20. Zavier
Zavier
—Esto no se puede comer. ¡Sigue dura! —protesto antes de escupir la pasta.
Quizá no tenga que comer comida humana para mantenerme con vida, pero, si voy a hacerlo, al menos que esté buena.
—Es pasta al dente. —Hace un puchero con sus labios perfectos—. Se supone que ha de tener cuerpo. Si la cocináramos como tú dices, acabaría siendo una masa blanda y acuosa. Confía en el proceso. —Celine agarra la olla con la pasta hirviendo y la cuela en el colador que ha puesto en el fregadero.
Hemos hecho la compra esta tarde, dada la falta de comida en mi nevera y en la despensa, y después hemos pasado por el local de Luna para que Celine comprara un poco de café, y yo he conseguido algunas bolsas de sangre sin que se diera cuenta.
Al volver, tardó muy poco en colocarlo todo en su sitio. Yo no he parado de sonreír en todo momento porque, se dé cuenta o no, sé que conmigo se siente como en casa.
Después decidió que quería cenar pasta, así que nos pusimos a cocinar juntos.
Es una actividad bastante íntima, no me lo esperaba.
Celine rozándome cuando va a coger un utensilio, yo estirándome por encima de ella para alcanzarle un plato al que no llega y las sonrisillas que nos lanzamos de vez en cuando.
Está bajando la guardia poco a poco.
Medianoche nos observa desde lo alto de la nevera como si fuera Gordon Ramsey. De vez en cuando suelta un maullido como si quisiera indicarnos que hemos fallado en alguna parte de la receta. Juraría que este gato se cree que es humano.
—Así lo hacía siempre mi padre. Te prometo que estará muy buena. —El vapor sale del bol metálico y se dispersa por el aire—. ¿Has batido ya el huevo?
Rompo el último cuando me lo pregunta, y lo mezclo con parmesano y perejil. La encimera parece una zona de guerra, ya que no se me da bien mantenerlo todo limpio a la par que cocino.
—Listo.
Me coge el bol y vierte el contenido sobre la pasta, que ya está en la sartén que hay en el fuego y que tenía un poco de panceta que ha cocinado antes.
Su brazo trabaja con furia, haciendo movimientos enérgicos para mezclarlo todo, hasta que el huevo cuaja con el calor de la pasta y la grasa de la panceta.
—¿Me pasas la nata? Hay que añadirle un poco.
Entre sus labios, asoma la lengua en un gesto adorable de concentración. No sé si es consciente de que lo está haciendo.
Cojo la nata y se la paso. La vierte sobre la mezcla y vuelve a remover. Me encantaría decirle que puedo ocuparme yo, pero estoy disfrutando mucho del espectáculo.
—Huele delicioso. —Me cuelo detrás de ella y le rodeo la cintura con los brazos. Su aroma a moras es embriagador, y no puedo evitar hundir la nariz en su cuello. Se le acelera el pulso, y me tienta a hacer algo para lo que sé que todavía no está preparada—. Mi pequeña chef.
—No digas eso antes de probar el resultado. —Apoya la espalda en mi pecho—. Quizá pienses que está asqueroso.
—Nunca —resoplo.
Le doy un beso en la mejilla antes de soltarla y coger los guisantes al vapor del microondas. De reojo, veo que se toca justo donde acabo de besarla y esboza una sonrisita.
Qué mona.
—¿Quieres que le pongamos esto también? —Saco una cuchara del cajón.
—Tráelos para que podamos añadir la cantidad que cada uno quiera. —Celine apaga el fuego y coloca la sartén con la pasta sobre un salvamanteles.
La mesa ya está puesta con los platos y los cubiertos. Nos servimos una ración de carbonara cada uno y nos ponemos manos a la obra.
La salsa cremosa se pega a los espaguetis; ensarto una buena cantidad en el tenedor. Me lo meto en la boca y me quedo impresionado con el sabor. Está delicioso. La espera ha merecido la pena, aunque no me quejo de haber pasado ese tiempo con ella.
Celine saca la lengua para lamerse los restos de pasta, y el gemido que suelta es pecaminoso. Siento cómo se me tensa la polla en los pantalones. Cierro los ojos y cuento hasta diez para tratar de calmarme.
No hablamos durante la cena, ya que la comida está tan deliciosa que terminamos centrándonos en ella.
Acabo descubriendo un par de cosas más sobre ella cuando le hago algunas preguntas tontas porque no puedo evitarlo.
Me sirvo mi tercera ración mientras Celine repite.
Cuando acabamos, estamos llenísimos y no tenemos ganas de levantarnos a limpiar el desastre que hemos montado en la cocina.
Hacía mucho que no comía tanta comida humana de una sentada.
—Mi padre siempre decía que un buen cocinero siempre limpia mientras cocina, pero parece que no hemos seguido ese consejo, ¿no? —Celine se ríe y se da toquecitos en el estómago mientras contemplamos el desastre.
Observo la mano que se ha puesto en el abdomen y pienso en que quizá algún día la tenga redonda porque lleve a mi hijo en su interior.
—El primero en limpiar su plato gana —suelto de pronto para distraerme de ese pensamiento, y corro hacia el fregadero.
—¿Qué…? —balbucea Celine, aunque no tarda ni un segundo en apartarme de un empujón.
Podría ganar el reto con facilidad, pero no quiero. Ver el brillo competitivo que hay en sus ojos es suficiente regalo después de todo lo ocurrido. Sé que intenta disimular, pero he visto la tristeza en sus ojos marrones. Está más alterada por el robo de lo que quiere admitir.
