29. Celine
Celine
El ruido de papeles, murmullos bajos y pasos que resuenan por la comisaría son música para mis oídos. Me encanta haber vuelto al trabajo. Nunca he sido la típica a la que le gusta quedarse deprimida en casa, pero es cierto que el allanamiento me afectó más de lo que me gustaría admitir.
Zavier no parecía muy contento cuando le he dicho esta mañana que iba a volver al trabajo.
El puchero que ha hecho y el abrazo de koala con el que se ha aferrado a mí me han dado bastante pena.
Al menos tiene a Medianoche para hacerle compañía.
Además, es un hombre adulto y un… vampiro, así que estoy segura de que se las apañará.
Todavía no he asimilado del todo que Zavier sea un vampiro. Oímos hablar de vampiros en mitos y leyendas, y siempre he creído que eran justo eso.
Un cuento.
Que en realidad no existen.
Pero lo que vi no puede explicarse de otro modo que no sea sobrenatural.
Como humanos, nos enseñan algo y nos obligan a creer que es cierto.
Por Dios, nos pasamos los primeros años de nuestra vida metidos en el colegio, alimentándonos de hechos que se supone que debemos recordar.
Llegar a la conclusión de que todo puede no ser más que una mentira y que los libros de historia quizá estén equivocados es una locura.
Me vibra el móvil en el bolsillo y lo descuelgo con una inevitable sonrisa.
—¿Sí? —Me pongo la mano bajo el codo que sostiene el móvil en el oído. Solo se oye silencio—. ¿Holaaa?
—Te echo de menos —dice una voz melosa al otro lado de la línea.
—Zavier. —Me pellizco el entrecejo—. Me acabo de marchar. —No puedo evitar reírme de sus modales.
—Me duele mi corazón inexistente cuando no estás. Vuelve a casa. ¿Quién necesita trabajar? —me suplica Zav. Me quedo helada cuando utiliza la palabra «casa» para referirse al espacio que compartimos.
—Creo que sobrevivirás. ¿No llevas cientos de años de existencia a las espaldas? —Paseo hasta mi escritorio desde la ventana junto a la que he estado—. Hará que sea mucho más dulce cuando me veas aparecer esta tarde.
—Nunca he tenido paciencia para que me dejen con las ganas. Aunque me encantaría hacértelo a ti.
Cuelgo cuando me suelta eso, aunque no puedo evitar la oleada de placer que me invade.
Me vuelve a sonar el teléfono, pero esta vez lo ignoro.
Menudo vampiro necesitado.
Tengo que trabajar, así que Zavier ya puede ir haciéndose a la idea.
Me dejo caer en la silla y me acerco a la pantalla del ordenador.
Muevo el ratón para que se encienda, tecleo la contraseña y comienzo a leer los e-mails, como suelo hacer.
Aparece un mensaje de la detective Waters que me recuerda que necesito que me ponga al día sobre el caso Vex.
Echo un vistazo al correo y mis ojos se quedan clavados en las palabras «nuevas pruebas».
—¡Ava! —Mi pelo ondea al darme la vuelta rápidamente para llamar a mi amiga, aunque no la veo por ninguna parte.
Ahora que lo pienso, no la he visto en toda la mañana, y eso no es muy normal.
Camino hasta la oficina del capitán y llamo a la puerta antes de entrar. Barnes alza los ojos de los papeles que está cumplimentando.
—¿Ha venido Ava esta mañana? —le pregunto.
—Sí. —El capitán asiente y vuelve a lo que estaba haciendo. No envidio la enorme pila de papeleo que tiene en el escritorio y me tomo su breve respuesta como una señal para que me marche. De todas formas, dudo mucho que sepa dónde está Ava.
Compruebo sus lugares habituales: la sala de descanso, el ventanal por el que le gusta mirar…
Regreso a su escritorio por si ha vuelto mientras la estaba buscando.
Cuando paso por los aseos, oigo un sollozo casi inaudible que proviene del baño de mujeres.
Retrocedo despacio, me detengo y aguzo el oído para tratar de volver a oírlo.
Sale un sollozo un poco más fuerte, pero pronto queda amortiguado, como si quien quiera que esté ahí no quisiera que otros la oyeran.
Camino sigilosa, empujo la puerta con suavidad y echo un vistazo.
Una melena de color rosado cae sobre unos hombros caídos, y junto a ella, sobre el lavamanos, hay un montón de pañuelos usados.
Me planteo por un momento si debería interrumpirla o no, ya que no se me suele dar muy bien eso de consolar a la gente, pero es Ava.
Soy su mejor amiga, y tengo que asegurarme de que está bien.
Si se ha escondido aquí para llorar, debe ser algo importante.
—¿Ava? —Camino hacia ella como si me acercase a un conejillo asustado.
Levanta la cabeza, y las manchas rojas de su rostro me indican que lleva aquí un buen rato. Me doy cuenta de que se siente avergonzada cuando intenta empujar el montón de pañuelos a la papelera y atusarse el pelo como si no pasara nada.
—¿Estás bien? —Me detengo delante de ella y espero a que me responda, ya que no quiero presionarla. Abre la boca y la cierra un par de veces, como si intentase encontrar las palabras adecuadas.
—No —suelta antes de lanzarse a abrazarme.
Se aferra con sus brazos delgados a mi espalda, y el aroma de su champú floral me hace cosquillas en la nariz. Le respondo de la misma forma y la abrazo con fuerza. Lo que sea que la tiene tan disgustada también me afecta a mí.
