Enamorarse de un vampiro es un caos 27. Celine
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27. Celine

Celine

Las luces de los coches de policía parpadean proyectando sombras en los edificios de los alrededores.

El flash de la cámara del forense se mezcla con los rojos y azules. La escena del crimen es igual de sangrienta que el resto de las que hemos encontrado de este asesino en serie.

Una oleada de calor me recorre el cuerpo mientras me acerco al capitán Barnes.

Sigo excitada por lo que ha ocurrido en el ascensor, y necesito poner algo de distancia con lo que sea que haya sido eso, así que he conducido lo más rápido posible para llegar cuanto antes.

Por suerte, parece que Zavier se ha compadecido de mí, y de camino no ha mencionado lo sucedido.

Sentir su aura dominante en un espacio tan pequeño ha sido una tortura.

Levanto la cinta de seguridad por encima de la cabeza y paso por debajo antes de echar otro vistazo al coche.

Zav está en el asiento del copiloto y parece un ángel que no ha roto un plato en la vida, justo como me ha prometido.

Su complexión alta se ve muy graciosa dentro del vehículo, pero a la vez parece demasiado etéreo para este mundo.

Parece notarme, porque vuelve la cabeza hacia mí y me sonríe.

Me saluda con sorna, y le miro seria, a lo que sonríe más.

Me muestra sus dientes blancos y perfectos, aunque no queda ni rastro de sus colmillos.

Me exaspero e intento olvidar que está en la escena del crimen conmigo, un lugar en el que definitivamente no debería estar.

—¿Te encuentras bien, Brennan? Se supone que no deberías haber venido. Te ibas a tomar unos días libres, ¿recuerdas? —El capitán arquea una ceja en mi dirección, como si me estuviera echando la bronca—. ¿Estás en condiciones de trabajar?

Su preocupación por mí es sincera. Me meto las manos en los bolsillos y le doy una patada a una piedra que tengo delante de la bota.

—Estoy todo lo bien que puedo. Sigo dando vueltas a lo ocurrido, aunque he estado bastante distraída.

Oí que había habido otro crimen del Asesino del Caos y quería venir a verlo en persona.

—Estoy segura de que sabe que Ava me lo ha contado; ¿quién más podría haber sido?

Pero no quiero delatarla delante del jefe.

Para ser sincera, me ha gustado no tener que trabajar estos días, y la vocecita interior que me dice que debería ir pensando en cambiar de profesión cada vez es más fuerte.

Me siento culpable al pensarlo y sacudo la cabeza para eliminar ese pensamiento por ahora.

En este instante no tengo tiempo para darle vueltas.

El capitán Barnes echa un vistazo a mi coche y de nuevo a mí antes de asentir. Es imposible que no haya visto a Zavier, pero no comenta nada sobre el gigante que tengo metido en mi cochecito.

—Ojalá tuviera mejores noticias para ti, pero seguimos tratando de localizar al bastardo que entró en tu casa.

Le vimos en una cámara de seguridad del centro, cerca de una discoteca, pero aún no tenemos su nombre.

—Saca una foto arrugada del bolsillo trasero del pantalón.

En ella se ve a la misma figura encapuchada entre la oscuridad de la noche, colándose por la puerta trasera de ni más ni menos que Vex.

Abro la boca horrorizada.

Esto tiene que estar relacionado con mis sospechas sobre la discoteca. Nada tiene sentido.

El capitán Barnes parece confundir mi silencio con miedo, así que me posa una mano tranquilizadora en el hombro.

—No te preocupes, Celine. Te prometo que lo encontraremos.

Asiento y me aclaro la garganta.

—Muchas gracias, señor. Ahora… —Me vuelvo hacia la escena del crimen—. ¿Qué tenemos aquí?

El capitán suspira y retira la mano, a sabiendas de que no soy muy emotiva.

—Frank Denvers. Acusado de abuso, asesinato y otras cosas que no me apetece repetir. Lleva en busca y captura dos años, pero no sé cómo ha conseguido escapar hasta ahora de la justicia. Y parece que ha acabado encontrándose con el Asesino del Caos.

Abro los ojos como platos cuando el capitán lo llama por su apodo, ya que no solemos usar este tipo de lenguaje para referirnos a los asesinos.

Deambulo por el perímetro del cuerpo y examino la escena.

Como en el resto de los asesinatos, el cuerpo ha sido mutilado y despedazado en una masa de miembros y fibras.

La escena es asquerosa, gore, y el asesino ha formado una imagen macabra e inquietante para representar su habitual firma.

