50. Celine
Celine
—Parece que nuestras dos ratas de laboratorio han escapado —ronronea Genevieve. Entrechoca sus largas uñas como si no fuera más que una estúpida villana de dibujos animados. He de admitir que imaginarla de ese modo hace que me parezca menos aterradora.
Me estremezco en los brazos de Valen, y me aferra con más fuerza. Creía que estábamos a punto de escapar, pero nos hemos topado con un gran obstáculo en forma de esta vampira hija de puta. Los dos sabemos que no se va a mover.
—Apártate —gruñe Valen.
Aplaudo su valentía, pero, cuando empiezan a aparecer más vampiros detrás de Genevieve, sé que estamos jodidos.
Valen ha utilizado mucha energía para matar al primer grupo, y eso que seguía bastante débil a pesar de haber tomado sangre.
Ahora no puedo ofrecerle más. Y, aunque pudiera, no sé si mi cuerpo lo aguantaría.
Me estrujo el cerebro en mi estado somnoliento e intento idear un plan para salir de esta. Todo lo que se me ocurre termina con nosotros muertos o atrapados de nuevo en el sótano…, y después muertos.
Y lo cierto es que no quiero morir.
—Supongo que os dais cuenta de que vuestro intento de fuga ha fracasado. —Genevieve camina despacio hacia nosotros, y Valen empieza a retroceder.
Parece que estamos en la ronda final de una partida de ajedrez. ¿Cuál será nuestro próximo movimiento?
Sus secuaces la siguen, y ella me apunta con una uña roja.
—Coged a la chica.
—Por encima de mi cadáver —gruñe Valen, y me aferro a su cuello, asustada, al ver cómo se acercan los vampiros.
Un hambre desesperada les retuerce los rasgos de forma grotesca. Parece que casi no oyen a Genevieve y que su cordura pende de un hilo. Todo lo que ven en mí es un cuerpo fresco y lleno de sangre.
—Como quieras. Lástima que todavía te necesitemos. —Genevieve vuelve a hacer un gesto hacia mí y los vampiros siguen avanzando.
Valen corre de vuelta por el pasillo por el que íbamos, y parece que cada paso nos aleja más de la salida.
Siento un gemido atascado en la garganta al darme cuenta de que estamos retrocediendo, no avanzando, aunque no suelo ser de las que se rinden.
Pero me cuesta creer que vayamos a salir de esta con vida.
Si muero, al menos sabré que he luchado para tratar de escapar.
Entramos en un cuarto. Valen respira con dificultad mientras me deja en el suelo, me apoya en la pared y atranca la puerta. Parece un almacén con estanterías llenas de archivadores. El lugar perfecto para escondernos.
—¿Hay alguna rejilla de ventilación o puerta secreta por aquí? —No me puedo quedar sentada mucho tiempo, así que empiezo a escanear la sala buscando algo que nos sirva.
—Puertas secretas… —resopla poniendo los ojos en blanco—. Lo dudo. —Echa un vistazo mientras la puerta empieza a ceder por la fuerza de los vampiros que tratan de entrar. Mira hacia arriba y señala el techo—. Hay un conducto de ventilación.
Frunzo el ceño.
—Es muy pequeño. —Me fijo en sus hombros anchos—. ¿Crees que cabrás?
Traga saliva con dificultad.
—Probablemente no.
—No pienso dejarte aquí. —Quizá esta afirmación sea demasiado noble teniendo en cuenta que estamos a punto de palmarla, pero no creo que pudiera vivir sabiendo que lo dejé atrás.
Los golpes en la puerta son cada vez más fuertes, y, con la cantidad de vampiros que hay al otro lado, solo es cuestión de tiempo antes de que encuentren la manera de entrar.
Como imaginaba, de repente aparece una grieta en la puerta—.
¿Podrás llegar hasta ahí arriba? Al menos tenemos que intentarlo.
Valen frunce los labios y asiente.
—Intentémoslo —coincide. Es lo bastante alto como para alcanzar la rejilla y romperla subiéndose a una silla—. Ven aquí. —Me levanta con facilidad y me impulsa para que consiga llegar al conducto—. Vete, Celine. Si no lo logro, prométeme que no mirarás atrás.
Lo observo desde arriba y se me revuelve el estómago al pensar en dejarlo atrás.
—Volveré con ayuda. Mi pareja…
Niega con la cabeza.
—Vete.
Un grito desgarrador que seguro que es de Genevieve me hace avanzar a cuatro patas por el conducto de ventilación en tiempo récord. Inspiro despacio para controlar la respiración. Odio los espacios pequeños, pero si este me lleva a la libertad, seguiré adelante.
