Enamorarse de un vampiro es un caos 23. Celine
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23. Celine

Celine

Me sobresalto y pego un grito de terror cuando un ruido fuerte invade mis sueños.

Medianoche, dormido a mi lado al borde del colchón, profiere un maullido agudo a modo de respuesta. Se me acelera el corazón por el despertar tan repentino, y escaneo la habitación en busca de intrusos.

Precavida, agarro la pistola de la mesita de noche antes de deslizarme silenciosa fuera de la cama.

Meto los brazos en una sudadera, a pesar de que no llevo sujetador, y guardo el móvil en el bolsillo por si tengo que pedir refuerzos.

Con la pistola apuntando hacia delante, empiezo a patrullar por la habitación, el baño y el armario.

Nadie parece sospechoso, pero no bajo la guardia. ¿Habrá vuelto el hombre que entró en mi apartamento para terminar el trabajo?

Espera.

Zavier.

Él es el más indefenso porque está durmiendo en el sofá. Si hay un agresor en la casa, le atacará a él primero. ¿Habrá sido eso el golpe fuerte que he oído? Mierda.

Sigilosamente, camino hacia la puerta que da al salón y respiro hondo para tratar de calmarme. Este chico ha hecho tanto por mí que no puedo dejar de ayudarle si alguien está intentando asesinarle. Dios, espero que no sea eso lo que está pasando.

Le pego una patada a la puerta y sostengo la pistola frente a mí.

Todo parece estar tranquilo, pero eso no significa nada.

El intruso podría estar escondido, esperando el momento indicado para atacar.

Cierro detrás de mí para mantener a Medianoche a salvo y me pongo en cuclillas detrás de una planta falsa que hay en una esquina.

No ocurre nada, así que me enderezo despacio y empiezo a caminar por el salón mientras compruebo detrás de las cortinas y del sofá.

De pronto oigo un gruñido grave que viene de más adelante, y vuelvo a levantar la pistola, preparándome para el ataque. No hay nadie, la cocina parece despejada. Un pequeño golpe seco contra la puerta principal seguido de un murmullo me indica que debo ir en esa dirección.

Me asomo por la mirilla, pero el pasillo está despejado. Por lo que parece, no hay nadie ni dentro ni fuera de la casa.

—Celine. —Lo susurra tan bajo que casi no lo capto—. Celine… —Esa voz suena demasiado parecida a la de Zav, así que termino agachando la mirada, sin haberme parado a pensar que pudiera haber alguien en el suelo justo frente a la puerta principal, y me lo encuentro tirado como un trapo.

—¡Zavier! —digo, a medio camino entre un jadeo y un grito ahogado.

Abro la puerta con el mayor cuidado posible, ya que está parcialmente apoyado en ella. A pesar de que me esfuerzo para sostenerlo, su cabeza termina cayendo al suelo con un sonido que me hace estremecer. Espero no haberle causado una contusión, aparte de lo que sea que le ha ocurrido.

Le falta el aliento, jadea con fuerza y apenas se mueve cuando me agacho a su lado.

—¿Qué ha pasado? —chillo al ver de cerca el desastre que tengo delante.

—Sangre —musita—. Necesito sangre.

Hace aspavientos en el aire tratando de alcanzarme, y le sujeto la mano con fuerza.

Parece que no puede moverse en su estado actual, así que hago lo posible para agarrarle por debajo de las axilas y arrastrarle al interior del apartamento.

Luego deberé asegurarme de eliminar el rastro carmesí que ha dejado en el suelo y en la alfombra.

Sus gemidos me duelen en el corazón, pero no puedo hacer mucho por él.

—¿Que necesitas qué? —Seguro que lo he oído mal. Estará delirando.

—Sangre. —Esta vez su respuesta es un pequeño suspiro forzado.

Se oyen unos horribles chirridos mientras sigo arrastrándolo hacia dentro. Parece que el foco del dolor está en su pecho, así que le doy la vuelta para evaluar los daños.

