17. Celine
Celine
Joder.
Al salir, me quedo sin aliento ante lo que veo.
Las luces principales están apagadas, y la zona solo está iluminada por el resplandor de los edificios y los centenares de velas dispersas por la sala.
Hay pétalos de rosa estratégicamente distribuidos entre las llamas.
Se oye una música suave de fondo. También hay una manta clásica de pícnic a cuadros y una cesta en el centro, y no puedo evitar reírme.
Me parece un detalle muy sencillo después de que se haya venido arriba alquilando el lugar solo para nosotros.
—Zavier, ¿qué demonios? ¿Cómo puedes permitirte esto?
¿Quién iba a decir que este payaso podía ser tan romántico?
Parece que malinterpreta mi comentario, porque empieza a fruncir el ceño de ese rostro tan dulce. Se aclara la garganta.
—He recibido varias herencias, y trabajo en todo tipo de puestos para mantenerme ocupado.
Miro a mi alrededor, asimilándolo. Nunca nadie se había preocupado tanto por mí como para tomarse tantas molestias.
—No puedo creer que hayas hecho todo esto. ¿Cómo has podido? Es increíble.
Saca un poco el pecho ante mi halago.
—Nada es demasiado cuando se trata de ti.
—Gracias —digo esperando que capte mi gratitud genuina—, Zav. —Lo añado al final porque sé que le gustará oírlo. El rubor que le tiñe las mejillas me indica que ha surtido efecto.
—Siéntate. —Zavier hace un gesto hacia el pícnic, y me arrodillo. Él se sienta frente a mí y va sacando distintos envases de comida preparada.
Mientras está centrado en esta tarea, me tomo un momento para apreciar al hombre que tengo sentado delante.
El pelo rojo carmesí le brilla bajo la luz de las velas, y las llamas titilantes le bailan en los cristales de las gafas. El jersey negro se ajusta a la perfección a su torso esbelto, y la fina cadena de plata descansa sobre su cuello, invitándome a agarrarla.
Sus largos y fuertes dedos dejan los platos en el suelo con cuidado, y trago saliva al ver cómo le destacan y contrastan las venas sobre la piel del dorso de las manos y los antebrazos.
Hay algo sensual y muy lascivo en ellas que me hace querer apretar los muslos con fuerza.
Una vez dispuesta la comida, se pone a examinar minuciosamente la colocación hasta que está satisfecho.
La forma en que entorna los ojos es adorable.
—¿Zav? —Su atención recae de inmediato en mí cuando vuelvo a llamarle por ese apodo—. Está todo perfecto. No te estreses más con los platos.
—Falta un último toque para que sea perfecto. —Vuelve a rebuscar en la cesta y saca una botella de champán—. ¿Unas burbujitas?
Vuelvo la cabeza a un lado, ya que no puedo apartar la mirada de él por lo mono que es. Su determinación por complacerme es adorable, así que decido seguirle el juego.
—Sí, por favor.
Zavier saca dos copas flauta y sirve el champán en ellas. Tiene mucho cuidado en no derramarlo, aunque las llena todo lo que puede.
—¿Intentas emborracharme? —Acepto la copa mientras me la pasa con cuidado—. ¿Planeas desarmarme y aprovecharte de mí?
—Celine, no necesito el champán para eso.
Me asusta pensar que tiene razón. Nunca nadie me había atraído tanto. Siento una conexión especial con él, a pesar de su dramática personalidad. Me gusta, aunque a veces me saque de quicio.
Se oye un tintineo cuando choca su copa con la mía y, con un guiño, le da un sorbo a la bebida espumosa. Contengo el aliento cuando le cae un hilo de líquido por el labio y le baja por la barbilla.
—Salud —susurro, y le doy a mi copa un trago más largo de lo que debería.
Me ruge el estómago, así que cojo el tenedor para empezar a cenar.
El plato que tengo delante está repleto con todo tipo de comida que huele de maravilla.
Una pasta cremosa con brócoli, pimiento rojo y salchichas se encuentra en una esquina.
También hay fruta cortada en dados y patatas asadas con algún tipo de condimento.
Zav también ha servido dos vasos de agua con hielo junto con el champán sin que me haya dado cuenta.
—¿Has cocinado tú todo esto? —Me asombra la cantidad de sabores que noto cuando tomo el primer bocado de pasta—. Mmm. —Suelto un gemido al instante y me derrumbo en el sitio.
Zavier me observa mientras traga saliva, y sus ojos se clavan en mis labios. Entonces me doy cuenta del sonido tan obsceno que acabo de hacer, así que termino bebiendo más champán para tratar de encubrirlo. Soy un desastre.
—Sí, lo he cocinado todo yo. —Parece que se apiada de mí y al fin responde—: He tenido mucho tiempo para perfeccionar mis dotes culinarias.
—Cuéntame más sobre ti —lo animo—. Siento que no sé mucho, aparte de que tienes un montón de trabajos eventuales por todo Chicago, que vives en el piso de al lado y que dispones de una herencia lo bastante grande como para permitirte alquilar este lugar. —Arqueo una ceja.
—No hay más que contar. Ya te dije que he estado dando vueltas por ahí y que nunca me quedo en un mismo sitio.
He viajado mucho y, en cuanto a esto… —señala el espacio que nos rodea—, mereces que te mimen.
