Encantada de olvidarte Prólogo. «enough for you» – Olivia Rodrigo
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Encantada de olvidarte

Encantada de olvidarte

Por Anna Holland

© inepub.com

Prólogo. «enough for you» – Olivia Rodrigo

Prólogo

enough for you – Olivia Rodrigo

Algo menos de dos años antes

Ayer me hice flequillo y, aunque se supone que es el evento canónico que toda chica atraviesa tras un cambio drástico en su vida, nadie se ha dado cuenta.

Y tampoco culpo a la peluquera; la verdad es que ha hecho un trabajo fantástico. Como diría cualquiera que quisiera hacerme un cumplido por puro compromiso: «estoy guapa, no parezco ni yo».

Lo bueno que tiene que nadie repare nunca en ti es que te ahorras comentarios de mierda como ese.

Lo malo que tiene que nadie repare nunca es ti es…, en fin.

Hace unos años, durante mi adolescencia y un poco después, me hubiese esforzado muchísimo más para no pasar inadvertida.

A fin de cuentas, un cambio de imagen suele ser el giro de guion para muchas protagonistas.

Gafas fuera (me operé de la vista a los veintidós y tampoco noté un gran cambio), nuevo corte de pelo, crisis existencial y ¡puf!

Prólogo y capítulo uno prácticamente escaletados: la chica de ciudad huye a un pueblo pequeño, encuentra un diario perdido de su abuela o va sola a una boda en la que conoce a un chico del que nunca antes había oído hablar.

Bailarán toda la noche. Él le robará un apasionado beso bajo la lluvia.

Ella no volverá a verlo hasta año y medio después, cuando empiece a trabajar en su misma oficina y tengan que competir por la oportunidad de sus vidas.

Muchos secretos y encuentros clandestinos después, el romance está servido.

Hoy, en cambio, yo solo espero que nadie me cierre la puerta en las narices y me despeine.

Cualquier meet cute queda irremediablemente descartado porque, por mucho que lo haya intentado en el pasado, nunca soy la protagonista de nada.

Me rendí antes de terminar la universidad.

Sacrifiqué la idea de vivir una escena de película en aras de mi salud mental: estar esperando eternamente a que alguien reproduzca en unos altavoces Best Day of My Life mientras bajas unas escaleras enormes vestida de novia sería...

¿Cómo dijo ella? Ah, sí: inútil y frustrante.

Sobre todo cuando sí te has encontrado mil veces al pie de la pista de baile, con la cabeza alzada hacia el centro del escenario, dándole manotazos a tu amiga en el brazo porque no te crees que el rey del baile haya salido corriendo en busca de su Cenicienta.

Si tuviese que definirlo con palabras en una situación de vida o muerte, ni siquiera me atrevería a decir que tengo energía de personaje secundario.

Es demasiado. ¿Nos conformamos con incansable «resto del elenco»?

Del romance contemporáneo de mi mejor amiga, del coming-of-age de mi madre tras su divorcio o de la guía para la iluminación espiritual que mi ahora exjefe siempre lleva bajo el brazo.

No soy la amiga extrovertida y graciosa, aunque a Loreto le guste insistir en esto último, o el típico personaje por el que los lectores suspiran y escriben a la autora pidiendo desesperadamente un spin-off .

Pero es que tampoco me dejan ser testigo de sus tramas como un mero figurante, ¿sabéis?

Cómoda, sin responsabilidades ni frases que aprenderse.

Eso, en la vida real, no existe.

Estoy condenada a participar en todo, a escuchar el aleteo de las mariposas en estómago ajeno y a volver a casa, sola y demasiado cansada como para cocinar.

Muchas veces, me quedo dormida de puro aburrimiento.

A decir verdad, lo prefiero. Al menos, la mayor parte del tiempo. Solo contadas moléculas de mi cuerpo echan de menos una vida social extremadamente activa (algo que nunca hemos tenido, en realidad) o escuchar mi nombre pronunciado en voz alta.

Me han llamado «niña» tantas veces que casi me giro más rápido que cuando escucho a alguien gritar: «¡Emma!». En mi defensa diré que las únicas personas que sí me llaman por mi nombre o bien viven conmigo, trabajan en la mesa de al lado o, bueno, son mi madre. Me sobra con los dedos de una mano.

Una se acaba acostumbrando.