—Madre mía, Zavier. —Me tapo la boca con las manos ante lo que tengo delante. La piel está desgarrada y desfigurada en su abdomen bajo. Lleva la camisa hecha harapos; algunos trozos se le pegan a los cortes y el resto le cuelgan del torso.

Le sale mucha sangre por las heridas; no sé quién puede haberle hecho algo así.

Parecen marcas de garras, pero, por el tamaño y la forma, debe de haber sido un animal muy grande.

¿Cómo ha conseguido llegar hasta aquí él solo?

No tengo ni idea. Le paso la mano por encima de la herida sin saber muy bien cómo ayudarle.

—Voy a llamar a emergencias. Necesitas una ambulancia para que te lleven al hospital. —Intento respirar con calma, a pesar de que se me agolpan los pensamientos en la mente mientras me debato entre mis opciones para ayudarle. Me sorprende cuando Zav me agarra la muñeca con debilidad.

—No. —Sus ojos verdes reflejan dolor—. Ni ambulancia ni policía.

—¿Qué coño estás diciendo? —Me empiezo a volver un tanto paranoica cuando veo cómo la sangre empieza a formar un charco a su alrededor—. ¡Te estás muriendo! Necesitas un médico.

Con los dedos temblorosos, saco el móvil del bolsillo de la sudadera y me dispongo a llamar a emergencias. Cuando estoy a punto de marcar el primer número, Zav le da un manotazo al teléfono y este sale volando al otro lado del salón, donde golpea la pared y cae al suelo.

—¿Qué es lo que te pasa? ¡Trato de ayudarte! —Intento levantarme, pero él me mantiene en el suelo.

Sus jadeos en busca de aire suenan cada vez más desesperados.

—Ya… te lo he… dicho. —Suelta otro gemido y un gruñido de dolor—.

Sangre. Necesito… sangre. —Me suelta la muñeca para apoyarse la mano en el pecho—.

Hay una bolsa de sangre en mi armario. —Apunta con el dedo en dirección a su cuarto—.

Está en una… caja fuerte. La contraseña es…

235463. —Me salpica sangre en la cara cuando tose.

Todo esto es demasiado raro.

Salgo corriendo tan rápido hacia el armario de la habitación que casi me tropiezo con mis pies. Estoy a punto de pisar a Medianoche al abrir la puerta, ya que está justo detrás. Debe de sentirse tan confundido como yo.

—Bolsa de sangre. Caja fuerte. Bolsa de sangre. Caja fuerte —me repito apartando la ropa de mi camino mientras trato de encontrar lo que busco—. ¡Bingo!

Hay una caja fuerte oculta bajo un montón de ropa en el rincón del fondo.

Lo aparto para marcar la contraseña. Unos pitidos me confirman que es la clave correcta cuando la introduzco y, al abrirse, descubro la típica bolsa de sangre que puedes encontrar en cualquier hospital.

Siento una brisa helada al sujetar la bolsa entre las manos.

Está igual de fría al tacto. El plástico se aplasta bajo mis dedos mientras el líquido del interior se agita.

Vuelvo de nuevo al salón intentando no pensar en lo raro que es todo esto y me acerco a Zav, que yace en el suelo.

No sé cómo es posible, pero tiene peor aspecto que hace unos segundos. Su piel está pálida, tiene los ojos casi cerrados y el dolor contorsiona sus bellos rasgos. Apoyo los dedos en su cuello para buscarle el pulso y el pánico me invade al notárselo muy débil.

—¡Zavier! —Le agarro por los hombros para sacudirlo un poco. Él gime, lo que me tomo como una buena señal porque quiere decir que todavía no ha muerto.

—Estoy… aquí… preciosa. —Su brazo tiembla por el esfuerzo que está haciendo para mantenerse consciente. Extiende la mano hacia mí y hace un gesto pidiéndome la bolsa—. ¿La sangre?

