10. Celine
Celine
Me desplomo en el sofá con un largo suspiro y me froto los ojos doloridos. Medianoche, que estaba escondido detrás de un cojín, suelta un bufido de disgusto y desaparece en mi habitación.
—Gracias por tu cálida bienvenida —mascullo, exasperada por el gato gruñón.
Mi plan era ir al gimnasio a una clase de boxeo, pero he decidido cancelarla porque estoy exhausta.
Tengo una enorme pila de carpetas de manila a mi lado, así que empiezo a revisarlas.
Son los informes del caso del Asesino del Caos.
Están llenas de fotos horripilantes y testimonios, aunque parece que nadie ha logrado ver nunca al autor de los crímenes.
Me he pasado muchísimas horas revisándolos para ver si encuentro alguna pista que nos ayude a atraparlo, pero aquí no hay nada.
Me siento tentada de ponerme de lleno con el caso Vex, pero sé que debo ignorarlo. Se supone que no debería de trabajar en él. Ni siquiera es un caso. Solo un estúpido presentimiento del que no consigo deshacerme porque me lo impide una sensación muy extraña en el estómago.
Tengo que volver a centrarme en el caso que me atañe.
Aunque primero necesito relajarme.
—Creo que ya va siendo hora de un buen baño, algo de picar y un libro —le digo a nadie en particular, porque estoy segura de que mi gato me está ignorando a propósito, a pesar de que mi voz resuena por el espacio vacío.
La decoración de mi apartamento siempre ha sido un proceso lento y cambiante.
Quería que el espacio fuera acogedor y que tuviera un ambiente agradable, con una iluminación cálida, aunque no escasa, y adornos cuidadosamente seleccionados, bonitos pero funcionales.
Odio las casas que parecen clínicas, jamás podría vivir en una así.
Intento mantenerla lo más limpia posible, sobre todo con la cantidad de pelo de gato que se acumula por todas partes, aunque mi trabajo no siempre me lo permite.
Me quejo, obligo a mi cuerpo cansado a levantarse del sofá y cojo una bolsa de gominolas de la encimera antes de dirigirme a mi habitación. Me suelto el pelo de la coleta que siempre llevo y suspiro al notar que se reduce la presión. Me masajeo la nuca antes de darme cuenta de que algo no cuadra.
Me detengo al instante.
¿Dónde está el montón de ropa limpia que dejé en la silla esta mañana?
Recuerdo haberme dicho que era mejor doblarla antes de marcharme porque, si no, me la encontraría al volver, pero está perfectamente doblada y me espera al pie de la cama, lista para guardarla.
Frunzo el ceño y me estrujo el cerebro para tratar de adivinar cuándo se supone que la he doblado.
¿Lo he hecho después del desayuno?
No, es imposible, porque me distraje cuando me llamó Ava.
—Quizá me estoy volviendo loca. —Medianoche suelta un suspiro que no me ayuda. La vida debe de ser muy dura para una criatura que no tiene nada que hacer, como él—. Quizá lo he hecho y no me acuerdo, ¿no? —le pregunto al gato, que no deja de parpadear.
Es la única explicación lógica que se me ocurre. Nadie entra en un piso para doblar ropa.
Recojo el libro que estoy leyendo de la mesita de noche y me meto en el baño.
El grifo metálico de la bañera chirría en cuanto lo giro.
Mientras se llena, vierto en el agua unas sales con aroma a vainilla.
Se me escapan algunos mechones del moño alto que me hago después de quitarme la ropa.
El vapor comienza a inundar la estancia, y me deslizo en el agua con una bandeja para la bañera, donde coloco el libro y las gominolas en cuanto el agua está al nivel y la temperatura perfecta.
A pesar de que los baños de espuma siempre consiguen relajarme, no puedo evitar pensar en la maldita cita doble de mañana.
Se me empieza a revolver el estómago y salgo de la bañera antes de lo previsto.
Maldita Ava y su necesidad de buscarme novio.
Me seco, me pongo el pijama y me meto en la cama.
Tan solo consigo leer un par de páginas antes de que empiecen a pesarme los párpados, y caigo en un profundo sueño con el libro medio abierto encima de la cama.
—¿Eres detective? —La voz acaramelada de Asher resuena en el coche mientras conduce desde mi apartamento hasta el lugar en el que hemos quedado con Ava y Spencer.
—Sí, me acaban de ascender. —Intento sonar entusiasmada, pero no lo consigo. No me apetece tener una cita ahora, y se me nota, lo cual no es justo para Asher. Sé que también a él lo han enredado para aceptar, así que al menos debería dar una oportunidad a la velada.
Puedo sentir el peso de los ojos de Asher sobre mí, pero no consigo reunir el valor necesario para mirarle. De pronto, el repiqueteo de la lluvia sobre la ventanilla me parece de lo más fascinante.
—Mira, sé que Ava te ha forzado a tener esta cita, pero me pareces una chica interesante y lo cierto es que me gustaría que nos diéramos una oportunidad.
—El tono sincero en su voz hace que me vuelva hacia él y compruebo que sus ojos marrones brillan con honestidad.
No puedo evitar pensar en lo apagada que parece su mirada en comparación con los ojos esmeralda que vi hace poco.
