12. Celine
Celine
—¿Qué tal se encuentra hoy, Sharon?
La mujer camina despacio a mi lado mientras avanzamos por el pasillo de la residencia. Hay muchas fotos de parejas y familias sonrientes en las paredes con la intención de transmitir alegría, pero a mí solo me aterran sus sonrisas vacías.
Hoy es el día.
Lo tengo marcado en el calendario. El tercer miércoles de cada mes.
Es el día que vengo a visitar a mi padre.
¿Me reconocerá? ¿Estará tranquilo? ¿Cuánto tiempo podré quedarme esta vez?
Me siento muy culpable por solo venir a verle una vez al mes.
No es por falta de tiempo, sino porque es una experiencia tan dolorosa que no consigo soportarlo más de una vez cada cuatro semanas.
La residencia no me pilla cerca de casa, está a casi dos horas de Chicago, y siempre suele haber mucho tráfico, lo que también me sirve como excusa para espaciar mis visitas.
—Hoy tiene un buen día, cariño. —Sharon me acaricia el hombro en señal de ánimo, y eso me ayuda a relajarme, así que suspiro con alivio.
—Sé que tú lo vives a diario, pero parece que nunca es más fácil, ¿no? —Me duelen las mejillas por la sonrisa falsa que estoy forzando. Me concentro en la puerta familiar que veo al final del pasillo mientras nos vamos acercando.
—Por desgracia, no. Ser enfermera y ayudar a los pacientes es una cosa, pero recibir a los familiares y amigos que visitan a alguien que no es más que la sombra de lo que un día fue es descorazonador.
Los días buenos son muy felices, pero los malos se te graban para siempre.
No me arrepiento de trabajar en esto, pero hay que saber llevarlo.
Observo el rostro de la mujer mayor que me acompaña; las arrugas de años de risas y momentos difíciles le marcan la piel.
Sharon se ha ocupado de mi padre desde que lo admitieron en Avery Corr Living.
Es una mujer de complexión robusta con el pelo castaño muy corto, manchas del sol por toda la cara y unos ojos marrones muy amables.
Siempre he valorado como un regalo el optimismo y apoyo que me brinda cada vez que vengo.
Cuando estás en un sitio como este, es difícil no esperar siempre lo peor, pero este tipo de cuidadores saben cómo ofrecer esperanza a los familiares.
Me cuesta un poco plantearle la siguiente pregunta, ya que sé cuál será su respuesta, pero tengo que hacerla.
—¿Ha venido mi madre a verle?
Sharon confirma mis sospechas con una triste negación con la cabeza.
Mi madre nunca viene. Odio seguir albergando una llamita de esperanza y pensar que algún día se sentirá tan culpable por lo que hizo que decida hacerle una visita.
—A veces solo soy capaz de odiarla. —Nuestros pasos se ralentizan a medida que nos acercamos a la puerta, aunque me detengo en seco. No pienso tener esta conversación delante de mi padre—. La forma en que lo abandonó… ¿Quién puede hacerle algo así a su esposo?
Sharon guarda silencio y se limita a escucharme. Es muy buena en eso.
—Pero hay veces en las que me odio porque la entiendo.
Es duro. Mírame: solo puedo venir una vez al mes.
—Suelto una risita sin humor. Doy golpecitos a la moqueta verde con la punta de las botas y pierdo la mirada en el infinito—.
Pero mi padre no puede hacer nada para recuperarse, y si estoy aquí es por él.
—Eres una hija maravillosa. Quiero que lo sepas. Cuando recupera la cordura, siempre habla de ti. —Me coloca un mechón suelto de la coleta detrás de la oreja y me dedica una sonrisa maternal. Es más de lo que mi madre ha hecho en estos últimos quince años—. Vamos allá.
Asiento y alargo la mano hacia el pomo plateado cuando estamos delante de la puerta gris. Oigo una música suave al abrirla y, al pasar la esquina, me encuentro a mi padre sentado en su sillón favorito. Se vuelve al oír ruido, y contengo la respiración unos segundos.
—¡Celine! —Una enorme sonrisa le ilumina la cara, y casi caigo de rodillas por la emoción. No suele tener días tan buenos, y no sabía lo mucho que necesitaba uno de estos hasta que le he oído pronunciar mi nombre.
—Hola, papá. —Mi voz es un mero susurro, y no consigo aguantarlo más. Corro hacia él y le doy el mayor abrazo del mundo. Sus brazos, frágiles, me rodean, pero la fuerza y el amor que me transmite son inconfundibles.
—¿Va todo bien? ¿Te ha ocurrido algo en el cole?
Noto que se me tensan los hombros ante su pregunta, ya que esta es una de las peores partes.
A veces recuerda cosas, pero no siempre son las correctas.
