43. Celine
Celine
Los escalofríos me sacuden mientras me encojo como un ovillo en un rincón de la celda.
Valen y yo hemos caído en un silencio cómodo, excepto cuando le hago alguna pregunta y él me responde con muy pocas palabras.
Es un hombre interesante. No ha hablado mucho sobre su historia o sobre por qué está aquí, pero estoy segura de que lleva encerrado más tiempo del que me imagino.
Parece que su existencia no ha sido muy agradable, pero, a pesar de que tiene el alma rota, desprende un aura clásica. Incluso ancestral.
—Eres un vampiro, ¿verdad? —le pregunto de repente, y él me clava la mirada.
No lo ha dicho, pero estoy muy segura, después de lo que me ha ido contando.
—Sí —responde con voz cansada.
—¿Cuántos años tienes? —La curiosidad puede más que yo.
—Eres muy atrevida para ser humana… —Se ríe sin ganas. Le ha mejorado un poco la voz, pero todavía suena como si hablar le doliera.
—Oye, los dos estamos encerrados, y parece que seré la siguiente en morir, así que puedo ser un poco atrevida. —Lo cierto es que espero que Zav aparezca en cualquier momento. Estoy segura de que me estará buscando, pero, por lo que me ha contado Valen, le costará encontrarnos.
El pecho le sube y le baja con dificultad, e inclina la cabeza hacia mí.
—Soy más viejo de lo que te imaginas, niña. —Un mechón de pelo encrespado y sucio le cae sobre el ojo, y no intenta apartárselo. Se sentirá exhausto y sin esperanza.
—Mi novio tiene trescientos años. —Me río en cuanto las palabras salen de mi boca—.
Si alguien me hubiera dicho hace unos meses que iba a salir con un vampiro, me habría reído en su cara.
Además, soy detective, y resulta que él es el asesino al que llevo meses buscando.
—Valen guarda silencio, aunque sé que me escucha—.
Me vuelve loca, y no podríamos ser más distintos, pero, a pesar de todo… —Me interrumpo.
—Le quieres. —Valen termina la frase por mí, y me entra el pánico.
¿Le quiero?
Lo cierto es que no hace mucho que Zavier y yo nos conocemos, pero desde el primer día me he sentido atraída por él.
Dejando a un lado que seamos pareja destinada o no, estoy segura de que el magnetismo que hay entre nosotros es real.
Me jodería mucho que ese vínculo fuera el motivo de nuestra relación.
Es engreído, aunque dulce; guapo pero pícaro.
Nos compenetramos porque tenemos lo que al otro le falta.
Todavía no le he perdonado del todo que no me contara que él era el asesino, pero ya no estoy enfadada con él.
Supongo que es por estar aquí atrapada, a punto de morir, pero me cuesta mucho imaginarme una vida sin él.
—Le quiero —admito al fin.
Darme cuenta de mis sentimientos es todo un alivio; en cuanto volvamos a estar juntos —porque no pienso barajar otra posibilidad—, se lo diré. Se merece saber que sus sentimientos son correspondidos.
—¿Has estado enamorado? —le pregunto a Valen.
Se queda en silencio tanto rato que me preocupa haber cruzado alguna línea invisible y que no me vuelva a responder.
—No —susurra—. Pero si alguna vez tengo la suerte de encontrar un amor como el tuyo, estoy seguro de que todo esto habrá merecido la pena. —Le sobreviene un acceso tos, y se me ocurre una idea al instante.
—Aliméntate de mí —digo de pronto.
—¿Qué? —suelta con un tono agudo.
—Aliméntate de mí. Así recuperarás las fuerzas y quizá tengamos alguna posibilidad de salir de aquí. —No se me ocurre otra opción, ya que parece encontrarse en peor estado que yo.
Lo cierto es que no pretendía que otro vampiro que no fuese Zav tuviera que alimentarse de mí, pero es cuestión de vida o muerte.
Si Valen consigue ingerir la sangre suficiente para recuperar las fuerzas, quizá tengamos alguna oportunidad de escapar.
Sé que yo jamás podré ganar una pelea contra un grupo de vampiros, pero él quizá sí.
Es obvio que lo mantienen aquí tan debilitado por este motivo.
—No podemos arriesgarnos —dice Valen tras una pausa—. Hace mucho que no bebo sangre, y menos aún directamente de un humano. Además, me has dicho que tienes un vínculo de pareja con otro vampiro, así que quizá tu sangre me repela. No puedo arriesgarme, quizá llegaría a matarte.
Me coloco frente a él para mirarlo a los ojos y le suplico:
—Por favor. Es nuestra única oportunidad. —Me remango la muñeca y veo que un hambre voraz bulle en sus ojos marrones—. Prefiero morir tratando salir de aquí que esperar con los brazos cruzados a que me hagan lo que tengan planeado para mí.
Valen parece tener una lucha interna consigo mismo.
Cuando creo que está a punto de rechazarme de nuevo, me coge de la muñeca con una mano muy débil.
Los colmillos asoman bajo sus labios, y parece estremecerse por la anticipación.
Levanta mi muñeca hasta su boca e inhala antes de clavarme los dientes.
Quizá haya sido una decisión horrible. Me doy cuenta demasiado tarde de que está muy hambriento y quizá termine desangrándome.
El dolor es agudo; en cuanto Valen prueba mi sangre, parece deleitarse con ella. Noto un gruñido que reverbera sobre mi piel. Cuando aparto la muñeca por instinto, me la agarra con más fuerza, y gimo.
Succiona con codicia, y la sangre sale de mi organismo para alimentar el suyo. Puede que me esté volviendo loca, pero sus mejillas parecen recuperar el color a cada sorbo.
