Encantada de olvidarte 2. «Lightning» – Little Mix
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2. «Lightning» – Little Mix

Lightning – Little Mix

—Hija, yo no sé dónde vas con tanto trasto. ¿Todo esto tenías en la habitación? Sigo sin creerme la cantidad de cajas que hay apiladas en el pasillo.

Después de arrastrarme agotada hasta casa, el único plan que se me presenta es escuchar esta eterna cantinela sobre cuánta ropa de invierno necesito realmente guardar o sobre si no debería plantearme seriamente lo de mudarme con ella «de forma indefinida» .

—Ay, mamá, cómo eres... Piensa que ahora tengo la excusa perfecta para hacer limpieza de lo que no necesito.

A lo mejor, hasta te dejo ayudarme. —Sobornar a mi madre con bolsas de basura y pilas de ropa para donar me lleva funcionando divinamente desde el instituto y parar ahora sería demencial. Solo estoy jugando bien mis cartas.

—¿No crees que la limpieza la tendrías que haber hecho antes de la mudanza? Es igual, mira, me parece bien. Así aprovechamos y tiramos los abrigos que llevan en la buhardilla desde que te graduaste... —piensa en alto mientras se gira y sigue preparando algo para picar.

Mi madre nunca ha sido una mujer de mucha cocina. Tiene sus dos platos estrella y se sirve de «cenas de picoteo» para sobrevivir el resto del tiempo. Y hoy no iba a ser menos.

La isla de la cocina conecta directamente con el salón, desde donde la escucho.

Tengo la espalda molida, otro camino de hora y media mañana hasta la oficina y la que podría ser la presentación más importante de mi carrera, y lo último que me apetece esta noche es discutir con mi madre sobre el orden dentro del caos .

Así que decido subir los pies al sofá y acurrucarme un poco más con Damon.

En el fondo sé que está eufórica por tenerme de vuelta.

Desde que mi padre se fue, hemos sido solo ella y yo.

Bueno, ella, yo, Damon y Klaus: los dos labradores de treinta kilos con los que mantiene casi más conversaciones a diario que con su propia hija.

Muchas veces, cuando veo vídeos de niños recibiendo cachorros y echándose a llorar pienso que, en mi caso, la protagonista sería mi madre.

—¿Y qué tal se ha quedado Livi? ¿Muy triste? —Olivia odia que sigan llamándola Livi, pero mi madre ha congelado a mi prima en sexto de primaria.

—Un poco, sí..., pero con Marcos en casa seguro que se le pasa. De todas maneras, mañana vamos a cenar; no le va a dar tiempo a echarnos de menos.

Jamás se me ocurriría decirlo en voz alta, pero Olivia lleva dos horas sin contestar a mis quejas por el grupo, lo que solo puede significar que está de polvo en polvo de celebración por su primera noche oficial en pareja. Dudo que esté pensando mucho en nosotras.

Aun con la cabeza calentita de Damon sobre el regazo y los treinta y cinco grados de fuera, el frío que me recorre los brazos no me pasa desapercibido.

La sensación de que he dejado atrás mi hogar, el de verdad, enfría mi cuerpo hasta temperaturas bajo cero, formando témpanos que se me clavan más hondo que cuando me independicé por primera vez.

Me siento como en uno de esos jueves en los que conseguía hacer hueco y venía a cenar.

Siempre notaba una apremiante presión nada más terminar el postre, una gravedad que me empujaba hacia fuera en vez de hacia el centro de la Tierra, esperando el momento de recoger mis cosas, besar a los perros y pedir un taxi porque, aunque crecí aquí, no me sentía del todo en casa .

Ese peso me sigue acompañando, solo que esta noche no necesito un taxi que me lleve a la planta de arriba.

—Pero, entonces, ¿mañana vas a la oficina? ¿No teletrabajas? Si es viernes —pregunta mi madre distraída mientras corta un poco más de fuet, que nunca es suficiente.

Exhalo armándome de paciencia, porque creo que esta podría ser la octava vez que se lo explico.

—Mañana presentamos las ideas en las que hemos estado trabajando para el nuevo lanzamiento de la marca que te conté, Erea.

¿Te acuerdas? Es... muy fuerte que nos hayan dejado participar en este proyecto.

Kuon no trabajaba para un cliente tan importante desde...

no sé. Desde nunca. —Asiente, pero no se acuerda—.

Vamos fatal de tiempo, así que se la presentamos a Biel y al equipo de cuentas a la vez, a ver si no nos la tiran.

Con un poco de suerte, no se dormirán a la mitad...

Mamá, por Dios, que somos dos para cenar y de verdad que no tengo hambre, ¿puedes parar?

Mi madre termina de echarle aceite a un tomate del huerto que ha cortado en gajos y se gira para asesinarme con la mirada, como solo las madres saben hacer.

—Anda, seguro que no has comido nada y mañana tienes que estar fresca. Y no me cabe duda de que os escucharán, cielo, Loreto y tú hacéis muy buen equipo... ¿O es que no estás contenta con tu trabajo?

