17. Celine #2
Parece estar dándole vueltas a la cabeza mientras mira al techo.
Le ofrezco el tiempo necesario para que consiga formular lo que sea que vaya a contarme.
No estoy segura de qué me ha llevado a preguntarle eso, pero veo dolor oculto tras todas esas bromas.
Sé de primera mano lo duro que puede llegar a ser aferrarse a esas emociones y también que compartirlas ayuda a aliviar un poco la carga.
—Cuando mis padres murieron, no tuve la oportunidad de despedirme de ellos.
—Zav ajusta su posición para terminar pegado a mí en busca de un consuelo silencioso.
Me apoyo más en él para darle ánimos—. En esa época no nos llevábamos muy bien, y sabía que no les quedaba mucho por culpa de una enfermedad.
Fue desgarrador dejarlos partir de este mundo a sabiendas de que no volvería a verlos, y aun así no ser capaz de despedirme de ellos.
Nuestros meñiques se tocan bajo la manta, y enrollo el mío alrededor del suyo, justo como he hecho antes. Se le contrae un poco el pecho ante mi roce y vuelve la cabeza hacia mí, como esperando una reacción por mi parte.
—¿Por qué no fuiste a verlos? —Debió de tener un motivo, sobre todo si sigue dolido después de tanto tiempo.
—No pude. —Zav aprieta mi meñique con el suyo; se le mueve la nuez cuando se traga una oleada de emociones—. Se dieron varias circunstancias que escapaban a mi control y no lo permitieron. —Baja la cabeza. Nunca había visto a este hombre animado con una mirada tan triste plasmada en el rostro.
Quiero seguir insistiendo para que me cuente qué tipo de circunstancias fueron, pero noto que sube cada vez más la guardia a medida que habla de ello.
—Si pudiera volver atrás, pasaría todo el tiempo posible con ellos antes de que la enfermedad los consumiera.
Supongo que hasta eso estaba fuera de mi control.
—Se pierde en el recuerdo antes de sacudir la cabeza y ofrecerme una sonrisa triste.
—Parece que esta cita está cayendo en picado.
Siento haber sido el causante del bajón.
—No ha sido un bajón. —Niego con la cabeza—. Gracias por contarme esa verdad, Zav. Supongo que ahora me toca a mí.
—Celine, no tienes que… —Intenta detenerme, pero insisto.
—No, solo será justo si yo también comparto una verdad contigo. —Zavier cierra la boca y se queda en silencio, esperando a que continúe.
—A veces siento que estoy condenada a vivir un ciclo eterno en el que me dedico a complacer a la gente.
Ava me dijo hace poco que eso es justo lo que soy, una persona complaciente, y lleva razón.
Que mi madre nos abandonara a mi padre y a mí, y que después él me abandonara a mí en cierto modo, me ha hecho más daño del que quiero aceptar.
Sé que no es culpa suya, pero a veces lo siento así.
—Suelto una risa carente de humor—. En ocasiones me cuesta decirle que no a Ava cuando me monta citas por esa razón.
Me preocupo de muy pocas personas en mi vida y me cuesta mucho decirles que no porque me da pánico que un día se harten de mí y me abandonen. Es estúpido, lo sé.
—No digas eso. —Zav gruñe tras mi confesión—. No es estúpido, y todo lo que sientes es válido. —Habla como si él también hubiera experimentado ese dolor.
—Y no es lo único. —Me muerdo el labio tratando de retener las palabras que llevo dentro, pero fracaso—.
No sé si me siento del todo a gusto en mi trabajo.
Últimamente me estoy dando cuenta de que me he aferrado a él porque me recuerda a mi padre.
Era muy buen detective. —Aparece en mi mente el rostro del capitán Barnes, esperanzado cuando me ascendieron—.
Es un trabajo muy estresante, y la carga del legado de mi padre es muy pesada.
—¿A qué te dedicarías si no fueras detective? —me pregunta Zav en voz baja.
—No estoy segura. Me gusta mucho el gimnasio en el que hago boxeo, así que quizá enseñaría defensa personal a otras mujeres —musito mientras me aliso la tela del vestido sobre las piernas—. Hace mucho que no pienso en lo que yo quiero.
Unos dedos largos me levantan suavemente la barbilla y dejo que mi mirada descanse en sus rasgos masculinos antes de posarse en sus ojos.
Nuestros rostros se van acercando poco a poco justo antes de que suene un trueno estrepitoso y me sobresalte. Casi parece que el edificio se mueve, pero sé que no puede ser cierto. Quizá sea yo la que está temblando ante la cercanía de Zav.
Puedo negar mis sentimientos y mi atracción todo el tiempo que quiera, pero lo cierto es que me siento atraída por este hombre de una manera que no me había ocurrido nunca con nadie.
—¿Quieres salir, a ver si vemos un relámpago? —Me aclaro la garganta y me levanto. El estado de ánimo sombrío desaparece como si hubiéramos pinchado un globo.
Los pasos de Zavier resuenan suavemente a mis espaldas.
Salimos a la terraza y nos asomamos a las vistas que hay debajo.
Nos da la bienvenida una imagen de lo más hermosa, y la lluvia incesante solo añade encanto a la escena.
Una red de miles de luces de varios colores, principalmente amarillo y naranja, se extiende hasta donde alcanza la vista.
El paisaje nos rodea por completo, incluso podemos verlo bajo nuestros pies; es impresionante.
A pesar de que se trata de una atracción turística, apreciarlo en solitario hace que el momento sea mágico.
—¿En qué piensas? —le pregunto a Zav sin apartar los ojos del paisaje.
—Hermosa.
—¿Verdad que la vista es espectacular? —pregunto emocionada, y trazo con el dedo una gota de lluvia que cae por el cristal.
—Magnífica. —Puedo sentir el peso de su mirada sobre mí mientras lo dice, y trato de luchar contra el rubor que insiste en teñirme las mejillas.
—Vamos a sentarnos. Quiero observarlo un rato.