Por fin, en una muestra de autocontrol, se separa de mí y lame las últimas gotas de sangre de las marcas que han dejado sus colmillos. Lanza un largo suspiro y me suelta el brazo.
—Gracias, Celine. —Sus palabras están cargadas de admiración, y sé que estamos empezando a formar un vínculo que nadie llegará a comprender del todo.
Sigue pasando el tiempo, y pierdo la noción de cuánto llevo aquí.
¿Han pasado horas? ¿Días? ¿Una semana? Nadie viene a por nosotros, y empiezo a perder la cordura con el goteo incesante de agua que cae en la piedra y la temperatura glacial que hace que me castañeen los dientes.
Prefiero mil veces someterme a los cuidados de Ava antes que seguir lidiando con esto. Por no hablar del cubo para hacer pis.
Valen, por el contrario, no muestra ningún signo de incomodidad, sino que parece acostumbrado al ambiente y a cualquier tortura que le hayan infligido antes.
He intentado dormir varias veces, y he dado algunas cabezadas, pero es imposible, ya que me sobresalta el más mínimo ruido.
El aire está muy cargado, me cuesta respirar, y tengo la ropa húmeda y pegada a la piel, así que no consigo sentirme cómoda de ninguna forma.
Me preocupa el hecho de que, si sigo mucho más tiempo con esta ropa húmeda, me ponga enferma, aunque es la última de mis inquietudes ahora mismo.
Voy alimentando a Valen de vez en cuando, con la esperanza de que aumenten nuestras posibilidades de escapar.
Cada vez tiene mejor aspecto, a pesar de que sé que va a necesitar una dosis mucho mayor en cuanto salgamos de aquí.
La única desventaja de esta transacción es que ahora soy yo la que se va debilitando poco a poco.
Cierro los ojos para tratar de dormir cuando una puerta se abre y rebota contra la pared por encima de nuestras cabezas. Me incorporo de un salto y me oculto entre las sombras que se han formado en la celda para tratar de ver a nuestro visitante.
Valen solo abre un párpado y lo vuelve a cerrar. Parece tan acostumbrado a su miserable existencia aquí abajo que es imposible que lo sometan a nada peor de lo que ya ha pasado.
Unos tacones golpean el suelo de forma rítmica y se acercan con cada una de mis respiraciones. Entorno los ojos para tratar de distinguir la figura, pero no consigo ver nada, a pesar de que parece que mis ojos se han adaptado a la oscuridad.
Un silbido resuena por toda la sala y, a pesar de que la melodía es suave, parece el himno de la muerte.
—Pobre Celine. Atrapada en una jaula como la patética rata que es.
Cada músculo del cuerpo se me tensa al oír esa voz familiar.
Genevieve se detiene delante de mi celda, y mis ojos suben por las botas que le llegan hasta las rodillas, los pantalones ajustados y la blusa que lleva puesta.
El pelo negro, los ojos marrones y una sonrisa maliciosa enmarcan su rostro.
Ha desaparecido la joven triste y llorona de la comisaría.
Tengo delante a una depredadora con las pupilas clavadas en su próxima víctima.
El peligroso brillo que destilan es aterrador, y parece que se da cuenta de cómo la examino, sorprendida de esta gran revelación, porque me muestra un colmillo.
Se me quedan todas las palabras atascadas en la garganta.
Así que ha sido su voz la que he oído antes.
¿Está detrás de mi secuestro? Pero ¿por qué?
—Supongo que, por cómo me miras, te estarás preguntando por qué tú —dice con socarronería. Se agacha para ponerse a mi altura y me observa con una mirada felina—. Tienes algo que me pertenece.
Frunzo el ceño, y la confusión me invade.
—¿Qué podría tener yo que tú quisieras? —escupo, reuniendo algo de fuerza.
—Dale una vuelta… —Envuelve los barrotes con unos dedos y unas uñas rojas antes de inclinar la cabeza para observarme mientras proceso sus palabras. Su sonrisa es de maniaca. Me desconcierta muchísimo—. Vamos, Celine, demuéstrame que no eres tan idiota.
—Puta loca —murmura Valen desde la celda de al lado. Casi me había olvidado de su existencia tras la revelación de Genevieve.
—Dulce y patético Valen… —Hace un puchero exagerado e ignora su insulto—.
No soy yo la que está atrapada aquí abajo, ¿cierto?
—Él no responde, y se cubre la cara con el antebrazo para evitar mirarla a los ojos—.
Voy a tener que decirle a tu supervisor que te trate mejor la próxima vez que venga a por ti —le asegura deleitándose.
Valen se estremece ante esas palabras, y no puedo evitar preguntarme por qué está aquí y qué le están haciendo.
—En cuanto a ti… —Los ojos sin alma de Genevieve se clavan en los míos.
Suspiro y me estrujo la cabeza. No se me ocurre nada que tenga que ver con mi trabajo o mi vida cotidiana. Es una maldita vampira, por el amor de Dios, ¿qué podría tener yo que ella quisiera?
Espera.
Llevo un buen rato congelada aquí abajo, pero siento como si me tiraran encima un cubo de agua helada cuando me doy cuenta de la única cosa a la que puede referirse.
—Ah, ya lo has descubierto… Has tardado más de lo que esperaba, teniendo en cuenta que eres detective. —Hace un chasquido con la lengua antes de incorporarse y colocarse las manos sobre sus delicadas caderas—. Más vale que haga caso a lo que le he dicho, o ambos os atendréis a las consecuencias.
¿También ha secuestrado a Zavier?
El pánico me invade. Si tiene a Zavier, entonces… nadie vendrá a ayudarme.
Con una oscura promesa en los ojos, vuelve a subir las escaleras y la puerta se cierra tras ella.