—No, no es eso —replico, chasqueando la lengua—. Si la idea nos encanta y creemos muchísimo en ella, pero el resto de las duplas tienen más experiencia y acaparan toda la atención. Cuando llega nuestro turno, apenas nos hacen caso.

Me quedo un momento mirando a la pared, absorta. No sé si es porque estoy molesta por el comentario del tío del ascensor (¿Iker? ¿Iván?), pero mi trabajo está poco valorado. No se nos permite un mal día o, como es mi caso, una crisis existencial en medio de una mudanza traumática.

Me levanto del sofá para cenar, sacando las fuerzas de donde no las tengo porque, en realidad, mi madre se merece que disfrutemos este ratito las dos juntas. El tiempo con ella debería valer más que todas esas horas que he dedicado al trabajo en vez de a mí o a mi familia.

Siento que llevo regalando cada hora de cada día a un algo intangible que me promete paz, estabilidad y éxito en un futuro que, de momento, no soy capaz de ver.

Haciendo balance, me doy cuenta de que llevo años viviendo en piloto automático.

—Os harán caso si es una buena idea, cariño. Serían tontos si no lo hicieran.

—Tu lógica es aplastante, mamá. —Aunque tenga la boca llena, me obligo a sonreír porque mi madre no se merece que sea una borde con ella—.

Pero si es que casi nadie sabe quién soy ni cómo me llamo.

¿Sabes que Nuria, el otro día, me mandó un correo diciendo que está «encantada de trabajar con gente nueva que no esté contaminada y llena de ideas innovadoras»?

¡Gente nueva! ¿Qué gente nueva? Llevo lavando su taza de café prácticamente desde que entré porque siempre se la deja en el fregadero y me pone de los nervios.

Es verdad que no me mira mucho a la cara...

y me suele llamar «guapa» o «cielo». Seguro que para ella soy «la dupla de Loreto» o «la chiquita del flequillo» —digo, dibujando comillas en el aire con los dedos—.

Y siendo «la chica de...» estoy lejos de poder convencerla de que nuestra propuesta es la mejor de todas.

Por si no estaba del todo claro, Nuria es la directora de cuentas que liderará la reunión mañana. Si es que no puedo tener peor suerte.

—Cariño, qué exagerada. No eres invisible, ¿sabes?

—Ya, pero como si lo fuera.

A estas alturas, tengo el estómago cerrado. El pensamiento de que «soy completamente prescindible» es un viejo conocido que se presenta sin avisar. Así que me dedico a esparcir migas de pan por el aceite, a ver si así no se nota que ya he decidido no comer más.

—Ay, Emma, eso es un poco injusto, ¿no te parece? Estoy segura de que para Loreto no eres invisible, ni para Gabi y Livi. Ellas te ven tal y como eres. Seguro que son los nervios los que hablan por ti.

Sí, supongo que es injusto. Pero si es el pensamiento que se reproduce en bucle en mi cabeza, por algo será.

La puerta de mi habitación emite un chirrido capaz de despertar a cualquiera.

El gotelé casi no se aprecia por la cantidad de pósteres de mi vida anterior que cubren la pared junto con las cajas en las que está guardada, sin mucho cariño, mi vida actual.

Cajas que aún no he deshecho, porque desvanecería la ilusión de que esto es solo temporal.

De momento, me he negado a enfrentarme a ello.

Lo único que tengo a mano es el bolso que llevo al trabajo y una pequeña maleta cerrada a presión con algo de ropa; la mínima para salir del paso.

Y la Emma del pasado no previó que deshacer las cajas de la mudanza le provocaría tanto rechazo, así que guardó todo su skincare , el libro electrónico y otros imprescindibles de su rutina de noche en una caja sin ninguna indicación y que, obviamente, es igual que todas las demás.

Así que la Emma del presente, frustrada e incapaz de gestionar algo tan trascendental a estas horas, se ha quedado sin disfrutar de un ratito romántico consigo misma. Ya van dos hoy.

Me limito a lavarme la cara con agua, ponerme un pijama fresquito que tengo a mano y darle las buenas noches a mi madre, que se ha quedado en la planta de abajo leyendo junto a una lámpara antigua que no da luz suficiente.

Se quedará dormida en diez minutos como máximo, así que no me pongo demasiado pesada con lo de que «te vas a quedar ciega como sigas forzando la vista».

Ante mí se presenta un abanico muy limitado de opciones para esta noche.

Después de mucho sopesar, decido echarme en la cama, taparme las costillas con la sábana (aunque estemos en pleno verano, si no me tapo moriré; es algo que todos sabemos) y prepararme para ver en un bucle infinito de hora, hora y pico, los tres primeros segundos de un montón de vídeos.

Con un poco de suerte, encontraré algo que me arrastre lejos de este aburrimiento.

Estas son mi última lectura, lectura actual y próxima lectura...

POV: tienes 2,75 € en la cuenta, pero te proponen...

Get ready with me mientras te cuento lo que nos hemos gastado en el viaje a Japón...

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