El conducto traquetea cuando Valen se une a mí.
—Joder —gruñe, arrastrándose detrás de mí—. No puedo creer que esté diciendo esto, pero menos mal que no me han dado de comer, porque de lo contrario jamás hubiese cabido por aquí.
Avanzamos como soldados por el conducto, y de pronto me asalta el horrible pensamiento de qué pasaría si en este momento me tirara un pedo. Pobre Valen.
Oímos otro grito detrás y, a pesar de que no sé cuánto hemos avanzado, comienzo a moverme un poco más rápido.
Tengo que salir de aquí.
El conducto cruje, y me quedo congelada cerca de la siguiente abertura.
—Quédate quieto —le susurro a Valen—. Es…
No puedo pronunciar el resto de la frase porque el conducto cede y caemos del techo al suelo. El metal se rompe a nuestro alrededor, y mi cuerpo grita de dolor por la caída.
—¡Celine! —exclama Valen, muy preocupado.
—Estoy bien —gruño. Me he quedado sin aire por culpa de la caída.
Valen aparta los escombros y me ayuda a ponerme de pie.
Me cuesta mantener el equilibrio. Me agarra por los hombros para estabilizarme.
Oímos gruñidos y gritos de dolor no muy lejos, pero parece que no hay nadie cerca del lugar en el que hemos aterrizado.
Incluso vemos una puerta abierta al final del pasillo en el que estamos.
Parece que la persona que ha pasado por ahí iba con prisa y se olvidó de cerrarla.
Valen vuelve a cogerme en brazos y cruzamos la puerta hacia el lugar exacto en el que sospechaba que nos tenían encerrados.
Vex.
Sin embargo, la discoteca parece distinta. Los rayos de sol entran por la parte delantera del edificio, ya que un coche ha chocado con la puerta de entrada. Un coche que reconozco al instante porque es el de Zav.
Ha venido.
Me ha encontrado.
Si no fuera porque Valen me lleva en brazos, sé que caería al suelo de rodillas.
—¡Celine! —grita con sorpresa una voz femenina.
Miro hacia ese gran espacio que ha quedado abierto, donde hay muchas personas reunidas observando el desastre que ha generado el impacto del coche contra el edificio, y veo a Ava, que corre hacia mí con su pelo rosa ondeando tras ella.
—¡Ava! —grito cuando Valen me deja en el suelo, justo a tiempo para caer en los brazos de mi amiga. Él nos observa con los ojos muy abiertos, y entonces veo cómo se disuelve en el espacio que nos rodea y desaparece.
¿Qué demonios? ¿Es una especie de camaleón? ¿Puede volverse invisible? Nunca he visto a Zav hacer nada parecido.
Empiezo a preocuparme, pero espero que dondequiera que vaya esté a salvo.
—¡Estás bien! —solloza Ava mientras me sostiene las mejillas y me observa—. Pensaba que habías muerto.
—¿Cuánto tiempo llevo desaparecida? —le pregunto, estrechándola contra mí con fuerza. Necesito salir de aquí, pero algo me dice que Zavier se está enfrentando a Genevieve y sus secuaces en este instante, y que no debo preocuparme.
—Unas dos semanas —responde, pasándome los dedos por el pelo apelmazado.
Ava hace una mueca de asco y me dice—: Voy a cogerte cita en la peluquería.
—Después de eso, me mira las uñas—. Incluyo manicura.
—Parece sacudirse esos pensamientos y cambia de tema al instante—: He estado ayudando a Zavier a buscarte.
No podía olerte y… —Hace una pausa y me mira con el ceño fruncido—.
¿Cuándo demonios pensabas decirme que tu novio es un vampiro?
¡Un vampiro! —grita, y espero que ninguna de las personas que nos rodean pueda oírnos gracias al ruido del tráfico y a la música que sigue retumbando en el deportivo de Zav.
—¿Te lo ha dicho?
Ava me limpia una lágrima del rostro.
—Tuvo que hacerlo. Le acusé de asesinarte y quizá le amenacé un par de veces.
Sonrío y abrazo a mi amiga mientras dejo escapar unas lágrimas más. Ava quizá se pase de intensa a veces, pero no la cambiaría por nada del mundo.
—Tengo que ir a buscarle. —La agarro por los hombros.
—No, señorita, de eso nada. —me sujeta con fuerza—. Has escapado de esa perra psicópata llamada Genevieve y no pienso permitir que vuelvas a bajar.
