11. Zavier
Zavier
Celine me ha tocado.
Celine.
Me.
Ha.
Tocado.
—¿Zavier? ¿Hola? —Su delicada mano se agita frente a mi cara, y en ese instante me doy cuenta de que los coches pitan detrás de nosotros. Salgo de mi ensimismamiento y piso el acelerador. No es fácil pillarme desprevenido, pero Celine consigue hacerlo sin esfuerzo.
Mi cerebro ha cortocircuitado cuando hace un segundo se me ha acercado para quitarme una pestaña de la mejilla. Es la primera vez que nos rozamos piel con piel, y quiero guardar ese recuerdo para que, dentro de quinientos años, aún me acuerde de lo que he sentido.
—¿Estás bien? —insiste—. No debería haberte tocado sin permiso —se disculpa.
—No, no es eso. —Me trago la desesperación que siento de decirle «Sí, por favor, tócame más; donde y cuando quieras»—. Solo me he perdido un instante en mis pensamientos —termino diciendo.
—Gracias por llevarme a casa. Me habría sentido fatal si Ava y Spencer hubieran tenido que desviarse por mi culpa.
El volante chirría de forma alarmante cuando lo aprieto con demasiada fuerza en un burdo intento de calmarme. No consigo concentrarme en lo que me dice, ya que trato de controlar la respiración, tal y como dijo el profesor de yoga de la clase en la que me colé hace unos meses.
Aprieto los dientes con fuerza para ocultar los colmillos que me acaban de salir de forma involuntaria.
No. No.
No es un buen momento para tener una colmierección.
No consigo controlarlos cuando estoy cerca de ella, y sé que será un problema, ya que pretendo pasar más tiempo a su lado a partir de ahora.
—Ajá. —Esa respuesta es de lo más borde, lo sé, pero en este instante no puedo ofrecerle mucho más.
Celine se inclina para observarme y se da cuenta de que algo va mal. Intento apartarme y dejo que el cuello de mi abrigo me oculte el rostro.
¡Desapareced de una vez! Ojalá estos molestos caninos volvieran a su tamaño normal, pero parece que de momento no hay manera.
—¿Estás bien? —Su dulce voz esconde preocupación, y casi reboto en el asiento cuando me pone una mano en el muslo.
Ya tengo bastante con esta colmierección, lo último que necesito es una erección de verdad.
—La verdad es que me encuentro un poco raro —mascullo con los colmillos fuera, rogando en silencio para que desaparezcan.
Malditos inútiles, nunca me hacen caso.
—¿Quieres que conduzca yo? ¿Hacemos una parada y cambiamos? —La preocupación en su tono no para de crecer, y me maldigo por ser el objeto de su agobio.
Espera. ¿Está preocupada por mí?
Si pudiera sonrojarme, seguro que lo haría. Mi dulce niña está preocupada por mí cuando lo único que quiero es llevarla a la cama y marcarla para que todo el mundo sepa que es solo mía.
—No, estoy bien —le aseguro—. Ya estamos cerca.
Oigo un ruidito disconforme. Sé que no se lo ha tragado, pero se calla.
Nos pasamos el resto del viaje en silencio.
Lo odio. No hemos estado mucho tiempo solos, y me apetece hacerle muchas preguntas.
¿Cuál es su color favorito? ¿Qué le hace reír?
¿Qué le acelera el corazón? ¿Cómo puedo hacerla sonreír?
Tengo ganas de descubrir esas respuestas y muchas más, cuando llegue el momento.
Entramos en el garaje y aparco lo más cerca que puedo del ascensor.
—Voy a dejarte aquí.
Su ceño fruncido enmarca su expresión confundida cuando se vuelve hacia mí.
—¿Tu plaza está lejos?
—Sí —le digo con un tono ahogado mientras rezo para que salga del coche y se dirija al ascensor cuanto antes.
