15. Celine
Celine
El capitán Barnes se acerca a mi mesa y da unos golpecitos en ella con los papeles que lleva en la mano.
—Ha venido a verte una testigo, Brennan.
—¿A mí? —Me estrujo el cerebro para tratar de averiguar de quién puede tratarse. Me paso los dedos por los mechones largos de la coleta y le dirijo una mirada interrogante.
—Por lo general, la detective Waters se encargaría de la admisión, pero está de vacaciones hasta mañana por la tarde, así que te ha tocado. —El capitán dobla los papeles y se los mete en el bolsillo—. En cuanto vuelva, se ocupará ella de nuevo.
Cojo una libreta y un bolígrafo antes de ponerme en pie.
—Sin problema.
Él asiente y se aleja silbando.
Conforme me acerco a mi destino, veo al capitán apoyado en la puerta de la sala de interrogatorios. Tiene las gruesas piernas cruzadas y sostiene una taza de café y un donut; no intenta combatir nuestro estereotipo.
—¿Estás segura de que puedes con esto? ¿No estás muy ocupada con el caso del Asesino del Caos?
Me enderezo, me acomodo la chaqueta y le dedico una sonrisa confiada.
—Lo tengo controlado, no te preocupes.
—Buena suerte. —El capitán sonríe antes de desaparecer por el pasillo.
Me doy la vuelta, abro la puerta y me encuentro con una mujer imponente sentada detrás de la mesa metálica.
Levanta hacia mí unos ojos marrones llenos de lágrimas enmarcados por unas pestañas espesas.
Un cabello negro y exuberante le cae a modo de cascada por la espalda.
Su maquillaje es impecable, a excepción de los regueros de rímel que le surcan las mejillas, aunque eso no le hace parecer menos guapa.
Va vestida con un suéter granate y unos vaqueros oscuros.
Si me dijeran que acaba de bajar de una pasarela, me lo creería.
Noto que emana de ella una energía muy intensa.
Es un poco intimidante, lo cual es extraño, ya que su lenguaje corporal me indica que está asustada.
—Hola, soy la detective Brennan. —Entro en la sala con calma y le ofrezco la mano—. ¿Cómo te llamas?
Se suena la nariz y, con su mano delicada, toma la mía.
—Genevieve.
—Te he traído un poco de agua. —Le extiendo un vaso y ella lo rodea con unos dedos elegantes.
—Gracias.
—Genevieve, estoy aquí para ayudarte. ¿Te sientes preparada para contarme lo que sea que te haya traído aquí o necesitas un minuto a solas?
—Me siento en la silla que hay delante de ella y coloco lentamente la libreta y el bolígrafo sobre la mesa para indicarle que ya estoy lista, aunque sin querer presionarla si ella aún no lo está.
—No, estoy preparada. —Se suena con un pañuelo, respira hondo y empieza a relatar su historia—.
Mi mejor amiga Katie y yo somos así. —Entrelaza dos dedos para enfatizar sus palabras—.
Siempre nos estamos escribiendo mensajes para preguntarnos qué tal nos ha ido el día, a pesar de que la mayoría son bobadas.
—Genevieve esboza una sonrisa triste—. El otro día salimos de fiesta y fui yo la que decidió que ya era hora de volver a casa.
Le pregunté si quería compartir taxi, pero, como vive en dirección contraria, insistió en que ella cogería otro.
—Se suena y observa la mesa que tiene delante, perdida en sus recuerdos—.
Llegué sana y salva, y me quedé esperando a que me escribiera para decirme lo mismo, pero…
Ese mensaje nunca llegó. —Las lágrimas siguen corriéndole por las mejillas—.
La he llamado un montón de veces, ni siquiera sabría decirte cuántas.
También intenté entrar en su apartamento, pero nada.
Es como si hubiera desaparecido. Estoy muy preocupada por si le ha pasado algo. No es propio de ella.
Genevieve está hecha un mar de lágrimas, así que decido dejar la libreta en la mesa, me levanto, me acuclillo delante de ella y le doy una palmadita en la rodilla.
—No pasa nada. —Intento consolarla lo mejor que puedo—. Podemos tomarnos un descanso si lo necesitas.
Me mira como tratando de disculparse, todavía con lágrimas en los ojos.
—Lo siento. No suelo ser tan dramática, pero no puedo evitar pensar que no volveré a verla. —De pronto, me coge de las manos—. Vas a encontrarla, ¿verdad?
Le aprieto las suyas con la misma fuerza.
—Presentaré mi informe y empezaré a investigar.
La detective Waters me relevará cuando regrese mañana, así que será ella la que se ponga en contacto contigo, no yo.
—Espero que perciba mi sinceridad, y el alivio que veo en sus ojos me indica que así es—.
