1. «Mirrorball» – Taylor Swift
Mirrorball – Taylor Swift
—¿Quieres que lo revisemos una última vez?
Podemos pedir algo de cena y que pague Kuon.
Bastante hacemos ya. —Loreto, la encargada de verbalizar todo lo que se nos pasa por la cabeza y de que yo me alimente por lo menos tres veces al día, tiene cara de que le apetece quedarse un rato más lo mismo que volver con su ex esta misma noche.
Sin embargo, yo me lo planteo durante un minuto. He faltado tres días al trabajo por culpa de la mudanza y la presentación de mañana es crucial para nosotras. Pero igual que ella vela por mi alimentación, yo velo por sus horas de sueño.
—Vámonos a casa, tía. Es imposible que lo afinemos más. La presentación está genial, los diseños también, y este ordenador del demonio se ha quedado pillado otra vez con Photoshop. —Endurezco mi tono mientras pulso frenéticamente todos los botones y comandos que se me ocurren.
Obviamente, no va a ayudar en nada, pero a estas horas ya estoy desesperada.
Miro a mi dupla y los remordimientos por haberle hecho la vida, aunque sea en un pequeño porcentaje, más difícil me hormiguean en los dedos.
—Loreto, siento mucho haber faltado tantos días... Que haya coincidido con el proyecto más importante de nuestras carreras solo lo empeora.
—Mira, seguro que te ha cundido más a ti por las noches entre cajas que a mí todos estos días aquí sola.
—Es lo que tiene trabajar en duplas: por una parte, es un remanso de paz, porque la seguridad de poder contar con alguien que te extraiga las ideas de la cabeza cuando te bloqueas o con quien tener una conexión mental nivel nos terminamos las frases la una a la otra es inigualable.
Aunque al mismo tiempo estés maldita, condenada a no poder volver a trabajar sola, ni siquiera a encadenar dos pensamientos con algo de sentido cuando estáis separadas.
Es como si te faltara una mano, la voz o una parte importante de la corteza prefrontal del cerebro—.
Pero tienes razón: cuanto más miremos, más cosas vamos a querer cambiar.
—Ya, pero ¿y si...?
Loreto cierra el portátil de golpe y me fulmina con la mirada. La parte más aries de su personalidad a veces me da miedo.
—Emma, ¿quieres atrincherarte en la oficina hasta la jubilación? ¿Nos sacamos los sacos de dormir y nos instalamos en el despacho del jefe supremo? Seguro que a Biel le encantará encontrarnos acurrucaditas por la mañana.
Niego con la cabeza, balanceándome levemente de un lado a otro en la silla, lo que, en resumen, es el mayor movimiento que ha hecho mi cuerpo en todo el día. Pero ni dando un giro completo soy capaz de ver a nadie más del equipo en la oficina. Y la presentación es mañana a primera hora para todos.
Por otro lado, tampoco queda nadie que me golpee con la mochila al pasar como si fuese transparente. Minipunto para mí.
Ser creativa ha sido mi sueño desde que empecé a trabajar en publicidad: un sueldo decente, el sistema de duplas, ver tu idea en una lona inmensa en la Puerta del Sol...
Lo de trabajar hasta que anochezca y la frustración derivada de que nadie (ni aquellos que se autodefinen como irreverentes o disruptivos ) se atreva realmente con una campaña que se aleje de lo estrictamente convencional no nos lo esperábamos.
—Bien, pues arreando, que para cuando quieras llegar a casa de tu madre sí que va a ser de noche. ¿Cuántos transbordos tienes que hacer ahora hasta Alcalá de Henares? ¿Tres? —me recuerda Loreto.
Giro con un movimiento brusco hacia mi amiga, intentando asesinarla con unos poderes mentales que quiero pensar que existen, aunque nunca haya sabido manifestarlos.
—Creo que es solo uno, graciosa. O dos...
Ha sido un golpe bajo. Y eso que yo siempre he romantizado el camino a casa como «un ratito para mí» , para escuchar algún audiolibro o, los días que acabo completamente saturada, para disociar, pero en este «nuevo capítulo de mi vida», el trayecto casi ha triplicado su duración.
