34. Celine
Celine
Me he quedado pálida, y mis ojos muy abiertos se reflejan en el espejo.
Tengo que recomponerme antes de volver ahí fuera.
A pesar de que el motivo de venir era ver si descubría algo extraño, no quiero meter más a Ava en esto.
Sé que es consciente de la situación, pero no es policía, y no pienso arriesgarme a que mi amiga salga herida.
Vamos, Celine. Analiza la situación. Eso se te da de maravilla.
Tratar de centrarme en un baño a rebosar de mujeres borrachas no es lo más fácil del mundo, pero intento ignorarlas.
Me ajusto la coleta y me retoco el brillo de labios antes de volver a mirarme al espejo.
Mucho mejor. Alguien a mi lado se echa una cantidad excesiva de perfume, y me escabullo por la puerta antes de que llegue a asfixiarme.
Me aseguro de aminorar el paso en cuanto veo nuestra mesa y me obligo a actuar con naturalidad al sentarme con ellos.
Ava me mira, y fuerzo una sonrisa. Parece que no sospecha nada, gracias a Dios.
—Voy a pedir otra copa. ¿Queréis una? —nos pregunta Ava al salir del reservado.
—Un ron con Coca-Cola para mí, por favor —consigo decir en un tono normal.
Zav pide lo mismo, así que saco un billete de veinte del bolsillo y se lo extiendo. Ella lo coge y lo agita mientras se lo mete en el sujetador antes de ir a por nuestras copas.
Miro a Zavier y lo pillo con la mirada clavada en mí, así que yo la aparto. Está muy serio, y eso me está poniendo de los nervios, ya que estoy acostumbrada a su actitud más bien cómica. Su mirada ardiente me taladra un lado de la cabeza, y me remuevo en el asiento.
Joder, este vampiro sabe leerme demasiado bien.
Le paso una mano por el muslo para tratar de distraerlo.
Él se sobresalta en cuanto hago contacto con él, y un pensamiento travieso me cruza la mente.
Estamos sentados en el rincón más oscuro del reservado, donde las sombras pueden ocultar cualquier travesura.
Mi mano roza peligrosamente su entrepierna, y sé que estoy jugando con fuego cuando él me agarra la muñeca con fuerza.
Aun así, no me aparta, sino que mantiene mi mano prisionera contra su polla dura.
Un destello de audacia me hace apretarle justo ahí, y me sorprendo ante el grosor que siento bajo la palma.
Es enorme. Su agarre no me deja mucho margen, pero lo acaricio todo lo que puedo.
De su garganta sale un gemido tan bajito que casi no lo oigo.
Qué sexy.
Hasta ahora he evitado el contacto visual, en parte porque me preocupa que, si lo mantengo, quizá pierda la poca cordura que me queda. Esto ya no va de distraerle, sino de las ganas que tengo de seguir tocándole.
Es como un imán que atrae mi mirada hacia su rostro, y me encuentro con la expresión más sexy que jamás he visto en un hombre: la cabeza hacia atrás, apoyada en la pared, las ondas pelirrojas sobre la frente, los labios entreabiertos y los ojos cerrados.
—¿Qué pretendes hacer conmigo? —gruñe con la voz baja y ronca.
Parece que Zavier está experimentando una tortura muy dulce, y es todo gracias a mi mano. Le vuelvo a apretar, y suelta un resoplido que termina convertido en gruñido.
—Celine. —Aprieta los dientes, y veo su colmierección, como él la llama—. Más fuerte —me suplica.
Ignoro su súplica, me cruzo de piernas y observo a la multitud con expresión aburrida, tratando de aparentar normalidad, como si no estuviera haciéndole un trabajito a mi compañero de reservado.
Sé que en este instante deben estar ocurriendo muchas otras obscenidades en la discoteca, así que no creo que seamos los peores infractores.
Pero preferiría que Ava no me pillara, ya que ahora mismo está mirándonos desde la barra. Asiento, y ella vuelve a fijarse en el camarero que sigue sirviendo nuestras copas.
—¿Tú qué opinas? —ronroneo—. ¿Crees que puedo hacer que te corras antes de que vuelva?
Zavier gime de nuevo.