¿Puedo preguntarte a qué discoteca fuisteis de fiesta?
Levanta hacia mí el rostro inundado en lágrimas.
—Vex.
El corazón me da un vuelco en el pecho, y trato de controlarme para no revelar emoción alguna. No hay pruebas de que Vex esté relacionada con la desaparición de su amiga, pero hace tiempo que esa discoteca me da mala espina, y si a eso le añadimos lo que me contó Luna… La cosa pinta muy mal.
—Voy a hacerte algunas preguntas más para proceder con la investigación.
Me siento de nuevo, cruzo las piernas, que llevo enfundadas en unos vaqueros, y empiezo a escribir.
Suelto un suspiro frustrado y vuelvo a echar un vistazo a mi bloc de notas.
El papel rayado está lleno de arrugas de tanto doblarlo y metérmelo en el bolsillo, y la lista está completamente tachada, excepto por una entrada. He visitado todos los comercios cercanos a Vex excepto uno, y me encuentro delante de él.
Ninguno de los establecimientos parecía saber nada de la situación, incluso uno de ellos es de una mujer mayor muy gruñona que se negó a responder a mis preguntas.
Me fui de allí lo más rápido que pude, un tanto asustada de que fuera a darme un mordisco en el brazo con su dentadura postiza.
Cada vez que le decía algo, ella se acercaba más a mí y abría y cerraba la boca como si fuera una piraña.
No sé si se estaba metiendo conmigo o había perdido la razón.
—Qué extraño —musito. El aliento me sale helado por culpa del frío. Al menos hoy no llueve—. Voy a terminar con esto de una vez por todas.
Me queda un último sitio que visitar.
La Rueda alfarera es una adorable tienda de cerámica con todo tipo de piezas expuestas en el escaparate.
Tazas, jarrones, objetos decorativos y mucho más llenan las estanterías, que muestran tanto las creaciones de los dueños como las de los clientes.
Hay calabazas y hojas de otoño artificiales colocadas entre las piezas de arte.
Anoto mentalmente la ubicación del sitio para una futura salida con Ava.
Se me da fatal la cerámica, como a ella, así que seguro que será muy divertido.
La última vez que lo intentamos, la taza que estaba haciendo se me cayó en un cubo de barniz y su pieza quedó pegada a la mía en el horno, así que ambas acabaron inservibles.
Abro la puerta y me adentro en la tienda. El olor a arcilla y tierra me llena las fosas nasales; la música jazz suave suena por los altavoces. Hay estanterías repletas de cerámica por todas partes, y el zumbido de los tornos llena el espacio. Es una tienda pintoresca y peculiar repleta de carácter.
Parecen estar en medio de una clase, ya que oigo al profesor, que está enseñando a los asistentes cómo hacer un cilindro de arcilla.
Intento no molestarles mientras camino despacio hacia el centro de la sala.
Parece que todos lo están haciendo muy bien.
Moldean y crean distintas formas mientras cogen la arcilla y limpian la superficie del torno con una esponja a medida que avanzan.
La clase está compuesta por hombres y mujeres de todas las edades.
Algunos son pareja, otros amigos y los hay que parecen haber venido solos.
Una mujer mayor me sonríe cuando paso a su lado.
Se le escapan unos cabellos grises del moño, y, por su habilidad y técnica, se nota que ha hecho esto cientos de veces.
—Muy bien, clase, ahora que ya dominamos el cilindro, vamos a darle forma de taza y a añadirle un asa. —Oigo la voz de un hombre y me quedo congelada en el sitio, sin atreverme a mirar hacia arriba.
Espera un momento…
Como imaginaba, al levantar la mirada me encuentro nada más y nada menos que con Zavier.
Mi vecino Zavier.
El maldito Zavier que no para de aparecer en todas partes.
Entorno los ojos cuando me mira. No parece sorprendido de encontrarme allí, a diferencia de mí.
Lleva una camiseta de manga larga cubierta por un delantal verde atado a la cintura y tiene las manos llenas de arcilla seca.
Delante de él hay un cilindro perfectamente moldeado, y me quedo boquiabierta cuando el dueño, un hombre que parece tener unos sesenta años, se acerca a Zavier y le da una palmadita en la espalda.
Esto es el colmo.
Camino apresurada hacia mi víctima y le miro con cara de pocos amigos. Le agarro por el delantal y lo arrastro lejos de los alumnos, hasta el horno que está en el rincón trasero de la sala. Sonríe durante todo el camino, como si le gustara que lo arrastre como a un perro por la correa.
—¿Qué haces aquí? —siseo a modo de acusación.
Su sonrisa se ensancha y me muestra dos líneas perfectas de dientes blancos.
—Trabajo aquí.
—¿Desde cuándo?
Que Zavier no pare de aparecer por todas partes es bastante sospechoso.
