Enamorarse de un vampiro es un caos 35. Celine
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35. Celine

Celine

Me sirvo una taza de café y me siento en el taburete de la barra con una naranja pelada delante. Esta combinación no tiene mucho sentido, pero es lo que necesito con la resaca que tengo.

Reprimo un bostezo y dejo la taza a un lado mientras me como la naranja, aunque me dejo dos gajos.

Cojo de nuevo el café e inhalo el aroma a vainilla francesa.

Es perfecto.

No he tenido tiempo de darle ni un sorbo cuando un cuerpo cálido me envuelve por detrás y unos brazos me atrapan por la espalda. Una barbilla se posa sobre mi cabeza un segundo después y escucho el sonidito que tararea el niño pequeño de trescientos años que tengo detrás de mí.

—Zav —gruño—. Por tu culpa casi derramo el café.

—Shhh —me silencia—. Estoy ocupado con mi dosis de mimitos mañaneros.

Uf. Me cuesta mucho enfadarme con él cuando es tan dulce. Me relajo entre sus brazos y cierro los ojos. Me pasa los labios por la cabeza como si fuera a darme un beso antes de apartarse y sentarse en el taburete de al lado.

Me roba los dos últimos gajos de naranja y me ofrece una sonrisa en la que destacan sus colmillos.

Noto un cosquilleo en el estómago. No sé qué tienen sus colmillos, pero me atraen mucho. No me atrevo a confesárselo porque algo me dice que le encantaría conocer ese dato.

Me suena el teléfono e interrumpe nuestra mañana tranquila y sosegada.

El nombre del capitán Barnes aparece en la pantalla, así que respondo de inmediato.

—¿Diga?

—Hola, Celine. Sé que entras más tarde, pero he pensado que querrías venir cuanto antes a la comisaría. Hemos pillado al intruso que entró en tu casa gracias a una cámara de seguridad del centro, y lo están trayendo ahora para interrogarlo.

—¡Vale! —exclamo al tiempo que salto del taburete y tiro la taza de café. Zav la endereza rápidamente y coge un trapo para limpiar el desastre—. Voy para allá.

—De acuerdo. Tampoco hace falta que corras. Ahora que lo hemos pillado, no va a ir a ninguna parte durante un tiempo.

—Gracias, capitán.

Cuelgo y no me molesto en contárselo a Zav porque sé que ha escuchado toda la conversación.

—Voy a cambiarme y me marcho.

Asiente.

—Te llevo.

—No tienes que…

—Te llevo —insiste.

Alzo las manos a modo de derrota.

—De acuerdo.

No tardo mucho en cambiarme, y juraría que Zav conduce a mil kilómetros por hora para llegar cuanto antes a la comisaría. No suelo marearme en el coche, pero noto cómo se me revuelve el estómago mientras entro en el edificio.

—¡Brennan! ¿Debería ponerte una multa por exceso de velocidad? —me dice el capitán cuando me ve aparecer—. Es imposible que no hayas infringido alguna ley para llegar tan rápido.

—Oh, me encanta. Celine, arréstame. —Zav me enseña las muñecas, y se las aparto con un siseo.

—No le hagas caso. —Le doy un manotazo para que se coloque detrás de mí.

El capitán arquea una ceja con curiosidad.

—Últimamente, este chico no para de aparecer en las escenas del crimen, a pesar de que no trabaje para nosotros. ¿Qué hace aquí ahora?

—Soy su guardaespaldas —le asegura Zav por detrás de mí—. ¿No lo apruebas? Háblalo con mi abogado.

Miro anonadada al vampiro tan pesado que tengo detrás. En este momento, desearía taparle la boca con cinta adhesiva.

—¿Lo habéis pillado? —Intento cambiar de tema.

—Sí. Como te he contado, lo vimos en las cámaras de seguridad del centro, cerca de la cafetería a la que tanto te gusta ir.

Sus huellas coinciden con las que tomamos en tu apartamento.

