13. Celine
Celine
Apoyo la cabeza contra la puerta al cerrarla, me froto los ojos y suelto un gruñido. Menudo día de mierda. Me alegro mucho de haber podido ver hoy a mi padre, pero ha sido duro. Iba tan bien al principio que he bajado la guardia y he acabado recibiendo un puñetazo en la cara.
—Miau. —Una bola de pelo negro maúlla desde el suelo con carita de ángel. Sé que no lo es, pero aun así me agacho para ponerme a su altura. Medianoche me permite abrazarlo, como si supiera que necesito mimos. Los animales tienen ese instinto.
Le acaricio la cabeza y le paso el dedo por debajo del hocico. Él me lame la punta del índice con cariño, algo que no suele ser habitual en él.
—¿Ves? También podemos ser amigos. —Dejo que se suba a mis brazos y lo mezo como si fuera un bebé, pero nuestro instante de paz pronto se ve interrumpido por unos golpes en la puerta. Medianoche suelta un maullido agudo y me araña el brazo cuando salta al suelo.
—¡Maldito gato! —Me observo el arañazo y, como no me ha hecho sangre, abro la puerta esperando encontrarme a Zavier al otro lado—. ¿Ava? —Su rostro aparece frente a mí, y enseguida me atrae hacia ella para darme un abrazo.
—Mi niña, mírate… —Me pasa el dedo por debajo del ojo para limpiarme las lágrimas secas y, cuando retira la mano, se ven unas rayas negras en él—. Esperaba que hoy tuvieras un buen día, pero parece que no ha sido así.
—Madre mía, debo de parecer un payaso. —Salgo corriendo al baño y, cuando veo mi reflejo, dejo escapar un gemido de dolor—. Por Dios, estoy horrible.
El rímel se me ha corrido por toda la cara y tengo los ojos hinchados y enrojecidos.
El rostro se me ha quedado manchado por el llanto de antes, así que me apresuro a limpiarme todo lo que puedo con una toalla húmeda.
Vuelvo la cabeza de un lado a otro y, a pesar de que ya no hay restos de maquillaje, sé que mis pintas no son las mejores.
Supongo que no me queda otra que aceptar mi estado deplorable.
—Sal de ahí y deja que te anime un poco —me dice Ava desde el salón—. No me he cruzado la ciudad para nada.
—¿Qué haces aquí, Aves? —le pregunto, dejándome caer a su lado cuando reaparezco con una sonrisa forzada.
—Sabía que hoy era ese día del mes, así que quería pasar para ver cómo estabas. Y no me refiero a la regla. —Apoya la cabeza en la mano y descansa el codo en el respaldo del sofá. Su mirada transmite calidez, y siento su aura sanadora al instante.
—Gracias. Estoy bien. —Me cruzo de brazos y me recuesto en el sofá.
—Ya sé que estás la mar de bien, lagarta. —Ava me da un empujoncito en el hombro y yo suelto un bufido.
—¿A qué te refieres?
—Me he cruzado con Zavier en el pasillo.
¡Vive justo al lado! No solo en el mismo edificio, sino puerta con puerta.
—Pronuncia su nombre con retintín, y en ese instante me doy cuenta de por dónde va—.
¿Te acostaste anoche con él? —Su tono de voz sube varias octavas, y yo salto enseguida a defenderme.
—¿Qué? ¡No! —Agito las manos frenéticamente e intento acallar su sospecha—. Sí, vive a mi lado, lo cual es una coincidencia muy loca, pero no pasó nada. Me trajo a casa sana y salva, como un caballero.
No menciono lo raro que estuvo durante el trayecto o cómo me ha consolado tras mi colapso mental porque sé que eso solo le dará más motivos para imaginarse cosas que no son. Espero que Zavier no se lo haya mencionado en la conversación que han tenido antes.
Ava suelta un sonido de decepción y se deja caer en el sofá.
—Tampoco te juzgaría si lo hubieras hecho. Está muy bueno y, por lo poco que he visto, parece que le gustas. Si no has sentido la chispa con Asher, ¿por qué no quedas con Zav?
—¿Zav? —le pregunto, incrédula.
¿Desde cuándo son amigos y utilizan motes entre ellos?
Un fuerte golpe seguido de varios portazos en la casa de al lado nos hace saltar en el sofá y correr hacia la puerta.
—¿Qué ha sido eso? ¿No ha venido ese ruido de su piso? —me pregunta, aunque yo ya estoy tocándole a la puerta para asegurarme de que se encuentra bien.
El hombre en cuestión aparece tras unos segundos. Un ojo esmeralda nos devuelve la mirada a través de la pequeña rendija que ha abierto.
—¿Zavier? ¿Estás bien? —Intento ver algo más a través de la minúscula abertura para asegurarme.
—Sí, ¿por qué?
Ava y yo compartimos una mirada confundida antes de que vuelva a clavar los ojos en él.
—Hemos oído unos ruidos muy fuertes que provenían de tu piso. ¿Ha pasado algo?
