26. Zavier
Zavier
No puedo contener la carcajada que me estalla en el pecho. Celine no deja de asombrarme. Tiene delante a un vampiro vivito y coleando, y su primera pregunta es un chiste vampírico.
—Qué graciosa eres.
Una sonrisita le tira de las comisuras, y termina mordiéndose el labio.
Quiero sacárselo de entre los dientes para que no se haga daño.
No mentía cuando le he dicho que jamás le haría daño.
Los vampiros no pueden herir físicamente a su pareja destinada.
Lo peor que podemos hacer es perdernos en el magnetismo del vínculo y dejar que nos dominen nuestros instintos más básicos.
—Eres un vampiro —repite Celine como si no pudiera creérselo. No la culpo. El mundo no para de decirte qué es cierto y qué no, y cuando esa filosofía se ve alterada, las cosas son muy difíciles de digerir—. Bebes sangre, aunque te he visto comer comida humana.
Entiendo a qué se refiere.
—Los vampiros podemos comer comida normal.
Por supuesto, preferimos la sangre, y es lo que nos mantiene con vida, pero a algunos, dependiendo de la edad, nos sigue encantando la comida humana.
No sé si es porque nos gusta el sabor o por nostalgia.
—Me encojo de hombros, ya que pertenezco a ambas categorías.
—Ajá. —Se pone tan mona cuando piensa… Frunce el ceño y los labios en actitud reflexiva—. ¿Y cuándo te convirtieron?
—Vaya, parece que vamos a pasar directamente al tema de la edad, ¿eh?
—Intento no demostrarlo, pero una parte de mí teme que, cuando Celine obtenga las respuestas que necesita, se aleje de mí.
Los vampiros sentimos el impulso del vínculo de pareja mucho más profundamente que los humanos, y no quiero asustarla.
Además, deseo que me elija por algo más que por el vínculo—.
¿Estás segura de que quieres saber la edad del viejales con el que has tenido una cita?
—Intento ocultar mi preocupación con un poco de humor, esperando que no lo note.
—El hecho de que seas un vampiro es lo más impactante. No creo que tu edad me sorprenda más que eso —me aclara mientras cruza y descruza las piernas por quinta vez en los últimos cinco minutos.
—Tengo trescientos años. Nací en 1725 y me convirtieron a los veintiséis. —A pesar de lo segura que parecía, puedo ver cómo alza mucho las cejas por la sorpresa.
Soy un viejo, sí, pero soy el vampiro viejo más sexy que conocerás jamás.
—De acuerdo. —Celine se lo toma mejor de lo que esperaba y sigue haciéndome preguntas—: ¿Cómo ocurrió? ¿Otro vampiro te mordió, te desangró hasta casi morir y después te dio de su sangre?
Sonrío ante su hipótesis.
—Lees demasiada ficción. —Noto el apoyo del cojín sobre mi espalda cuando me acomodo para contárselo—. Las series y películas siempre se equivocan con las criaturas paranormales. Los vampiros no empezaron por medios sobrenaturales.
—¿Qué quieres decir? —La voz de Celine sube una octava mientras se frota las manos sobre los muslos, nerviosa.
—Nuestro inicio vino dado por experimentos científicos.
No tiene nada que ver con la ficción en la que una bruja maldijo a nuestros ancestros y de ahí surgieron los primeros vampiros o alguna chorrada de esas.
—El pelaje suave de Medianoche reclama que lo acaricie, buscando consuelo—.
En 1700, el mundo estaba lleno de enfermedades para las que no había cura, o al menos nadie podía garantizar la supervivencia.
Viruela, disentería, cólera… La lista es interminable.
Muchos países decidieron experimentar con muertos y moribundos para intentar hallar una medicina que fortaleciera a la humanidad y no padeciera por culpa de estas muertes silenciosas.
—El pelo me cae sobre los ojos cuando sacudo la cabeza con disgusto.
—¿Fuiste una de las personas con las que experimentaron? —pregunta Celine en voz baja.
Dudo antes de contestarle.
—Sí, pero no fue como crees. —La culpa me atenaza cuando recuerdo uno de los periodos más oscuros de mi vida—. Me ofrecí voluntario.
—¿Qué? ¿Por qué ibas a ofrecerte voluntario para que experimentaran contigo?
—No tuve elección. —Medianoche se acurruca a mi lado bocarriba, y le agarro de la pata como si nos diéramos un apretón de manos—.
Mi familia estaba pasando por un mal momento, y me enteré de que pagaban a candidatos sanos para experimentar con ellos.
Pensé que, si me presentaba a esas pruebas, podría ayudarles económicamente y volver después con ellos, pero… —Me quedo callado y miro a la nada.
