42. Zavier
Zavier
—¡Joder! —grito, y casi le quito diez años de vida a la anciana que pasa por mi lado.
He buscado por toda la ciudad cualquier pista que me indique dónde pueden haberse llevado a Celine, pero no he encontrado nada.
Es desesperante. Soy un vampiro y, sin embargo, ninguna de mis habilidades sobrenaturales parece poder ayudarme con esto.
Sea quien sea el que la ha secuestrado, ha hecho desaparecer cualquier rastro, y no he captado ni el más mínimo indicio del aroma de Celine o del vampiro que la ha atacado, salvo por la sangre que había en la acera donde la capturaron.
Mi contacto y su equipo han buscado por todas partes, sin resultado. Tampoco Luna sabe nada todavía.
Siento que la locura comienza a teñir mis pensamientos, y cada vez me cuesta más mantener enjaulada a la bestia que llevo dentro.
Quiere a su pareja a su lado, y no le importa a quién tenga que matar para recuperarla. Los colmillos vuelven a perforarme el labio por enésima vez, ya que no consigo mantenerlos retraídos.
Debería reservar las colmierecciones para Celine, no para la absoluta locura que siento ante su ausencia.
Saco la navaja del bolsillo y la sostengo contra los labios.
¿Dónde estás? , pienso mientras contemplo el filo letal, rogándole que me dé alguna señal de su paradero.
Vuelvo atrás sobre mis pasos y recorro el camino desde el apartamento hasta el lugar en el que se la llevaron.
Su aroma ha desaparecido; cuando me doy cuenta, casi pierdo los nervios.
Es como si la naturaleza hubiera borrado su presencia.
Eso es más que suficiente para volverme loco, pero tengo que mantener la mente fría si quiero encontrarla.
Al no descubrir nada nuevo, bajo la cabeza, derrotado. Cuanto más tiempo pase desaparecida, más probabilidades habrá de que le hagan daño.
Noto cómo me empieza a entrar hambre a un nivel peligroso, así que me dirijo de nuevo a casa para beber un poco de sangre antes de volver a salir en su busca.
El camino de vuelta es borroso. Me arrastro hasta el apartamento de Celine porque no soporto estar en el mío a solas.
—Hola, Medianoche —saludo a mi amigo gatuno, pero me quedo paralizado cuando no me responde. Por lo general, suele venir hacia mí, maullarme y frotarse contra mis piernas.
A pesar de que sigo en el recibidor, me doy cuenta de que la luz del salón está encendida y sé que la apagué antes de irme.
Hay alguien o algo aquí.
No oigo ningún latido, aunque eso no significa nada, pero tampoco capto ninguna esencia, y eso es extraño. Me giro sobre los talones y siseo mientras saco los colmillos para tratar de amenazar a lo que sea que se haya infiltrado en el espacio de mi pareja.
Lo que veo me deja atónito.
Una criatura muy hermosa que llevaba muchos años sin ver está sentada en la encimera de la cocina de Celine. Ha cogido a Medianoche y lo acaricia como si estuviera dándole mimos, a pesar de que acerca sus largas uñas al cuello del pobre animal.
Sus ojos amarillos se topan con los míos, y me doy cuenta de que está asustado y quiere saltar de los brazos que lo cogen por el aura de depredadora que exudan. Los animales son muy buenos percibiendo las intenciones, y las de ella nunca han sido buenas.
Tiene las uñas rojas, casi del color de la sangre, que más bien parecen garras. Con ellas lo sujeta lo bastante fuerte como para impedir que escape, pero no tanto como para hacerle daño… todavía.
—Ha pasado mucho tiempo, ¿no crees, Zavier? —Su voz inquietante y familiar resuena en el aire—. ¿Me has echado de menos? Porque yo a ti sí, mucho. —Sus labios carnosos se tuercen en un falso puchero de tristeza fingida.
El pelo negro le cae en ondas alrededor de un rostro que parece esculpido en mármol.
Sus ojos marrones y vibrantes, con un aura sobrenatural, están enmarcados por unas pestañas largas por las que la mayoría de las mujeres pagarían una fortuna.
Lleva una blusa carmesí vaporosa a juego con sus uñas, y parece tan ágil y elegante como la última vez que la vi.
Qué triste que solo sea una cara bonita con un interior podrido.