—El capitán se detiene frente a la sala de interrogatorios con la mano en el pomo de la puerta—.

Todavía no le hemos interrogado, ya que pensábamos que querrías hacerlo tú.

Sé que te preocupa que el allanamiento fuera algo personal, así que espero que conocerle te ayude a calmarte un poco. ¿Preparada? —Espera a que responda.

—Al lío. —Aunque suspiro, nadie se daría cuenta de lo nerviosa que estoy.

Noto que Zav pretende seguirme dentro de la sala, pero me doy la vuelta y planto una mano en su pecho.

—Celine —se queja.

—Te he dejado venir conmigo y no puedo evitar que nos oigas, pero no puedes entrar.

Percibo una mueca de disgusto en su cara, pero reconoce que es algo que necesito hacer por mi cuenta.

Entro en la sala de interrogatorios, cojo una silla y me siento.

El hombre que está frente a mí parece muy normal.

Aparenta unos veintipico. Tiene el pelo rubio ceniza y ojos azules, y lleva una sudadera y unos vaqueros básicos.

Jamás lo señalaría como criminal. Supongo que al principio ningún criminal lo parece.

Los más silenciosos suelen ser con los que más cuidado has de llevar, y este parece encajar en esa descripción.

Juguetea con los dedos nervioso mientras ambos estamos sentados el uno frente al otro en silencio, y le observo.

El capitán Barnes se sienta a mi lado para moderar el encuentro.

Estoy segura de que ha entrado para que no me deje llevar por mis sentimientos.

Pero se me da muy bien ocultarlos, y me niego a dejarlos salir ahora.

Tamborileo los dedos sobre la mesa metálica, y los ojos del culpable siguen el movimiento.

Parece que sí que está nervioso.

—¿Cómo te llamas? —Empiezo con una pregunta sencilla.

—Derek… Fallows —tartamudea.

—¿Sabes por qué estás aquí, Derek?

—No, lo cierto es que no —responde Derek—. He salido de casa a comprarme un café a primera hora de la mañana, pero un segundo después me ha arrestado la policía. Agradecería una explicación —suelta a la defensiva, aunque su confusión parece genuina y logra desorientarme.

Frunzo el ceño y miro al capitán, pero sigue escribiendo.

—No vas a llegar a ninguna parte haciéndote el tonto. De hecho, eso solo te traerá más problemas, Derek. —Pronuncio su nombre y me inclino hacia delante para mirarle a los ojos, que él mantiene bajos.

—Dice la verdad, hijo. Responde a la detective Brennan, por favor —interviene por fin el capitán con su tono autoritario.

—¡Os estoy diciendo la verdad! —exclama, y golpea la mesa con el puño—.

No tengo ni idea de por qué estoy aquí ni de lo que estáis hablando.

¿Estáis seguros de que habéis arrestado a la persona correcta?

¡No he cometido ni un delito en mi vida!

—Derek se pone en pie, y hago lo mismo. Me doy cuenta de que el capitán Barnes se coloca la mano sobre el muslo para tener a mano la pistola eléctrica por si las cosas empiezan a descontrolarse.

—Oye, vamos a calmarnos un poco. —Lo mejor será tratar de relajar el ambiente y, ya que parece que este chico cree que es inocente, decido seguirle el juego—. ¿No entraste en un apartamento que no era el tuyo hace unas semanas? —No quiero darle todos los detalles por si decide contarnos la verdad.

Derek se vuelve a sentar despacio en la silla, pero yo me quedo de pie.

—¿Qué? ¡No! —De nuevo, me impacta lo convencido que suena al contestarme. No parece que nos esté tomando el pelo. Parece más bien ofendido por esta situación.

Oigo cómo alguien toca a la puerta, y recuerdo que Zavier sigue en el pasillo y que debe de estar oyéndolo todo.

