18. Zavier
Zavier
Estoy más duro que una piedra.
Me refiero a mi polla, que está a punto de explotar. Tengo una barra de acero en los pantalones. Un desastre total que me hace gemir sin control. El pack completo.
Ha bastado con tener el cuerpo de Celine debajo de mí para que no pueda controlar mis instintos vampíricos.
Mi maldita colmierección hizo acto de presencia en el primer beso.
Y la cosa empeoró cuando le mordí sin querer el labio y probé una gota de su sangre.
Juraría que es lo más dulce que he catado en toda la vida.
He tardado años en controlar mi sed, pero la sangre de Celine me llama como ninguna otra.
Intenté cubrir el mordisco con un chupetón para marcarla de alguna forma y ocultar mi boca hasta que consiguiera retractar los colmillos.
—Aunque me encantaría que fueras el postre… —digo mientras me levanto y le ofrezco la mano, que ella acepta con el ceño fruncido—, he preparado uno de verdad.
Su pelo me hace cosquillas cuando me inclino para susurrarle al oído:
—Cuando te haga mía, te prometo que será en una cama majestuosa, no sobre un cristal frío. Te mereces más. —Su mirada se suaviza ante mi explicación, y le doy un beso cariñoso en la frente durante un buen rato—. Vamos. He preparado crème brûlée .
—¿Hay algo que no sepas hacer?
—Se me da muy mal esperar. —Es una ironía, teniendo en cuenta la cantidad de tiempo que llevo vivo.
Le brillan los ojos divertida.
—Lo mismo digo.
Vuelvo a colocar la manta en el suelo con cuidado de no provocar un incendio. Me siento, y ella se coloca a mi lado, tan cerca que nuestras piernas se rozan al instante.
Celine está empeñada en torturarme con su cercanía.
—¿Prefieres que tomemos esto de postre? —Saco la bolsa de gominolas que tenía guardada.
Celine suelta un gritito ahogado y empieza a hacer gestos con las manos, pidiéndomelas.
—¿Cómo sabías que me gustan las gominolas? —No tarda ni un segundo en abrir el paquete—. Da igual, no sé si quiero saberlo.
Me río y continúo con mi tarea mientras ella empieza a comerse el prepostre.
Saco un cuenco de la cesta, que está llena de bolsas de hielo. También hay un soplete; ella alarga la mano hacia él, logrando que su aroma sea más intenso que antes.
Colmierección inminente.
—Celine —suelto un gruñido—. Siéntate bien, a no ser que quieras que te marque todo el cuello y te azote el culo con fuerza. —Su jadeo es revelador, y sé que, si ahora mismo pudiera meterle los dedos en las bragas, estarían empapadas por mi culpa.
Tengo que comportarme. No quiero llevar a Celine a la cama hasta que no le diga que somos pareja y le cuente lo que soy en realidad.
Me parecería incorrecto dar ese paso sin que conociera la magnitud de nuestra conexión.
Puedo ser muchas cosas —asesino, acosador, psicópata…
—, pero no pienso aprovecharme de mi pareja de esa forma.
Utilizo el soplete para caramelizar la cobertura de azúcar que cubre el postre.
Una vez está en el punto perfecto, nos deleitamos con él, y las gominolas quedan en el olvido.
Celine le da un par de golpecitos a la superficie para que se rompa y pueda así comerse un trocito de azúcar caramelizado en cada cucharada.
Suelta ruiditos de apreciación, y me deleito con ellos.
No entiendo cómo puedo estar sentado al lado de mi pareja, que encima es humana.
Hace tiempo que renuncié a encontrar a mi otra mitad, y llegué a la conclusión de que era indigno de ella por la cantidad de sangre que mancha mis manos.
Dejando a un lado a los parásitos que se lo merecían, es cierto que también he matado a inocentes.
Los neófitos siempre tienen que luchar contra su sed de sangre, y durante un tiempo me costó controlarla.
—Esto está delicioso. Siempre que he intentado hacer crème brûlée , he acabado bajando las claras o calentando demasiado la crema y he arruinado el azúcar. —Su rosada lengua asoma para lamer los restos de la cuchara—. Tendrás que contarme tus secretos.
Suelta un gritito de sorpresa cuando le muerdo con dulzura el lóbulo de la oreja.
—Solo me quieres por mi crème brûlée . —Estoy tentado de agujerearle la piel, ya que no consigo mantener alejados los colmillos de ella. La necesidad de reclamarla me consume, pero no voy a hacerlo. Todavía no.
Celine me da un manotazo y pone los ojos en blanco.
—Cierto, me has pillado. En cuanto domine la técnica, te ignoraré durante el resto de mis días porque ya no me servirás para nada.
La lluvia sigue azotando sobre el cristal, y un rayo particularmente fuerte ilumina sus mejillas sonrojadas.
—Al contrario, creo que te resultaré muy útil. En más de un sentido. —Le susurro esta última parte, y se estremece.
Su mejilla roza la mía al volverse hacia mí y, justo cuando creo que sus labios van a posarse en los míos de nuevo, el sonido de su teléfono arruina el momento. Celine frunce el ceño cuando ve el nombre en la pantalla y responde de inmediato.