Él hace un puchero y se pone a pensar. Se quita una pelusa de la camiseta antes de contestar:
—Desde hoy.
Levanto las manos al aire.
—El otro día estabas en la maldita bolera.
Se encoge de hombros, imperturbable. Alarga la mano, me coge un mechón de pelo y se lo enrolla entre los dedos. Debería apartarme de él, pero, por alguna extraña razón, no lo hago.
—Tengo muchos trabajos esporádicos —me responde al fin—. Me ayuda a pagar las facturas.
—Tú… —suspiro y me pongo las manos en las caderas—. No termino de fiarme de ti.
La sonrisa se le ensancha más que antes.
—Cariño, me alegro mucho de que no lo hagas.
¿Cariño?
—Cambiando de tema… —Se quita el delantal con un movimiento ágil y lo cuelga en un gancho que tenemos al lado—. Ya que estamos los dos aquí, ¿qué te parece si vamos a cenar? Así podemos empezar la cita antes de tiempo.
Entorno la mirada.
—No. Puede que Ava me haya convencido para que tenga una cita contigo, pero se supone que es mañana.
—Venga ya —insiste sin rendirse. Sus dedos fríos me rozan el brazo, lo que me provoca un escalofrío en la espalda. No de los malos, no los que suelo tener cuando sé que pasa algo raro. Este es de los buenos. Demasiado bueno—. Es hora de cenar. Tienes que comer.
Me quedo mirándole mientras intento pensar en una excusa decente para negarme, aunque termino fracasando de forma estrepitosa. Se me hunden los hombros en señal de derrota.
—De acuerdo, pero solo porque tengo hambre.
—Excelente. ¿Vamos? —Me guía hacia la salida colocando una mano en mi cintura. Lo permito durante un instante, y disfruto de la calidez de su brazo y de la fuerza que desprende su costado pegado al mío.
¿Cómo hemos pasado de arrastrarlo a la otra punta de la sala a esto? Es como si me nublara los sentidos cada vez que lo veo. Solo vuelvo a mis cabales cuando no está cerca.
Al salir de la tienda, consigo recobrar la conciencia y me deshago de su agarre.
—¡Espera! ¡No estoy lista! —exclamo exasperada—.
He venido a hacer mi trabajo. Tengo que preguntarle al dueño si ha visto u oído algo que me ayude con el caso.
Esta es la última parada. Te prometo que después me iré a casa y me preparé para la cena, ¿vale?
—le suplico con la mirada a sabiendas de que no aceptará un no por respuesta—.
Bueno, antes tengo que pasar por comisaría y darle mis notas a la detective que se encarga del caso.
—Su sonrisa burlona se ensancha, y resisto el impulso de dar una patada en el suelo—.
Además, ¿no se supone que estabas trabajando?
Zavier se cruza de brazos y me mira en silencio, con una ceja alzada en señal de acusación.
—Te lo prometo.
—No te creo. —Casi suena como un niño pequeño que está discutiendo con su madre, cosa que, por supuesto, no soy.
—Zav, ¿estás de coña? —Creo que he dicho más tacos en estos últimos cinco minutos de los que he soltado en el último mes. Es por su culpa y por lo mucho que me afecta este maldito bastardo con su rostro perfecto, sus gafas adorables y sus apetecibles labios.
Me sorprendo preguntándome cómo sería besarle, lo cual es muy preocupante.
Cuando el silencio continúa, alzo la mirada para fijarme en los ojos esmeralda de Zavier y termino viendo una emoción viva en ellos.
Por un segundo me preocupa que haya podido oír mi monólogo interior, pero entonces me muestra la sonrisa más estúpida que he visto nunca y empieza a contornearse de un lado a otro mientras se pone a bailar.
—¿Qué ocurre? —Levanto los brazos para defenderme mientras me alejo un poco de este hombre que está claramente desquiciado.
—¡Tú! —chilla, y apoya las manos en la barbilla como si fuera un crío.
—¿Yo? No entiendo a qué te refieres. —Doy golpecitos con la bota en el suelo mientras me quedo esperando a que llegue a alguna conclusión.
—Me. Has. Llamado. Zav. —Suelta una risita muy femenina, y pongo los ojos en blanco.
—Vuelvo dentro. Adiós…, Zav —añado su apodo mientras entro en la tienda y la puerta se cierra detrás de mí, no sin antes oír cómo suelta un segundo chillido que me hace negar con la cabeza divertida.
¿De dónde ha salido este tipo? Es como si hubiera caído del cielo desde un planeta alienígena.
Me pego una sonrisa en el rostro antes de presentarme al dueño de la tienda y plantearle las preguntas pertinentes, todo mientras ignoro al hombre que vuelve a entrar y retoma la clase como si nada hubiera ocurrido.