24. Zavier
Zavier
El sonido que sale de mí equivale al de un animal moribundo que acaba de ser atropellado por un coche. Y lo cierto es que me siento justo así.
—Joder —gimo mientras un dolor agudo me irradia desde la coronilla hasta los dedos de los pies.
Lo último que recuerdo es haber llegado a la puerta del apartamento y que Celine arrastrara mi patético culo hacia dentro. A pesar de que intentó hacerlo con cuidado, cada vez que me tiraba del brazo sentía como si me clavaran miles de agujas afiladas. Ese vampiro salvaje me dio bien de verdad.
Menos mal que tenía una bolsa de sangre de emergencia, aunque está claro que no ha sido suficiente para activar la capacidad natural de curación de mi cuerpo.
Puede que haya sellado algunas de las heridas más profundas, pero el veneno sigue corriendo por mis venas, lo que me impide recuperarme.
Necesito más sangre, pero me encuentro fatal y solo pensar en moverme me provoca sudores por todo el cuerpo.
Echo un vistazo por el salón y me sorprendo al ver un pequeño bulto en el sofá.
Lo cubre el edredón negro de mi cama. Una mano delicada asoma por debajo y cuelga por el lateral del sofá.
No puedo evitar la sonrisa que se me extiende por el rostro al verla durmiendo a mi lado.
Seguro que la asusté muchísimo y, a pesar de que anoche beber sangre delante de ella era la última de mis preocupaciones, sé que tendré que explicárselo.
Celine es mi pareja destinada, y ya sabía que en algún momento tendría que decirle lo que soy.
No planeaba contárselo tan pronto, pero así se han dado las cosas.
No estoy seguro de cómo se lo tomará, dado lo recta que es, pero al mismo tiempo creo que es mucho más perceptiva que el resto del mundo.
Es detective y se dedica a eso, pero yo no soy lo que la gente tildaría de normal, y me parece que ya se ha dado cuenta de ello.
Intento contener mis gemidos para no despertarla, me arrastro por el suelo usando el antebrazo para aguantarme el pecho y me deslizo despacio hasta el sofá.
Estoy muy cerca, a unos metros, pero en mi estado actual es como si estuviera a kilómetros.
Tengo que detenerme varias veces hasta que al final caigo con muy poca gracia a su lado en el suelo y alzo una mano temblorosa para cogerle la suya.
Parece muy pequeña en la mía, y disfruto de la sensación de notar su piel suave contra la palma.
En ese momento, una punzada de dolor especialmente fuerte me atraviesa el pecho y no puedo contener un grito.
Celine se sobresalta y se remueve bajo la manta que la envuelve.
Su mano permanece en la mía, y se la aprieto para tratar de ayudarme a superar esta oleada de dolor.
—¿Zavier? —La alarma llena sus ojos cuando baja la mirada y me ve en un estado tan lamentable—. ¡Dios mío! ¡Era real!
Supongo que parezco un muñeco de trapo al que han pasado por una picadora de carne.
—Hola. —Agito la otra mano en el aire y al instante me arrepiento—. Mierda.
Ella sale de debajo de las mantas y se agacha a mi lado.
Su mano fría se siente genial cuando me la coloca en la frente mientras revolotea a mi alrededor como una gallina clueca.
Si hubiera sabido que una experiencia tan cercana a la muerte era lo que necesitaba para acercarla tanto a mí, lo habría hecho antes.
—Sigues teniendo muy mal aspecto. Pensaba que lo de anoche había sido una pesadilla.
—Se queda mirando la bolsa de sangre vacía que hay en el suelo de la cocina y veo el momento exacto en que le vienen a la mente todos los recuerdos de golpe—.
Tú… —Abre tanto la boca que casi parece que le vayan a entrar moscas.
—Escucha —le suplico para no perder más tiempo—, tienes que ir a ver a Luna para que te dé más sangre.
—¿Sangre? ¿Luna? —El rostro de Celine palidece.
El tiempo es oro, ahora no puedo explicárselo. Necesito más sangre para terminar de curarme por completo y después se lo contaré.
—Celine, por favor. —Otro escalofrío me sacude mientras el veneno continúa carcomiéndome poco a poco—. Sé que tengo que explicarte muchas cosas y te prometo que lo haré, pero ahora mismo necesito sangre. Mi cuerpo no se está curando como debería, y la bolsa de anoche no fue suficiente.
—Zavier…, ¿qué está pasando? —me pregunta, incrédula—.
¿Se supone que el hecho de que ayer bebieras sangre y que ahora me pidas que vaya a por más es normal?
Por no mencionar que ayer llegaste a casa con un pie en la tumba.
—Su voz es cada vez más aguda, y yo sigo aferrado a su mano, a pesar de que noto que intenta apartarse de mí—.
Nadie habría sido capaz de sobrevivir a esas heridas.
—Lo sé. Lo sé. —Gimo cuando levanto el brazo porque me tira de la herida del abdomen—. Te prometo que obtendrás todas las respuestas que quieres, pero, por favor, ve a ver a Luna y pídele más sangre. Dile que te envío yo, que le quede claro.
—¿Luna? ¿Te refieres a la Luna del Bean Hive? ¿Esa Luna? —Palidece ante mi asentimiento—. ¿Ella también está metida en esto? ¿Pertenecéis a alguna extraña secta que se dedica a beber sangre? —La miro con severidad y ella suspira, derrotada—. De acuerdo. Iré a hablar con ella.
A pesar de lo frustrada que se siente, me ayuda a subirme al sofá.
—¡Joder, cómo duele! —gimo.
Celine revisa mis heridas y, después de envolverme como una momia en el sofá, asiente satisfecha.
—De acuerdo —musita para sí misma tras vestirse rápidamente y coger las llaves—.
Quédate aquí, vuelvo enseguida. —Se dispone a marcharse, aunque sé que sigue muy confusa—.
Pero me debes una explicación, Zavier. —Me apunta con el dedo con lo que se supone que es una expresión amenazadora—. No te vas a escaquear.
—No voy a ir a ninguna parte, cariño. —Parece que no le hace ninguna gracia, ya que se marcha sin decir palabra.
Oigo un maullido suave al lado de la cabeza, justo en el brazo del sofá, y noto un cosquilleo de pelaje de gato en la frente; agradezco su presencia. Medianoche juguetea con un mechón de mi pelo.
—Hola, colega. —Él ronronea a modo de respuesta—. Espero no haber asustado demasiado a tu madre.