Zavier suspira y termina abriendo completamente la puerta. Al instante vemos que le cae un hilo de sangre por la cara.
—¿Qué demonios ha pasado? —Me pongo manos a la obra, apartándole a un lado y corriendo hacia la cocina.
Arranco un trozo de papel absorbente, lo mojo bajo el grifo y lo escurro antes de colocárselo sobre la frente cuando se sienta delante de mí. Le agarro la barbilla con suavidad y le subo las gafas hasta la cabeza para limpiarle la sangre.
Lo que ha empezado siendo una preocupación tácita por mi parte termina convirtiéndose en un calor intenso cuando nuestras miradas se encuentran.
Una emoción se refleja en sus ojos, y no consigo identificarla, pero logra despertarme mariposas en el estómago.
Ahora que le he quitado las gafas, puedo apreciar lo angulosos que son sus pómulos, la curvatura de su mandíbula y la simetría perfecta de su rostro.
No paro de mirarle a los ojos y termino acercándome más a su cuerpo.
Sus brazos se cierran firmes alrededor de mis muslos, y dejo ir un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.
La burbuja estalla cuando Ava suelta un grito ahogado, y doy un paso atrás mientras me aclaro la garganta.
—Así que… —Ava frunce los labios—. Parece que llevaba razón.
Me lanza una mirada cómplice, y yo la amenazo con lanzarle a la cara el papel manchado de sangre. A la mierda las enfermedades de transmisión sanguínea. Ava tamborilea el pie en el suelo y vuelve a mirar a Zavier, que se recoloca las gafas. Joder, está buenísimo.
Ava solo ha venido hasta aquí para tratar de animarme y ahora me está empujando a otra cita. Sé que lo hace con buena intención, y es cierto que Zavier me gusta un poco, pero desearía que no se preocupara tanto por mi vida amorosa, o por la falta de ella.
—Celine quiere pedirte una cita.
—¿Qué? —gritamos Zavier y yo a la vez. A él se le dibuja una sonrisa al instante.
—Ava… —siseo en su dirección.
—Me encantaría —responde Zavier alegre, entrelazando su brazo con el mío.
Me vuelvo hacia él sorprendida y me arrepiento cuando me da un tirón en el cuello.
Suelto un pequeño gemido y abro mucho los ojos en cuanto él, con mucha delicadeza, me rodea la nuca con la mano.
Me gira la cabeza hacia un lado y traza la curva de mi escote con los dedos, se detiene un momento en la vena donde me late el pulso y la frota con el pulgar.
Juraría haber visto que el verde vibrante de sus ojos se ha apagado al hacerlo, pero en un instante esa imagen ha desaparecido. La preocupación que he visto en ellos es una completa locura teniendo en cuenta que el que estaba sangrando hace un segundo era él.
—¿Estás bien?
La preocupación que denota su voz me hace querer aferrarme a él y no soltarle nunca.
Después del momento que hemos compartido en el pasillo, la visita de Ava y lo mucho que parece preocuparse por mí ahora, estoy segura de que no he recibido tanto amor desde hace mucho tiempo, y no sé muy bien cómo gestionarlo.
—¿Cel? —Ava aparece en mi campo de visión y me endereza, retirando despacio la mano de Zavier de mi cuello. Él frunce el ceño, pero no dice nada. Cierra la mano y la acuna en la otra, como si la que me ha tocado fuera un tesoro.
—Estoy bien. —Muevo el cuello de un lado a otro para aliviar la tensión e intento apartar la atención de mí—. ¿Y tú? Eres tú el que tiene un corte en la cabeza. ¿Qué ha ocurrido? —Las mejillas de Zavier se tiñen de rojo cuando le miro.
Murmura algo ininteligible, su vergüenza es más que palpable.
—¿Qué? —Me coloco el pelo detrás de la oreja y me acerco más a él, fingiendo sordera—. No te he oído.
—Me he caído de la silla y me he golpeado la frente contra el suelo.
Zavier lo dice tan bajito que no puedo evitar reírme. Ava intenta contenerse, pero no lo consigue, así que procura ocultar su sonrisa tapándose la boca con la mano. Imaginarme a este hombre tan elegante cayéndose de bruces al suelo desde una silla es una estampa la mar de graciosa.
Miro hacia la cocina y veo la silla en cuestión tirada en el suelo, al igual que uno de los pósteres que antes había en la pared. El marco y el cristal están rotos, y me sorprende que no se haya hecho un corte mucho más profundo.
—No esperaba que fueras tan torpe. —Me río entre dientes y me dirijo al salón para ayudarle a recoger los destrozos—. ¿Tienes una escoba?
—No hace falta que lo hagas tú. —Zavier trota hacia mí con la escoba en la mano y se pone a barrer.
Ava me pasa una bolsa de plástico que ha encontrado por ahí y, con cuidado, voy metiendo en ella los trozos más grandes de cristal. Cuando termino, se la paso a Zavier para que acabe de recoger. Nuestros dedos se rozan, y siento ese chispazo tan familiar que solo noto con él.