Mi optimismo, llegados a este punto, se resume, básicamente, en poder terminar la jornada sin sobresaltos (ni moratones).

Por lo visto, el destino tiene otros planes para mí.

No extremadamente distintos a los del resto de los días, pero ¡joder! Hoy no ha sido un martes cualquiera, por el flequillo y, bueno, ¡el ascenso! Quitando a la que se convertirá en mi compañera de trabajo de por vida, nadie en la agencia me ha felicitado. A lo mejor, ni se han enterado.

He firmado un contrato, ¡un contrato como creativa, por el amor de Dios! Todos sabemos que escasean en este sector, y dejar de pagar la cuota de autónomos me parece digno de celebración.

Y es que ni siquiera me siento protagonista de mi propia metamorfosis laboral.

«Ya queda menos para llegar a casa, Emma, aguanta».

El corrillo de personas que bloquean el pasillo, enfrascados en la que tiene que ser la conversación más interesante jamás planteada, ni se inmutan cuando me paro delante de ellos.

—Pe-perdón...

Nada, ni un mínimo asentimiento.

Mantengo la cabeza gacha cuando no me queda más remedio que rodear toda una isla de mesas para llegar a la salida, repitiéndome a mí misma que, en realidad, no me importa. Antaño, quizás, pero ya no. Me sobra costumbre.

Es mucho más fácil resguardarse de la decepción constante que atreverse a vivir y tener que lidiar con una de verdad. Ser invisible te protege de muchas cosas, te guste o no.

El flequillo se me mete en los ojos y hace que me lloren.

Un chico que no conozco, con gafas y una música estridente que se escapa de sus auriculares, me adelanta y se cuela delante de mí para entrar al ascensor.

Como si no existiese, pulsa el botón para que se cierren las puertas justo cuando tengo medio pie dentro.

Está a rebosar de gente procedente de las plantas superiores y casi ninguno levanta la cabeza de su móvil cuando se me escapa un alarido de dolor.

Tampoco ha sido para tanto, es más por el susto.

—Hostia, lo siento, yo... —El chico se da la vuelta con cara de alarma, golpeando a tres o cuatro personas con su mochila, e intenta abrirlas de nuevo, por lo que se gana un gruñido desde el fondo.

Es tarde, hace frío y seguro que todo el mundo está deseando irse a casa—. No te había visto, te lo prometo.

—Ya, tranquilo —contesto automáticamente, desechando la charla.

Esto es rutina, así que tampoco me fijo mucho en cómo le tiembla la voz de repente.

—¿Pa-pasas?

No, no voy a pasar. Es un espacio muy pequeño, hay como nueve personas dentro y si puedo evitar mantener una conversación de ascensor (o morir por un desprendimiento por el exceso de aforo), lo haré.

Niego con la cabeza y doy un pequeño paso atrás como señal para que sigan su viaje, envolviéndome con los brazos. Alguien, desesperado y probablemente aplastado contra la pared, resopla y pulsa el botón de la planta baja frenéticamente.

El chico murmura un «chao» que no llega a mis oídos y vuelvo a quedarme sola en el vestíbulo.

Hastío, apatía e indiferencia: tres sentimientos que son mucho más manejables que la humillación que solía invadirme cuando veía a mi única amiga de la oficina sentada en una terraza camino al metro, rodeada de un montón de personas de las que no conozco el nombre ni el puesto.

Un golpe seco con la cabeza, una mirada de pena y pasos acelerados para doblar la esquina lo antes posible.

—Emma, ¡aquí empieza nuestra nueva vida! Nada de echar más horas que un reloj ni vivir pegadas al ordenador esperando a que el cliente apruebe unos contenidos que no le importan a nadie. ¡Por fin conseguiré que salgas de tu burbuja! Verás, tendremos lo que siempre hemos soñado.

He escuchado estas palabras de la boca de Loreto en muchos formatos: susurradas, en una nota de voz, un mensaje y en silencio, solo con los ojos, mientras firmábamos juntas nuestro contrato como dupla.

No me he atrevido a decirle que, en realidad, prefiero quedarme calentita aquí dentro. Fuera, hace mucho frío. Y viento. Tanto que me arrepiento durante un segundo del flequillo.

Espero que no se dé cuenta de que sabotearé, sin querer e intencionadamente al mismo tiempo, todo lo bueno que me pase. Siempre lo hago.

Solo me queda descubrir cuánto durará la ilusión esta vez.