Por mucho que me duela alejarme de ella, mi colmierección ha terminado agotando toda la sangre que me quedaba en el organismo. Los restos han acabado concentrados en mi polla, así que tengo que hacer una visita urgente a mi proveedora, ya que no creo que pueda aguantar mucho más así.
Jamás le haría daño a Celine, pero un vampiro sediento de sangre, incluso uno acostumbrado a esta vida como yo, siempre supone un problema.
Si a eso le añades que ella es mi pareja destinada, estoy seguro de que terminaré reclamándola mucho antes de que esté preparada, y me niego a hacer eso.
Las parejas son una gran tentación, y se rumorea que su sangre es como meterse un chute de adrenalina.
—Prefiero que te bajes aquí y subas por el ascensor, así sabré que has llegado sana y salva. Además, tengo que ir a hacer un recado —añado cuando no parece querer salir del coche.
—¿Un recado? ¿A estas horas?
—Debo ir a recoger una cosa a casa de un amigo.
—Ah, vale. —Parece un tanto decepcionada. ¿Tenía pensado pasar más tiempo conmigo? Sea como sea, y por mucho que me fastidie, necesito sangre. Celine se cuelga el bolso en el hombro, abre la puerta del coche y sale—. Gracias de nuevo. —Agacha la cabeza y se encamina hacia el ascensor.
No me atrevo a arrancar hasta que no me aseguro de que se han cerrado las puertas. Expulso el aire de golpe y se me escapa un gemido de dolor mientras saco el móvil lo más rápido que puedo. Marco el número de mi contacto y descuelga al primer tono.
—¿Qué necesitas? —Su voz es la de una persona muy joven, un contraste brutal con su verdadera edad.
—Cinco bolsas. Ya.
—Parece que alguien ha tenido una noche dura, ¿eh? —Su tono burlón no me ayuda en absoluto.
—Cierra el pico. Llegaré enseguida. Tenlo todo preparado.
Las ruedas chirrían sobre el asfalto y salpican lluvia por todas partes mientras conduzco como alma que lleva el diablo.
—Estás muy jodido. —Suelta una carcajada justo antes de colgar.
Un sonido metálico muy desagradable resuena cuando abro de un golpe la puerta principal del negocio de mi proveedora. Las campanillas que hay atadas en la parte superior casi se caen por culpa de mi desesperación por conseguir un poco de sangre.
—Relájate, Rayo McQueen —me regaña la rubia antes de colocar una nevera portátil sobre el mostrador, delante de mis narices.
Sin mediar palabra, arranco la tapa y cojo una bolsa de sangre O negativo.
Se me escapa un gemido cuando siento que el líquido se introduce en mi sistema.
Estoy seguro de que parezco un salvaje, pero el dolor que sentía en la garganta estaba empezando a resultarme insoportable.
La única vez que estuve tan cerca de acabar sediento de sangre fue cuando me convirtieron.
—Parece que Celine te tiene pillado por los huevos. —Luna alza una ceja perfecta y tamborilea los dedos sobre la mesa mientras empiezo a tomarme la segunda bolsa.
La fulmino con la mirada mientras sigo bebiendo, y solo cuando me termino la tercera bolsa vuelvo a sentirme yo mismo. Suspiro, me siento en un taburete de la cafetería y me enfrento a ella con expresión de incredulidad.
—¿Cómo has sabido que se trata de ella?
—El otro día te vi en el tejado del edificio de enfrente, observándola; parecías una gárgola pelirroja.
No eres tan astuto y silencioso como crees.
Te recuerdo que has matado a uno de mis clientes.
—Alza una ceja en mi dirección, pero no me disculpo—.
Te conozco desde hace veinte años, Zav. Sé que no sueles quedarte mucho tiempo en el mismo sitio, a no ser que algo te llame la atención, y creo que ese algo es una morena de metro setenta y pico.
¿Me equivoco? —Su sonrisa es divertida, aunque curiosa.
—Eres muy cotilla, Luna. —Le lanzo la bolsa de sangre vacía y casi consigo darle en la cara.
Se limpia una gotita que le ha caído en la muñeca.
