48. Celine
Celine
—Quinientos —susurro.
Cuento quinientos segundos exactos antes de intentar salir de la celda.
Aunque me aterra, me da aún más miedo quedarme aquí.
Quién sabe cuánto tiempo pasará hasta que Genevieve se canse y me parta el cuello.
Sé que me mantiene con vida para chantajear a Zavier, pero también que tiene muy poca paciencia y que quizá no tarde en venir a matarme.
Además, ¿qué le impide mentirle? Podría cortarme en pedacitos y lanzarme al río mañana.
Es imposible que salga viva de esto si me quedo aquí.
Solo espero que la sangre que le he estado proporcionando a Valen sea suficiente para que los dos podamos luchar. No podré hacer esto sin él.
Mi cuerpo protesta a cada movimiento. Parece que los trozos de pan duro y los sorbos de agua no me han alimentado lo suficiente.
Por no mencionar que quizá necesite una transfusión.
Lo cierto es que no estoy muy segura de cómo sigo con vida.
Utilizo los barrotes metálicos para levantarme, y las piernas me tiemblan como las de un potro recién nacido.
Me fastidia el poco aguante que tengo después de llevar aquí varios días cautiva y sin comida.
Me costará mucho volver a mis clases de boxeo.
Descanso la frente contra el metal, intento centrarme y me doy ánimos antes de seguir.
Mi exigente vampiro está ahí fuera buscándome. ¿Quién le salvará el culo si no estoy a su lado? Quizá se encuentre atrapado aquí abajo, como yo. Además, mi padre me necesita. Tienes que salir de aquí, Celine. Has nacido para esto.
Con fuerzas renovadas, me encojo al oír el chirrido de la puerta de la celda en cuanto la abro un poco. No tengo ni idea de quién puede encontrarse cerca ni de si lo habrá escuchado. Con suerte, Genevieve se habrá ido y no volverá hasta mañana.
De lado, me cuelo por el hueco, ya que no quiero arriesgarme a hacer más ruido del necesario.
La celda de Valen sigue vacía, pero distingo un pequeño objeto envuelto en un paño junto a la pared.
Le he visto varias veces sostenerlo cuando creía que no me daba cuenta.
No sé qué es, pero está claro que es importante, así que lo cojo y me lo guardo en el bolsillo.
Tengo que detenerme varias veces al subir las escaleras.
No sé cuánto tiempo ha pasado desde que me han secuestrado, pero mi resistencia se ha visto muy afectada.
Es triste lo rápido que se marchita el cuerpo cuando no se usa.
Me cabrea pensar en lo duro que voy a tener que entrenar en el gimnasio hasta que consiga recuperar mi fuerza.
Uf. Probablemente tenga que guardar cama mientras me recupero, y sé que Zavier tiene complejo de mamá gallina.
Jadeo y resoplo como una ballena sin aliento.
El aire comienza a ser más cálido a medida que subo, lo cual es un alivio, pero también lo noto como si fueran agujas contra la piel después del tiempo que llevo aquí abajo.
Parece que los pulmones se me han entumecido, y recuperar la sensibilidad es un arma de doble filo.
Dios, seguro que tengo un aspecto horrible y huelo fatal.
Llevo el pelo grasiento y pegajoso. Cuando salga de aquí —porque saldré, me niego a pensar lo contrario—, pienso darme la ducha más larga de mi vida.
Hay una puerta al final de las escaleras y parece estar abierta. Vampiros estúpidos. Con muchísimo cuidado, la empujo y me asomo por el resquicio que queda detrás de la puerta. A primera vista, parece que todo está en silencio y que no hay moros en la costa, aunque no pienso bajar la guardia.
Me cuelo y cierro detrás de mí. Me encuentro en otro pasillo espeluznante, aunque un poco menos mohoso y más moderno que la mazmorra de abajo. Hay una puerta en cada punta. Elijo la de la derecha.
Intento dar pasos sigilosos y, a medida que me acerco, oigo un leve zumbido.
Cuando llego, repito el proceso de abrir despacio y asomar la cabeza.
Por suerte, parece que he escogido la puerta correcta, ya que veo a Valen tumbado y atado a una mesa.
Tiene los brazos llenos de agujas conectadas a unos tubos; le están extrayendo la sangre, y la hacen circular por una máquina que la deposita en bolsas.
Parece que no hay moros en la costa, así que me acerco a él. Tiene los ojos cerrados, y no sé si está despierto.
—Valen —siseo lo más alto que puedo.
Este abre los ojos despacio y se sorprende al verme allí.
—Nos largamos de aquí. Vamos. —Señalo con el pulgar por encima del hombro y me acerco para desconectar los tubos. No soy enfermera, pero no importa. En tiempos desesperados, medidas desesperadas.
Parece un tanto atontado por la extracción, pero corro hacia un gran frigorífico que hay en la esquina.
Me sorprendo al confirmar mi hipótesis, así que cojo varias bolsas de sangre y se las lanzo para que se las beba.
Valen no me pregunta nada y las apura con rapidez.
Espero que no sea su propia sangre, ya que sería un tanto raro, aunque supongo que no será distinto a beberse la de otra persona.
Las heridas provocadas por las agujas que tenía en los brazos se curan ante mis ojos, y en ese momento me doy cuenta de que es superior a mí.
Con suerte, cuando salgamos de aquí, podremos conocernos, incluso ser amigos.
Seguro que Zav se pondrá muy celoso y querrá supervisar nuestros encuentros.
Quizá no debería contarle que Valen me ha mordido antes que él…
Estoy convencida de que ahora mismo tenemos un aspecto de lo más estrafalario.
Él, con su pelo largo y lacio, su ropa vieja y raída, y sangre goteándole por la barbilla hasta los pies descalzos.