Abro la boca.
—¿Cómo sabes que fue ella?
Ava pone los ojos en blanco.
—Siempre presto atención. Si no hubiera sido por mí, Zav no lo habría averiguado nunca. Es demasiado rubio para ser pelirrojo, ¿no crees?
No consigo reprimir una carcajada.
—Un poco —admito—. ¿Podrías traerme una manta? ¿Y un poco de agua? Tengo muchísima sed.
Ava no parece darse cuenta de lo que pretendo, así que se limita a asentir y me da un apretón en los hombros.
—Voy a por ello. ¿Me esperas fuera?
—Aquí estoy bien.
Me mira raro, como si no entendiera por qué iba a preferir esperarla dentro de la discoteca, pero se encoge de hombros y se va a por lo que le he pedido.
En cuanto me da la espalda, salgo corriendo, bueno, más bien troto hasta la puerta de la que acabo de salir. Seguramente esté loca por querer volver ahí abajo, pero las ganas que tengo de ver a Zavier son inexplicables. Nuestro vínculo nunca había sido tan fuerte. Me necesita. Lo sé.
No tardo mucho en encontrar la carnicería que ha dejado a su paso. Hay cuerpos y extremidades esparcidos por el pasillo. El número de muertes va creciendo a medida que avanzo.
Doblo una esquina y ahí está él.
Algo dentro de mí me dice que debería estar temblando de miedo ante la imagen con la que me topo, pero no es así. Jamás podría tenerle miedo.
Sus ojos verdes le brillan tanto detrás de las gafas que parecen de otro mundo. Su boca y la mayor parte de su cuerpo están cubiertos de sangre. De su mano derecha cuelga, sujeta por los mechones del pelo, la cabeza decapitada de Genevieve.
—Zav —susurro su nombre.
Le tiembla el cuerpo al inspirar profundamente.
—Zav —vuelvo a decir—. Estoy aquí. Estoy aquí y estoy bien.
Me doy cuenta de que no está del todo conmigo. Diría que intenta luchar contra sus instintos vampíricos. Acabar con tantos vampiros no debe de haber sido fácil, y me imagino que su cordura pende de un hilo.
—Zavier… —se me rompe la voz al pronunciar su nombre—. Vuelve conmigo. Te lo suplico. Estoy justo aquí. Estoy a salvo. Por favor, cariño.
Me doy cuenta de que sus pupilas siguen dilatadas, y empieza a preocuparme que ni siquiera yo sea capaz de traerlo de vuelta.
Aun así, no tengo miedo. Ignoro la masacre que tengo a mis pies y acorto la distancia entre nosotros.
Suelta la cabeza de Genevieve, e intento no tener arcadas cuando entrelazo los dedos detrás de su nuca.
—Hola. —Sonrío al ver que sus ojos vuelven a ser los de siempre gracias a mi roce—.
Aquí estás. Sabía que me encontrarías. —Me humedezco los labios con la lengua e intento contener las lágrimas—.
Te quiero, Zav. Sé que no te lo había dicho antes, y lo siento muchísimo, pero debes saber que te quiero.
—Le acaricio el pelo de la nuca y me dejo llevar por la sensación de tenerlo de nuevo delante de mí.
Poco a poco, noto que me pone las manos en las caderas.
—Tú… No me lo estoy imaginado, ¿verdad?
—No. —Niego con la cabeza y sollozo—. Estoy aquí, cariño. Estoy viva. Parece que he conseguido escapar para volver a tu lado mientras tú entrabas a por mí. Después de todo, somos pareja, ¿no?
Suavemente, me acaricia las mejillas con los dedos, como si intentara convencerse de que estoy viva y de una sola pieza.
—Te quiero —vuelvo a decirle. Ahora que al fin he pronunciado esas palabras, deseo seguir repitiéndolas.
Apoya su frente en la mía y cierra los ojos.
—Joder, Celine. No había estado tan asustado en toda mi vida. Pensé… que no podría sobrevivir si te perdía. Yo también te quiero. Eres…, eres mi alma. Sin ti, no quedaría nada de mí.
Se acerca para besarme y me aparto con una mueca.
—Eh… ¿Qué te parece si nos besamos después de que te duches? Aunque no me importaría ser la primera.
En ese momento parece darse cuenta de que está cubierto de sangre.
—Sí. Me parece muy buena idea.
Todavía sigue un poco confundido, pero sé que está volviendo a ser el Zav de siempre, y eso es todo lo que me importa ahora.
—Por favor, sácame de aquí —le suplico, y es justo lo que hace.