—¿Cómo pretendes que viva mi vida eterna, si no? El cotilleo es lo que mueve el mundo. —El pelo ondulado le cae en cascada sobre el hombro mientras agarra todas las bolsas de sangre vacías y las lanza a un incinerador que guarda en un armario.
Luna y yo nos conocimos a principios de los 2000 en Nueva York.
Una noche se enrolló con un chico, la cosa salió mal y acabó teniendo veinticuatro años para siempre.
El muy cabrón se portó fatal con ella. Casi la deja seca por accidente, pero se sintió mal en el último momento y terminó convirtiéndola antes de salir por patas.
Mentiría si dijera que al principio no hubo algo entre nosotros. Los dos estábamos solos y necesitados de compañía, pero pronto nos dimos cuenta de que funcionábamos mejor como amigos. Siempre la visito cuando ando por aquí.
Además, se encarga de mantener el stock de sangre para los vampiros de la zona. Su local es una cafetería de día y un bar de sangre por la noche. La tapadera perfecta. Los humanos jamás se dan cuenta de lo que tienen delante de las narices.
—Es mi pareja destinada. —Suelto la bomba como si nada, pues considero que es mejor quitármelo de encima cuanto antes.
Seguramente no está bien que ella sea la primera persona a la que se lo cuente, pero estoy seguro de que Celine saldría corriendo y gritando si se lo dijera. O peor aún, se reiría de mí.
Un ruido sordo resuena por la sala cuando se le cae el móvil al suelo. Su boca ha formado una o perfecta, y sería una expresión muy cómica si no me resultara tan molesta.
Empieza el interrogatorio.
—¿Estás de coña? —Su chillido agudo me hace estremecer, y me da un puñetazo en el hombro.
—¿Por qué iba a mentirte? —Todavía no hemos empezado a hablar y ya me exaspera la conversación, así que empiezo a beberme la cuarta bolsa de sangre, a pesar de que mis colmillos ya se han retraído del todo.
Le he dado muchas vueltas a la situación absurda que tengo entre manos, aunque no cambiaría a Celine por nada del mundo.
—Zavier Lockwood. —Su rostro luce la mayor sonrisa que jamás le he visto—.
Tienes una pareja destinada. Y es Celine.
—Su expresión vuelve a transformarse en asombro—.
Una humana. ¡Es rarísimo! —Una ligera brisa me despeina el pelo, que me cae sobre las gafas cuando se acerca corriendo a mí en un abrir y cerrar de ojos.
Me siento en el taburete que tengo delante y me echo hacia atrás cuando invade mi espacio—.
Cuéntamelo todo. ¿Cómo te diste cuenta? ¿Ella lo sabe?
Por supuesto que no, así que supongo que tampoco le habrás dicho lo que eres.
¿Cuándo le confesarás que eres un vampiro?
¡Hazlo pronto, es humana! ¿Vas a convertirla? ¿Cómo crees que se lo…?
—Luna, por el amor de Dios, cállate. —Termino un tanto harto de sus preguntas, así que le tapo la boca con la palma y solo se la retiro cuando me aseguro de que se ha callado.
Me muerde la mano como si fuera un pájaro, y suelto un quejido.
A cambio, le doy un toquecito en la nariz—.
Eres idiota. Te lo contaré todo si prometes mantener la boca cerrada.
Ella hace el gesto de cerrarse los labios con cremallera, y le ofrezco una sonrisa.
—Estaba terminando una de mis… obras de arte —le digo a falta de una expresión mejor— cuando me sentí atraído hacia ella.
—Luna pone los ojos en blanco en cuanto menciono la palabra «arte».
Sé que odia que hable de eso, pero la ignoro y continúo—: Me dejó sin aliento.
Fue como si me atropellara un camión. Cuando por fin capté su aroma, fue como si el mundo se abriera bajo mis pies.
Es como si toda mi vida empezara y acabara en ella, así que no permitiré que se vaya a ninguna parte sin mí.
No importa que ella sea humana y yo vampiro.