Sí, hoy me ha conocido, pero el recuerdo que tiene de mí en este instante es de cuando iba al instituto.
Me han recomendado que le siga la corriente, así que es justo lo que hago.
—No, qué va. Las clases me van genial, solo que estoy muy contenta de verte. —Enmascaro el dolor que transmite mi voz con una alegría falsa.
—Espero que la señorita Masters no te esté dando la vara. —Mi padre frunce el ceño, y me río.
—Solo se enfada porque siempre saco sobresalientes y porque le digo lo que pienso de su mierdosa manera de corregir.
Me aparto de sus brazos y me siento en el sofá que hay al lado de su sillón mientras me despido de Sharon con la mano y veo cómo esta sale de la habitación.
—Esa lengua, señorita. —Mi padre siempre ha sido muy estricto con los modales.
Me inclino hacia delante y apoyo los codos en las rodillas, con la barbilla en la mano, y observo al hombre que me ha dado la mitad de lo que soy.
Él vuelve a centrarse en la televisión que está encendida sobre el mueble del salón y parece satisfecho con el silencio.
Si le hago demasiadas preguntas, podría alterarse, así que decido disfrutar de su buen humor todo lo posible.
El desgaste de la enfermedad es más que evidente.
Las arrugas han conseguido que las cejas le cuelguen sobre los ojos marrones, antes brillantes y tan parecidos a los míos.
Su cabello oscuro se ha ido aclarando por el estrés, y le cae descuidado alrededor del rostro.
Lleva una camiseta de béisbol sencilla y unos pantalones de chándal grises; una manta le cubre el regazo.
Mis rasgos físicos son suyos, no de mi madre, que tiene el pelo rubio y los ojos azules. Me alegra saber que, cuando él descanse y ya no esté en este mundo, me miraré al espejo y veré en el reflejo un recuerdo de él.
Seguimos en silencio la siguiente hora, y me empapo de su compañía.
Noto que poco a poco está dejando de hablar y que cada vez le cuesta más encontrar las palabras.
Intento ayudarle siempre que puedo, pero me doy cuenta de que le frustra mucho.
Compartimos algún que otro comentario sobre el partido y me hace algunas preguntas más sobre el colegio.
No le corrijo en ningún momento, le sigo el rollo.
Me siento relajada, pero de pronto él se levanta y se pone a gritar. Corre frenético por toda la habitación, abre cajones, cierra puertas y busca debajo de los cojines. Le sigo.
—¿Qué pasa? —El corazón me va a mil, y me acerco sigilosamente al botón de emergencia que hay junto a la puerta principal.
—No lo encuentro. ¿Dónde está?
—¿Dónde está quién, papá? ¿A qué te refieres? —Levanto las manos cuando se me acerca y veo en sus ojos un destello de ira.
—Tú. Tú te lo has llevado. Has sido tú. —Me aprieta los brazos con tanta fuerza que me hace daño, y termino soltando un gemido de dolor. Ahora no sabe quién soy—. ¡No está aquí!
Pulso el botón de emergencia con la palma de la mano mientras grito a Sharon e intento mantener la calma. A pesar de que es mi padre, en este momento yo ya no soy su hija para él.
—Mi amigo. Te lo has llevado. —No para de repetir lo mismo una y otra vez con un tono de voz histérico, y se me rompe el corazón al verle así.
—Sigo sin saber a qué te refieres. Papá, por favor —le suplico y lo cojo por los brazos mientras él cae al suelo, desconsolado.
—Medianoche —solloza, y contengo la respiración.
No es la primera vez que hace esto, por eso insistí en que se quedara con el gato, ya que la residencia lo permite, pero él se empeñó en que me lo llevara. Seguramente recuerde que ya no vive con él, pero no cómo se marchó, por eso cree que se lo he robado.
Se oyen pasos apresurados al otro lado de la puerta, que se abre de golpe cuando entran Sharon y dos enfermeros.
Todos corren hacia mi padre, lo consuelan y le ayudan a levantarse antes de llevarlo a la cama.
Sharon me mira con pena mientras me limpio una lágrima que se me ha escapado sin darme cuenta.
—Creo que será mejor que me vaya. —Mi voz suena vacía, y Sharon asiente—. Gracias, Sharon. Por todo.
Me da una palmadita en la espalda antes de acompañarme al coche y cerrarme la puerta cuando me siento al volante. No hablamos más, aunque tampoco lo necesitamos.
El viaje de vuelta a casa es horrible. No hay manera de que pueda escuchar música o un audiolibro y hacer como si no hubiera pasado nada. Eso significa que termino sumida en mis pensamientos con la mirada perdida mientras conduzco de vuelta a Chicago.
¿Estaba en verde el semáforo que acabo de cruzar?
No lo sé, pero supongo que, si no he tenido un accidente hasta ahora, ha sido por pura suerte.