—¿Capitán Barnes? —Tras unos segundos, se pone en pie de un salto. Sus tacones resuenan en el suelo mientras la veo caminar nerviosa de un lado a otro—. ¿Qué? ¿En el mío? Joder.
El oído de un vampiro es mucho más agudo que el de un humano, así que no me cuesta escuchar la conversación. No quiero invadir su privacidad, pero necesito saber qué la ha alterado tanto. Ojalá pueda solucionarlo.
—Parece que no han robado nada, pero creo que deberías de venir cuanto antes.
—¡Madre mía! ¡Medianoche! —Celine me mira con los ojos muy abiertos, aterrada—. ¿Está bien?
Las lágrimas se le acumulan en los ojos, y me apresuro a cogerle la mano y mostrarle mi apoyo en silencio. Ella me la aprieta, pero me la suelta más rápido de lo que me gustaría.
—Sí, está bien, no te preocupes. —En ese momento, un inequívoco maullido resuena al otro lado de la línea, y Celine se desinfla al instante.
Parece que solo necesitaba esa confirmación.
No creo que le importe que le hayan robado sus cosas, pero claro, con un corazón tan bueno, era de esperar que solo le preocupase el gato.
—Llegaré lo antes posible. Gracias, capitán. —Se despiden rápidamente antes de cortar la llamada y guardar el móvil en el bolsillo.
—¿Qué ocurre? ¿Va todo bien? —Me hago el tonto.
—Al parecer, un psicópata ha entrado en mi apartamento.
—Celine empieza a recoger sus cosas—. Siento acabar así nuestra cita, pero tengo que llegar cuanto antes para evaluar los daños y hablar con los agentes.
—Echa un vistazo a la sala y se da cuenta de la cantidad de cosas que hemos dejado esparcidas por el suelo—.
Mierda, debería ayudarte a recoger esto.
—Suena triste mientras se debate entre quedarse a ayudarme o volver a su piso en el que acaban de entrar a robar, y eso me hace sonreír por dentro.
—No te preocupes. Tengo un amigo que me ayudará a recogerlo todo. Ahora solo me preocupa llevarte de vuelta y asegurarnos de que todo está bien. —Ella me responde con media sonrisa y los ojos aguados, y nos dirigimos al ascensor para volver a casa lo antes posible.
—¡Capitán!
Barnes está en su puerta. No parece que hayan entrado en ningún otro piso de nuestra planta, solo en el suyo.
Interesante. Hemos visto varios coches patrulla aparcados fuera del complejo, y algunos agentes siguen dando vueltas por el apartamento mientras se dedican a hacer fotos para recoger pruebas.
—Ah, Celine. —Sus ojos resplandecen con dolor mientras la observo adentrarse en el espacio allanado—.
Uno de tus vecinos se dio cuenta de que habían forzado la cerradura y de que tu piso estaba patas arribas, así que llamó a la policía.
Hemos inspeccionado el edificio y los alrededores, pero creemos que el culpable ha escapado.
También hemos revisado las cámaras de seguridad y parece que es un hombre, aunque sus rasgos estaban ocultos, así que tendremos que seguir investigando para dar con él.
—¿Tenéis alguna imagen? —Celine se cruza de brazos e intenta mantenerse firme, como siempre, aunque sé que solo tiene ganas de llorar. Noto un ligero temblor en sus labios que traiciona su confianza, a pesar de su estoica apariencia.
—Toma. —Se acerca un detective con una pantalla que muestra la imagen pixelada de una figura.
La complexión alta y corpulenta del ladrón indica que se trata de un hombre.
Va vestido totalmente de negro y la capucha de la sudadera que lleva le tapa el rostro, así que es difícil acotar la lista de sospechosos, aunque ya estoy ideando un plan para encontrar a ese gilipollas.
Nadie se mete con mi chica y se va de rositas.
Olfateo el aire con toda la discreción de la que soy capaz, pero con tantos agentes alterando la escena me es imposible aislar un aroma en específico.
Mierda.
—Menos mal. —Celine se pasa la mano por el rostro y se le iluminan los ojos cuando Medianoche aparece de detrás del sofá—.
Ven aquí, chico. —Lo coge y lo estrecha contra su pecho mientras le acaricia el pelaje para tratar de calmarse.
Me acerco y le rasco detrás de las orejas, lo que le hace cerrar sus ojos amarillos por el placer.
—Voy a echar un vistazo para comprobar si se han llevado algo. —Empieza a inspeccionarlo todo, y la observo, impotente, apartado a un lado.
—¿Quieres que te ayude? —Camino detrás de ella como un niño perdido. No me gusta que se cierre en banda.
—Tranquilo. Creo que prefiero hacer esto por mi cuenta —suspira y me mira por encima del hombro—. Siento haber fastidiado nuestra cita, pero quiero darte las gracias por todo. No hace falta que te quedes aquí mientras reviso los daños.
¿Me está echando? Ni hablar.
—No has fastidiado nada, Celine. Era imposible que supieras que alguien te iba a entrar a robar hoy. Quiero quedarme a tu lado. —Mantenemos el contacto visual hasta que al fin ella asiente y continúa su búsqueda en silencio.
—¿Tú quién eres? —El capitán por fin repara en que hay un desconocido en el salón.