—Te acabas de meter en un buen lío. —Parece faltarle el aliento, pero no intenta detenerme. Al contrario, me coge la mano y me la sube y la baja a un ritmo acelerado. Por los jadeos que está soltando y la forma en que se le tensan los abdominales, estoy segura de que está a punto de correrse.
Tentándole, me detengo. Él aparta la mano con un gemido de tortura al haberle dejado con las ganas, pero no se espera para nada lo que estoy a punto de hacer. Le bajo la bragueta de los pantalones y meto la mano para sacarle la polla.
No puedo verle, pero, por cómo la noto en la mano, sé que es mucho más grande que todas las que he visto.
Así que aquí estoy, sosteniéndole la polla en público, y no hemos hecho nada más que besarnos un par de veces. Me siento poderosa mientras lo acerco al clímax.
Podría acostumbrarme a esta sensación: saber que mi simple roce puede poner a este vampiro de rodillas ante mí.
Se me tensa el abdomen al sentir su dureza aterciopelada en la mano. Es una sensación muy placentera, así que le paso el pulgar con delicadeza por la punta. Zavier se retuerce ante mis caricias y me agarra la mano para que se la frote con más fuerza.
Los soniditos que suelta son tan sexis que hacen que me muerda el labio.
Si alguien nos mirara ahora mismo, sabría perfectamente lo que estamos haciendo. El movimiento de nuestros brazos es inconfundible. Vuelvo a echarle un vistazo rápido a Ava y, cuando la veo coger la última copa de la barra, sé que nuestro momento ha llegado a su fin.
—Ava está a punto de volver a la mesa—susurro, empezando a entrar en pánico.
—Si crees que el hecho de que Ava pueda pillarnos hará que me dé más prisa, estás muy equivocada.
—Vuelve la cabeza para enterrar la nariz en mi pelo y ocultar así su expresión de tortura—.
Pero sé que a ti te pone muy nerviosa, así que voy a ser un buen chico y a correrme ya —me susurra al oído, y aprieto los muslos para sentir un poco más la fricción.
A estas alturas, me palpita el clítoris por la necesidad.
Mi mano y la suya continúan haciendo su trabajo, subiendo, bajando y retorciendo cuando llegan a la punta. Casi siento cómo los latidos de mi corazón se sincronizan con los pasos de Ava a medida que se va a acercando.
Bajamos la mano por última vez, y Zavier suelta un gemido ahogado antes de que su semen caliente nos impregne las manos. Se aparta un poco, y le miro a los ojos nerviosa por si no ha sido suficiente para él.
Se inclina y me da un beso en la frente.
—Sé lo que estás pensando, y déjame decirte que ha sido increíblemente sexy.
—Coge una servilleta de las copas y me limpia la mano por debajo de la mesa—.
No pienses eso. Siempre estaré abierto a cualquier cosa que quieras hacerme.
—Creo que ya ha terminado cuando se inclina de nuevo—.
Pero prepárate para lo que está por venir.
Que hayas ganado esta batalla no significa que hayas ganado la guerra.
Y yo nunca pierdo. —Me sonríe enseñándome los colmillos y se disculpa para ir al baño justo cuando Ava deja las tres copas sobre la mesa.
—¿A dónde va? Acabo de traer la bebida. —Observa cómo se aleja.
—Diarrea —suelto de repente, y me arrepiento al instante de mi respuesta—. No le ha sentado bien la cena.
Le doy un largo trago a mi copa. El alcohol me quema la garganta y me provoca un escalofrío, pero tanto como la pésima excusa que acabo de darle. No suelo ponerme nerviosa bajo presión, aunque, cuando se trata de temas tan íntimos, me derrumbo como un castillo de naipes.
—Vaya. —Ava se sienta a mi lado, y cojo la nueva servilleta con fuerza. Tengo que regresar al baño para lavarme las manos, pero sé que notará que ocurre algo si vuelvo a ir tan rápido.
Ava saca algo del bolso y lo desliza sobre la mesa con un carraspeo. Mira de nuevo hacia el fondo del local y le da un trago a su bebida. Mis mejillas se encienden cuando me doy cuenta de lo que es.
Gel hidroalcohólico.