—Eso no ocurrió, ¿cierto? —Celine se levanta despacio y camina hacia mí cuando niego con la cabeza, triste.
Medianoche está espatarrado a mi lado, así que Celine se sienta en la esquina del sofá y me posa suavemente una mano en el brazo.
—Como te puedes imaginar, los experimentos resultaron en…
esto. —Suelto una risa carente de humor y me señalo—.
Éramos más fuertes, pero también mutantes.
Nos cambiaron de una forma antinatural. Al mismo tiempo maravillados y horrorizados con los resultados, los científicos quisieron ver hasta dónde podíamos llegar.
Qué dureza tenía nuestra piel, cuánto dolor podíamos soportar, en qué condiciones podíamos vivir antes de que nuestros cuerpos cedieran a la muerte…
Y todo en nombre de la ciencia, para hacer avanzar a la raza humana.
Recuerdo las agujas, los pinchazos, los empujones y las celdas oscuras, y me estremezco. Mi personalidad despreocupada me ayuda a ocultar el dolor y el trauma que estoy reviviendo ahora mismo.
Mierda.
Intento mantenerlo a raya con todas mis fuerzas.
Dolor.
Sufrimiento.
Oscuridad.
Se me acelera la respiración, y aprieto los ojos con fuerza mientras intento escapar de la prisión que es mi mente. Látigos, cadenas, aire rancio y sangre. Mucha sangre.
Una mano cálida me rodea el cuello y me atrae hacia un pecho suave.
El aroma de Celine me llena las fosas nasales y me apoyo en ella.
Respiro hondo, gimo y noto que poco a poco vuelvo a la realidad.
Unas lágrimas silenciosas me ruedan por las mejillas, y ella me las seca con la yema de los dedos.
El ritmo calmado de su corazón y el contacto reconfortante de su mano en mi hombro me ayudan a calmarme.
—Está bien. Te tengo. —Siento sus manos cálidas sobre mis mejillas.
Me vuelvo hacia ella y la sostengo como si fuera lo más preciado del mundo.
Porque lo es.
—Dios, el agua oxigenada es increíble para sacar la sangre del parquet y de las alfombras, ¿verdad? —cavila Celine en voz alta cuando termina de limpiar el suelo de la cocina.
Lo cierto es que parecía que hubiera habido una masacre.
Tras mi vergonzoso episodio en el sofá, decidimos limpiar la sangre de todo el piso y de la puerta. Le he dicho a Celine que me ocuparía yo, pero se ha negado a dejar que lo hiciera solo.
—Podría contarte mil formas de limpiar manchas de sangre. —Le muestro un colmillo mientras sigo frotando, y ella se queda de piedra un segundo antes de intentar fingir que no ha pasado nada.
Demasiado pronto.
—Lo siento, no pretendía hacer eso. Es una reacción involuntaria.
Te prometo que no me das miedo, Zav —intenta disculparse—.
Aunque sé que quizá debería tenerlo —añade en un susurro casi interrogante—, sigo procesando todo lo que me has contado.
Sé que nunca me harías daño. —Posa una mano sobre la mía y continúa frotando.
No puedo culparla por necesitar tiempo. Sé que soy muy impulsivo y que quiero pasar página.
Ningún otro humano ha conocido mi verdadera naturaleza, y, por primera vez, no me siento solo.
Celine sigue sin saber que somos pareja destinada, pero creo que por ahora es mucho más seguro guardarme esa información.
No quiero abrumarla más de lo que ya lo está.
Se oye un pitido que proviene del bolsillo de Celine, y saca el móvil para ver la notificación. Sea lo que sea, la emociona mucho, porque pega un saltito y sale corriendo hacia el dormitorio.
—¿Celine? —la llamo después de que desaparezca—. ¿Estás bien?
Vuelve saltando al salón mientras se pone una bota en el pie y casi se cae contra la pared. Me apresuro a sujetarla. Lleva el pelo en su usual cola de caballo, y la veo coger la chaqueta negra que descansa en uno de los taburetes de la cocina.
—¡Sí! De hecho, es fantástico. —La sigo mientras se dirige dando saltitos hacia la puerta principal—.
Me acaba de escribir Ava para decirme que ha habido otro asesinato.
Mi caso principal ha estado un poco estancado últimamente, pero parece que el asesino en serie acaba de dejarnos otro cuerpo.
—El brillo que veo en sus ojos parece el de una depredadora que acaba de olisquear el rastro de su presa.
Lo sé porque es el mismo que muchas veces he visto reflejado en mí.
—Suena prometedor. —Le ofrezco una sonrisa sin colmillos, y ella asiente antes de abrir la puerta. La sigo, y se detiene cuando se da cuenta de que estoy detrás de ella.