—¿Qué ocurre? —Le acaricio la espalda con suavidad. Ella vuelve a sollozar, y espero con paciencia a que se calme y me lo cuente.
—Es Spencer —llora antes de abrazarme con más fuerza. Su agarre de anaconda empieza a hacerme daño.
—¿Qué ha hecho? —suelto al instante—. ¿Te ha hecho daño? —Spencer no parece ser esa clase de persona, pero si Ava está tan destrozada, me espero cualquier cosa.
Si ese capullo le ha hecho algo, pienso enterrarlo vivo.
—¡No! Él jamás me haría algo así. —Saca un pañuelo y se suena la nariz—. Lo que ocurre es que le ha salido una oportunidad de trabajo en California y quiere aceptarla.
—¿Me estás dejando? —Ahora me toca a mí abrazarla con fuerza.
Me golpea una oleada de tristeza al pensar en no verla a diario.
Lo cierto es que nuestras personalidades no podrían ser más opuestas, pero así se forjan las mejores amistades.
Ava siempre ha sido un rayo de luz en mi vida que ha sabido mantenerme a flote.
Siempre ha estado ahí cuando he necesitado animarme.
Ahora también tengo a Zav, por raro que suene admitirlo.
—No, creo que lo estoy dejando a él —suspira, y las lágrimas vuelven a correrle por las mejillas—.
Cuando me lo mencionó por primera vez, me emocioné muchísimo, pero, cuanto más lo pienso, menos me parece lo mejor para mí y para mi futuro en este momento.
Le quiero, pero considero que esto será un impedimento.
Una decisión que podría cambiar mi trayectoria por completo.
Le froto los brazos varias veces antes de apartarla de mi pecho. Le acomodo un poco el cabello para que no le caiga sobre la cara y le sostengo las mejillas para mirarla a los ojos.
—Tienes que hacer lo que sea mejor para ti.
Piénsalo bien, no tomes ninguna decisión precipitada y respira hondo.
—Respiro con ella, inspiro profundamente por la nariz y voy soltando el aire por la boca poco a poco.
Cuando veo que empieza a hacerlo, noto que se está calmando—. ¿Has hablado de esto con Spencer?
Ava se aparta de mí por completo y se cruza de brazos.
—No. Sé que tengo que hacerlo. Nota que pasa algo porque últimamente estoy distante.
Necesito mantener esta conversación con él, pero tengo miedo.
No quiero frenarlo porque sé que quiere aceptar el trabajo, pero no quiero irme de Chicago.
Este es mi hogar. —Se frota los ojos y se ríe al ver los dedos manchados de maquillaje—.
Me cuesta imaginarme una vida sin él, teniendo en cuenta que llevamos tanto tiempo juntos, pero algo me dice que no debería de mudarme a California.
Es como si algo quisiera mantenerme aquí.
—Al final, se vuelve hacia el espejo y da un saltito hacia atrás, asustada—. Por Dios, parezco un payaso asesino.
Nos reímos, y la ayudo a borrar cualquier rastro de su sesión de lágrimas.
—Tu instinto te dice que estarías muy perdida sin mí. —Le guiño un ojo, y me sonríe—. Vamos a trabajar un poco y a olvidarnos de los chicos durante un rato.
—Vaya, vaya, vaya. —Ava se detiene en seco cuando intento abrir la puerta del baño y me ofrece una sonrisa astuta—. Hablando de chicos. Tenemos que hablar del tuyo.
—O no —le suelto e intento volver a abrir la puerta. Ava coloca una mano al lado de mi cabeza y me recuerda al momento en que Zavier me acorraló en el ascensor.
—Quieta ahora mismo y pon las manos donde pueda verlas.
—Ava imita una pistola con los dedos y alzo las manos como si me hubiese metido en un lío—.
Te acabo de contar mi vida, así que tú ahora vas a contarme la tuya.
Ese chico está muy enamorado de ti, me di cuenta la otra noche.
—Abre mucho los ojos cuando recuerda algo—.
¡Al final no me contaste qué tal os fue la cita!
—Ups. —Supongo que entre el robo y que Zav no se haya despegado de mí en ningún momento, no he tenido la oportunidad de poner a Ava al día.
—Solo me has contado lo básico. ¡Necesito todos los detalles! —De pronto, la energía habitual de Ava regresa por duplicado y veo cómo el color vuelve a sus mejillas. Continúa acribillándome a preguntas—. Por favor, Celine. —Alarga la mano hacia la mía—. Necesito una distracción. —Hace un mohín.
—Puede que nos besáramos —musito.
—¡Celine! ¿Se supone que somos mejores amigas y no me has contado que os besasteis?
¿Te has acostado con él? Yo me lo habría follado de una, así que no te culpo si lo has hecho.
Tienes que echar un polvo. Hace mucho que no follas.
—Se saca un pintalabios del bolsillo y empieza a aplicárselo con muy buen pulso.
—¡No! —exclamo a la defensiva—. Solo nos hemos besado una vez. No hemos hecho nada más desde entonces.
Ava entrelaza su brazo con el mío tras echarse un último vistazo al espejo y salimos del baño.
—Entonces tienes más fuerza de voluntad que yo. Spencer y yo nos acostamos en la primera cita.
Me río y veo que Ava está mucho más animada que antes.
—¿Quieres que continuemos esta conversación durante la comida? —me pregunta cuando se sienta de nuevo en su escritorio, junto al despacho del capitán Barnes.
—Tenemos una cita. —Me pongo manos a la obra para adelantar algo de trabajo antes de la sesión de cotilleos que sé que tendremos después.