En lugar de la carita sonriente que suele dejarnos, esta vez ha dibujado un corazón.

Me agacho a inspeccionarlo.

El capitán se pone de cuclillas a mi lado y sus ojos se clavan en mí.

—¿Por qué crees que esta vez es diferente? ¿Qué ha cambiado, después de tanto tiempo?

Me incorporo y me pongo las manos en las caderas. Abro la boca para responder, pero me detengo cuando siento una gota en la mejilla. Cae otra y otra más, antes de que una lluvia torrencial nos empape por completo.

—¡Quédate aquí! Voy a por un paraguas.

El capitán se aleja corriendo mientras varios miembros del equipo se acercan con una tienda de campaña para proteger el cuerpo hasta que podamos moverlo, ya que el techo del edificio abandonado está lleno de agujeros.

Estos crímenes son despiadados, por decirlo de algún modo, y ahora que sé que los vampiros existen, no puedo evitar preguntarme si este caso no estará relacionado con alguna criatura sobrenatural. No creo que se trate de Zav. Es demasiado bueno para ir por ahí asesinando a gente de esta forma.

—Toma, Celine —jadea el capitán Barnes casi sin respiración mientras sostiene su paraguas con una mano y, con la otra, me ofrece uno sin usar.

Le ofrezco una sonrisa de agradecimiento y lo abro para cubrirme de la incesante lluvia.

—Gracias.

Examino la escena, y el capitán hace lo mismo.

—Quizá tenga un cómplice… Al menos, una nueva musa —susurro. Me paso un dedo por el labio mientras observo los globos oculares que han arrancado del rostro del hombre y que han colocado de forma estratégica para formar una carita sonriente entre las extremidades—. Aquí ha cambiado algo.

—¿El qué? —pregunta el capitán, frunciendo sus pobladas cejas.

—Está claro. —Señalo la escena del crimen mientras me agacho—.

El modus operandi sigue siendo el mismo, pero la firma es un tanto diferente.

Sea quien sea, creo que trata de transmitir un mensaje.

—Vuelvo a echar un vistazo por encima del hombro, hacia donde sé que he aparcado el coche.

A esta distancia, no puedo ver a Zav, pero de alguna forma noto sus ojos clavados en mí.

Me cuesta no estremecerme por el frío de la lluvia que me ha empapado la ropa, así que me levanto de nuevo y me muevo un poco para tratar de entrar en calor.

—¿Este asesino? ¿Un mensaje? —pregunta otro detective con un bufido—. Cada crimen que comete es una obra de arte. —Mueve una mano hacia el cuerpo, aunque llamarlo «cuerpo» es demasiado generoso, ya que no hay ninguna extremidad en su sitio.

—Me refiero a que los asesinos en serie suelen usar siempre la misma firma para comunicar algo. Obviamente, esta es distinta, y tiene que haber alguna razón detrás.

El capitán Barnes suelta un suspiro profundo.

—Parece que vas por buen camino, Brennan. Si ha cambiado después de tantos asesinatos, algo ha tenido que provocarlo.

El otro detective suelta una risita y musita antes de marcharse:

—Quizá se ha echado novia.

Frunzo más el ceño.

Parece que los puntos empiezan a unirse delante de mí, aunque me encantaría ignorarlos.

El grupo concluye la investigación in situ , y los coches de policía empiezan a dispersarse, aunque algunos nos quedamos rezagados. Por suerte, la lluvia amaina, así que podemos guardar los paraguas.

Me frustra que este caso siga abierto y que no parezca haber ninguna pista que seguir.

A pesar de que me lo acaban de asignar, he estado investigando por mi cuenta y se remonta a hace años.

Todos los crímenes terminan con los cuerpos colocados de una forma concreta, y el asesino siempre evita que las cámaras lo pillen.

Nadie es tan bueno, a no ser que tenga mucha experiencia matando a gente y escapando de la justicia o… a menos que no sea humano.

El capitán Barnes me da una palmada en el hombro.

—Tómate el resto del día. No podremos avanzar más hasta que no evaluemos las pruebas.

—Pero… —protesto.

Niega con la cabeza.

—Este tipo de crímenes suelen tener un fuerte impacto psicológico. Hazme caso, lo sé. Además, aún estás lidiando con lo del robo. Solo intento protegerte, Celine.

Asiento.

—Si tú lo dices…

—Por supuesto.

Camino de vuelta al coche, todavía temblando de frío.