—¿Qué haces? —Me mira por encima del hombro. Hay un vecino a un par de puertas de distancia que asiente a modo de saludo. Me doy cuenta de que se queda mirando fijamente el pecho de Celine un segundo demasiado largo y me enfado.
Vaya, otro que pasará a engrosar mi lista.
—Hoy es el día de llevar a tu chico al trabajo. He decidido bautizarlo así. —Abro los brazos y hago una reverencia exagerada.
—No vas a venir a una escena del crimen conmigo. —Celine intenta empujarme de vuelta al apartamento, pero no me muevo—. ¿Y qué es eso de «mi chico»? Querrás decir niñato —remata el comentario y pone los ojos en blanco. Anoto mentalmente que más tarde tendré que darle un azote en el culo.
—Puf. Date prisa y cierra la puerta antes de que Medianoche se escape. —Un aliento mentolado me azota el rostro cuando me pongo delante de ella—. Y sí, soy tu niñato. ¡Vamos!
Le paso un brazo por el hombro y cierro la puerta con el otro mientras comienzo a andar. Tengo muchas ganas de verla en acción. Acecharla desde tejados y árboles ya no es lo mismo. Necesito más. Anhelo más de ella. Llevan mucho tiempo tras la pista de Frank, así que sé que se quedará impresionada.
—Obviamente, no pienso dejar que intervengas, así que tendrás que escuchar mis reglas antes de que lleguemos.
—Celine pulsa el botón del ascensor y se vuelve para sermonearme mientras esperamos—.
Uno, te quedarás en el coche. —Se acerca a mí—.
Dos, te quedarás en el coche. —Coloca los pies frente a los míos—. Y tres, ¿lo adivinas?
—Mmm. —Me doy unos toquecitos en la barbilla como si estuviera pensando—. ¿Me quedaré en el coche? —Sonríe cuando le ofrezco la respuesta correcta.
—Exacto. ¿Vamos? —Suena el tintineo del ascensor y entramos.
Me coloco lo más cerca de ella a propósito, a pesar de que no hay nadie más dentro.
Sus respiraciones cortas me hacen sonreír cuando me doy cuenta de que sigue tan afectada por mi presencia como antes, a pesar de que ya sabe que soy un vampiro.
—A la mayoría de la gente le aterraría estar atrapada en un ascensor conmigo. —Se le eriza la piel de la nuca cuando le susurro eso al oído.
—Menos mal que yo no estoy atrapada aquí contigo —responde la muy listilla.
Con un palmetazo, pulso el botón de emergencia y la acorralo en una esquina del ascensor. Le coloco un brazo sobre la cabeza contra las puertas y el otro lo mantengo encima del botón para evitar que escape. Solo hay silencio, a excepción de nuestras respiraciones entrecortadas.
—¿Qué decías? —musito.
Le paso la nariz por el pelo y suelto un gruñidito de placer. Ha llegado el momento de poner a prueba la teoría en la que trabajo desde hace un tiempo. Cedo a mi instinto más básico y animal, y dejo que me crezcan los colmillos.
Habrían salido de todas formas, aunque no hubiera querido. Hola de nuevo, colmierección.
Con el mayor cuidado del mundo, le paso un colmillo por la delicada piel de la garganta como llevo soñando desde el momento en que la vi. Me aseguro de no marcarla, a pesar de que me encantaría. Si protesta, estoy preparado para apartarme de inmediato.
Un gemido le escala por la garganta, y noto la vibración contra mis caninos. Tengo su espalda contra mi pecho, y bajo la mano izquierda para rodearle el cuello por el lado opuesto a mi boca. Se derrite bajo el contacto, y aprieto el agarre con delicadeza.
—Mmm.
Joder, es muy sexy.
—Qué interesante. —Con suavidad, le paso un dedo por la mandíbula—. Parece que llevaba razón.
Reconoce el poder que tengo sobre ella y, aun así, no me tiene miedo. De hecho, la excita.
Mis palabras rompen el hechizo cargado de tensión sexual, y se da la vuelta antes de apartarme por el pecho.
Parece una niña tratando de empujar una roca grande cuesta arriba.
No me muevo ni un ápice. Menos mal que ya había cerrado la boca sobre los colmillos, o la cosa habría terminado en desgracia cuando se ha vuelto con tanta rapidez.
—¿Qué demonios haces, Zav? —Celine se aparta todo lo que puede de mí y se pasa las manos por el pelo mientras se ajusta la chaqueta. Sacude las manos como si quisiera deshacerse de la excitación con la que está perfumando el ascensor en este instante—. Dale al maldito botón.
Se supone que su mirada debería ser intimidante, pero solo consigue que se me ponga más dura. Le sonrío a modo de respuesta y pulso el botón. El ascensor vuelve a ponerse en marcha y bajamos hasta el aparcamiento en silencio.