Enamorarse de un vampiro es un caos 16. Zavier
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16. Zavier

Zavier

—Estás increíble. Eres tan guapo que cualquiera tendría suerte de estar contigo. ¿Yo? Oh, por favor, me halagas. —Muevo una mano en dirección al espejo mientras me río y giro sobre mí mismo.

Mi reflejo no me responde, pero Medianoche me observa desde su camita con un ojo abierto y el otro cerrado. Tiene una pata extendida y mueve la cola mientras bosteza como si fuera el rey de la casa.

—Tengo que practicar, miau, miau. Tú no lo entiendes. —Medianoche resopla y cierra los ojos. Me paso los dedos por el pelo, pero no consigo tranquilizarme—. Está claro que tú nunca has tenido una cita con la chica de tus sueños.

A este ritmo, tendré que volver a peinarme.

Aunque sea un vampiro de trescientos años, no soy inmune a las emociones humanas, y puedo afirmar con certeza que llevaba mucho sin ponerme tan nervioso.

He soñado con pasar tiempo a solas con Celine desde que la vi en el almacén y, ahora que lo he conseguido, estoy que no me lo creo.

No me gustar sentirme así…, tan fuera de mí que no sé qué hacer ni cómo actuar.

—Tiene que ser perfecto. Cuando acabe la noche, pienso besarla y convencerla de que estamos predestinados.

Bueno, quizá sea demasiado para una primera cita, pero somos pareja destinada. Nada es demasiado pronto cuando tenemos toda la eternidad para estar juntos. Estoy convencido de que Celine se convertirá en vampira, pero sé que tengo que ir a su ritmo.

—Miau.

—Exacto, amigo mío. Tú y yo sabemos que ella y yo estamos hechos el uno para el otro, pero tiene que descubrirlo ella. —Me agacho y acaricio a Medianoche mientras sonrío—. Gracias por el voto de confianza. Es justo lo que necesitaba.

—Miau.

—Nos vemos pronto, amigo.

Me dirijo hacia mi apartamento con el sigilo propio de mi especie cuando oigo el ascensor y el aroma de Celine se intensifica.

¿Acaso me he colado en su piso para charlar un poco con mi futuro gatito?

Sí. Medianoche es mi mejor amigo. No puedo permitir que Tom lo descubra, o terminaré hiriendo sus sentimientos.

El encontronazo que hemos tenido antes ha puesto a mil por hora mi corazón inexistente y ha provocado que mis colmillos no se retraigan, como de costumbre.

Las colmierecciones se me empiezan a ir de las manos.

Es un milagro que consiguiera escabullirme sin que me viera los colmillos.

Esto solo me ocurre cuando estoy a su lado.

Si tengo que ser sincero, no sé cuánto tiempo podré mantenerme alejado de Celine. Tampoco es que lo esté haciendo del todo bien hasta ahora, pero mi bestia interior se aferra a su jaula cada vez que ella aparece y no consigue reclamar lo que es suyo.

Va en contra de cada célula animal de mi cuerpo no marcar ese cuello tan precioso para que todo el mundo lo vea. Forma parte del hecho de ser pareja destinada: la necesidad animal de reclamarse el uno al otro.

Sin embargo, en nuestro caso, parece que soy el único que lo necesita. Ella es humana, y sé que se siente atraída por mí, pero no parece tener la misma necesidad que yo de reclamarme.

He oído que, durante la fase de reclamo —antes de que el vínculo se complete—, es posible llegar a perder la cabeza. Aunque no es algo a lo que le haya dado demasiadas vueltas. Llevo tanto tiempo solo que jamás pensé que terminaría encontrando a mi pareja destinada.

Salgo al balcón y se me abren las fosas nasales cuando percibo su aroma a moras desde la puerta de su terraza.

Mis oídos perciben los sonidos que hace mientras se prepara para nuestra cita: el abrir y cerrar de cajones, y el cepillado suave de su cabello.

Si supiera que no iba a asustarla, entraría ahora mismo por la parte de atrás para ver cómo se arregla.

Cuando me deshago de esa idea, entro y me pongo a ordenar el apartamento mientras llamo a mi contacto para asegurarme de que todo sigue en pie, ya que me ha tocado adelantarlo todo.

—Quedan cinco minutos. —Me froto las manos por la anticipación mientras me siento en el sofá y me muevo de un lado a otro.

Como debería tomarme un aperitivo por si acaso, me sirvo un vaso de sangre del arsenal que le robé a Luna.

Mientras bebo, pienso en la posibilidad de convertir a Celine algún día.

En cómo estaría ella mientras la desangrase casi por completo y reemplazase su sangre con la mía, sellando así nuestro vínculo y transformándola para siempre en vampira.

Estoy tan sumido en mis pensamientos que, cuando miro el reloj, me doy cuenta de que ya han pasado dos minutos de la hora en la que se suponía que debía recogerla.

Mierda.

Salgo por la puerta y levanto el puño para llamar. El golpe retumba en mis oídos debido a la sangre que acabo de consumir, que me corre por las venas.

La puerta se abre y revela al ser más etéreo que jamás he visto.

Creo que mi cerebro empieza a cortocircuitar por la cantidad de piel que revela el vestido que lleva.

