36. Celine
Celine
Desganada, remuevo el bol de cereales con la cuchara y me coloco un mechón rebelde detrás de la oreja.
Esta mañana tengo el pelo hecho un amasijo de rizos, ya que me lo he dejado secar al aire, algo que intento evitar.
Ayer fue un día muy largo. Encontrar el cadáver de Derek en el callejón nos dejó desconcertados, y tuve que volver a la comisaría.
Zavier inspeccionó el cuerpo antes de que yo informara al capitán y encontró algo inusual.
No había sangre ni marcas de mordeduras; solo una fractura limpia del cuello, lo que le causó una muerte inmediata.
Tampoco consiguió detectar ningún aroma en Derek, pero sé que atribuyó su muerte a un ser sobrenatural.
Están empezando a suceder muchas cosas extrañas, y sé que le molesta que varias estén relacionadas conmigo.
Anoche insistió en que durmiéramos juntos en la misma habitación, y lo cierto es que le agradecí el consuelo. Se aferró a mí y no me soltó en ningún momento. Menos mal que su temperatura corporal es más baja que la de un humano, porque si no habría acabado sudando entre sus brazos.
—Celine. —Zav me da un golpecito en la cabeza con una de las patas peludas de Medianoche. El gato sisea antes de enroscarse en el cuello de Zav como el felino traicionero que es—. ¿Estás bien? Creo que tus cereales se han convertido en batido.
Bajo la mirada y veo que tiene razón. Me he perdido tanto en mis pensamientos que los cereales se me han quedado blandos.
Qué asco. Por eso prefiero comerlos secos.
Suspiro mientras vierto el desastre por el desagüe y dejo correr el agua.
Cuando este desaparece, vuelvo a mirar a Zav.
Me está poniendo ojos de cachorrito sin saber qué me pasa por la cabeza o cómo ayudarme.
Todavía no me puedo creer que este vampiro tan increíble y considerado sea mi pareja destinada.
Pareja destinada. Qué concepto tan extraño.
—Quiero volver a mi apartamento —digo al fin tras repasar sus atractivos rasgos. Me arrepiento nada más pronunciar esas palabras, porque se convierten en la viva imagen del horror.
—¿Qué? —Deja a Medianoche en el suelo, así que sé que la cosa se ha puesto seria.
En un abrir y cerrar de ojos, aparece a mi lado. La brisa me agita el pelo, y me sujeta por los hombros para estabilizarme cuando me tambaleo tras su repentina aparición.
—Derek ha muerto, así que ya no tengo que preocuparme de que vuelva. Llevo viviendo varias semanas contigo y me apetece recuperar mi espacio. No puedo seguir invadiendo el tuyo, seamos pareja destinada o no. —Intento razonar con él, pero no quiere escucharme.
No quiero entrometerme en tu vida. No quiero que te canses de mí, pienso, aunque no lo digo en voz alta. Solo son mis inseguridades, que reaparecen, porque mi madre me abandonó, y sé que Zav jamás haría algo así, pero a veces la lógica puede más que los sentimientos.
—Sí, está muerto, pero ambos sabemos que hay alguien mucho más poderoso en juego, y ese sigue vivo.
¡No estás a salvo! —Sus ojos verdes centellean por el miedo—.
Podrían hacerte daño. Te juro que sería incapaz de vivir sabiendo que te ha pasado algo y que podría haberlo evitado.
Celine, por favor —me ruega. Es muy difícil verle tan angustiado—.
Si quieres volver a tu apartamento, me mudaré contigo.
—Zavier. —Le rodeo con los brazos e intento no derrumbarme bajo la culpa que siento por causarle tantas molestias—.
No tienes de qué preocuparte. No me va a pasar nada.
Estarás justo al lado, y confío en que me cuidarás si pasa algo.
—Noto cómo tiembla entre mis brazos, así que continúo acariciándole hasta que se calma—.
Solo necesito mi espacio. Estoy segura de que me sentiré mejor cuando vuelva a estar rodeada de mis cosas.
Frunce el ceño.
—¿No te sientes segura… conmigo? —susurra con la voz quebrada al pronunciar esa última palabra, y a mí se me vuelve a romper el corazón.
—¡No! —Suspiro con pesar y suavizo el tono—.
Quiero decir que no me refiero a eso. —Con torpeza, intento buscar las palabras adecuadas—.
No eres… —Me muerdo el labio—. Sé que jamás me harías daño, y claro que me siento segura contigo, pero han pasado muchas cosas.
Sé que me sentiré mucho mejor en mi apartamento.
Esto no tiene nada que ver con que no me sienta segura cuando estoy con Zavier, y mentiría si dijera que no me tienta la idea de seguir viviendo juntos en esta burbuja que hemos creado.
Ha sido… muy bonito. Mucho más de lo que me esperaba, de eso estoy segura.
A veces puede llegar a ser muy intenso, pero me encanta esa parte de él.
Pensó que no me iba a dar cuenta, pero una noche me levanté a hacer pis y vi que estaba durmiendo a mi lado, en la cama. Sus largas pestañas descasaban suavemente en sus pómulos mientras soñaba.
Cuando me levanté y me aparté de su lado, su mano intentó buscarme, y terminó agarrando mi almohada y enterrando el rostro en ella.
Una dulce sonrisa se le formó en los labios, y esa noche me enamoré un poquito más de él.
Colarse cada noche en el dormitorio e irse antes del amanecer se convirtió en una rutina, y me parecía muy dulce por su parte, así que nunca le comenté nada al respecto.
Necesito recuperar el control de mi vida después de todo el caos que hay en ella últimamente.