Sé que es extraño, pero eso no cambia nada.
Las parejas destinadas no son tan excepcionales entre los miembros de la sociedad sobrenatural —vampiros, hadas, cambiaformas…
—, pero una pareja humana es poco común.
Es tan infrecuente que, en mis trescientos años de vida, solo he conocido a una pareja así.
Se trataba de un hombre lobo y una humana.
Entorno los ojos bajo las gafas al recordar la primera vez que la vi aquella noche en la escena del crimen. Celine es una criatura deslumbrante e inteligente, y es solo para mí .
—Parece que te has metido en un buen lío. —Luna se ríe y me da unas palmaditas en la mano—. Pero me alegro por ti. De verdad. Celine es una de las mejores humanas que he conocido, y sé que es buen partido para ti. Pero, joder. No me lo puedo creer. Una humana.
—¿Y yo no soy un buen partido para ella? —me quejo, muy ofendido.
Luna se gira sobre el taburete y se aleja de mí antes de lanzarme de vuelta:
—Tendrá que andarse con ojo contigo. Sé que la vas a corromper, Zavier.
—Eso espero. —Me río, pero me detengo al recordar un detalle crucial—. Espera. Fuiste tú la que insistió a Celine para que fuera a la inauguración de Vex, ¿no? —Me cruzo de brazos y la fulmino con la mirada.
—Sí. He oído rumores de que algo está pasando allí. Sé que es muy buena en su trabajo, así que solo le di un empujoncito para que empezara a investigar. —Se encoge de hombros y comienza a guardar los platos limpios.
—¡Es una discoteca! Se presentó allí casi en ropa interior.
Parecía un bomboncito andante. —Me paso una mano por el pelo mientras intento luchar contra mi ira al recordar la cantidad de hombres y mujeres que la miraron con lujuria.
Aparecí para reclamarla lo antes que pude, pero el daño ya estaba hecho—.
¿Sabes lo mal que lo pasé al verla bailar casi desnuda delante de todo el mundo?
Luna aprieta los labios y contraataca:
—Se merecía pasárselo bien. Además, no eres su padre. Deja a la pobre chica vivir un poco. Y, como te he dicho, fue allí a investigar un caso. ¿Cómo se suponía que iba yo a saber que Celine ahora es tu pareja? Todavía no huele a ti.
—¿Qué está investigando?
—Creo que la discoteca es una tapadera para el tráfico de drogas que se está metiendo en la trata de personas. Incluso a mí me está costando saber qué se cuece allí.
—¡Luna! ¿Enviaste allí a Celine sabiendo lo que me acabas de contar? —exploto y me pongo de pie, muy airado.
La furia que siento casi me consume y, si esto es un adelanto de lo que me espera, no sé si podré soportarlo. De buenas puedo parecer un bastardo posesivo, pero de malas soy letal. Celine es mía , y no pienso permitir que le pase nada mientras esté a su lado.
—Relájate. —Me da en la cara con un trapo sucio—. Se las apañó la mar de bien. Sabe cuidar de sí misma.
Atrapo el paño antes de que me manche la camiseta y se lo lanzo de vuelta. Casi siempre que nos vemos nos dedicamos a sacarnos de quicio, aunque necesito momentos como este para desconectar un poco, y sé que ella lo sabe.
—Acabarás matándome. —Suelto un suspiro y me desinflo.
—Pero si ya estás muerto…
El silencio se abre paso durante unos instantes antes de que me gire sobre los talones y me dirija hacia la puerta.
—Me voy. —Las campanillas tintinean al abrirla—. Y eres idiota.
La risa melódica de Luna me acompaña todo el camino, pero me detengo antes de salir al recordar el motivo por el que he venido. Mis pasos resuenan en el parquet mientras corro hacia la nevera de repuesto y le robo varias bolsas de sangre.
—Maldita rata —me dice—. ¡Pienso apuntarlas en tu cuenta!
Le saco la lengua justo antes de desaparecer en la oscuridad de la noche.