No es el mismo que se puso la noche que bailamos juntos en la discoteca, pero es de un estilo similar.

Negro y con encaje, le llega a medio muslo y lo ha completado con una chaqueta de cuero negro.

El escote en forma de corazón le acentúa sus maravillosos pechos.

Lleva el pelo recogido en su habitual cola de caballo, que me encanta, ya que me da acceso directo a su aroma, mucho más intenso en la zona en la que le late el pulso en el cuello.

Mientras continúo mi minucioso examen por todo su cuerpo, suelto un silbido de apreciación que hace que sus mejillas se tiñan de un rubor precioso.

Celine parpadea con sus ojos marrones cuando al fin se encuentran con los míos, y puedo ver el deseo reflejado en ellos cuando me observa.

Me he asegurado de llevar un jersey negro y unos pantalones que conjuntaran con su vestido.

No ha hecho falta que me dijera lo que se iba a poner.

La ropa oscura hace que mi pelo y mis ojos resalten aún más. Llevo un reloj de plata en la muñeca que brilla bajo la luz. Solo le echo un vistazo, porque no quiero apartar los ojos de Celine mientras le ofrezco el brazo.

—Tu príncipe azul ya está aquí.

Ella me acepta el brazo con una sonrisa burlona.

—Conque príncipe azul… —repite en tono juguetón—. Pero no soy una damisela en apuros.

—No, no lo eres —acepto—. Aunque eso no significa que no pueda llevarte en brazos. —Arqueo las cejas mientras ella me golpea con la mano que tiene libre.

—Anda, vámonos, Casanova.

Celine cierra la puerta detrás de ella, pero me da tiempo a guiñarle un ojo a Medianoche, que está sentado en la encimera y nos observa mientras nos vamos.

—Hasta luego —le digo gesticulando con los labios. Él mueve la cola a modo de respuesta, y podría jurar que me responde con la mirada, algo que no haría un gato común. Vaya.

—¿A dónde vamos? —me pregunta mientras entramos en el ascensor. Me sorprende que haya tardado tanto en preguntármelo y que no haya sido lo primero en decirme nada más abrir la puerta.

Le lanzo una sonrisita burlona.

—Si te lo dijera, no sería una sorpresa.

Ella gruñe, pero acepta mi respuesta mientras salimos y la acompaño hasta mi coche. Lo dejé aparcado de culo para tapar el cartel que pinté. Sé que Celine no es idiota. Si lo ve, comenzará a atar cabos sobre mi identidad. Todavía no estoy preparado para que descubra esa parte de mí.

Le abro la puerta del coche y sus ojos me escanean por cuarta vez —sí, las estoy contando— mientras se desliza en el asiento del copiloto.

Cruzo por delante del vehículo y me meto en el lado del conductor.

El motor cobra vida. Me humedezco los labios con la lengua.

Ella sigue el movimiento, y puedo oler el aroma irresistible de su excitación.

El metal cruje ligeramente bajo mi agarre, pero, por suerte, Celine no se da cuenta.

Mierda. De nuevo presión en las encías. Dios, si estás ahí, ayúdame. Malditos colmillos. Son insufribles. Erección doble a la vista.

Por mucho que Celine finja ser imperturbable, nuestro vínculo como pareja destinada es una putada. No es que las parejas no puedan rechazar su vínculo; de hecho, pueden, pero es muy difícil si la atracción entre ellos es natural, como la nuestra.

Me tomo un momento para controlarme antes de arrancar.

Control.

Tengo que controlar los colmillos.

¡Mantén la cabeza fría, Zav!

Estar en un espacio reducido con mi pareja destinada mientras ella está excitada va a poner a prueba mis límites, y eso que la cita solo acaba de empezar.

Cachorritos muertos. Tom en ropa interior. Piñas.

Expulso todo el aire de golpe y, cuando me siento lo suficientemente calmado y considero que mis colmillos no van a hacer acto de presencia, me dirijo a la salida del aparcamiento.

El trayecto no es muy largo, y nos dedicamos a hablar un poco mientras llegamos a nuestra primera parada. Si tuviera la capacidad de sudar, estoy seguro de que lo estaría haciendo, pero intento mantener una expresión lo más normal posible.

—¿La torre Willis? —me pregunta Celine en cuanto ve el cartel.

Suena incrédula, y estoy seguro de que es porque jamás ha prestado atención a esta torre, y eso que lleva toda la vida en Chicago. Cierto que tiene unas vistas increíbles, pero no suele atraer a los vecinos de la zona, al contrario de lo que les pasa a los turistas.

Le cojo la mano, le doy un beso en el dorso y sus ojos se clavan en los míos.

—Confía en mí. —Parece que se deshace un poco ante ese gesto mientras salgo del coche para abrirle la puerta.

—Gracias —musita cuando le ofrezco de nuevo el brazo.

La noto un tanto tensa antes de que termine cediendo a mi calidez.

Su cuerpecito se amolda perfectamente al mío, y siento la urgencia de protegerla de cualquier cosa que pueda hacerle daño en este mundo.

Sé que ha tenido que enfrentarse a varias situaciones complicadas en la vida y que sabe apañárselas, pero eso no significa que no intente evitar que se repita en el futuro.