—¡Listo! —grita triunfante—. ¿Qué he ganado?
Lo cierto es que no había pensado en ello, así que me dejo llevar por mis instintos. Le planto un beso en la nariz y disfruto de la expresión de sorpresa que me ofrece.
—¿Eso es todo? —susurra, como si de repente el aire de la cocina se hubiera evaporado.
—He querido hacerlo desde que has echado la pasta en la olla —admito.
—Vaya. —Se mece sobre los talones mientras toma una decisión—. Me parece un premio muy pobre. Creo que puedes hacerlo mucho mejor.
Me sorprende la audacia de mi gatita, pero no necesito que me lo repita dos veces.
Avanzo hacia ella con la gracia de una pantera y la levanto por las caderas hasta sentarla en la encimera. Le abro las piernas y me inclino hacia ella para que podamos pegar nuestros torsos. La respiración se nos entrecorta y terminamos existiendo solo ella y yo.
Celine traza una línea alrededor de mis cejas, y le coloco un mechón de pelo rebelde detrás de la oreja. Apoya un brazo sobre mi hombro y me acerca más a ella con el otro.
—Yo también he pensado en esto —me susurra cuando nuestras narices se rozan.
—¿Sí? —gimo al notar la sensación de su cuerpo presionado contra el mío.
Celine me tira del pelo, y mis dedos se abren sobre la encimera, hincándose en el granito con la fuerza suficiente como para dejar una marca. Levanto las manos al instante, y espero no haber causado ningún daño del que pueda darse cuenta.
Me inclino hacia ella e inhalo el aroma de su cuello. Podría tumbarla aquí mismo y comérmela en menos de un segundo.
Cuando nuestros labios se rozan, suena el temporizador de la vitrocerámica y nos separamos de un salto.
—Mierda —jadea Celine—. He olvidado apagar eso.
Me aparto, decepcionado, aunque no sin asegurarme de que note toda mi dureza cuando se desliza por la encimera.
Celine se excusa diciendo que va a cambiarse mientras apago el temporizador.
La oigo moverse por mi habitación y al instante enciende la ducha.
Imaginármela desnuda y húmeda no ayuda mucho a que se me baje la erección.
—Medianoche —le digo al gato—. Tu madre va a acabar conmigo. Quizá no sea una muerte literal, ya que no es fácil matarme, pero acabará cargándose mi polla.
—Miau.
Suspiro.
—Gracias, amigo.
Celine termina de ducharse y aparece en el salón con los pies descalzos, vestida con unos shorts de algodón azules y una camiseta fina a juego.
Es una tentación.
Sabe lo que me provoca.
—Voy a ducharme —mascullo al pasar por su lado.
Mi polla casi llora en señal de protesta cuando me aparto de ella. Pero no ha llegado la hora. Todavía no.
Cuando termino de ducharme, me la encuentro acurrucada en el sofá bajo una manta. Medianoche me observa desde su cama mientras juega con un hilo que sale de una esquina.
Me acomodo a su lado en el sofá, le agarro el tobillo con cuidado y tiro de ella para colocar sus piernas en mi regazo. Ella me ofrece una sonrisa cansada y perezosa, y ajusta la manta para que nos cubra a los dos.
Ha puesto una película, parece gore y cómica, así que me engancha al instante.
Una hora después, noto algo de movimiento por el rabillo del ojo y vuelvo la cabeza para observar a Celine.
Sus largas pestañas oscuras le rozan las mejillas, ya que se está quedando dormida.
Veo que le cuesta mantener los ojos abiertos.
Me deslizo hacia un lado del sofá antes de rendirme y levantarla con suavidad.
Camino despacio para no despertarla y la acuesto en la cama.
Aparto el edredón y la poso sobre las sábanas.
Ella no dice nada, solo murmura algo adormilada cuando apago la lamparita y la arropo.
Me quedo un segundo sentado en el borde de la cama para ver cómo se rinde al sueño.
Su pelo largo y oscuro, libre de su usual atadura, se esparce por mi almohada.
El dulce sonido de su respiración inunda el espacio, y noto cómo le sube y le baja el pecho en un ritmo sereno.
Tiene los pezones erectos y le sobresalen por la fina tela de la camiseta.
El suave vaivén de sus pechos me provoca cada vez que coge aire.
Le acaricio la mejilla con el mayor cuidado posible para no despertarla. Ella sonríe con suavidad, sumida en sus sueños, y eso, para mí, es una pequeña victoria. Incluso inconsciente, se sabe a salvo conmigo. Jamás le haría daño ni permitiría que nadie se lo hiciera.
La ira me inunda porque alguien se lo ha hecho. Quizá no físicamente, pero han invadido su espacio personal, puesto patas arriba su apartamento y violado su intimidad.
Unos murmullos suaves y su ceño fruncido me indican que es momento de salir de la habitación. Mi furia empieza a ser palpable, y lo último que quiero es despertarla. Tengo que salir a matar algo. O a alguien.
Sé que estará a salvo en mi apartamento porque anoche instalé un sistema de seguridad de última generación sin que se diera cuenta, así que le doy unas palmaditas a Medianoche, que duerme acurrucado en su sitio, y salgo del edificio.
Me suena el móvil y miro la pantalla. Se me extiende una sonrisa por el rostro.
Qué conveniente.
A SISTENTE DE LA M UERTE : Tengo un objetivo para ti.