Enamorarse de un vampiro es un caos 37. Celine
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37. Celine

Celine

Me revuelvo en la cama tratando de ponerme cómoda, pero mi cuerpo se niega.

Con un suspiro, aparto las sábanas y me siento.

No puedo dormir.

No puedo dejar de pensar en Zav. Ha invadido cada rincón de mi mente.

¿Por qué me empeño en resistirme cuando sé que es lo que quiero? A veces desearía ser diferente y no cerrarme en banda, pero me cuesta abrirme y dejar que otras personas entren en mi vida, compartir mis pensamientos y mi cuerpo con otra persona, aunque sé que quiero hacerlo con Zav.

Mis pies parecen arrastrarme hacia la puerta de la entrada por voluntad propia. Todavía no sé cuál es el plan, pero supongo que lo descubriré sobre la marcha.

Al abrir, una figura aparece al otro lado y una mancha negra pasa corriendo junto a mí hacia el salón.

Se me escapa un grito y, rápidamente, me tapo la boca con la mano cuando me doy cuenta de que son Zavier y Medianoche.

—Pero ¿qué demonios estás haciendo? —siseo mientras me agacho para agarrarle del brazo y arrastrarlo dentro de mi piso. Recuerdo cuando apareció en su puerta cubierto de sangre, pero en cuanto lo miro veo que está ileso.

Se tumba bocarriba en el suelo mientras cierro la puerta, y me mira parpadeando, con los ojos tan abiertos como los de un búho detrás de las gafas.

—Hola.

Con las manos en las caderas, lo fulmino con la mirada.

—Dame una explicación ahora mismo.

Me muestra una sonrisa, con los incisivos ligeramente alargados. Mi cuerpo me traiciona, y aprieto los muslos con fuerza.

—Solo velo por tu seguridad, querida. ¿Por qué escapabas a hurtadillas?

Me cruzo de brazos, y ese gesto hace que se me alcen un poco más los pechos en la camiseta ajustada de tirantes que me he puesto para dormir. Se me marcan los pezones a través de la tela, y él parece darse cuenta, ya que se relame.

—No estaba escapando a hurtadillas.

Estoy mintiendo, lo sé, pero no me importa.

—¿No vas a echarme una mano? —bromea, todavía desparramado en mi entrada.

—No.

Se levanta con un movimiento ágil que me recuerda que este hombre no es humano. Esto debería ser suficiente para no sentirme atraída hacia él, pero creo que solo intensifica lo que me despierta.

—Voy a volver a preguntártelo, Celine. —Se acerca a mí con una gracia letal—.

¿A dónde ibas? —Sigue avanzando hasta que quedo con la espalda pegada a la puerta.

Inclina la cabeza hacia abajo y me roza la mejilla y la oreja con los labios—.

No hace falta que respondas. Puedo olerlo.

Tu excitación. ¿Has decidido poner fin a mi periodo de abstinencia?

Se me entrecorta la respiración.

—Yo… No lo sé.

—¿No lo sabes? —Sus palabras resuenan como un gruñido sobre mi piel—. Yo creo que sí. Puede que no sea capaz de leer la mente, Celine, pero no soy estúpido. —Me roza la mandíbula con los dedos—. Sé sincera. Si me mientes, no dudaré en ponerte sobre mis rodillas y darte unos azotes.

Gimo ante esa advertencia.

—Iba… a tu casa. No tenía nada en mente después de eso.

Él sonríe con sorna.

—Por suerte para ti, yo sí que tengo un plan.

Jadeo, aunque al instante el sonido queda amortiguado por sus labios. Su mano izquierda pasa de mi mejilla hacia mi nuca para ladearme la cabeza mientras me reclama.

Cada beso que compartimos es eléctrico, pero este… me consume por completo.

Zav adora mi boca y me besa como si fuera a asfixiarse si no lo hace.

Mi cuerpo casi se derrite ante su roce, y, cuando mis piernas empiezan a ceder, me alza sin esfuerzo y me obliga a que le rodee la cintura con ellas. Gimo contra sus labios al sentir su dureza presionada contra mi centro. Mis shorts de algodón no ofrecen ninguna barrera a sus pantalones de chándal.

—Zav. —Jadeo su nombre cuando sus labios bajan por mi cuello. Me va dejando besos por la parte superior de los pechos.

Se aparta un poco para mirarme a los ojos.

—¿Es esto lo que quieres, Celine? —me pregunta con la voz ronca por el deseo. Puedo ver un indicio de sus colmillos, que hacen acto de presencia—. ¿Me quieres a mí?

Durante un instante, el miedo amenaza con ahogarme.

En el fondo, sé que si cruzo esta línea con Zav no habrá vuelta atrás, pero lo cierto es que no sé si quiero que la haya.

¿Qué es lo que me asusta? ¿Querer a alguien es tan terrible?

No puedo permitir que el hecho de que mi madre abandonara a mi padre rija toda mi vida.

Yo no soy ella, y Zav no es él. Necesito tomar las riendas y construir un futuro que me haga feliz.

Le paso un dedo por la mejilla, y su mirada se suaviza ante mi roce.

Esto es justo lo que quiero.

Él es lo que quiero.

Como conozco a Zav y sé que un «sí» no será suficiente para él, le contesto:

—Te quiero a ti.

La mirada de alivio de su rostro me hace temblar de la cabeza a los pies.