Lo que antaño era un agradable paseo, ahora supone una combinación de metro, cercanías y otra caminata que dura más de cinco o seis canciones hasta el chalet de mi madre, donde estoy pasando «una temporadita», oficialmente, a partir de esta noche.
«Una temporadita» que terminará cuando ahorre lo suficiente como para independizarme de nuevo yo sola (cosa que no va a pasar en un futuro cercano) o cuando el mercado inmobiliario deje de hacer triples mortales hacia atrás (cosa que, muy a mi pensar, tampoco creo que suceda pronto).
De momento, he pasado de vivir con mis dos mejores amigas, Olivia y Gabi, en pleno centro de Madrid, a tener que meter la mejor época de mi vida en cajas y volver a la casa familiar con mi madre y dos perros enormes.
Revisamos la presentación una última vez, apenas en diagonal, para asegurarnos de que hemos aplicado los últimos cambios, y terminamos de recoger nuestras cosas.
Loreto enfila el pasillo en silencio y yo la sigo, estirando la espalda a medida que avanzamos, mirando hacia la salida como si llevásemos anteojeras y cualquier distracción pudiese desencadenar una masacre, como que nos diésemos la vuelta arrepentidas para regresar a nuestras mesas.
Giramos la esquina hacia los ascensores sin bajas.
—Va a salir bien, Emma. —Loreto siempre está intentando consolarme, es algo que acostumbra a hacer sin que se lo pida.
Llevamos trabajando como duplas casi dos años, y hace cinco que nos conocemos.
Sabe perfectamente lo que se me pasa por la cabeza cuando me quedo mirando mi reflejo en el espejo del ascensor—.
Biel no nos va a echar para atrás la idea, y con eso ya podemos darnos por satisfechas...
El cliente puede rechazarla, pero no será culpa nuestra. Si eligen ser unos carcas, que lo sean.
Desafiando toda norma de seguridad y buen juicio, una mano se cuela entre las puertas del ascensor que están a punto de cerrarse. Ambas nos precipitamos hacia la botonera para salvar los dedos del extraño antes de que se quede sin ellos, pero por suerte las puertas rebotan y se abren.
El chico entra a trompicones en el ascensor, que se balancea más de lo que a cualquier persona le parecería cómodo, y pega la espalda a la esquina más alejada del cubículo. En lo que todos recuperamos el aire por el sobresalto, él alcanza el botón de la planta baja.
—Gracias —murmura—. Tenemos que dejar de encontrarnos así, ¿eh?
Espero que el cuello de su camiseta haya podido escucharle bien.
—No creo que quede nadie en recepción para abrirte la puerta principal, Iván. Son casi las ocho y media. Tendremos que salir por el garaje —comenta Loreto, chistosa, como si le conociese de toda la vida y haciendo caso omiso a su comentario.
Quizás sí que son amigos, qué sé yo.
El chico tiene unos ojos grandes, o eso puedo intuir tras sus gafas de pasta fina y un flequillo rizado que le cae despeinado por la cara.
No sé por qué los tíos tienen tan fácil conseguir ese look desenfadado que a nosotras nos exige casi más idas y venidas que el recogido más intrincado.
Quizás no les importe tanto como a nosotras.
Quizás no necesitan que les importe tanto como a nosotras, porque nadie se fija en algo tan superficial ni lo usa para medir su valor.
Lo que no acabo de entender es por qué me sigue mirando a través del espejo, como si estuviera nervioso o a punto de ser entrevistado, si no le conozco de nada.
Me siento pequeñita, entumecida, sobre todo al lado del inmenso espacio que ocupa Loreto casi sin proponérselo, pero finjo que no he dudado en veinte idiomas si tengo algo extremadamente vergonzoso pegado a la cara y sostengo su mirada de la forma más firme que me permite la desconfianza.
Es en medio de ese pensamiento cuando pestañeo un segundo más de lo debido y, al volver a mirar a Iván, porque estoy casi segura de que Loreto le ha llamado Iván, parece otra persona.
