Enamorarse de un vampiro es un caos 22. Zavier
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22. Zavier

Zavier

La lluvia me cae por el cuerpo y el rostro. Estoy empapado, pero le doy la bienvenida a esta ducha de la naturaleza, dada la cantidad de sangre que llevo encima. A este ritmo, no quedará ni rastro cuando llegue a casa.

Frank ha cantado como un pajarito, como sabía que haría, y terminó admitiendo todos sus delitos justo antes de que acabara con él. Arrastrarlo de nuevo al edificio abandonado en el que se había estado escondiendo fue solo el entrante de un menú completo de tortura.

Le desgarré la piel, y terminó sangrando mucho por cada herida. Aunque se acobardó al principio, me aseguré de grabar toda su confesión en audio.

No es que me apetezca hacerle el trabajo sucio a la policía, pero hay individuos como Frank que siempre consiguen escapar de la justicia, así que no me importa echarles una mano de vez en cuando.

Soporto su incompetencia solo hasta cierto punto.

Los casos de las chicas desaparecidas de las que Frank abusó por fin podrán cerrarse gracias a esta confesión.

Con suerte, las familias de esas mujeres podrán descansar en paz al saber que su asesino ha desaparecido para siempre.

Espero que la policía no tarde mucho en venir y que encuentre mi obra de arte mientras sigue fresca. He dibujado un corazón con sangre en lugar de una carita sonriente. Para Celine. Solo puedo pensar en ella, incluso cuando estoy matando a alguien.

La lluvia sigue cayendo mientras vuelvo a mi apartamento. Echo un vistazo rápido al móvil para comprobar las cámaras y veo a Celine durmiendo profundamente justo donde la he dejado. Se ha cambiado de posición y está abrazando mi almohada como si me hubiera buscado en su estado inconsciente.

Voy silbando mientras camino por la calle de mi edificio. El agua salpica en todas direcciones cuando piso un charco bastante grande y limpia los restos de sangre que me quedaban en los zapatos.

Por el rabillo del ojo, capto un movimiento repentino que me distrae de mi camino hacia la puerta principal. Una forma corpulenta aparece de entre las sombras y se dirige a la entrada. Al instante, me doy cuenta de que algo va mal.

La forma se detiene y olfatea el aire varias veces antes de girarse de golpe hacia mí. Tengo menos de un segundo para procesar lo que estoy viendo antes de que se lance a por mí con la intención de matarme.

Se trata de un maldito vampiro salvaje.

Lo sé por el olor penetrante. Ahora mismo parece un zombi descerebrado; estoy seguro de que lo han convertido hace solo unas horas.

Lo hayan hecho de forma voluntaria o no, ahora no importa, ya que parece que no se ha alimentado lo suficiente para completar la transición y está sediento de sangre. Si no lo consigue, quizá nunca llegue a recuperarse, ya que el tiempo del que disponemos para hacerlo no es muy largo.

Vaya. Esto pinta mal, y acabo de limpiarme.

Un gruñido feroz escapa de la garganta de la imponente criatura, y me pongo en modo defensa, enseñándole los colmillos.

Unas uñas como garras me despedazan la tela de la camisa y la rasgan como si fuera mantequilla.

Su zarpazo me pilla por sorpresa. Fuera quien fuera esta persona antes, parece que la han tenido cautiva mucho tiempo antes de convertirla.

Los vampiros salvajes son como animales en su estado de semitransformación, y eso les proporciona una fuerza descomunal.

Aprieto los dientes de dolor cuando me agarra del brazo y me clava las uñas en la piel.

El veneno se introduce en mi sistema, aunque solo una pequeña cantidad, ya que parece que este salvaje no sabe lo que hace.

Los vampiros jóvenes tienen un veneno muy potente debido a su sistema desequilibrado, y este duele como mil demonios.

Me muerdo el labio para tratar de aguantar el dolor, y noto sangre en la lengua por la fuerza de la mordida.

El vampiro se lanza hacia mí, y me aparto para que no termine clavándome los dientes en el cuello.

Como si fuera una piraña con esteroides, intenta morder cualquier cosa que pilla y termina acertándome en el pectoral.

—¡Mierda! —Consigo agarrarme a algo y apartarlo de mí, aunque se lleva un trozo de carne con él—. ¡Idiota! Me encantaba esta camisa. —El vampiro salvaje gruñe a modo de respuesta y vuelve a lanzarse hacia mí—. No me gusta que nadie, excepto mi pareja destinada, me dé besos en el pecho.

Menos mal que no hay ningún humano cerca, aunque no me quiero arriesgar a que alguien nos pille y quede atrapado en el fuego cruzado. Este gilipollas tiene que morir.

Lo agarro por la camisa y lo arrastro hacia un lado del edificio en el que sé que hay un punto ciego de las cámaras de seguridad. Es casi como si estuviera moviendo una montaña, así que termino exhausto.

Es extraño que me haya atacado de este modo.

Los vampiros salvajes son difíciles de controlar, tanto por sí mismos como por el resto, sobre todo cuando están a punto de superar el periodo de salvación, pero no suelen enfrentarse a vampiros mayores como yo.

Una pequeña parte de ellos saben que perderán la batalla mientras todavía les queda algo de conciencia.

Algo en mí le ha activado el instinto de caza.

Parece que está harto de mí, así que me agarra por la espalda y me rasga la camisa. Esta termina ondeando al viento y la lluvia. Ya estoy harto.

Le cojo por el brazo e intento lanzarlo por encima de mí y estamparlo en el suelo, lo que funciona hasta que tira de mí para que caiga junto a él.

Normalmente podría resistir más, pero estoy en clara desventaja por culpa de Celine.