—Un momento, por favor. —Evito la mirada de desconcierto del capitán y asomo la cabeza por la puerta de la sala de interrogatorios. Como imaginaba, Zavier está allí de pie, y parece que está a punto de explotar si no me cuenta algo.

Salgo y cierro la puerta para que nadie nos oiga.

—Está diciendo la verdad. —Zavier parece perplejo.

—¿Qué? ¿Cómo lo sabes? —El hecho de que acabe de confirmar mis sospechas me deja totalmente confundida.

—Por el latido de su corazón. Cuando los humanos mentís, se os acelera el pulso, e incluso os da un pequeño saltito que demuestra si estáis diciendo la verdad o no.

Este chico está nervioso y le va el corazón a mil, pero a estas alturas de mi vida sé distinguir la diferencia.

No sabe nada de lo ocurrido. —Zavier se rasca la cabeza y se sube las gafas por la nariz.

—Eso no tiene sentido.

—Para mí tampoco, pero, si se trata de él, o no se acuerda o… —Zavier se queda callado y una chispa le nace en los ojos— … o le han obligado a olvidarlo. —Me mira con horror.

—¿Obligado? —Parece como si me estuviera hablando en otro idioma mientras jugueteo con la punta de mi coleta para tratar de calmarme un poco.

—Los vampiros de cierta edad pueden obligar a los humanos a que acaten todas sus órdenes. Se convierten en marionetas sin voz ni voto con los que pueden jugar a su antojo. —Zavier mira al suelo, pero me doy cuenta de que la mente le va a mil por hora.

—¿Crees que entró en mi apartamento, pero que le obligaron a que lo hiciera y después lo olvidara? ¿Y por qué no hemos podido encontrarle hasta ahora? —cavilo en voz alta.

—Quizá eso fuera parte del trance en el que cayó.

A lo mejor no querían que lo encontrarais hasta ahora o puede que haya logrado romper la orden de algún modo.

Espera un momento. —Zavier saca una libretita y un bolígrafo del bolsillo, y tacha algo de lo que parece ser una lista de cosas antes de escribir algo—.

La lluvia constante, el allanamiento de morada y el vampiro salvaje que me encontré fuera del edificio.

—Le da golpecitos a la lista y saca la lengua de forma adorable mientras intenta resolver un puzle del que no soy ni siquiera consciente—.

Varios vampiros y otros seres sobrenaturales se están reuniendo en Chicago por algún motivo.

Parpadeo en su dirección.

—¿Cómo?

—Hay algo sobrenatural en todo esto. Todavía no entiendo el por qué o el cómo, pero parece que todo está relacionado con los vampiros —concluye, y cierra la libreta, no sin antes escribir algo en un pedazo de papel, arrancar la hoja y metérsela en el bolsillo.

—¿Por qué me convertiría en el objetivo de los vampiros?

—No lo sé. —Zavier me atrae hacia él para darme un abrazo breve pero reconfortante.

Me permito acurrucarme en su calor durante un segundo—.

Pero pienso llegar hasta el fondo de esto.

Creo que deberías volver ahí dentro. Aunque no creo que consigáis llegar a alguna parte con él.

—Asiente en dirección a la sala de interrogatorios y me abre la puerta justo después de darme un azote en el culo.

Le lanzo una mirada de reproche, pero ha desaparecido. No me quiero ni imaginar qué significa que Zavier ande suelto por la comisaría. Probablemente termine encerrado en una celda. Espero que se comporte el tiempo que siga ocupada con el sospechoso.

—¿Va todo bien, detective? —me pregunta el capitán Barnes cuando vuelvo a sentarme.

El sospechoso está algo más calmado, aunque sigue pareciendo totalmente desconcertado por estar allí.

—Todo bien —le aseguro al capitán—. Volvamos contigo, compañero —me dirijo a Derek—. ¿No recuerdas haber entrado en mi casa? ¿Ni de ocultarte de la policía todo este tiempo? —Ya sé cuál será su respuesta, pero quiero volver a preguntarle porque lo que me ha contado Zav me resulta increíble.