—Nos alegramos de que estés bien, Zav. —Ava le hace un gesto con la cabeza y nos encaminamos a la puerta.
Una risita divertida nos hace detenernos y girarnos de nuevo hacia él.
—¿Qué?
Le veo de pie con las manos en las caderas. Tiene una sonrisa ladeada en esos increíbles labios, y yo frunzo el ceño.
—Es que me parece gracioso que te conozca antes que a Ava y, sin embargo, tú nunca me hayas llamado Zav. Siempre es Zavier esto, Zavier lo otro.
Suelto un bufido divertido mientras pongo las manos en jarras para imitar su pose.
—¡Acabas de mudarte! Perdona si no siento la confianza suficiente como para llamarte por tu apodo.
Zavier me mira como si me estuviera retando, y enseguida sé que la he cagado.
—Creo que lo que tienes es miedo, cariño.
Empiezo a balbucear al instante:
—¿Cariño? ¿Miedo yo de qué? ¿Quién te crees que eres?
Menudo gilipollas.
Ava se queda a un lado y observa el espectáculo con interés. Si pudiera prepararse un bol de palomitas en este mismo instante, estoy segura de que se lo haría.
—No te gusta hacer nuevas amistades. —Zavier se me acerca fanfarroneando como si fuera un pavo real—. Te conozco desde hace poco, pero he podido leerte como si fueras un libro abierto y sé que no te gusta confiar en las personas.
Ahora mismo me encantaría quitarle esa sonrisita de suficiencia de los labios con un puñetazo.
—Venga ya, Zavier sea-cuál-sea-tu-apellido. —Me avergüenzo al instante de esa respuesta de mierda, pero estoy demasiado picada como para que me importe—. No me conoces. —Le empujo el pecho con un dedo para enfatizar mi argumento.
Me agarra el índice con tanta rapidez que casi no me da tiempo a reaccionar, y le da un mordisquito. Intento apartarme, pero él parece negarse.
—Lockwood. Zavier Lockwood. L-O-C-K-W-O-O-D. ¿Por qué no te lo apuntas? Algún día será también tu apellido. —Su sonrisa es casi perversa.
Abro la boca sin saber qué decir a eso.
Zavier desliza su lengua rosada para lamerme el dedo como si fuera un polo, y yo intento reprimir el escalofrío que me recorre el cuerpo. Después me da un tirón rápido y terminamos los dos frente a frente. Mi pecho le roza sus duros pectorales.
Debería de sentirme asqueada, incluso enfadada, pero no es así.
Estoy… intrigada.
E incluso un poco cachonda.
—Y me encantaría conocerte más, Celine no-quiere-darse-cuenta-de-la-verdad-Brennan.
La diferencia de altura no permite ser intimidante, así que libero el dedo de su agarre y coloco un taburete para subirme encima porque soy así de rencorosa.
—Ja.
Zavier niega con la cabeza, me agarra por las caderas y me baja del taburete con facilidad.
Sus brazos, cuyos músculos se marcan con el movimiento, me dejan en el suelo despacio, aunque no sin antes restregar su cuerpo contra el mío.
Noto la dureza de su miembro, y trato de controlar el rubor de mis mejillas tanto por el enfado como por la lujuria.
—Me voy.
Me doy la vuelta y le golpeo en el rostro con el pelo a propósito.
El gruñido que suelta me indica que ha tenido el efecto contrario al que pretendía.
No sé qué hacer con él. Le cojo la mano a Ava a mi paso y la obligo a salir al pasillo mientras busco a tientas las llaves en el bolsillo para alejarme de él lo más rápido posible.
—¿Dónde están mis malditas llaves? —Me palpo la ropa sin éxito. Un sonidito metálico hace que me vuelva de nuevo hacia míster Exasperante. Zavier aparece con una mano en la cadera y mis llaves perdidas en la otra.
—Parece que se te han caído —suelta con tranquilidad, lo que solo sirve para irritarme aún más.
—Dámelas. —Me lanzo hacia él y se las quito de las manos antes de encaminarme hacia mi puerta como si tuviera un petardo en el culo. Ava no deja de observarnos, como si fuéramos su canal de entretenimiento favorito.
—Ah, y…, ¿Celine?
—¿Qué? —le digo más alto de lo que pretendía justo antes de mirar hacia el pasillo para comprobar que no estoy molestando al resto de los vecinos.
—Nos vemos el sábado para nuestra cita.
Zavier cierra la puerta y echa el pestillo antes de que pueda atacarle verbalmente. Chico listo.
—Imbécil —susurro en voz alta, y puedo oír su risita al otro lado de la puerta.
A pesar de lo mucho que acaba de sacarme de quicio, no puedo evitar sonreír a Ava, que me devuelve la sonrisa.
—¿Puedes explicarme qué acaba de suceder? —me pregunta, señalando hacia el apartamento de Zavier—. Es como si hubieras olvidado que yo estaba aquí. Nunca te he visto tan interesada en alguien.
—Ojalá pudiera explicártelo, pero yo tampoco tengo ni idea.