Me estoy ventilando mis reservas de sangre como un loco.

Mi libido y mi necesidad de reclamarla me están haciendo perder la cabeza, y vivir con ella solo ha empeorado las cosas.

Debería de haber ido a por más sangre esta noche, aunque no contaba con que me atacaran.

Intenta morderme la pierna, pero le doy una patada en la cara para apartarlo de mí.

Se le disloca la mandíbula, pero eso no consigue detenerlo.

Al contrario, la locura en su mirada solo empeora.

Escaneo los alrededores, distingo una señal de calle sin salida clavada en el suelo y tomo una decisión rápida.

Parece que no se da cuenta de lo que pretendo, así que no hace ningún movimiento para detenerme cuando arranco el cartel y se lo estampo en la cabeza.

¿Cómo se mata a un vampiro salvaje? Los estereotipos no son ciertos. La luz del sol, el ajo, el fuego y el agua bendita están más que descartados, pero sería mucho más fácil si fueran ciertos. La única forma segura de ejecutar a un salvaje es una estocada en el corazón.

Durante los primeros cien años de vida eterna, el corazón sigue existiendo dentro de nuestro cuerpo.

Bombea sangre como lo haría el de un humano, aunque a un ritmo más lento.

Conforme nos vamos haciendo mayores, el corazón se va desintegrando hasta que finalmente termina siendo polvo, y eso es la señal de que hemos alcanzado la madurez como vampiros.

Por eso cuesta mucho más matar a un vampiro como yo.

El salvaje intenta levantarse, parece que no es de los que se rinden.

Lanzo la señal al aire y la agarro más cerca de la parte inferior.

Mi bota se planta en su pecho para mantenerlo en el suelo y me pongo a horcajadas sobre él para apuntar mejor.

Estampo la base del cartel contra su pecho, que perfora limpiamente su órgano vital clavándolo al hormigón.

Un alarido espantoso sale de su boca, y se retuerce en un último intento desesperado por salvarse.

Los ojos se le salen de las órbitas mientras su vida se va apagando delante de mí.

Cuando me aparto de él creyendo que lo he conseguido, el maldito vuelve a despertarse y me propina un profundo corte en el estómago.

Un dolor intenso me irradia por todo el cuerpo; su veneno me paraliza un poco debido a la nueva dosis y a la quemazón que ya llevaba encima por el corte inicial.

Unos ojos sin vida miran al cielo cuando su cuerpo vuelve a caer al suelo con un golpe sordo.

Sé que no puedo marcharme y dejarle aquí así, de modo que hago un esfuerzo titánico para levantarlo y tirarlo al contenedor que tengo detrás.

Voy más lento de lo normal debido a la herida y a lo exhausto que estoy, pero consigo lanzarlo por encima del borde.

Por un segundo, su brazo no quiere entrar, hasta que termino empujándolo y cierro la tapa para ocultar su cuerpo destrozado. No es una limpieza perfecta, pero de momento tendrá que servir.

—¡Chao, chao! —me despido del contenedor.

Tengo que llegar arriba. A este paso, terminaré sin fuerzas, desmayado en el asfalto.

Tengo una bolsa de sangre de emergencia en el armario, y es vital que la consiga cuanto antes.

El veneno está interfiriendo con mi curación natural.

Los vampiros tenemos una de las tasas de sanación más rápidas de toda la comunidad sobrenatural, pero ahora no me estoy curando tan rápido como debería.

Vamos, Zavier. Aguanta. Has sobrevivido a cosas peores.

Consigo llegar al edificio, subo al ascensor y golpeo con la palma el botón del piso veinticuatro.

Respiro con dificultad mientras intento mantener la conciencia.

Se me nubla la visión, y mis piernas no parecen querer soportar mi peso.

El estómago me duele como si me lo hubieran metido en una picadora de carne, e intento presionar los brazos contra él lo mejor que puedo.

No paro de sangrar, y sé que la cantidad que estoy perdiendo es más que la que hay en la bolsa que tengo en casa.

Mierda.

El ascensor tintinea para señalar que he llegado a la planta indicada y, cuando las puertas se abren, casi me caigo al suelo.

Me sujeto la cintura con un brazo y apoyo el otro en la pared para arrastrarme por el pasillo.

El aroma de Celine llena débilmente el largo corredor, y lo utilizo para animarme a continuar.

Manchas oscuras se apoderan de mi vista, y suelto un gemido cuando el dolor se vuelve insoportable.

Ese gilipollas ha conseguido hacerme mucho daño.

He sufrido muchas heridas en estos últimos trescientos años, tantas que a veces no estaba seguro de si sobreviviría, pero esta vez me he acercado demasiado a la muerte. He aprendido la lección: tengo que asegurarme de que ando por ahí bien alimentado.

He estado demasiado cerca.

La puerta está a mi alcance, pero me estoy desvaneciendo.

Al alargar la mano hacia el pomo, mi cuerpo cede y me desplomo, cayendo de bruces contra la puerta.

La caída es tan fuerte que la nariz me cruje bajo el impacto contra la madera.

El golpe seco de mi cuerpo es ensordecedor, y oigo un grito de sorpresa al otro lado.

Celine.

Se remueve en la cama y la oigo preguntar en voz alta de dónde vendrá ese ruido tan fuerte. Casi no veo, y el repiqueteo de sus pies contra el parquet mientras se dirige hacia la puerta me llega como un mero eco a los oídos.

Celine.

Mi pareja.

No puede ser el final.

Todavía no sabe lo grande que tengo la polla.

Voy a morir y ella ni siquiera lo sabe.

Eso es lo peor.