Tener a Zavier como vecino debería ser lo bastante seguro, al menos durante las próximas semanas, mientras me tomo tiempo para relajarme.
Aún no tengo pruebas que me indiquen quién puede ser el asesino que está sembrando el caos en Chicago, y espero que volver a mi apartamento me permita pensar con claridad y calmar mi mente por lo que se refiere a él.
—Venga, ayúdame a recoger mis cosas. —Le paso un dedo por las cejas, y él gruñe indignado, pero se incorpora para seguirme.
Nos pasamos la siguiente hora limpiando su apartamento y recogiendo mis cosas.
Lo cierto es que no traje demasiado al piso de Zavier, solo lo esencial.
Con los brazos bien cargados, nos dirigimos al mío y abrimos.
Me arreglaron la puerta justo después del allanamiento, pero no he vuelto a poner un pie en él hasta ahora.
Todo está en su sitio, y no puedo evitar mirar de reojo al hombre que tengo al lado, consciente de que es el responsable de esto.
Me dedica una sonrisa.
—No podía dejártelo hecho un desastre.
Las lágrimas contenidas me queman los ojos.
—Gracias. —Me coloco de puntillas para darle un beso en la mejilla.
—Voy a dejar esto —me dice, refiriéndose a la caja que lleva en brazos.
Zavier coloca mi ropa y los artículos de aseo en mi cama. Se detiene y mira algo que está al fondo de la caja. Jadeando, saca unas bragas negras de encaje que encontré en su armario.
—¡Me las has robado! —Las aprieta contra el pecho como si fueran un objeto preciado.
—Eso debería decirte yo a ti, ladronzuelo. —Se las guarda en el bolsillo, y pongo los ojos en blanco.
Volvemos de nuevo a su piso para echar un último vistazo.
Sé que lo tengo muy fácil en caso de que se me haya olvidado algo, pero quiero asegurarme de haberlo cogido todo.
Lo último que me queda por trasladar es a Medianoche, que está haciendo pucheros en el rincón del sofá como si supiera lo que está ocurriendo.
—Hola, gatito gruñón. —Me acerco a él despacio, con las manos en alto, para que vea que voy en son de paz—. Tenemos que volver a casa. ¿Te vas a portar bien por una vez y dejarás que te coja? —Parece que todo va bien, hasta que alargo la mano para cogerlo y me propina un zarpazo—. Serás cabrón…
—Es porque sabe que los dos estaríais mucho mejor conmigo.
—Zavier está detrás de mí, apoyado en la pared como si acabara de salir de una sesión de fotos para una revista.
Con los tobillos cruzados, se examina las uñas mientras la luz del sol le ilumina la fina cadena de plata que lleva alrededor del cuello.
Tiene el pelo peinado a la perfección y las gafas descansan en su nariz de forma adorable.
Es muy probable que yo esté horrible y sudada después de la sesión de organización y limpieza, pero él parece recién salido de una pasarela.
—Para que conste en acta —empieza a decir con una sonrisa burlona en los labios al ver que no puedo dejar de mirarlo—, quiero que sepas que estoy en contra de esto. Creo que deberíamos de seguir viviendo juntos.
Se queda callado, esperando una invitación por mi parte, pero no se lo digo. He pasado tanto tiempo con él que… necesito aire fresco para aclararme la mente y ver cómo me siento cuando no está a mi lado.
—Coge al gato, por favor. —Hago un gesto hacia el agujero negro que no quiere hacer más que absorberme en una oscuridad infinita.
—Creo que necesitamos un horario. —No hace ademán de coger a Medianoche.
—¿Un horario? —le pregunto con una mano en la cadera.
—Para la custodia compartida. Tú lo cuidas un día y yo al siguiente. —Me mira a los ojos y se encoge de hombros—. O mejor aún, os quedáis aquí y todos conseguimos lo que queremos. —Me muestra una fila de dientes blancos cuando me sonríe desafiándome.
—De acuerdo. Te lo quedas tú hoy, ya que está de mal humor —le concedo, sin ganas de seguir discutiendo con Zavier.
Paso por su lado y vuelvo a mi apartamento. Sus pasos resuenan detrás de mí, y nos quedamos en silencio cuando llegamos a mi cocina.
Cambio el peso de un pie al otro y aprieto los labios. Le miro sin saber qué decir, y él está en la misma situación. Somos dos seres socialmente torpes, uno inmortal y la otra no.
—Esto no es… No estoy tratando de complicarlo todo —le digo.
—Quiero cuidarte —me responde la voz melosa de Zavier.
Sus zapatillas blancas aparecen en mi campo de visión cuando se coloca frente a mí.
Alzo la mirada, me sujeta la barbilla entre los dedos y me acerca a él—.
Escúchame bien, pareja, si fuera por mí, te echaría como un saco al hombro y te encerraría en mi dormitorio hasta convencerte, en cuerpo y alma, de que me perteneces.
—Se inclina hacia mi oído y me susurra—: Te arrancaría tanto placer que se te derretirían los huesos y tendrías orgasmos cada día.
Quizá te daría un mordisco de vez en cuando, pero no te reclamaría hasta que te tuviera retorciéndote debajo de mí gritando mi nombre.
Joder.
—Puedes huir y esconderte de mí, de esto, de nosotros, todo lo que quieras, pero sé que estarás pensando en mí cuando te toques esta noche. —Me besa en la mejilla y desaparece de mi apartamento. No me hubiera percatado de que ha estado aquí si no hubiese dejado su esencia a su paso.
Me apoyo en la encimera para recuperar la estabilidad y cierro los ojos para tratar de calmar los latidos de mi corazón.
Juraría que he oído una carcajada a través de la pared.