—Aquí está. —Uso las dos manos para acercársela y le ayudo a sostenerla cuando casi se le cae—. Yo… Creo que necesitas algo más que una transfusión, Zav. Además, no soy enfermera, soy policía. No tengo ni idea de cómo se hace una transfusión. ¿Y cómo es que tienes sangre en casa?

Niega con la cabeza.

—Solo dame… la sangre. Es todo lo que… necesito.

Tiene los labios casi blancos, y el miedo me deja paralizada.

—Tú… ¿Qué?

Me mira con esos ojos verdes, y hay miedo en ellos. Es extraño, pero no creo que tenga nada que ver con su herida.

—Tengo que… beberla.

Miro la bolsa de sangre que sostenemos entre los dos. Estoy segura de que lo he oído mal.

Asiente como si hubiera leído los pensamientos.

Mierda.

—¿Le quito el tapón?

¿Cómo es que me lo estoy tomando tan bien? Es un sueño, ¿cierto? Una pesadilla muy extraña.

Él asiente de nuevo en silencio y le quito rápidamente el tapón.

Zavier intenta incorporarse para no derramársela por encima, aunque le cuesta levantar la cabeza del suelo.

Me coloco detrás de él para sostener su peso, moviéndolo lo menos posible, aunque gime de dolor durante todo el proceso.

Tras eso, observo fascinada, a la par que horrorizada, cómo se bebe la sangre.

Le da largos tragos a ese líquido viscoso y rojo que le resbala por la cara y le cae por el cuello.

A pesar de lo confundida que estoy, le aparto el pelo hacia atrás y trato de sostenerlo en esa posición lo mejor que puedo.

¿Qué cojones?

La herida de Zav empieza a cerrarse ante mis ojos. Parpadeo como si eso fuera a romper la ilusión, pero la herida mejora en segundos.

Esto no es posible.

Zav se acaba la bolsa en tiempo récord y se desploma en mis piernas.

Durante un instante siento miedo de que la sangre le haya causado una mala reacción, pero su rostro refleja tranquilidad, como si estuviera dormido.

El pecho le sube y baja a un ritmo normal.

Paso un dedo por uno de los cortes sangrientos que tenía antes y no noto nada más que piel suave.

La herida no se ha curado del todo, pero ha sido mucho más rápido de lo que cualquier ser humano podría curarse en este periodo tan corto de tiempo.

Medianoche se aposenta en la puerta de la habitación observando la escena, mientras mueve la cola de lado a lado.

Miro de nuevo al hombre inconsciente que tengo en el regazo y estiro el brazo para coger una manta del sofá.

Con su peso y la cantidad de sangre que hay por todas partes, no quiero causar más estragos a los muebles que nos rodean, a mí o a Zavier. Coloco la manta alrededor de él, salgo de debajo de su cuerpo con cuidado y me pongo en pie. Suspiro y me quedo un segundo paralizada sin llegar a creérmelo.

—¿Qué demonios acaba de pasar? —Mis ojos van de Zavier a la bolsa vacía que hay en el suelo, a su lado—. Un hombre casi muere delante de mí y ha bebido sangre como si fuera un batido de proteínas.

Me dirijo hacia el baño y me limpio la sangre de Zav de las manos.

Echo un vistazo al espejo y veo una pesadilla viviente reflejada en él.

Tengo el pelo revuelto por el sueño y el pánico.

Mis ojos, que reflejan consternación y están teñidos de agotamiento, se abren de par en par.

Tengo unas pintas horribles, pero Zav está peor que yo.

¿Seguro que se pondrá bien?

La parte sensata de mi cerebro me dice que es imposible que todo esto haya ocurrido, sin embargo, ahí está, tirado en el suelo, inconsciente. Necesito dormir y ver qué ocurre mañana. Quizá solo ha sido un sueño y, cuando despierte, los dos nos reiremos de lo que ha llegado a ocurrírsele a mi mente.