Por ti. —Estira las largas piernas como si estuviera en casa—.
Sin embargo, últimamente estoy buscando una buena excusa para quedarme.
—Su mirada es cálida cuando me mira, y el calor me sube a las mejillas.
—Entiendo. —Sigue con los ojos clavados en los míos. Me aclaro la garganta y miro a otra parte para tratar de reducir la tensión—. ¿Cuál es tu segundo nombre? —Le lanzo una pregunta aleatoria, ya que no parece muy dispuesto a responder a la anterior.
—No tengo. ¿Y el tuyo?
Zav contesta tan rápido que necesito unos segundos para procesar su respuesta.
—Todo el mundo tiene un segundo nombre.
—¡Hola! Me llamo Zavier y soy la excepción. —Me coge la mano y la sacude antes de que yo la aparte con un bufido de fingida indignación.
—Qué raro. —La manta que tenemos debajo es tan suave que me invita a extender las piernas, como él—. El mío es Rose.
Él sonríe.
—Qué bonito, como tu primer nombre. ¿Sabías que Celine significa celestial en francés? Coincide con mi teoría de que eres un ángel. Y «flor celestial» es incluso más apropiado, si me lo preguntas.
El comentario de Zav casi hace que me atragante con el champán al que le estaba dando un sorbo, pero él se limita a sonreír como si fuera un niño al que han pillado con las manos dentro del bote de las galletas. Le encanta cogerme desprevenida.
—Eres todo un ligón. ¿Te funciona con el resto de las chicas?
—Me aclaro la garganta y, cuando dejo el champán en su sitio, apoyo las manos en el regazo.
Me concentro de inmediato en un hilo suelto que tengo en el vestido.
Nunca he sido celosa, pero, al pensar en Zavier con otras mujeres, siento la imperiosa necesidad de reclamarlo solo para mí.
—No te sé decir. Llevo mucho tiempo sin salir con nadie.
Mi última novia estaba más loca que yo, ¿te lo puedes creer?
—Lo dice tan convencido que me hace inclinar la cabeza con curiosidad.
Un hombre tan guapo como él debe tener a todas las chicas loquitas por sus huesos.
¿Cómo es posible que lleve mucho tiempo sin salir con ninguna?
—Ronda de preguntas rápidas. —Zav da una palmada—. ¿Color favorito?
—¿No te he hecho ya suficientes preguntas rápidas? —Cruzo los brazos sobre el pecho y puede que realce el escote más de lo necesario para acentuar el poco busto que tengo.
Su mirada se detiene en ese lugar más tiempo del debido. Zav se cruza de brazos y hace exactamente lo mismo, lo que me hace reír.
—Verde. —No es del todo cierto, pero la viveza de sus ojos eclipsa el pensamiento de mi otro color favorito, el morado.
—Rojo. —Se señala como si no fuera obvio de quién es el color favorito que está diciendo—. ¿Comida que más odias? —Vuelve a señalarme.
—Aparta eso de mí. —Agarro ese dedo ofensivo y lo atrapo bajo mi mano sobre la manta—. Los pepinillos. Menos mal que no has traído ninguno. —Pasan unos segundos y vuelvo a apuntarle, haciéndole sonreír—. Doy consejos que para mí no tengo. —Su sonrisa se ensancha más.
—Así que los pepinillos… ¿Estación favorita?
—El otoño, ¿y la tuya?
—Otoño.
Tengo la ligera sospecha de que ya no está siendo sincero, así que decido poner a prueba mi teoría.
—¿Libro favorito? El mío es Cincuenta sombras de Grey .
—El mismo.
—¡Zavier!
—¡Celine! —Una hilera de dientes blancos asoma en su sonrisa de suficiencia.
—Estás repitiendo todo lo que digo.
—¿Cómo lo sabes? Has dicho que no me conoces. Pues resulta que me encanta ponerme guarro en la cama. —Recupera el dedo de debajo de mi mano para seguir comiendo.
Una vez terminamos con las tonterías, nos dedicamos a devorar la cena, que está deliciosa.
Llega un punto en el que tengo que contenerme para no limpiarle un poco de salsa de la cara cuando se mancha la mejilla.
Parece un crío cuando come; la comida le va a todas partes menos a la boca.
Después de guardar los platos vacíos en la cesta, ataco a Zav con otra petición:
—Dime una verdad.
Me paso las manos por los brazos para darme algo de calor y me abrazo las rodillas contra el pecho. Descanso la cabeza en ellas y le observo mientras me mira con suspicacia.
—¿Una verdad? Pensaba que todo lo que estábamos diciendo era verdad. —Se acerca un poquito más a mí pensando que no voy a darme cuenta. Este hombre parece tener la necesidad constante de tocarme.
—Para empezar, has estado repitiendo todo lo que yo decía.
Además, sé que eres un bromista y que te gusta frivolizar, por eso me apetece oír una verdad real por tu parte.
—La lluvia cae con más fuerza en el cristal que nos rodea, y la observo caer por los paneles—.
Puede ser algo serio, quizá un poco doloroso.
—Le miro mientras me observa con perspicacia—.
Estamos en un espacio seguro, y quiero que me cuentes algo real si al final decidimos que vamos a seguir conociéndonos.