Enamorarse de un vampiro es un caos 17. Celine #3
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17. Celine #3

Nos acomodamos justo después de que Zavier vaya a buscar la manta y la extienda para que el cristal no esté tan frío al tacto.

Apoyo la cabeza en su hombro y él se pone rígido durante unos instantes por la sorpresa antes de rodearme la espalda con el brazo.

No sé cómo, pero ha conseguido eliminar mis defensas de una forma que nadie había conseguido antes.

Los coches circulan por debajo de nosotros como si fueran hormiguitas.

No sé cuánto tiempo pasa, pero Zav rompe el silencio de repente al decirme:

—Gracias por aceptar esta cita. Sé que a veces puedo parecer demasiado intenso, pero lo cierto es que me gustas mucho.

—Me acaricia el hombro como si fuera una pluma—.

No estaba seguro de que fueras a aceptar, pero luego Ava te empujó a hacerlo, así que, de nuevo, gracias por venir.

—Parece decirlo con una vocecita inocente, pero consigue calentarme el corazón.

Alzo la cabeza de su hombro y le sonrío.

—No hay de qué. He pasado una maravillosa velada a tu lado.

La determinación le llena los ojos esmeralda, y nuestros rostros se acercan cada vez más. Me ofrece el tiempo necesario para apartarme si lo deseo, pero no lo hago. Quiero esto. Le quiero a él .

—Espera.

Zav se aparta de inmediato en cuanto pronuncio esa palabra, pero no me estoy echando atrás por la razón que él cree.

Me coloco frente a él y apoyo las manos en su pecho esbelto.

Los músculos se le tensan bajo mi agarre a través del jersey, así que me aferro a él con más fuerza.

Le subo con cuidado las gafas por encima de la cabeza para apartarlas de mi camino.

A pesar de que me encanta verle con ellas, me apetece tener acceso completo a este rostro perfecto.

Agarro con el dedo un mechón de pelo rojo que le ha caído sobre los ojos y lo aparto.

Nos inclinamos hacia delante y compartimos el aliento durante unos segundos con mucha anticipación.

Zavier me agarra la muñeca cuando la subo hasta su hombro y me sostiene la nuca con la otra mano.

Es un agarre fuerte y cálido, aunque no sofocante.

Vuelve a hacer una pausa, como si estuviera dándome una última oportunidad para que detenga esto, pero termino rompiendo la barrera y la poca distancia que nos separa.

Coloco los labios sobre los de él.

Comienza siendo un beso dulce y suave. Nos separamos cuando ocurre, y nos miramos a los ojos para deleitarnos con el momento.

Después, como si acabara de desatarse un incendio, nuestros labios vuelven a unirse, y me aferra a sus hombros para sentarme sobre su regazo.

Empezamos a consumirnos y liberar todas esas semanas de tensión sexual entre nosotros.

Parece que por fin se han abierto las compuertas de la presa que llevábamos mucho tiempo reteniendo.

Zav me arranca la goma de la coleta para que me caiga el pelo en cascada sobre los hombros y me lo agarra en un puño para ser él el que controle el beso.

Nuestras caderas no paran de colisionar, y dejo escapar un gemido. El que me ofrece Zav a modo de respuesta me indica que está tan afectado como yo.

Me pasa la lengua por los labios como si me estuviera pidiendo permiso, y abro los míos para dejarle entrar.

Entrelazamos las lenguas y él continúa aferrándose a mí como si fuera un salvavidas.

Noto un pinchacito en el labio que me hace preguntarme de dónde proviene, pero, cuando vuelve a pasarme la lengua por la zona y alivia el dolor, me concentro en el placer.

Le paso los dedos por los mechones de seda color carmesí y le tiro de la cadena de plata que lleva al cuello con fuerza suficiente para que suelte otro gemido y me pida que siga.

Me encanta ese sonido.

Me pone muy cachonda ver a un hombre gimiendo y suplicándole a su mujer. A pesar de que me encanta que me dominen, a veces me gusta ser yo la que lleve las riendas. Mi historial sexual no es extenso, pero he tenido suficientes experiencias como para descubrir cuáles son mis gustos.

Salimos a tomar el aire y terminamos juntando nuestras frentes.

Zav susurra mi nombre como si fuera una plegaria y hunde la cara en mi cuello. Me va dejando besos por toda la garganta, y yo le abrazo mientras me dejo llevar por la sensación de que alguien me adore.

Noto unos dientes sobre la piel y, cuando empieza a succionarme el cuello, sé que quiere dejarme un chupetón. Su respiración entrecortada me produce escalofríos cuando se retira lo suficiente para admirar su obra de arte.

—Mierda, Zav. —No puedo evitar pronunciar su nombre cuando me da la vuelta y termino tumbada bocarriba en el suelo.

La superficie dura me aplasta contra su cuerpo, y no puedo evitar apretar las piernas todo lo que puedo.

Noto su polla dura presionándome el muslo, y termino gimiendo su nombre cuando vuelve a lamerme el cuello.

—Me apetecía marcarte. —Me da un último beso antes de apartarse—. Mírate, tendida debajo de mí. —Comprueba el reloj de plata que lleva en la muñeca y sonríe—. Justo a tiempo para el postre.

Dios, ayúdame.