Enamorarse de un vampiro es un caos 45. Zavier
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45. Zavier

Zavier

La tarde siguiente me suena el teléfono mientras camino por la calle para tratar de olfatear cualquier rastro de Celine o Genevieve. Después de un día muy largo y poco provechoso, descuelgo por instinto pensando que debe de tratarse de alguno de mis contactos.

—¿Diga? —Mi saludo suena brusco y cansado.

—¿Has tomado una decisión, cariño? —La voz de Genevieve resuena al otro lado de la línea.

Hija de puta.

Mi espalda se pone rígida como una tabla, y no puedo evitar el gruñido que me sale del pecho. Miro la pantalla del móvil y veo que me llama desde un número oculto. Observo a mi alrededor con sutileza, aunque no consigo atisbar su asquerosa figura por ninguna parte.

—Sí. Después de darle muchas vueltas, he decidido que te puedes ir a la mierda.

Genevieve no parece impresionada por mi respuesta. Suelta un bufido y oigo el tintineo de sus pulseras cuando se acerca el teléfono al oído.

—Sabes de lo que soy capaz, Zavier. No juegues conmigo. Le arrancaré la preciosa cabecita a tu pareja sin muchos miramientos. Te prometo que lo haré.

—No pienso volver contigo. Métetelo en la sesera de una vez. —Un humano que pasa por mi lado me mira de reojo ante el tono agresivo que estoy utilizando, así que decido ocultarme entre las sombras—. ¿Dónde está Celine?

—Respuesta incorrecta. Te dije que te arrepentirías si no me hacías caso, y ahora tendrás que atenerte a las consecuencias. Más te vale hacerme caso esta vez, porque a la próxima pienso quitarle la vida. Me he cansado de ser buena. —Cuelga, y aplasto el móvil entre las manos.

Lanzo los trozos al callejón y suelto un grito frustrado. ¿He hecho mal al provocarla? Quizá sí, pero me duele tener que mentirle y seguirle el juego. Es muy probable que ahora Celine sufra por mi culpa.

Tengo que encontrarla. Necesito encontrarla.

Respiro con dificultad y cierro los ojos para tratar de mantener a raya mi sed de sangre.

De un tiempo a esta parte me atormenta a cada segundo.

Sin Celine, cada vez me cuesta más dominar mi lado animal.

Cuando concilio el sueño, me atormentan pesadillas en las que Genevieve la tortura y la mata de mil formas distintas.

Su aroma casi se ha desvanecido de la almohada, y temo que el día en que desaparezca por completo yo me pierda en la locura.

Esta búsqueda no me está llevando a ninguna parte, y tengo que calmarme antes de hacer una estupidez.

No estoy en condiciones de encontrarla, los nervios me dominan.

Necesito distraerme, y nada mejor que pasar un rato jugando al ajedrez con Tom.

Seguro que él tendrá algún buen consejo para mí.

Sé que es poco probable que pueda ayudarme de verdad, pero no se puede culpar a alguien por tener esperanza.

La última vez que hablamos me contó que estaba emocionado porque una de sus nietas iba a tener un bebé. Se acercaba la fecha, y me dijo que nuestras sesiones semanales de ajedrez quizá se pospusieran por eso. Pero no creo que le importe que me presente hoy allí para una partida sorpresa.

Troto por las pocas manzanas que me separan del restaurante, salto los escalones y entro en el edificio.

—Tom, ¿preparado para que te apalice al ajedrez? —canturreo para aparentar buen humor.

Está sentado en su sitio de siempre, así que me dirijo hacia él. El local está en silencio, y casi sin clientes, ya que están a punto de cerrar, pero me encanta encontrármelo faenando en su esquina habitual. Por gruñón que sea, es un gran trabajador que quiere lo mejor para el restaurante.

—No sabes lo mucho que necesito una partida —suspiro.

Me siento fatal al estar aquí jugando cuando debería estar buscando a Celine, pero también sé que visitar a mi amigo quizá me ayude a concentrarme más tarde. Tengo que despejarme para pensar con claridad. Siento que se me escapa algo.

Cojo el tablero y lo pongo en la mesa mientras me siento delante de él.

—Mueve tú primero. —Cruzo las manos y observo mis piezas.

Silencio.

—¡Mueve, viejo cascarrabias! —levanto la voz, ya que tiene oído selectivo, y espero su jugada—. ¿Necesitas subir el volumen a los audífonos?

El silencio vuelve a responderme.

—¡Tom! —Le miro exasperado, y me arrepiento de inmediato.

Tom está sentado frente a mí, pero lleva la camisa de cuadros empapada en sangre.

Gruesos regueros carmesíes parten del cuello y bajan hasta el suelo.

Me devuelve una mirada vacía, y tiene los labios entreabiertos.

En ese instante me doy cuenta de que no escucho el latido de su corazón.

Lo único que oigo si presto atención es el ploc, ploc, ploc de su sangre que gotea sobre el parquet.

Tendría que haber olido la sangre. Tendría que haberlo sabido en cuanto he puesto un pie aquí dentro.

Estoy tan distraído que ni siquiera me he dado cuenta de que mi amigo, mi único amigo, me esperaba aquí como un pavo degollado.

Este regalo lleva la firma de Genevieve, no me cabe duda.