—Ojalá pudiera decir lo mismo de ti, perra. —Escupo ese insulto—. ¿Qué estás haciendo en mi puta casa?
Chasquea la lengua como si estuviera regañando a un niño.
—Ese lenguaje no te pega nada. Pensaba que te alegrarías de verme. —Vuelve a acariciar a Medianoche, y resisto el impulso de arrancárselo de los brazos. Me quedo clavado donde estoy por miedo a que se le crucen los cables y decida hacerle algo al gato.
Si le hace daño, que se atenga a las consecuencias.
—¿Qué te hace pensar que me alegraría, Genevieve? —Finjo calma mientras me apoyo en la puerta de entrada y cruzo los brazos sobre el pecho.
Ignora mi comentario y continúa:
—Por cierto, esta no es tu casa, ¿no? Entrar en el apartamento de una chica es algo muy feo. ¿Qué piensa Celine al respecto? ¿Sabe que llevas colándote aquí más tiempo del que cree?
En cuanto pronuncia el nombre de Celine, pierdo el poco control que me quedaba y no consigo contenerme. Desaparezco y, en un abrir y cerrar de ojos, golpeo las manos contra la encimera y me inclino hacia delante hasta que casi quedamos cara a cara.
—No te atrevas a pronunciar su nombre —le espeto con los colmillos cerca de su cuello—. ¿De qué la conoces? ¿Qué coño estás tramando?
Intento luchar contra la furia que amenaza con nublarme la visión. Me encantaría abalanzarme sobre ella y despedazarla, pero, mientras siga con mi amigo peludo encima y quizá sepa dónde está Celine, es muy arriesgado.
—¿Celine? —Genevieve acuna a Medianoche como si fuera un bebé al que adora, y me tenso cuando flexiona la muñeca—.
¿No te ha contado que nos conocimos? —Se ríe de una forma que me pone enfermo y pestañea hacia mí—.
Aún no ha pasado nada, pero tenemos pendiente una charla de chicas.
—Agita la muñeca para echar un vistazo a su reloj dorado—.
De hecho, creo que debería ir yéndome. Es de muy mala educación no llegar puntual.
Incapaz de contenerme, me abalanzo hacia ella, pero solo provoco que apriete el agarre sobre Medianoche y le haga maullar de dolor.
—Genevieve… —mascullo, aunque me detengo al instante.
Noto la sangre en la boca y la barbilla cuando aprieto los colmillos con demasiada fuerza sobre mi labio inferior.
Mantiene el contacto visual conmigo mientras afloja el agarre y le da una última caricia a Medianoche antes de soltarlo.
Con un maullido, sale disparado de la habitación para ocultarse en cualquier parte, y suspiro aliviado.
No solo somos amigos, sino que sé lo importante que es para Celine, así que no puedo permitir que le hagan daño delante de mis narices.
Bastante tengo con que la hayan secuestrado, así que no pienso dejar que le ocurra nada a cualquier otro de mis seres queridos.
—Si que te alteras por una criatura tan banal. ¿Qué te ha pasado? —Chasquea la lengua y se inclina hacia mí para lamerme el rastro de sangre de la cara antes de que pueda detenerla.
Gime al saborearla y cierra los ojos de placer.
Unos libros caen con estruendo al suelo y la madera se astilla cuando estampo a Genevieve contra la estantería.
Sé que tendré que comprarle una nueva a Celine, pero solo puedo pensar en lo que me repugna que me violente de esta manera.
Con Medianoche a salvo, ha llegado el momento de sonsacarle información.
Genevieve se recupera al instante y me empuja para estamparme contra la pared contraria. Los marcos de fotos se hacen añicos y caen al suelo creando una sinfonía de cristales.
Mierda, tendré mucho que limpiar.
—Ten cuidado, Zavier. Si no quieres que le toquen ni un pelo a tu pequeña humana, vas a tener que escucharme. —Me clava la mirada, y no veo ni un atisbo de la chica a la que una vez conocí—. Si eres listo, harás lo que te diga.
Muy despacio, me acaricia la sien con un dedo y, cuando intento apartarla, me empuja contra la pared a modo de advertencia. No soy de los que se acobardan con facilidad, así que siseo y le muestro los colmillos de nuevo.
—Si me das lo que quiero, la liberaré —canturrea Genevieve.
Está loca.
—¿Y qué es lo que quieres? —le escupo.
Me sonríe y me responde con dos simples palabras:
—A ti.