14. Zavier
Zavier
Mi mesita auxiliar está hecha un desastre, llena de revistas, fotos y folletos. Estoy buscando información en el móvil y el portátil al mismo tiempo, todo para dar con la mejor idea de cita del mundo. Es dentro de dos días, y no puedo fastidiarla. Ha de ser perfecta.
Le daría un beso a Ava por convencer a Celine para que salga conmigo. Como yo, ella tampoco puede ignorar el magnetismo que hay entre nosotros. Un día será tan intenso que ninguno de los dos podremos negar lo inevitable.
Tengo al lado una lista con ideas fruto de mi investigación, y le echo un vistazo:
I DEAS DE Z AVIER PARA CONQUISTAR A SU PAREJA DESTINADA
1. Bolos . El capullo de Asher ya me ha jodido esta.
2. Karaoke. Así podré presumir de mi voz.
3. Dar un paseo por el muelle de la Armada y subir a la noria . Típico tópico, es lo que hacen todas las parejas en su primera cita.
4. A la mierda todo, mejor follármela hasta que pierda el sentido. Mi favorita.
La número cuatro es sin duda la opción que más me gusta; las otras no me convencen. Tiene que ser especial. Muerdo el lápiz, pensativo, y me golpeo con él un colmillo. De pronto, se me ocurre una idea brillante.
Agarro el abrigo, me lo pongo, cojo las llaves del coche y salgo, no sin antes pasar delante de la puerta de Celine para inhalar su aroma.
Desde que me he mudado, he pasado todo el tiempo posible escuchándola y observándola para descubrir cuál es su rutina diaria.
Sé que canta en la ducha, que habla con Medianoche —a pesar de que el gato no parece ser su mayor fan— y que le encanta leer con una música de ambiente muy concreta.
¿Quién más podría saber que la música lo-fi con sonidos de lluvia de fondo es lo que más le gusta en el mundo?
Tras un corto trayecto en coche, aparco en mi primera parada.
La lluvia cae con fuerza, aunque esta vez voy preparado, así que abro el paraguas.
Últimamente el tiempo está muy nublado, y no puedo permitir que me arruine el cabello, que llevo ondulado a la perfección.
Me lo aparto de los ojos con un gesto, miro hacia abajo y veo un gran charco que brilla frente a mí.
Las luces rojas, naranjas y azules reflejan el bullicio de la ciudad.
Se me encoje el pecho cuando los ojos me juegan una mala pasada y veo a una Celine borrosa de pie, junto a mí.
Me vuelvo con rapidez y me doy cuenta de que una morena pasa por mi lado.
No es Celine. Sabía que no lo era por el olor, pero aun así se me encorvan un poco los hombros.
Entro con aire un tanto hosco en el restaurante.
Escaneo la sala y espío a mi víctima, que parece no sospechar nada.
Está en el sitio de costumbre, al fondo del local.
Me acerco con pasos silenciosos. Tiene los ojos cerrados, y se me ocurre un plan al instante.
Me deslizo con sigilo y evito chocar con los clientes y las mesas a mi paso, antes de inclinarme detrás del hombre y gritarle al oído:
—¡Bu!
Nada.
—¡Oye!
Nada.
—¿Estás de coña, viejo?
La diversión ha desaparecido, así que me dejo caer en la silla que hay frente a él. Entonces decide abrir los ojos. Estoy seguro de que ve y oye a la perfección, pero finge no hacerlo porque le gusta meterse conmigo.
—Anda, Zac, ¿eres tú? ¿Cuándo has llegado?
Unas manos arrugadas y curtidas por el tiempo frotan sus expresivos ojos azules para desperezarse. Siempre ha sido un hombre muy amable, pero eso no significa que a veces no se me lleven mil demonios cuando estoy con él.
Ja. Chistes vampíricos.
—Eres lo peor —mascullo, aunque me cruzo de brazos y voy directo al grano—: Necesito ideas para una cita.
—¿Ideas para una cita? ¿Quién te crees que soy? No he tenido una cita desde hace cincuenta años. —La alegría se refleja en su rostro—. Y tú tampoco, viejo cascarrabias. ¿Quién es la afortunada?
—La chica de la que no paro de hablarte, Celine. Y, si hay un cascarrabias aquí, ese eres tú. —La silla chirría cuando me echo hacia atrás.
—Finalmente te has armado de valor y le has pedido salir, ¿eh?
—Una risita ronca le sale de la garganta y termina convirtiéndose en un ataque de tos.
