33. Celine
Celine
—¿Cómo que quieres volver a esa discoteca? ¿La misma en la que se supone que han secuestrado y asesinado a una mujer? —Ava agita su taza de cerámica en mi dirección con una mirada inexpresiva—. ¿Tú? ¿A la que no le gusta salir de fiesta?
Ha llegado el fin de semana, y la he invitado al apartamento para pasar un rato juntas.
Parece que las cosas con Spencer no van del todo bien, y aún no tiene claro qué va a hacer.
Él todavía no ha aceptado el nuevo trabajo, pero estoy segura de que los dos han tomado una decisión, aunque no quieren compartirla en voz alta.
—No voy a ir a pasármelo bien. —Rodeo mi taza con los dedos—. Solo quiero echar un vistazo. —Me encojo de hombros—. Aún tengo la corazonada de que algo no va como debería. —Le suplico con la mirada para que acepte venir conmigo. Necesito su ayuda. Cuantos más ojos, mejor.
—¡Si vais a ir, os acompaño! —grita Zavier desde la habitación.
Pongo los ojos en blanco, y Ava oculta una risita tras un sorbo de café.
Zavier se ha negado a marcharse de casa cuando ha llegado mi amiga, pero ha prometido que se quedaría en el dormitorio con la puerta cerrada para ofrecernos cierta privacidad.
Es una mentira como una catedral, teniendo en cuenta que sé que los vampiros tienen muy buen oído, pero ella aún no lo sabe, y eso es lo único que importa.
—Si vas a venir… —le suelto levantando la voz, aunque sea innecesario—, tendrás que ayudarnos. Necesito que mantengas los ojos y los oídos bien abiertos.
—Eso no será un problema, querida —canturrea desde detrás de la puerta.
—No me importaría investigar un poco. —Ava se inclina hacia delante, y el cabello de color oro rosa le oculta el rostro—. Spencer y yo lo hemos dejado.
Sacudo la cabeza, sorprendida por el cambio repentino de tema.
—¿Qué? —suelto mientras me acerco para posar mi mano sobre la suya.
Ava se suena la nariz antes de sonreír con los ojos llorosos.
—Ha sido de mutuo acuerdo. Una decisión dolorosa pero muy madura al mismo tiempo. Siempre le amaré, y le deseo lo mejor, pero queríamos cosas diferentes y no hemos conseguido encontrar una solución intermedia. No quiero frenarlo, pero tampoco dejar mi vida atrás por él, ¿entiendes?
—Ay, lo siento mucho, Aves.
Su dulce perfume me llega cuando la atraigo hacia mí para darle un abrazo. No soy una persona de abrazos, pero ella sí, y sé que ahora necesita uno.
—Tendría que haberle echado un chupito de vodka al café —suelto, y ella me corresponde con una risita—. Todavía estamos a tiempo. —Me acerco a la nevera, saco la botella y ella asiente.
Me sobresalto cuando Ava grita de repente:
—¡Zavier, trae tu bonito culo aquí ahora mismo!
El susodicho aparece ante nosotras con una maraña de cabello carmesí.
Lleva una sudadera con capucha negra que, de alguna manera, le queda tremendamente sexy, y sostiene a Medianoche estirado sobre sus hombros.
El gato parece estar muy cómodo en esa posición, aunque, cuando hace contacto visual conmigo, suelta un siseo.
Parece que todavía no hemos avanzado mucho en nuestra relación.
—¿Nos habéis llamado a mí y a mi apoyo emocional felino? —Acaricia la cola de Medianoche como si fuera un villano malvado.
—Tú, yo, Celine, la discoteca. Vienes o te quedas.
Ava levanta un dedo con cada punto, y termina con la palma abierta en el aire. Zav le choca los cinco sin preguntarle nada.
Estos dos juntos serán mi perdición.
—Pues allá vamos. Solo os pido que os comportéis, por favor. Vamos por trabajo, ¿de acuerdo?
