.
Ciertamente, dentro, y llena de polvo, está la orla, un álbum de mi primera cámara analógica (lleno de fotos de mis muñecas, que me parecían de lo más fabuloso) y un montón de recuerdos del instituto.
Aparto revistas, un diario que espero que nadie haya abierto y, en efecto, algunas velas que jamás llegué a encender porque me las compraba por lo bonitas que eran. Mi madre no confiaba en mí con fuego y cortinas en la misma habitación. Sabia decisión, si me preguntan.
La cabeza de Klaus, insistente, se cuela en la caja, olisqueando como si alguna chuche de sus favoritas olvidada en ella hubiera madurado hasta convertirse en toda una delicia perruna.
—Oye, amor, eh, que no hay nada aquí... ¡Eh! Saca la pata. ¿Qué haces? ¡Perro malo!
Medio animal decide sumergirse entre mis recuerdos, con una pasión que pocas veces le he visto, y al cabo de dos segundos, saca la cabeza de la caja con un pequeño paquetito en la boca.
Está envuelto en una bolsita de esas típicas de los mercadillos medievales.
No tengo ni idea de lo que es, así que pongo todo mi empeño en interceptarlo antes de que pueda llevárselo y esconderlo... o comérselo, que nos conocemos.
—A ver, amor... ¿Qué es esto?
Un olor a lavanda me envuelve, y no es por la vela.
En mi mano descansa un paquetito de papel marrón con los bordes quemados. Lo abro con facilidad y dentro encuentro un recuerdo de estos que revisitas con cariño, pero que te mortificarían internamente si alguien lo descubriese: un hechizo de popularidad del instituto.
Es posible que con lo de hechizo me haya excedido un poquito.
Nuestra idea, indudablemente, era contactar con las fuerzas del cosmos un domingo de septiembre, justo antes de empezar el instituto de mayores , para convertirnos en las chicas más populares de clase.
Mi prima Olivia y yo fuimos al mismo colegio y, por supuesto, también elegimos el mismo instituto.
Ambas queríamos vivir una experiencia como la de las películas, y nos pareció que escribir nuestro deseo en un papel, envolver con él unas flores de lavanda del jardín y ceniza de incienso, y sellar todo con una vela era lo que el universo necesitaba para pillar nuestra indirecta. Ni siquiera recordaba haberlo guardado.
Las flores de lavanda lucen curiosamente violetas en mi mano, preservadas aunque hayan pasado diez años. El papel sigue impregnado en ese olor que, ahora, de adulta, me evoca a Jamie Fraser, y mi letra sigue legible debajo de toda la ceniza.
Klaus se revuelve alterado a mi espalda, pero consigo volver junto a la libreta llevando conmigo la vela y el antiguo hechizo que, sobra decir, jamás funcionó.
El desparpajo de Olivia le sirvió mucho más que las aspiraciones de dos adolescentes que se creían brujas.
En mi caso, conseguí permanecer en un discreto segundo plano.
Solía estar en todos los lugares indicados, pero las tramas principales no me elegían como protagonista.
—Creo que tu hallazgo me vale para esto de la manifestación, ¿no, amor?
Klaus mueve la cola, contento, mientras le acaricio detrás de las orejas.
Recupero el móvil, desechado a un lado, para volver a reproducir el vídeo y anotar bien los pasos del ritual.
—Vela, hecho. Libreta, hecho. Objeto personal...
, hecho, supongo. —Voy colocando todo lo necesario según @mystara_ lo enumera.
Enciendo la vela con un mechero de emergencia que siempre llevo en el bolso y vuelvo a cruzarme de piernas en el suelo, con la espalda apoyada en la cama y el cuaderno en mi regazo—.
¿Qué ponemos, guapo? ¿Qué queremos manifestar esta noche?
Damon entra por la puerta entreabierta y se une a su hermano frente a mí, ambos con los ojos clavados en los míos.
Le doy vueltas durante un par de minutos, con la mirada perdida en esos cuatro ojos negros que no dejan de observarme, atentos y expectantes, como si yo fuese la estrella del espectáculo. Como si fuese la persona más especial que han visto jamás. Como si me admirasen.
Tras un rato en el que lo único que se escucha en mi habitación es nuestra respiración y el crepitar de la vela ardiendo, termino por desesperarme.