Enamorarse de un vampiro es un caos 30. Celine
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30. Celine

Celine

Cojo el menú que me han dejado delante y lo hojeo buscando mis platos favoritos. Hemos decidido probar un nuevo restaurante en el que sirven hamburguesas, pan de pita, alitas y otros platos típicos de bar.

A veces una hamburguesa completa es lo único que necesita una chica para levantar el ánimo y aumentar su productividad.

—Creo que voy a pedir la ensalada César con salmón —dice Ava mientras se da golpecitos en la barbilla.

—Cómo no —me río.

Ava y yo siempre escogemos lo mismo.

Muevo la pajita en el vaso de agua que tengo a la derecha.

—Al menos yo me he pedido esto. —Ava alza su elegante limonada con gas—. Tú solo has pedido agua, sosa. —Me saca la lengua como la mujer adulta que es.

Arrugo el envoltorio de la pajita y se lo lanzo a la cara, aunque cae al suelo mucho antes de llegar a mi objetivo.

—¡Hola, chicas! Hoy os voy a atender yo. —Oímos una voz alegre que conozco demasiado bien.

Los ojos azul claro de Ava van del camarero a mí varias veces, y su sonrisa es tan grande que creo que va a terminar partiéndole el rostro en dos.

—Ni siquiera me atrevo a mirar. —Me tapo el lateral de la cara para no ver a la persona que tengo al lado y me doy cuenta de que Ava asiente con fervor. Cierro los ojos y me froto las palmas contra estos para tratar de aliviar el dolor de cabeza que se avecina.

Uf.

Como esperaba, cuando vuelvo la cabeza y abro los párpados, un adonis pelirrojo me devuelve la mirada ataviado con delantal y todo.

Zavier inclina la cabeza hacia mí como si no fuera más que un perro que le está pidiendo un poco de atención a su dueña.

¿Dónde se supone que me he encontrado a este? ¿En un callejón abandonado?

Bueno, más o menos.

—No quiero ni imaginarme cómo has sabido que íbamos a venir aquí o cómo has conseguido este trabajo tan rápido. Parece que alguien no puede pasar sin mí, ¿eh? —me río, a pesar de que es un acto de amor un tanto retorcido.

Él se inclina y frota la mejilla contra mi cabeza.

—Claro que no. Echaba demasiado de menos a mi calabacita.

—Vale, aléjate de mí. —Aparto a Zav de un empujón y él se mece adelante y atrás sobre los pies. Ahora que sé que es un vampiro, me doy cuenta de que se me aparta de mí porque quiere. Sé que es lo bastante fuerte como para no moverse del sitio si no le apetece—. ¿Qué le ha ocurrido al otro camarero?

Zav no ha sido el chico que ha venido antes a tomar nota de las bebidas y nos ha preguntado si queríamos un entrante.

Zavier sonríe con malicia, y me esfuerzo en ignorarlo y no dejar que mi mente divague sobre lo que puede haber pasado.

Ava y yo le decimos a Zavier nuestros pedidos, él lo anota todo y se marcha para indicárselo al cocinero.

—Hablando del rey de Roma… —Ava me sonríe mientras le da un sorbo a la limonada—. ¿Qué tal llevas lo de vivir con él?

—Es muy atento, de eso no cabe duda. Creo que casi le ha dado una embolia cuando le he dicho que hoy iba a volver al trabajo.

—Me paso una mano por el pelo y me coloco varios mechones detrás de la oreja—.

Medianoche, el muy capullo, parece que le ha cogido cariño, así que está la mar de a gusto.

Ojalá hubiera nuevas noticias sobre quién entró en mi apartamento para hacerme una idea de cuándo podré volver a casa, pero de momento no tenemos nada.

No quiero ser un incordio para Zavier. He invadido su espacio y, como tampoco me deja dormir en el sofá, también he invadido su cama. No es justo.

Lo que no le cuento a Ava es que en ella duermo mejor que nunca. Pensaba que su aroma se iría desvaneciendo de las sábanas, pero no, ocurre justo lo contrario, y eso es lo que me ayuda a dormir todas las noches.

A pesar de que intento alejarme de este vampiro tan payaso, poco a poco está consiguiendo ablandarme el corazón. No sé cuánto tiempo podré resistirme a entablar una relación estable con él.

Me guardo esa información prohibida para mí. Zav seguramente organizaría un desfile en su honor si descubriera que estoy pensando pedirle salir.

—Creo que no le molesta que vivas con él —se ríe Ava—.

Es una erección andante. Por lo que he visto, estoy segura de que le romperás el corazón cuando te vayas.

—Me doy cuenta de que Zav nos observa desde una esquina, pero desaparece al instante cuando le pillo mirando hacia nosotras—.

Es una situación curiosa, pero quizá que te hayas tenido que mudar con él es una señal del universo para que hagas caso a tu corazón y no a la cabeza por una vez en tu vida.

—Ava me mira seria mientras apura el último sorbo de limonada—.

Acuéstate con él y comprueba si vuestra atracción natural también es química sexual, y, a partir de ahí, decide qué quieres hacer.

