51. Zavier
Zavier
Está entre mis brazos.
Está viva.
Está bien.
Sigo repitiéndome este mantra para tratar de calmarme.
Me volví loco en ese sótano. No sé si alguna vez había perdido el control de esa forma, pero, en cuanto me topé con Genevieve y su banda, me descontrolé.
Me arrebató a mi pareja. La única mujer a la que he llegado a amar.
No podía dejarla impune, y ella lo sabía.
Luchó con uñas y dientes, he de reconocerlo, pero no era rival para mi ira.
Estrecho a Celine con fuerza e inhalo su aroma por enésima vez desde que me ha encontrado en el pasillo.
Me he negado a soltarla desde entonces. Como he destrozado el coche, no tenemos forma de volver a casa, pero no puedo esperar a un taxi.
Y ninguna persona en su sano juicio hubiera querido llevarnos en nuestro estado actual.
Así que he decidido volver corriendo lo más rápido que lo he hecho jamás. Las personas y la ciudad de Chicago terminan siendo un borrón a nuestro alrededor.
Abro el grifo de la ducha para que empiece a salir el agua caliente y le voy quitando la ropa con delicadeza. Huele a humedad, a orina y a otras cosas que no quiero ni imaginarme. Como su sangre.
Me tiemblan los dedos mientras apilo la ropa en un montón, junto a la mía. Ya me ocuparé de quemarla más tarde.
Compruebo la temperatura, que está lo bastante caliente, y me meto dentro junto a Celine. El agua se vuelve roja a nuestros pies y comienza a colarse por el desagüe.
Ella frota la nariz contra mi pecho desnudo, y yo le acaricio la espalda con las manos.
La oigo sollozar, y cierro los ojos mientras descanso la barbilla en su cabeza.
A saber a qué clase de horrores habrá tenido que enfrentarse mi chica… No quiero ni pensarlo.
—Date la vuelta —susurro antes de coger la esponja vegetal que hay en el estante.
Ella obedece, aunque a regañadientes, como si no quisiera soltarme. Parece que los próximos días ambos estaremos muy pendientes el uno del otro.
Echo un poco de jabón con aroma a moras sobre la esponja y me pongo manos a la obra, pasándosela desde el cuello hasta la punta de los pies.
Me tomo mi tiempo, y le froto donde la mugre parece más resistente.
Le dejo un beso en cada rozadura, moratón y cicatriz que veo en su cuerpo para tratar de borrar cualquier mal recuerdo.
Está aquí. Está a salvo.
Parece que me quedo atrapado en mis pensamientos más tiempo del que pretendía, ya que, pasado un rato, Celine se da la vuelta y me mira con preocupación en su dulce rostro.
Me acaricia la mandíbula con el dorso de la mano y me sostiene la mirada para comunicarme en silencio que ambos estamos aquí y que estamos bien.
Me coge la esponja de la mano inerte y empieza a limpiarme el pecho.
Se concentra en mi piel para deshacerse de toda la suciedad y la sangre.
Me quita las gafas y las saca de la ducha para frotarme el rostro con una toalla húmeda.
Por culpa de mi pésima visión, empiezo a ver borroso, pero me centro en la sensación de sus manos mientras me limpian.
El hecho de que ambos estemos desnudos en un espacio tan reducido podría llegar a ser muy erótico, pero este momento es mucho más. Significa que los dos hemos vuelto a casa sanos y salvos, y que estamos juntos de nuevo. La intimidad y la cercanía que siento ahora mismo con Celine es increíble.
Noto que tiembla; abro un ojo y veo que está llorando.
La envuelvo en mis brazos y nos dejamos caer en el suelo de la ducha.
Solloza en mi pecho, se libera de un lloro desgarrador que sé que ha estado conteniendo durante dos largas semanas.
Le voy dejando besos en la frente, en la barbilla, en los ojos.
—Te tengo, preciosa. —Descanso la barbilla en su cabeza y cierro los ojos mientras me apoyo en la pared de la ducha—. La próxima vez que discutamos, por favor, no me pidas que no te siga —le ruego.
Eso le arranca una sonrisa entre las lágrimas.
—Me apuesto lo que sea a que me seguiste de todas formas.
—Lo hice —confieso—. Pero parece que te di demasiada ventaja.
Vuelve a sollozar.
—Siento lo de Tom. Sé que significaba mucho para ti.
Me tenso y le aprieto con más fuerza.
—¿Sabes lo de Tom?
—Genevieve me trajo una pieza de ajedrez. Tenía sangre seca. No tardé mucho en atar cabos.
—Mi chica lista —ronroneo, y la beso en la comisura de los labios.
Clava sus ojos marrones en los míos. A pesar de que veo borroso, sería imposible no darme cuenta de la intensidad de su mirada. Me acaricia la mejilla con los dedos y me los pasa por la nariz antes de trazar la curva de mis labios.
—Lo decía en serio, ¿sabes?
—¿El qué? —Froto la cara contra su cuello, y ella me da un empujoncito para que la mire.
—Que te quiero. —Me deja un beso suave en los labios—. Quizá estés un poco loco, mates a gente mala y aparezcas en todas partes, pero eres mío y te quiero.
Pensé que jamás saldrían esas palabras de su boca, y ahora me temo que nunca me cansaré de oírlas.
Me aclaro la garganta, que de pronto tengo llena de emoción.
—Hace mucho tiempo que nadie me decía que me quiere.