Es su manera de demostrarme que no se anda con chiquitas.

—Joder, no… —Mi silla cruje cuando corro hacia él.

Casi no le toco el brazo, pero pego un salto hacia atrás cuando la cabeza se le cae del cuello con un golpe seco y comienza a rodar por el suelo.

Deja un rastro de sangre a su paso, y creo que jamás podré borrar la imagen de sus ojos sin alma fijos en los míos mientras su cuerpo decapitado permanece en la silla.

—¿Tom? —suelto con voz ronca, deseando que desaparezca el horror que tengo delante—. ¡No, no, no!

He matado a miles de personas en mis trescientos años de vida. Algunos dirán que no tengo alma ni moral. Como soy un vampiro, no estoy seguro, pero me gusta pensar que sí. La mayoría de los humanos a los que he matado se lo merecían. Pero Tom no se merecía esto, para nada.

Era mi amigo. Uno de los pocos que tengo en este mundo.

Que tenía. Joder, duele.

Me aprieto el pecho mientras las lágrimas ruedan por mis mejillas.

No se merecía esto.

Un anciano amable que amaba a su familia y estaba a semanas de conocer a su bisnieta.

Un hombre que era un referente en la ciudad; su pérdida será muy notable.

Lo único bueno que puedo sacar de todo esto es que ha logrado reunirse con el amor de su vida, pero ni siquiera ese pensamiento alivia el malestar que siento en el estómago.

Me limpio las lágrimas que corren por mis mejillas.

Vuelvo a observar su cuerpo y veo un papel manchado de sangre. Descansa sobre su cuello sin cabeza, y me estremezco al cogerlo. Este tipo de carnicerías nunca me habían molestado, pero saber que se trata de Tom hace que la bilis me suba por la garganta.

La letra garabateada en la nota me hace vibrar de ira.

La siguiente será ella.

Con amor,

G.

Estrujo el papel en el puño y pierdo el control.

Me contengo para no convertir en cenizas el restaurante de Tom, por respeto, pero el impulso de destrozarlo todo a mi paso no para de crecer.

Empiezo a hiperventilar, lo veo todo de color carmesí.

Hacía mucho que no me pasaba, juraría que desde que me convertí en vampiro.

Es como mirar a través de un cristal tintado.

Unos remolinos rojos empiezan a flotar por todas partes.

Flexiono los puños y los colmillos aparecen de repente.

Siseo y me doy cuenta de que, si no bebo sangre pronto, la cosa se pondrá muy fea.

¿Cómo se atreve?

Primero mi pareja y ahora mi mejor amigo. Genevieve está rogándome que la mate. Disfrutaré separándole la columna del cuerpo y colgándola como si fuera una guirnalda navideña gore para que todo el mundo la vea.

Celine me dijo que no soy un monstruo, pero, ahora mismo, al pensar en lo que quiero hacerle a Genevieve, me siento así. No podré descansar hasta que Celine esté de nuevo a salvo en mis brazos.

Si Genevieve ha creído que esto sería suficiente para que me entregase a ella, no me conoce.

Como no quiero seguir viendo a Tom en este estado tan deplorable, intento sofocar mi rabia para darle a mi amigo el final que se merece.

He tenido mucha suerte de que ningún miembro de su familia le haya visto aún, y no puedo dejar que lo encuentren así.

Dos de los trabajadores están inconscientes en la parte de atrás.

Menos mal que Genevieve no los mató, aunque se despertarán con un fuerte dolor de cabeza.

—Eh, colega, voy a limpiarte un poco —susurro con la voz rota antes de ponerme manos a la obra.

Envuelvo el cuerpo de Tom en unos manteles viejos y uso una bolsa de basura para cubrirle. Siento que esto está mal, y me enfurece tener que hacerlo. Luego limpio los restos de sangre lo mejor que puedo y me deshago de todo lo que ha quedado insalvable.

Gracias al amparo de la noche, logro llevar el cuerpo de Tom a una funeraria y les obligo a que llamen mañana a sus familiares y les digan que murió en un terrible accidente y que por eso no pueden ver el cuerpo.

¿Sospechoso? Sí, pero se merecen despedirse como Dios manda.

Nadie debería ver a un ser querido desfigurado.

Estoy acostumbrado a este tipo de carnicerías, pero incluso a mí me produjo escalofríos.

Pensar en lo asustado que debió de sentirse en sus últimos momentos de vida me llena de rabia de nuevo.

Lo último que obligo a hacer a los encargados de la funeraria es que carguen a mi cuenta todas las facturas del entierro.

Me marcho de allí seguro de que todo está preparado y de que nadie me recordará, y regreso al restaurante.

Reviso mi trabajo para asegurarme de que no hay nada fuera de lugar.

Me llama la atención el tablero de ajedrez, y trago saliva al darme cuenta de que no volveremos a mover esas piezas juntos.

No habrá más bromas, ni más gritos, ni más Tom.

Entorno los ojos al darme cuenta de que falta una. Qué raro.

Sabía que un día Tom moriría y yo seguiría viviendo, pero jamás pensé que las cosas terminarían así.

Una parte de mí se derrumba, y me dejo llevar por mi lado humano, ese que pensé que había perdido hace mucho tiempo.