Enamorarse de un vampiro es un caos 41. Celine
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41. Celine

Celine

Frío.

Me despierto aturdida, ese es mi primer pensamiento.

Mi cuerpo tiembla contra una superficie dura y helada.

¿Qué demonios? ¿Me han metido en una nevera?

Parpadeo e intento despejar la mente, pero siento un dolor punzante en un lado de la cabeza que me impide concentrarme. Aprieto los ojos y parpadeo varias veces con la esperanza de que eso me ayude a enfocar al abrirlos.

Me toco la cabeza con cuidado, y un siseo se me escapa de la garganta. El origen del dolor sordo y punzante que siento es un chichón incipiente. Noto los dedos húmedos y, al mirármelos, me doy cuenta de que tengo sangre fresca y seca pegada al pelo.

¿Qué demonios ha pasado?

Apoyo una mano en el suelo e intento incorporarme, a pesar de que la cabeza me duele muchísimo. Me cuesta un par de intentos, ya que el dolor me debilita, pero consigo levantar el torso. Con la cabeza entre las manos, doblo las piernas para sentarme.

—Joder —gruño; mi alrededor sigue emborronado mientras intento enfocar.

Es como si me hubieran metido en una picadora de carne. ¿Qué han hecho esos vampiros conmigo después de noquearme? Parece que me hayan golpeado el cuerpo como si fuera un saco de boxeo.

Cuando recupero el control, examino lo que me rodea, pero está todo tan oscuro y húmedo que me cuesta distinguir nada.

El suelo es de piedra, antiguo. Entorno los ojos y veo unos barrotes de hierro delante de mí. Paso un dedo por el metal; están cubiertos de óxido.

El corazón me va a mil en el pecho al darme cuenta de mi situación.

No tengo ni idea de dónde estoy, quizá el vampiro que me ha secuestrado esté cerca.

En ese caso, soy un blanco fácil. Puede que sea capaz de reducir a delincuentes, pero no podré hacer nada contra dos vampiros, y mi instinto me indica que hay más por aquí.

¿Vendrá a buscarme Zav?

Tiene que hacerlo. Nuestro vínculo es muy fuerte. Con sus sentidos vampíricos y su falta de paciencia, estoy segura de que no tardará en darse cuenta de que me han secuestrado. Conociéndole, supongo que empezó a seguirme poco después de que me fuera. No andará muy lejos.

Intento calmarme realizando unas respiraciones profundas. Vendrá a por mí. Solo debo tener paciencia y tratar de descubrir qué está pasando.

Cuando mis ojos al fin se acostumbran a la oscuridad, intento observar lo que me rodea, pero está tan oscuro que no veo nada más allá de mi celda.

La única fuente de luz son unas llamas titilantes que provienen de las velas de unos candelabros que cuelgan de las paredes, fuera de la celda.

Huele a rancio y humedad. Supongo que estamos debajo de la ciudad. No creo que me hayan sacado de Chicago.

Intento ponerme en pie, a pesar de que mis músculos protestan cuando lo hago por culpa de la paliza que he recibido. Estoy segura de que el vampiro me noqueó y me lanzó aquí sin mucho cuidado.

Agarro los barrotes de la celda y tiro de ellos para probar su resistencia.

Están oxidados, pero, por desgracia, siguen bien anclados.

Un lado del calabozo da a una pared de piedra y el otro conecta con otra celda.

Podría forzar el candado si tuviera algún tipo de herramienta, pero por ahora no es así.

Reúno las pocas fuerzas que me quedan e intento dar una patada a la puerta, pero no cede. Suelto un gruñido de frustración y levanto la cabeza hacia el techo.

—Yo que tú dosificaría la energía —dice una voz ronca cerca de mí.

Me sobresalto ante esas palabras tan inesperadas y miro hacia la celda de al lado.

Está envuelta en sombras, así que al principio pienso que me estoy volviendo loca y que empiezo a oír voces en mi cabeza, pero, después de fijarme, veo movimiento entre la oscuridad.

—¿Hola? —pregunto con cautela.

Un gemido y el arrastre de unas cadenas resuenan en el suelo de piedra. Una forma sombría comienza a moverse hasta que veo a un hombre arrastrarse hasta la pared de barrotes que compartimos.

Al principio mantiene la cabeza gacha, así que no puedo verle la cara.

Por lo poco que distingo, tiene el pelo largo y oscuro, y las greñas le caen por el rostro a modo de cortina.

Lleva una camisa que le sirve de túnica y unos pantalones que parece que han visto tiempos mejores.

Manchas de sangre salpican la tela, rasgada y llena de agujeros.

Me sorprende que todavía se mantenga en su cuerpo.

Unos dedos largos y elegantes se aferran a los barrotes que tiene delante. Lleva las uñas rotas en ángulos extraños, con suciedad y sangre seca incrustada en ellas. Por la poca carne que le veo, está muy demacrado, y parece un saco de piel y huesos, no un ser humano.

¿Cuánto tiempo lleva aquí? ¿Quién es?

Hay algo en él que me recuerda a un animal asustado, así que me quedo en silencio, esperando a que vuelva a hablar. Suelta un largo suspiro, deja caer los brazos a los lados y se apoya en los barrotes.

—No malgastes tu energía —grazna, y me encojo al oír ese áspero ronquido en su tono. Suena como si acabara de despertarse tras un largo sueño y tuviera que aclararse la garganta.

—¿Cómo te llamas? —no puedo evitar preguntarle.

El hombre guarda silencio un rato, y le imito. Tengo la impresión de que no habla muy a menudo. A saber cuánto tiempo lleva aquí, a juzgar por su estado.

—Hace tiempo que nadie me pregunta eso —responde con dolor en sus palabras.

—No hace falta que me lo digas.

—Valen —susurras tras unos instantes.

—Hola, Valen. Yo soy Celine —respondo, y la forma en que traga aire en cuanto digo su nombre me indica que hace mucho que nadie lo pronuncia.

—Celine —repite Valen—. Siento lo que está a punto de sucederte.

—¿A qué te refieres? —Sus palabras me recuerdan en qué situación me encuentro. Valen había logrado distraerme.

Se aparta el pelo de la cara y al fin puedo apreciar su rostro.

Mantiene los ojos bajos, pero la luz de las velas le ilumina los rasgos.

A destellos, consigo apreciar una mandíbula cubierta por una espesa barba, una nariz aristocrática y unas cejas marcadas.

Para ser alguien tan frágil y triste, sigue inspirando cierto aire de poder y madurez.

También distingo las cicatrices que le cubren el cuerpo. Es muy hermoso, tiene un tipo de belleza que no he podido apreciar antes, casi etérea, pero parece que este pobre hombre se ha visto reducido a una sombra de lo que fue en el pasado.

—Ya he intentado todo lo que se te pueda pasar por la mente. —Valen se detiene para toser tras pronunciar esas palabras con esfuerzo—. No hay forma de escapar de ellos.

—¿Quiénes son «ellos» y qué se supone que van a hacerme? ¿Por qué me han secuestrado? —Me estremezco ante sus palabras.

Valen levanta la mirada y la clava en la mía; sus ojos son tan oscuros que casi parecen negros. Si el fuego que se refleja en ellos no mostrara el más leve matiz de marrón, creería que están desprovistos de color. La devastación e impotencia que hay en su mirada muestran a un hombre destrozado.

Se deja caer un poco más mientras suelta una larga exhalación.

—No sé por qué te quieren a ti en concreto, pero ninguna persona que haya estado antes en esa celda ha durado más de una noche.