El tiempo, ese asesino silencioso, ha ido ganándole terreno a Tom, y yo me estremezco con cada tos y cada jadeo que sale de su cuerpo, ya que no estoy preparado para verlo partir.
—Algo así. —Me aclaro la garganta y omito el detalle de que Ava obligó a Celine a aceptar la cita—. Me alegro de que mi situación te resulte tan divertida, pero, en serio, estoy desesperado. —Me arrodillo, le cojo las manos y le ruego con dramatismo—: Por favor, Tom.
—De acuerdo —gruñe, y me aparta. Me acomodo de nuevo en mi silla—.
Cuando mi Betsy Jo vivía, nos encantaba ir al muelle de la Armada y subir a la noria.
—Una mirada nostálgica le suaviza las arrugas y sus ojos se pierden en el recuerdo—.
Le dábamos algo de propina al chico que cobraba las entradas para que nos dejara montar varias veces sin tener que bajarnos y nos besábamos cada vez que llegábamos al punto más alto.
Siempre me echaba la bronca cuando lo hacía, pero sabía que en el fondo le encantaba.
—Me guiña el ojo y un suspiro se le escapa de los labios—.
Las vistas por la noche son fantásticas, y hay muchos restaurantes por la zona para ir a cenar, así que esa es la única idea que puedo darte.
Me masajeo la barbilla mientras pienso. Ya se me había ocurrido dar un paseo por el muelle, pero he tachado esa opción por miedo a que fuera un cliché. Sin embargo, un lugar con vistas bonitas me parece muy buena idea.
Ante mi silencio, continúa:
—También solíamos quedar a cenar e ir a ver una película después.
Si Celine es detective, como me contaste, quizá le gusten los thrillers.
—Inclina la cabeza como si estuviera pensando algo y después se ríe—.
O también podéis ver esa película de los 2000 de romance paranormal entre un vampiro y una humana, si os gustan esas cosas.
—¿Qué problema hay con los vampiros? —le suelto.
—¿Seres inmortales que brillan o se queman bajo el sol? Menuda bazofia.
—Ambas cosas son falsas, así que… —Se carcajea y no me oye, aunque tampoco quiero que lo haga, pero siento la necesidad imperiosa de defenderme. Pedazo de…
—No le des muchas vueltas a la cita, Zac. Las mujeres no son tan difíciles de contentar como crees. Solo tienes que demostrarles que les has dedicado tiempo y cariño.
—¿Cómo supiste que Betsy Jo era la indicada? —Siento mucha curiosidad. Nunca le he preguntado porque temía abrir viejas heridas.
Tom esboza su mayor sonrisa, y no puedo hacer nada más que sonreírle de vuelta al ver la adoración que transmiten sus ojos.
También hay un brillo de tristeza y soledad que sé que viene por la pérdida de su mujer.
Tener a sus hijos y nietos cerca ayuda a aliviar el dolor, pero la sigue echando de menos.
Si llegaran a apartarme de Celine…
No. No puedo pensar en eso ahora.
Reprimo un gruñido que amenaza con salir y me paso la lengua por los colmillos, que han descendido por la rabia. La servilleta que tengo en la mesa, frente a mí, se mueve ligeramente con el aire que expulso para calmarme. Por suerte, los caninos se retraen poco después.
El tema de las parejas destinadas es muy duro. He tenido trescientos años para aprender a controlarme, pero parece que encontrar a mi otra mitad ha mandado a la mierda todo ese entrenamiento.
—Fue amor a primera vista. Quizá no para ella, pero sí para mí.
Me doy cuenta de que algunos clientes están escuchándonos. Tom tiene un don para atraer a la gente, aunque al principio parezca un tanto seco.
—La gente cree que es una locura, pero te juro que el tiempo se detuvo cuando la vi.
Su mirada se pierde en la nada, y me doy cuenta de que está reviviendo un recuerdo.
Sacude la cabeza para volver al presente y dice:
—Bien, ya es suficiente, cada uno a lo suyo. No soy tan cursi. —Mueve las manos en el aire, como espantando a la multitud. Empiezan a dispersarse y volvemos a quedarnos solos.
—La próxima vez quiero la revancha para que pueda darte una paliza al ajedrez. —Me sonríe, y le doy unas palmaditas en la espalda. Agradezco que esta conversación no le haya hecho perder el sentido del humor.
—Hecho, Tom.
—¿Qué?
—¡Adiós, Tom!
—Ajá. —Hace un gesto de despedida con la mano—. Vete a planear tu cita.
De vuelta a nuestra dinámica de siempre, me despido de él con un sombrero invisible y corro hacia la puerta, emocionado a la par que nervioso.