Mis pensamientos continúan en un bucle de desesperación, y no sé cómo consigo llegar sana y salva a mi edificio.
Aparte de detenerme en la planta cinco para que alguien suba en el ascensor hasta la quince, el resto del tiempo me bendice el silencio.
El tintineo de la cabina me indica que he llegado a mi destino.
Salgo y avanzo como una zombi sin sentimientos hasta mi puerta.
Me quedo paralizada de pie frente a ella y, de repente, me vengo abajo.
Ahora que estoy lejos del lugar en el que ha ocurrido todo, me doy permiso para soltar.
Los sonidos que suelto parecen los de un animal moribundo, pero no consigo retenerlos.
Me he quedado a las puertas de la seguridad de mi hogar, pero he terminado perdiendo los papeles.
Se me engancha el abrigo en el gotelé de la pared cuando me apoyo en ella, y me deslizo hasta el suelo, desplomándome poco a poco.
Se me caen las llaves de las manos y terminan lejos de mí.
Las lágrimas no dejan de salir en un flujo continuo, y termino hecha un ovillo con la cabeza entre las rodillas.
No consigo reunir las fuerzas necesarias para levantarme y entrar en casa, así que me quedo ahí sentada y me dejo arrastrar por mis emociones.
Lloro por mi padre, que no se merecía ese destino. Lloro por mí, porque me siento huérfana. Lloro por el futuro incierto que no parece depararme nada más que soledad y agonía.
Soy vagamente consciente del crujido de una puerta al abrirse y del golpe seco que hace al cerrarse.
Noto el roce de unas prendas de ropa y una presencia cálida me hace mirar por debajo del brazo.
Entonces me encuentro con Zavier, que está agachado y me observa con tristeza.
Lleva un jersey negro que parece tan suave que me entran ganas de hundirme en él, y la cadena de plata descansa sobre su pecho.
Cuando inclina la cabeza, su sedoso pelo rojo se le mueve y le tapa las gafas de forma adorable.
Cuando se da cuenta de que le estoy mirando, abre los brazos muy despacio.
Ese pequeño gesto de consuelo provoca que siga llorando con más fuerza mientras me lanzo a sus brazos. Estos se aferran a mí con tanta desesperación que casi puedo oír mis latidos entre nosotros.
—Shhh, Celine. Te tengo, bonita. —Me sostiene el cuello con una mano y me deshace la coleta alta para que me caiga el pelo por la espalda.
El alivio de esa presión es maravilloso, y me acaricia los mechones con cariño.
Casi podría jurar que me ha dado un beso en la cabeza, pero es tan suave que podría haber sido producto de mi imaginación.
Sus palabras me hacen llorar más, y me avergüenzo por la forma en que me derrumbo en sus brazos, aunque me sienta genial.
Zavier es casi un desconocido, pero el consuelo que encuentro a su lado es innegable.
Siento una atracción magnética hacia él y no logro explicarme cómo siempre consigue estar ahí cuando lo necesito.
—Te tengo. Estás a salvo —continúa susurrando en tono tranquilizador. Su voz vibra contra mi pecho, y me hundo aún más en su regazo, dejándome llevar por su calidez—. Sea quien sea el que te haya hecho daño, dímelo y lo mataré.
—Ha sido mi padre —respondo con la voz ronca—. Ya te hablé de él. Tiene demencia. Hoy ha tenido… un mal día.
Nos quedamos de esa forma durante bastante rato, y he de admitir que, si fuera por mí, habría seguido así mucho más tiempo.
Cuando sus brazos me aprietan de repente, siento que él necesita esto tanto como yo.
Tengo el rostro enterrado en su cuello, y su aroma a vainilla y ciprés me llena los pulmones.
Cuando mis lloriqueos se van deteniendo, sé que no podré permanecer mucho más en la seguridad que me ofrecen sus brazos. Tengo que ponerme las pilas y volver a la realidad.
Me separo de él despacio, pero me detengo cuando Zavier acerca mi frente a la suya y me mantiene ahí.
Abro los ojos sorprendida, aunque los suyos están cerrados, como si quisiera saborear el momento.
Me limpia la mejilla con el pulgar con tanta delicadeza que casi siento que se me vuelven a empañar los ojos.
En un solo parpadeo, el momento ha desaparecido; me ayuda a levantarme.
Evito mirarle a la cara, un tanto avergonzada por mi comportamiento y sin ganas de querer hablar de lo que acaba de pasar.
Él parece entender cómo me siento porque, cuando le musito un simple «gracias», se limita a acariciarme el rostro una vez más.
Recoge mis cosas y mete mi llave en la cerradura.
Me aparto de él con una última sonrisa de agradecimiento y entro en mi apartamento, no sin antes mirarle de nuevo y encontrarle ahí de pie, con una sonrisa triste.