—Lo juro por mi madre. —Levanta una mano como si estuviera prestando juramento—.

El capitán Barnes me ha enseñado la grabación de la cámara y parece que ese chico soy yo, y ese es mi ADN.

Sé que estas pruebas son irrefutables, pero no recuerdo haber hecho nada de eso.

Lo juro. —Derek aprieta la mandíbula y se inclina hacia atrás con un suspiro derrotado.

—Te creo —respondo.

—¿En serio? —dicen el capitán Barnes y Derek al mismo tiempo.

—Detective, no hace falta que saques conclusiones precipitadas. Tenemos pruebas de que ha sido él. Puedo programar una cita para que se someta al polígrafo y, mientras tanto, retenerlo en una celda.

Parece que al capitán le cuesta comprender mi respuesta, y lo entiendo a la perfección.

—Hazme caso. —Le doy una palmadita en el hombro. No sé cómo explicárselo. Tampoco puedo contarle que los vampiros existen y que usan una magia mental contra los humanos. Solo puedo empatizar con Derek y entender que un ser sobrenatural ha intentado fastidiarle la vida.

—No lo entiendo, pero de acuerdo. —Se vuelve hacia Derek y suspira—. Aun así, te vamos a poner una multa, y parece que, tras la decisión de la detective Brennan, tu abogado podrá negociar una sentencia que no incluya cárcel.

—Vamos a ponernos con el papeleo y te sacaremos de aquí en un rato, Derek. —Asiento en su dirección, y veo alivio en su rostro. Casi parece que acabe de darle las llaves de la ciudad.

—Brennan. —El capitán lo intenta una vez más, pero me limito a sonreír hacia él—. ¿No vas a presentar cargos? Entró en tu piso.

Pronuncia esas últimas palabras como si me hubiera vuelto loca, y puede que sea así. Me siento mal por este chico. Quizá alguien ha entrado en su mente sin su permiso.

—No. Sé que probablemente quieras cortarme el cuello ahora mismo, pero confía en mí. —El capitán sacude la cabeza, sale de la sala conmigo y se dirige a su despacho. Me ofrece una última mirada desconcertada antes de cerrar la puerta tras él.

—Esa expresión indica que cree que estás loca —suelta Zavier justo detrás de mí.

—¿En serio? —Me giro sobre los talones para mirarle—. Supongo que tendré que fiarme de alguien que lleva vivo tantos años.

—Cierto. —Me ofrece una sonrisa lobuna y me echa un brazo por el hombro. Me hunde la nariz en el pelo y noto cómo se le infla el pecho cuando inhala mi aroma—. Dios, hueles de fábula —susurra, y le empujo antes de que consiga ponerme cachonda en mi lugar de trabajo.

Tras eso, me encargo del papeleo para que Derek sea puesto en libertad.

Lo ficho en el sistema, pero no creo que merezca un castigo, así que sale del edificio como un hombre libre.

Mientras tanto, Zavier se sienta con impaciencia en una esquina y mueve la pierna sin cesar.

Me doy cuenta de que se muere por llegar a casa y averiguar qué demonios está pasando después de darnos cuenta de que todo está relacionado con algún ser sobrenatural.

—¿Listo? —Le doy un toquecito en el hombro y se levanta tan rápido que casi se me pinza un músculo en el cuello por mirar hacia arriba.

—Pensaba que nunca me lo preguntarías. —En ese instante, Zavier se vuelve tan rígido como una tabla y se le abren los ojos como platos—. Mierda —maldice antes de cogerme de la mano y alzarme entre sus brazos en un suspiro.

Zav sale corriendo del edificio conmigo en brazos antes de que pueda preguntarle qué ocurre. Bajamos hasta la última planta y damos la vuelta a la esquina hasta que acabamos en un callejón.

Desplomado contra la pared, encontramos el cadáver recién asesinado de Derek.