Miro a Zavier, y él levanta las manos en señal de rendición antes de que le dé tiempo a responder.
Hace un puchero y se sube las gafas, que se le han deslizado por el puente de la nariz.
—¿Cuándo me he portado yo mal?
La música retumba por todas partes, y comienzo a tener un déjà vu de la vez que vine a Vex con Ava. En esta ocasión es distinto, ya que nos acompaña un pelirrojo en concreto que no para de mirar a su alrededor con unos ojos muy curiosos y brillantes.
—No puedo creer que hayamos vuelto. —Intento ignorar el calor que desprende la mano de Zavier, que apoya en mi muslo, por debajo de la mesa. Parece que este hombre está empeñado en no despegarse de mí ni un segundo.
—Pues créetelo —responde Ava en medio del alboroto—. Es divertido porque hemos venido por el mismo motivo que la primera vez: no es divertirnos, sino investigar. —Me mira mal, y le saco la lengua.
Sonrío un tanto avergonzada.
—Lo siento.
Ava me señala con un dedo.
—No te disculpes. Las dos sabemos que no lo sientes.
—Por cierto, no creo que vayamos a descubrir nada si os quedáis aquí sentadas toda la noche.
—Zavier me empuja fuera del reservado y sale dando una vuelta dramática—.
¿Serías tan amable de concederme este baile?
—Extiende la mano como si estuviéramos en un baile de gala, no en una discoteca, y lo remata con un guiño—.
Y de paso aprovechamos para investigar un poco.
Le acepto la mano y señalo a Ava antes de que él me lleve a la pista de baile, y le pregunto:
—¿Por qué no vas a la barra, a ver si puedes sonsacarle algo a los camareros?
Ella coge su bebida y sale del reservado.
—A sus órdenes, jefa.
Zav nos abre paso entre la multitud hasta llegar casi al borde de la pista de baile y me atrae hacia él con fuerza.
Jadeo ante la sensación de estar tan pegada a su cuerpo.
Levanto los ojos hacia los suyos. Sé que he venido aquí a investigar y que no puedo distraerme, pero no puedo evitar que la lujuria se abra paso en mí.
Siempre he querido que un hombre me mirase como lo hace él.
Quizá no me haya dicho que me quiere, pero es imposible no reconocer la emoción que hay reflejada en esos ojos ocultos tras las gafas.
Me aparto la coleta del cuello, y me sopla sobre la piel delicada, logrando que se me erice. Cierro los ojos y respiro hondo. Me da la vuelta y termino con la espalda pegada a su torso mientras nuestros cuerpos se mueven al ritmo de la música.
Enseguida me doy cuenta de algo y vuelvo a jadear mientras me doy la vuelta para mirarlo de nuevo.
—¡Serás imbécil! —grito por encima de la música. Él se limita a sonreír a modo de respuesta, ya que sabe lo que estoy a punto de decirle—. ¡Fuiste tú!
—¿Qué fui yo? —Se hace el tonto, como siempre.
—El desconocido sexy con el que bailé aquella noche aquí.
¿Cuánto tiempo lleva a mi alrededor? ¿Cómo he podido estar tan ciega?
—¿Crees que soy sexy? —Parpadea coquetamente hacia mí.
—Sé que te gusta acosarme, pero ¿cuánto tiempo llevas haciéndolo? —pregunto, dándole golpecitos en el pecho mientras él baja las manos por mi cuerpo y las posa en mi cintura.
—¡No te oigo! ¡La música está muy alta! —Zavier se señala los oídos.
—¡Mentiroso! ¡Por supuesto que me oyes! —Frunzo los labios, me coge de la mano y vuelve mi cuerpo hacia el suyo para abrazarme con fuerza.
Voy a dejarlo pasar. Por ahora.
—Piensas demasiado. Siente la música conmigo. Y echa un vistazo a tu alrededor —me recuerda—. No te olvides para qué hemos venido.