No pasa nada si al final las cosas no salen como esperabas.

—Quizá tengas razón. —Sé que la tiene, pero todavía hay una parte de mí que me impide tirarme a la piscina. Además, él es un ser inmortal y yo soy humana. ¿Cómo demonios funcionaría eso?

Le doy un sorbo al agua, y aparece un camarero distinto con nuestra comida. La ensalada de Ava parece deliciosa, pero mi hamburguesa me hace salivar.

Extiendo el brazo para darle otro sorbo al agua, pero me doy cuenta de que el vaso está vacío. Debo de habérmela acabado mientras respondía a las preguntas de Ava. Antes de que pueda darme cuenta de que tengo la garganta seca, me ponen otro vaso de agua delante y una limonada frente a Ava.

Subo la mirada poco a poco por un pecho cubierto por un delantal, un cuello poderoso y una mandíbula fuerte. Zavier me sonríe y desaparece sin mediar palabra.

—¿Ves? Sabía lo que necesitabas antes de que lo pidieras. —Ava se lanza sobre la ensalada y le da otro sorbo a su nueva limonada.

—Puf. Es su trabajo estar pendiente de eso. Estoy segura de que lo hace con cualquiera —intento razonar, pero sé que lleva razón, por mucho que no lo reconozca en voz alta.

Ahogo el gemido que casi se me escapa cuando muerdo la hamburguesa y los sabores explotan en mi lengua. La carne está al punto perfecto y no demasiado grasienta. Todos los ingredientes fluyen con armonía y las patatas fritas están igual de deliciosas.

—Ha sido muy buena idea venir aquí hoy. —Apunto una patata frita en dirección a Ava y ella asiente.

Terminamos de comer casi en silencio, cada una disfrutando de su plato. Cierto individuo parece haber desaparecido, pero sigo notando sus ojos en mí. Creo que jamás podré evitar sentir el peso de su mirada a todas horas, por mucho que lo intente.

El teléfono de Ava suena cuando estamos a punto de terminar, y suspira cuando ve quién es. Duda en contestar, pero termina levantándose de la mesa. Me enseña la pantalla y, cuando veo el nombre de Spencer, lo entiendo a la perfección. Asiento hacia ella antes de que se aleje para hablar con él.

Ordeno un poco la mesa esperando a que regrese. Apilo los platos, limpio las migas y las dejo en una esquina. Sé que los trabajos de cara al público pueden llegar a ser muy duros, así que intento ayudar a los trabajadores siempre que puedo.

Me sorprende que Ava aparezca de nuevo tras unos minutos.

—Qué conversación tan corta —comento antes de alzar la mirada y darme cuenta de que no es ella la que se ha sentado delante de mí. A no ser que haya crecido varios centímetros, se haya teñido el pelo de rojo y le hayan crecido un par de colmillos.

—No podía dejar a una señorita tan guapa sin compañía. —Zavier coge mi vaso de agua y coloca los labios estratégicamente sobre la marca de pintalabios que he dejado en el borde. Sus ojos verdes se clavan en los míos, y combato el escalofrío que me recorre.

Qué hombre.

—¿Estás intentando marcharte de mi casa?

—me pregunta, y suspiro por dentro. Por supuesto que lo ha escuchado todo—.

Sé que quizá te lo planteas, y te prometo que intento no prestar atención a tus conversaciones para ofrecerte algo de intimidad, pero los vampiros tenemos un oído extremadamente bueno.

Además, Ava habla muy alto, así que me ha resultado imposible no escuchar.

Ahora que se ha quitado el delantal, aprecio el atuendo completo de Zavier: una camiseta negra bajo una camisa de franela gris. El contraste resalta el color de sus ojos y su pelo.

—Solo me siento mal por invadir tu espacio y no quiero ser un incordio, nada más.

Zav frunce el ceño ante mi confesión y se inclina sobre la mesa para cogerme las manos, que no paro de mover de un lado a otro.

—Celine, te prometo que no eres un incordio.

He estado solo durante cientos de años. Sin embargo, ahora te tengo a ti.

—Su mirada se suaviza, y me derrito un poco—.

Me encanta despertarme y saber que estás en casa.

Me encanta oír tus suaves ronquidos a través de la puerta.

Me encanta descubrir cuál de mis comportamientos te hace poner los ojos en blanco.

Me encanta ver lo enredado que tienes el pelo cuando te despiertas por las mañanas.

—Eso último hace que le dé un manotazo y que él se carcajee—.

No quiero que pienses que eres un incordio.

Al contrario, me alegras el día. —Me ofrece una caricia en el dorso de la mano—.

Bueno, primero va Medianoche y luego tú. —Me guiña un ojo, y aprieto los labios.

Zav saca la cuenta de debajo de la mesa y la coloca frente a mí. Cuando la abro, me doy cuenta de que pone que ya está pagada.

—Invita la casa. —Desaparece en un santiamén antes de que me dé tiempo a alzar la mirada de nuevo hacia él.

Maldito vampiro acosador.