Celine me sostiene las mejillas.
—No te preocupes, te quiero tanto que pienso compensarte por todo el tiempo que no te has sentido querido.
Se inclina y me besa, y aunque me encantaría profundizar en el beso e ir mucho más allá, no lo hago, ya que no sé por qué tipo de trauma ha pasado, así que dejaré que ella me guíe y la seguiré. No me importa que lleve mi correa. Fetichista pero cierto.
Cuando el agua se enfría, alargo la mano y la cierro, y me levanto con ella en brazos, la saco del baño y la llevo a su habitación. La acuesto en la cama, y cojo mis gafas y las seco antes de dirigirme a la cómoda para buscarle algo de ropa.
—¿Zav? —me llama en voz baja, y miro por encima del hombro justo antes de lanzar un gemido al verla tumbada sobre la cama, húmeda y desnuda.
Su cuerpo es perfecto, y las hendiduras de sus caderas me están llamando para que ponga las manos justo ahí. Pero hoy he decidido ser un buen chico y me quedo donde estoy. Su bienestar me importa más que las ganas que tengo de ponerme encima de ella.
Trago saliva con dificultad.
—¿Sí?
—Quiero… quiero que tú… —Se lame los labios y se sienta antes de balancearse sobre las rodillas—. Quiero nuestro vínculo —dice al fin—. Quiero que hagamos lo que sea que haga falta para aceptar nuestro vínculo de pareja destinada.
Me quedo boquiabierto, y mentiría si dijera que toda la sangre de mi cuerpo no acaba de bajarme directamente hacia la polla.
Tranquila, chica. No es el momento. Lo digo en serio. Me estás avergonzando.
Me acerco a ella, y me coloca los dedos con firmeza en el estómago.
—No estoy preparada para que me conviertas… Suponiendo que puedas hacerlo. —Espera a que asienta antes de seguir—: Quiero mantener mi humanidad un poco más. Pero esto… —Mueve el dedo entre los dos—. Lo quiero ya.
—Cariño. —El mote se me escapa seseado por culpa de mi colmierección—. ¿Estás segura? No podrás arrepentirte una vez que lo hayamos completado.
Me sostiene la mirada.
—Sé lo que quiero, Zavier, y eres tú. Estoy harta de negar lo que siento.
—Sus manos se deslizan por mi nuca, y la rodeo con los brazos, estrechándola—.
Podría haber muerto y tú… nunca hubieras sabido lo que significas para mí.
Estaba muy enfadada contigo cuando me marché, y odio pensar que ese hubiese sido tu último recuerdo de mí.
Sus lágrimas vuelven a brotar, y se las limpio con los pulgares. No quiero verla llorar.
—De acuerdo —digo con suavidad.
—¿Cómo funciona? —me pregunta, mordiéndose el labio. Quiero sacarle ese labio de entre los dientes y mordérselo yo, pero me contengo.
—Necesito beber de ti y tú de mí.
Arquea una ceja y frunce los labios con una mueca de disgusto.
—¿Aunque siga siendo humana?
—Aunque sigas siendo humana —confirmo—. No te sabrá a sangre —le prometo mientras le coloco un mechón rebelde detrás de la oreja—. La sangre de tu pareja destinada es… Bueno, he oído que es lo mejor que puedes probar en la vida. No hay nada que se le compare.
Ella asiente con sutileza.
—Vale. Estoy preparada.
Medianoche, que está dormido en la almohada que suelo utilizar, abre un ojo y me lanza un maullido antes de salir corriendo hacia la puerta, como si supiera lo que va a ocurrir y no quisiera ser testigo de ello. Qué gato tan inteligente.
—Túmbate, cariño.
Hace lo que le pido. El pulso le late apresurado en la garganta, tentándome a dar mi primer mordisco ahí.
—Tendremos que turnarnos —le digo—. Y hacerlo unas cinco veces para afianzar el vínculo.
Asiente.
—Hazlo. Estoy lista. —Alarga la mano y me acaricia la mejilla de nuevo—. Te quiero —dice, como si quisiera recordarme que va en serio.
Cierro los ojos para absorber esas palabras.
Nadie me ha confesado su amor desde que mis padres murieron.
Eso es muchísimo tiempo sin que nadie te quiera.
Es cierto que he tenido mis aventuras, pero nunca he sentido nada.
He tenido una existencia muy solitaria, pero volvería a tenerla, un millón de veces, para llegar hasta aquí, para llegar hasta ella.
Me inclino y le doy un beso justo donde le late el pulso en el cuello.
—¿Lista? —le pregunto.
—S…
No termina de pronunciar la palabra porque le clavo los dientes en la carne y succiono.
Joder.
Las historias que había oído son ciertas.
No hay nada en este universo comparable con el sabor de Celine.
Succiono con más fuerza y trato de memorizar su sabor único.
Jamás he probado nada así. Cualquier palabra con la que intento describirlo, como «miel» o «vainilla», se queda corta para explicar lo lleno y vivo que me hace sentir.
Me aparto de su cuello y me muerdo la muñeca antes de ofrecérsela.
Me mira a los ojos mientras la coge y se la lleva a los labios.
—No tengas miedo —susurro cuando lo veo reflejado en sus ojos.
Asiente, coloca los labios sobre mi piel y bebe de mi sangre antes de que se cierre la herida. Echo la cabeza hacia atrás y se me escapa un gemido.
Hace el amago de apartarse, pero niego con la cabeza.