Odio el hecho de que me distraiga tanto que casi se me olvide la razón por la que me ha pedido acompañarnos.
Veo a Ava en la barra, charlando con un camarero. Cuando me mira, hay dolor en sus ojos. Desearía tener una varita mágica para arreglar la situación con Spencer, pero supongo que me tocará esperar a ver si el tiempo cura todas las heridas, como suele decirse.
—Acerquémonos hacia ahí —le digo a Zav, tratando de señalar con discreción la puerta de la otra vez. Estoy segura de que conduce a algún lugar interesante. El guardia que hay delante no nos presta demasiada atención; se dedica a mirar a la multitud.
Hace lo que le digo, pero no sirve de nada. Nadie entra ni sale, y la puerta sigue cerrada.
—Creo que lo de esta noche ha sido una pérdida de tiempo —admito, sintiéndome un poco mal.
Me está volviendo loca no ser capaz de conseguir respuestas sobre este lugar.
—Espero que no pienses que soy una pérdida de tiempo —dice Zav riéndose.
Se pasa una mano por el pelo, y me flaquean las rodillas ante esa acción. Necesito a este hombre. Mucho.
—Jamás. —Le doy un beso en la mejilla antes de dirigirnos a una mesa.
—¿Habéis descubierto algo? —nos pregunta Ava cuando se une a nosotros y me coloca un vaso de agua delante.
—No —admito, mordiéndome el labio—. Nadie ha salido ni entrado. —Inclino la cabeza hacia la puerta que permanece sellada.
Ava frunce el ceño.
—Quizá no esté sucediendo nada extraño —sugiere con una ceja alzada.
Siento el peso de la mirada de Zav.
—¿Sigues creyendo que ocurre algo?
—Sí —admito—. Es un… presentimiento. —Me levanto de la mesa—. De acuerdo, chicos, voy al baño. No hagáis ninguna locura en mi ausencia. —Les apunto con un dedo a cada uno. Sé que no puedo fiarme de dejar a Ava y Zav solos.
Salgo del reservado y me dirijo hacia el baño porque lo cierto es que tengo ganas de hacer pis. Tras esquivar por los pelos un charco de vómito en el pasillo, encuentro un cubículo libre.
Termino rápido y me quedo un segundo sentada en el váter, esperando a que las chicas que están mirándose al espejo salgan del baño.
No tardan mucho, así que, en cuanto se marchan, me lavo las manos en tiempo récord. Me doy la vuelta y, cuando estoy a punto de regresar a la mesa, oigo algo desde arriba que me detiene. Las voces provienen de la rejilla de ventilación del techo que está justo encima del lavabo.
Recuerdo que Ava mencionó algo la primera vez que estuvimos, así que intento concentrarme en las voces. Una de ellas me deja muy sorprendida. Me resulta familiar.
Parece… Pero no puede ser.
Me cuesta oír lo que dicen, ya que la rejilla amortigua las voces. Me coloco el pelo detrás de las orejas, como si eso fuera a ayudarme a oír mejor, y cierro los ojos.
—¿Estás de coña? —La mujer parece enfadada—. Es como si tuviera que hacerlo todo yo.
—Lo siento —responde un hombre un tanto asustado.
—¿Cómo puedes ser tan incompetente?
Él musita algo a modo de respuesta, pero no logro captarlo todo, solo lo que dice ella porque está gritando.
—¡Ya basta! Voy a terminar con dolor de cabeza por tu culpa. —Su tono no da pie a réplica—. Espabila de una vez. No creo que te guste lo que pasará si no lo haces.
Me quedo de pie unos minutos más, pero ya no oigo nada.
¿Qué demonios ha sido eso?
Parece que está ocurriendo algo muy extraño aquí, y eso significa que no me he vuelto loca del todo.
Y esta conversación lo demuestra, porque juraría que la voz femenina que acabo de oír es la de Genevieve.