Yo cubierta de suciedad y sangre seca sobre la piel pálida.
Y mi ropa no se encuentra en mejor estado que la suya.
—¿Tienes idea de cómo salir de aquí? —susurro, echando un vistazo por la puerta por si alguien se ha dado cuenta de lo que estamos haciendo.
—No —responde sonando más fuerte que nunca—. Cada vez que me sacaban de la celda era para traerme aquí y luego volvía abajo.
—Mierda. Supongo que tendremos que improvisar. —Quizá es ingenuo pensar que saldremos como si nada, pero hay que intentarlo—. Vamos.
Valen me coge de la mano y me la aprieta.
—Nos vemos al otro lado, Celine.
Espero que con «al otro lado» no se refiera al más allá.
Asiento e intento reunir todas las fuerzas que me quedan.
Valen y yo salimos al pasillo y conseguimos llegar a la otra punta justo cuando se abre una puerta.
Es un vampiro que pasaba por allí, pero de pronto nos mira con cara de asombro.
Más rápido de lo que puedo seguir, Valen le arranca el corazón del pecho y le golpea en la cabeza, separándola del cuerpo.
Me vuelvo hacia él, que sigue con el corazón ensangrentado en la mano; parece un tanto sorprendido por lo que acaba de hacer. Ha actuado por instinto, pero estoy segura de que hace mucho que no se sentía con las fuerzas suficientes como para algo así.
—Mierda —murmuro cuando veo un mando a distancia parpadeando. El vampiro ha pulsado un botón rojo justo antes de morir y, a juzgar por el sonido de pisadas que se acercan, parece que ha informado a la caballería de nuestra huida—. Estamos jodidos.
—Por aquí. —Valen me agarra del brazo para intentar que mantenga su ritmo, pero me cuesta mucho porque siento que se me enredan los pies.
Jadeo y tengo unas ganas tremendas de vomitar.
Parece que pronto se cansa de lo lenta que voy, porque me termina cogiéndome en brazos.
Entre mi sangre y las bolsas que acaba de beberse, parece que se encuentra lo bastante bien como para cargar conmigo, y lo cierto es que no pienso quejarme si así consigue sacarnos de aquí más rápido.
Corre por el pasillo tan rápido que mi pelo vuela a nuestro alrededor. Valen sigue un rastro a ciegas. Con sus habilidades vampíricas a pleno rendimiento, confío en él al cien por cien.
—Espera, tenemos que ver si está Zav —le recuerdo con pánico. No sé si Genevieve lo tiene encadenado en las mazmorras.
—Olería su aroma si estuviera aquí. Ahora que he probado tu sangre, noto vuestra conexión —dice para calmarme, y continúa navegando por el laberinto de pasillos y puertas.
Me siento aliviada. Zav no está aquí, lo que con suerte significa que está a salvo. No se me ocurre otra posibilidad.
Se me revuelve el estómago por la velocidad a la que se mueve Valen.
Se detiene frente a una puerta, la abre y me mete en un cuartito.
Me quedo sorprendida cuando veo que estoy rodeada de utensilios de limpieza.
No sé por qué me ha dejado aquí encerrada hasta que escucho el caos absoluto que se desata detrás de la puerta.
La entreabro y veo a Valen enfrentándose a varios vampiros.
A pesar de que lleva más tiempo encerrado que yo, parece que se las apaña, y sé que le habría costado pelear y protegerme a la vez.
En cuanto alguno de los vampiros se acerca a la puerta del cuartito en el que me escondo, lo asesina.
Parece que una nueva chispa de motivación se ha encendido en él.
Uno de los vampiros consigue saltarle sobre la espalda como un mapache salvaje, y Valen se sacude para deshacerse de él.
Este le da un mordisco y le arranca un trozo de piel del hombro.
Mi compañero de celda gruñe de dolor. Estoy convencida de que le duele como mil demonios, aunque no lo parece.
Agarra al vampiro por los brazos, lo lanza por encima de la cabeza y le pisa el pecho cuando aterriza.
Su pie descalzo atraviesa literalmente al vampiro.
¿Quién demonios es Valen? No parece un vampiro común, desde luego.
Tras esta primera tanda de vampiros liquidada, Valen se apoya contra la pared para tratar de recuperar el aliento; parece agotado.
No creo que tarde en quemar la sangre que ha consumido y, cuando ese momento llegue, las cosas comenzarán a ir de mal en peor.
Sería horrible haber llegado tan lejos para terminar de nuevo en el punto de partida.
Solo quiero volver a casa con mi gato gruñón y mi vampiro chalado y amoroso. Ava seguramente esté esperándome para echarme una bronca. Tengo que llamar a mi padre, y me sentiré afortunada si no me han echado del trabajo cuando todo esto acabe.
No nos dan mucha tregua, porque otro grupo de vampiros aparece por el final del pasillo. Valen parece sopesar sus opciones antes de abrir de par en par la puerta, cogerme de nuevo en brazos y salir corriendo.
—No sé cuánto tiempo voy a aguantar esto —jadea—. Debería haber dosificado la energía, pero no estoy acostumbrado a recuperar las fuerzas.
El laberinto de pasillos y escaleras me hace pensar que estamos en algún sistema de túneles subterráneos. ¿De dónde han salido y para qué se utilizan? ¿Tendrán solo fines vampíricos o servirán para algo más?
—Debemos estar cerca de la salida —susurro, perdiendo un poco la conciencia. La adrenalina está comenzando a desaparecer, y recuerdo lo débil que estoy.
Valen se aferra más a mí y me sacude un poco.
—No te desmayes, Celine. Vamos a salir de aquí —dice para darme ánimos, aunque no paso por alto el temblor en su voz.
—Vaya, vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí?
Mierda.