—Tienes que cambiarte ya —dice Zav en cuanto abro la puerta—. No permitiré que te resfríes. Te he traído una muda limpia. Está en el asiento de atrás.

Mis ojos van de él a la parte trasera. En efecto, hay ropa donde me ha indicado.

¿En qué momento ha salido del coche y cómo sabía que iba a llover?

—O podemos volver al apartamento y cambiarme allí. En el coche no. No pienso enseñar las tetas o el culo a los peatones —le suelto.

—Me encantaría que me ensañaras lo que quisieras.

—Me ofrece una sonrisa que me revuelve el estómago—.

Pero es que no vamos a volver a casa. Antes tenemos que hacer una parada cerca de aquí.

Si volviéramos, luego tardaríamos más. —Me doy cuenta de que trata de apelar a mi lado racional.

No tiene sentido malgastar gasolina. Y menos con lo cara que está.

Zavier se saca la cadena de plata de debajo del cuello del jersey—.

Estamos en un callejón, Celine. No te verá nadie.

—El brillo de sus ojos me indica que sí que habrá alguien, y que ese alguien está ahora mismo dentro del coche.

Suspiro mientras intento ignorar la tormenta de emociones que tengo anclada en el estómago y cierro la puerta de mi lado antes de abrir la trasera y deslizarme dentro.

—Date la vuelta —le reprendo cuando se vuelve en el asiento para ver cómo me cambio. Se reincorpora poco a poco como un niño al que acaban de pillar con las manos en la masa.

Es probable que mi rostro esté de un tono muy rojo. Nunca he tenido demasiada confianza en mí misma, y no puedo evitar que mis inseguridades me ataquen y hagan que me pregunte qué pasaría si llegara a ver algo que no le gustara.

Una tontería, lo sé. Zav no ha dejado de demostrarme que está obsesionado conmigo, pero con los años he aprendido que las inseguridades no suelen ir de la mano de la lógica.

Suspiro y me muevo lo máximo posible hacia el fondo.

Hay una manta doblada al lado de la ropa, así que me la echo por encima mientras me quito los pantalones.

No es tarea fácil, ya que los tengo pegados a las piernas.

Seguramente ahora parezca un gusano desquiciado, pero me las apaño.

Con ellos, se me baja la ropa interior, y el hecho de estar desnuda de cintura para abajo mientras Zav está en el asiento de delante no ayuda a evitar el destello de lujuria que me recorre por dentro.

¡Mierda! ¿Y si puede oler mi excitación?

Oigo un chasquido que me llama la atención, así que bajo la manta un poco, aunque me aseguro de cubrirme el pecho, y miro a Zav a través del retrovisor. Mi mirada recae en su boca, donde unos colmillos acaban de aparecerle. Se pasa la lengua por uno de ellos y jadeo.

—Colmierección —dice entre dientes.

Esa palabra no debería sonar tan sexy.

Aparto la mirada de él, vuelvo a meterme bajo la manta y alargo la mano hacia la ropa interior que hay debajo de la camiseta, en el montón.

Abro mucho la boca, sorprendida, cuando me encuentro con unas braguitas de encaje muy sexis que guardo en el fondo del cajón y que llevo mucho sin ponerme. Me las regaló Ava hace tiempo.

Sin querer dilatar el momento, me deshago de la camiseta y del sujetador mojados. Me cuesta atinar con el cierre, pero termino abrochándomelo antes de ponerme la nueva camiseta encima.

Una vez que he terminado de cambiarme, me quito la manta y suspiro. Abro la puerta para sacar las piernas por fuera y ponerme los calcetines y las botas de un tirón.

Mucho más cómoda y caliente, vuelvo al asiento delantero e intento pasarme los dedos por el pelo húmedo para recolocarlo lo mejor que puedo.

—¿Lista para irnos, gatita mojada? —me pregunta Zavier mientras me mira.

—Tacha ese mote de tu lista. —Toqueteo el botón del aire acondicionado para que salga aire caliente y me dé de lleno en la cara.

—¿Prefieres cariñito? ¿O cielito? ¿O amorcito? —Aprieta los labios como si se lo estuviera pensando—. Ya sé, mejor corazoncito.

—Calla —gruño—. Te lo advierto, nada de motes cariñosos. —Me lanza una sonrisa casi maniaca—. ¿A dónde vamos?

Zavier toquetea el móvil y pone el navegador en la pantalla del coche. Me ofrece una sonrisa misteriosa y simplemente hace un gesto hacia el mapa mientras se cierra los labios con cremallera.

Arranco y dejamos atrás la escena del crimen.