Ha desechado la duda, ha llenado los pulmones de aire y ha vuelto a inflar el globo imaginario que me atrapa un poco más contra la pared.
—¿Y cómo sabes tú eso? Si es más difícil encontrar a un creativo en la oficina que a alguien con contrato en esta empresa.
«¿Pero este tío es imbécil?».
Mientras yo intento descifrar dónde le ve la gracia, me retumban los oídos con sus carcajadas.
Y con las de Loreto, quien, al parecer, ha olvidado lo mucho que nos molestan ese tipo de comentarios.
A las dos, como dupla, como unidad mental.
¿Debería fingir que me hace gracia? De momento, solo dibujo una sonrisa incómoda que no llega ni de lejos a mis ojos.
Ninguno repara en mi silencio, hasta que la mirada de Iván vuelve a encontrarme en el espejo y carraspea, como si acabase de recordar que sigo aquí.
—¿Qué dices, chaval? Si trabajamos más que tú...
—Loreto se seca una lágrima imaginaria y me da un pequeño golpe en el brazo, incluyéndome en una conversación que no me interesa—.
Qué cara más dura. Oye, ¿te quedas mañana a la despedida de Jacobo?
Mandó un mensaje ayer por el grupo, y como no contestaste...
Es escuchar una sola palabra sobre un evento social fuera de la oficina y mi mente desconecta. No estoy invitada, por descontado, y tampoco iría de estarlo. Hace mucho que mi amiga dejó de agarrarme del brazo para que la acompañara. Me he resignado a estar bien así.
Las puertas del ascensor se abren e Iván y Loreto, distraídos aún en su pompa, hacen amago de salir cuando se topan con una recepción vacía y las luces apagadas.
Retroceden entre «ohs» y «ahs» y seguimos bajando.
Me queda un piso hasta el sótano para integrarme en esta conversación y no sé si me apetece.
—Bueno, y... —duda Iván. Al parecer, también le incomoda el silencio—. ¿Qué estabais haciendo aquí tan tarde? ¿Acabando lo de mañana? ¿Nerviosas?
Boqueo como un pececillo, sorprendida de que se haya dirigido a las dos. Busco con la mirada a mi amiga, que abre los ojos y asiente, animándome a que conteste.
—Eh... sí, sí. O sea, sí, estábamos perfilando la campaña para Erea Cosmetics que presentamos mañana, sí.
De repente, no sé hablar.
—Ya, ya, lo sé —dice como si fuese lo más obvio del universo—. De todas maneras, el cliente es un poco rancio... No es nada personal, pero hay que saber tratarle.
Se acomoda la mochila al hombro como si llevase en el oficio más tiempo que yo respirando y sale del ascensor nada más abrirse las puertas. Nosotras vamos detrás.
Atravesamos el garaje desierto hacia la salida, que da hacia un callejón que corta la principal, y me giro hacia Loreto para darle un abrazo antes de que el calor nos asfixie.
—Bueno, chicas. Nos vemos mañana. —Iván alza una mano, el gesto universal de despedirse, y susurra—: Chao, Emma.
Extrañada, lo veo alejarse hacia la glorieta de Quevedo y me permito dejar caer los hombros, por fin, después del viaje en ascensor más sin sentido de la historia.
—¿Quién es? —pregunto, confusa y por pura curiosidad.
Mi dupla niega una vez con la cabeza, suelta el aire por la nariz y solo dice «cuentas», que es la palabra con la que descarto la curiosidad.
Si trabaja en el departamento de cuentas, que son los que se saben todos los trucos para convencer a los clientes de que tienen que aumentar lo que nos pagan año tras año, aunque sigamos haciendo el mismo trabajo, seguro que es un creído y el típico «amigo de todo el mundo».
Nos damos otro abrazo y tiramos cada una para un lado de la calle. Aunque, realmente, no tengo muy claro hacia dónde ir, y eso es algo que se podría extrapolar a muchos aspectos de mi vida adulta.
Aún no tengo veintisiete, pero tampoco dinero, ni perspectivas, y mucho menos un final planeado para este «nuevo capítulo». Y sí, estoy asustada.
Todo esto de acercarse a los treinta es aterrador.