Me relajo, y mi fachada de chica dura empieza a desmoronarse.
—Tienes razón. Lo siento. —Me retuerzo las manos en el regazo con incomodidad y continúo—: Me cuesta mucho decirle que no a Ava cada vez que me monta una cita.
Creo que ha llegado un punto en el que me cierro en banda incluso antes de que empiece.
Pero te prometo que esta vez intentaré ser más receptiva.
—Vamos a pasarlo bien. Jugaremos a los bolos, charlaremos y nos conoceremos un poco. Sin presión. Cuando termine la cita, si no hay química, nuestros caminos se separarán sin rencores. ¿Te parece? —Dicho así, ¿cómo puedo llevarle la contraria?
Cuando asiento, la cola de caballo se me desliza sobre el hombro, y veo que su expresión cambia a una de alivio.
—Soy muy bueno jugando a los bolos, así que prepárate, porque pienso darte una paliza. —Asher rompe el silencio con esa declaración y no puedo evitar carcajearme.
Arqueo una ceja a modo de desafío.
—¿Ah, sí? Pues mi puntería con el arma reglamentaria es infalible, así que ya veremos. —La lista de reproducción cambia a un nuevo tema—. ¿Te gusta Mötley Crüe? A mí me encanta.
Los dos sonreímos y me relajo por primera vez desde que he puesto un pie en el coche.
Cuando llegamos a la bolera, Asher aparca en el hueco que hay justo al lado del coche blanco de Spencer.
—¡Ya estás aquí! —Ava me da un abrazo que casi me deja sin huesos en cuanto me bajo.
Asher intenta venir corriendo a abrirme la puerta, pero no soy de ese tipo de chicas.
Eso sí, me ofrece un paraguas para protegerme de la lluvia, ya que yo, poco previsora, no he traído el mío. ¿Qué le pasa al tiempo últimamente?
—Claro que estoy aquí. Has sido tú la que me ha obligado a venir —le susurro al oído, y ella se ríe.
—Alguien tenía que hacerlo. Eres una ermitaña. Ya sabes lo que dicen, las mejores amigas siempre tienen personalidades opuestas. Una suele ser un amor y la otra, una gruñona.
Suelto una risa sarcástica.
—Cuidado, ¿a quién llamas gruñona?
Me da un empujón de broma y las dos acabamos muertas de risa.
De reojo, veo que Asher y Spencer se saludan con la típica y masculina palmadita en la espalda.
En cuanto se separan, Ava corre hacia su novio, entrelaza el brazo con él, hace un gesto de pistola con la mano para señalar la puerta principal y se dirige hacia allí con expresión triunfal.
Niego con la cabeza porque es adorable. Asher y yo caminamos uno al lado del otro y nos detenemos bajo el toldo para que pueda sacudir el paraguas.
Las gotas de agua salpican por todas partes mientras intento secarlo lo mejor que puedo, y lo pliego antes de guardarlo y entrar en la bolera.
Ya tengo un gato negro en casa; no voy a estar bajo techo con un paraguas abierto, o parecerá que quiero atraer la mala suerte.
La bolera está en un bonito edificio a las afueras de la ciudad.
La peculiar moqueta de los años ochenta que tiene formas variadas en colores neón me provoca una nostalgia inexplicable, a pesar de que nunca he estado aquí.
Hay un cartel en la pared en el que pone que los miércoles se queda todo a oscuras y encienden las luces de neón durante las partidas.
Puedo verlas colgando del techo. Parece un negocio familiar en el que solo trabajan adolescentes.
—Vamos a por los zapatos. —Asher toma la iniciativa y se dirige al mostrador.
Aprovecho el momento para observarlo. No puedo engañarme, es un chico muy atractivo.
En otra vida tuvo que ser jugador de fútbol americano, por su complexión robusta y musculosa.
Tiene una pequeña cicatriz en la ceja, seguramente de una lesión pasada, que le da un aire peligroso, aunque en cuanto abre la boca te das cuenta de que es un amor.
Lleva una camisa de franela a cuadros rojos y negros sobre una camiseta negra y unos vaqueros claros, lo que le da aspecto de leñador.
—¿Qué talla necesitas? —le pregunta una voz familiar a Asher, lo que me hace ladear la cabeza.
¿De qué me suena esa voz?
Me abro paso hacia el mostrador y abro mucho los ojos, sorprendida.
—¿Zavier? —No puedo evitar mi tono incrédulo—. ¿Trabajas aquí?
Resulta que mi misterioso nuevo vecino está detrás del mostrador con un uniforme azul a rayas en el que pone Strike Lanes. No me comentó a qué se dedicaba, pero jamás me habría imaginado que sería a esto, aunque no haya nada de malo en ello.
—Ese soy yo. —Su cadenita de plata refleja la luz de los focos cuando se inclina para coger los zapatos de Asher—. Me gusta mantenerme ocupado, así que tengo distintos trabajos por aquí y por allá. ¿Talla? —Señala con la cabeza las estanterías que están detrás de él.
—Cuarenta, por… —Me quedo en silencio cuando veo que me tiende un par de ese número.
¿Qué demonios? ¿Cómo lo ha sabido?