Me sorprende que pensara que podría haberle dicho que no.

Quizá esté loca por haberme enamorado de un vampiro, pero cada día me demuestra que se preocupa más por mí de lo que cualquier humano ha hecho nunca.

Sé que, si le hubiera dicho que no, me habría dejado en el suelo al instante y se habría marchado con la mayor erección de su vida, a pesar de que eso le habría matado por dentro.

El típico caso de tensión sexual no resuelta.

—Celine —susurra mi nombre, y la forma en que lo dice suena mejor que cualquier apodo que se le pueda ocurrir—, ¿te has tocado hoy en la ducha? —me pregunta en voz baja mientras me deja un rastro de besos por la mandíbula.

—No —miento.

—Mentirosa —responde al instante—. Te he oído. —Sus labios descienden por mi cuello, y suelto un gemido ahogado cuando me roza con los colmillos en el punto justo donde me late el pulso—. Te he olido. —Inhala en esa zona de mi cuello, y me estremezco—. Y ahora voy a probarte.

Suelto un gritito porque hace un segundo estaba apoyada contra la puerta y ahora estoy tumbada en el colchón debajo de él. Él se agacha y me muestra los colmillos.

—Si supieras cuántas colmierecciones he tenido por tu culpa…

—¿Cuántas? —le provoco.

Se quita la camiseta, y me cuesta muchísimo no quedarme embobada admirando su cuerpo escultural. Cada centímetro está recubierto de músculo. Su piel es suave y tersa. No he querido admitirlo hasta ahora, pero Zavier no solo está bueno; es sobrenatural.

Se me contrae el coño por la anticipación.

Él sonríe al darse cuenta del repaso que acabo de darle mientras lanza la camiseta al suelo.

Puede que después se la robe, al igual que le gusta hacer a él con mi ropa interior.

—Estoy hambriento, cariño. No tienes ni idea de cuánto. —Se arrodilla al borde de la cama—. Llevo mucho tiempo soñando con este coño.

Gimo cuando me pasa los dedos por la tela de algodón de los shorts .

Oigo cómo le retumba un gruñido en la garganta cuando me los quita y se da cuenta de que no llevo nada debajo. Siento que debería sentirme avergonzada por la forma en que me mira. Me está estudiando el coño como si fuera a hacer un examen de anatomía después de devorarme.

—Tan rosado e increíblemente húmedo. Solo para mí. —Las palabras le salen roncas por culpa de los colmillos.

El miedo me paraliza durante unos segundos. ¿Y si uno de esos incisivos afilados me hace daño ahí abajo?

Como si leyera mi preocupación, Zav me abre los muslos, coloca una mano firme en cada pierna y me dice:

—No te preocupes, preciosa, tendré mucho cuidado.

Suelto un gritito ahogado, y mi espalda se arquea en la cama ante el primer lametón en mi coño.

Lo lame, lo succiona y me pasa la lengua por el clítoris dándose un festín.

Me late el pulso descontrolado en los oídos, parece que no sigue un ritmo normal. Zav gime entre mis piernas. Este hombre está gimiendo porque acaba de probar mi sabor. Esto sí que me pone cachonda.

Mueve las caderas contra la cama mientras me sigue devorando. Está desesperado por la fricción. Es lo más excitante que he tenido el placer de presenciar en toda mi vida.

Me hace círculos con la lengua en el clítoris justo antes de succionarlo y enviarme un estallido de fuegos artificiales desde mi columna vertebral hasta mis párpados.

—Dios, dios, dios —suelto mientras busco algo a lo que agarrarme, hasta que al final encuentro el pelo suave de Zav. Ahora es él el que gimotea cuando tiro de él.

En cuanto vuelvo de mi momento de éxtasis, veo que me observa entre los muslos, con los ojos muy abiertos por el asombro y la adoración.

Me dedica una media sonrisa.

—La próxima vez más vale que grites mi nombre, porque, si no… —me dice con voz más grave, y sus ojos verdes se oscurecen hasta alcanzar un tono esmeralda que casi roza el negro—, habrá consecuencias.

Me estremezco ante su tono y la promesa que deja en el aire, que indica que puede que me gusten esas consecuencias, aunque me dé miedo descubrirlas.

Desliza dos dedos sobre mi coño húmedo y los introduce con facilidad mientras me pasa el pulgar por el clítoris. Jadeo de nuevo y muevo las caderas.

Él me sonríe y me clava la mirada.

—¿Cuántas veces crees que puedo hacer que te corras? —Ladea la cabeza—. Ya lo has hecho una vez. ¿Tres? ¿Cinco? ¿Más?

—No lo sé —jadeo mientras mete y saca los dedos dentro de mí.

—Me encantan los retos. Llevo mucho tiempo queriendo conquistar tu cuerpo.

Se coloca encima de mí y me reclama la boca, a pesar de que en ningún momento deja de mover los dedos en mi interior. Quizá debería avergonzarme por los sonidos tan húmedos que salen de mí, pero me doy cuenta de que se trata de Zav y que no tengo que sentirme así con él.

Me sacude otro orgasmo con facilidad, y Zav se traga todos los sonidos que profiero, ya que sigue teniendo su boca en la mía.

—Estás preciosa cuando te corres —ronronea mientras me pasa los labios por el cuello—. Tu piel se vuelve de un tono rosado precioso. El rosa se acaba de convertir en mi color favorito.