Enamorarse de un vampiro es un caos 9. Zavier #2
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9. Zavier #2

Llego al aparcamiento del edificio y aparco en mi plaza.

Sé que es la mía porque la he etiquetado con un cartel que reza: «Esta es la plaza de Zav, así que ni se te ocurra aparcar aquí.

Me comeré a cualquiera que ignore mi advertencia».

Junto a la señal he incluido una carita sonriente con gafas y unos colmillos sutiles que solo yo apreciaría.

Subo en ascensor. Cuando las puertas se abren al llegar a mi piso, inhalo el aroma de Celine, que invade toda la planta.

Dejo que él me guíe hasta su puerta. No me hace falta echar un vistazo porque mis sentidos vampíricos me indican que no hay nadie más en el pasillo, así que me cuelo en el piso de Celine.

Me guardo la llave universal que he robado del despacho del conserje y caigo de rodillas ante la aplastante intensidad de su fragancia.

Es demasiado y no es suficiente al mismo tiempo.

Mi pareja.

Había oído hablar de lo intenso que puede llegar a ser el aroma de una pareja destinada, pero nunca había experimentado que fuera capaz de doblarte las rodillas. Voy a tener que hacer un esfuerzo monumental para no sucumbir a mis instintos primarios y reclamarla antes de que esté preparada.

Consigo encontrar la fuerza necesaria para ponerme en pie y comienzo a fijarme en todos los detalles que hacen de este apartamento algo exclusivamente suyo.

Veo unas velas falsas con luces led, que se mecen con suavidad por una brisa invisible, dispersas por todo el espacio.

Su sofá, de color tostado y pegado a una de las paredes del salón, está cubierto de cojines y mantas mullidas.

Siento una furia irracional al ver esos objetos inanimados que consiguen cubrir el cuerpo de Celine y proporcionarle la calidez y el consuelo que deseo ofrecerle yo.

Una única foto enmarcada con flores cuelga sobre una estantería, y también veo un modesto televisor frente a todo el conjunto.

Hay libros apilados en la mesa. Me acerco con sigilo, paso los dedos por las mantas desperdigadas por el sofá y me las acerco a la nariz.

Deliciosa.

Mía.

Noto que me aparecen los colmillos al instante y paso la lengua por sus filos.

Al ritmo frenético al que me está afectando Celine, pronto voy a necesitar una bolsa de sangre.

A mi edad, solo necesito alimentarme una vez cada pocas semanas, y únicamente bebo un tipo de sangre concreto que siempre viene en bolsas.

Jamás me rebajaría a deleitarme con el líquido asqueroso que corre por las venas de mis víctimas; sería lo más parecido a beber aguas residuales.

Me estremezco de asco al pensarlo y me dejo caer en el sofá con una sonrisa tonta cuando se me cae un cojín sobre la cara y termino inhalando de nuevo su aroma único, ese que me recuerda a las moras.

Noto un suave manotazo en el brazo, que he dejado colgando del sofá, y me detengo en seco, ya que sé que no se trata del cojín.

Me lo aparto de la cara despacio y abro un ojo.

Una sombra negra con dos ojos amarillos me mira fijamente desde el suelo.

Una pequeña cola se mueve con curiosidad detrás del gato negro y peludo, y me vuelvo hacia un lado para verlo mejor.

Nos miramos en una batalla de dominancia silenciosa antes de que el gato me salte al abdomen y empiece a amasarme el pecho.

—¿Quién eres tú? —Acaricio la cabeza del gatito, y este se inclina hacia mi mano.

Un tintineo metálico me llama la atención, así que le toqueteo el collar que lleva alrededor del cuello.

—Medianoche, ¿eh? —Le rasco bajo la barbilla y termina ronroneando como una moto de agua.

Sonrío y me coloco el gato al cuello, como si fuera una bufanda, antes de continuar mi visita por el apartamento—.

Esperaba que Celine te hubiera puesto un nombre un poco más original.

Como Bob. O Patata frita. O quizá Malvavisco tostado.

—Parece ronronear de placer ante ese nombre—. Te gusta ese, ¿verdad?

Sé que Celine sigue en el trabajo, así que me dedico a explorar su espacio para descubrir qué es lo que le gusta.

La forma en la que salió corriendo de mi apartamento para venir a esconderse en el suyo me hizo darme cuenta de lo mucho que valora este lugar, y parece que recurre a él cuando se siente incómoda en algún sitio.

Entro en su habitación y voy catalogando todo lo que veo.

Lo primero que me llama la atención es un armario muy bien organizado por colores, aunque casi todo es negro.

Mis pasos casi no se oyen mientras camino y me meto en el centro del perchero.

Separo la ropa a ambos lados para estar cómodo.

Medianoche sigue ronroneando y no parece preocupado por mis acciones.

Me quedo como un centinela entre la ropa durante un tiempo indeterminado, justo antes de fijarme en un montón de prendas que ha dejado sobre una silla.

Sé que están limpias, ya que el nefasto detergente cubre su aroma natural.

Voy a doblársela para que no tenga que hacerlo ella.

Medianoche salta de mis hombros cuando inclino la espalda hacia la cama y se acomoda sobre su almohada. Recojo el montón de ropa, lo coloco al pie de la cama y empiezo a doblarla. Un trozo de encaje negro asoma por debajo del somier, así que lo cojo.

Las bragas de Celine.

¿Acaso era esto lo que llevaba puesto debajo de ese vestido tan apretado cuando estuvimos bailando en la discoteca?

Se me dilatan las fosas nasales cuando inhalo con profundidad y capto un tono vainilla en su habitual aroma a moras.

¿Se excitó al bailar conmigo? Su fragancia se vuelve más compleja cuando se excita.

Curvo los labios al pensar que pueda llegar a afectarla de la misma forma que ella me afecta a mí.

Me guardo el trozo de encaje en el bolsillo y sigo doblando sus camisetas, pantalones y calcetines.

Cuando termino, coloco la ropa doblada al pie de la cama.

Vuelvo a escanear la habitación y giro sobre los talones para ver si hay algo más en lo que pueda ayudarla.

Veo un poco de polvo en el espejo del baño cuando enciendo la luz, así que busco un limpiacristales y algo de papel antes de ponerme manos a la obra.

Al final termino pasando la aspiradora, le organizo la nevera y el congelador, y me aseguro de que los cojines estén colocados a la perfección.

Lo cierto es que su apartamento no estaba hecho un desastre, aunque ahora está mucho mejor.

Con las manos en las caderas, admiro el fruto de mi trabajo y me doy cuenta de que el gato me mira fijamente desde su sitio en el sofá.

—¿Qué? ¿No vas a ayudarme a limpiar? —Me sigue mirando a los ojos, y resoplo—. Sé cómo ganarme tu corazón.

El papel de aluminio cruje cuando encuentro una bolsa de golosinas para gatos escondida en la esquina trasera de la encimera de la cocina y la agito. Se oye un maullido casi salvaje seguido del ruido de unas patas corriendo por el parquet.

—Eso pensaba. —Unas garritas intentan trepar por mis vaqueros cuando Medianoche intenta alcanzar con desesperación los premios.

Todavía no sé qué pensar de ese nombre. Me pregunto si Celine me dejará cambiárselo—.

¿Acaso no somos todos criaturas la mar de sencillas?

—Tiro al suelo algunas galletas con forma de pececito y el gato sale disparado tras ellas—.

A todos nos ciega la tentación. —No puedo evitar pensar en Celine mientras me apoyo en la encimera—. Conozco esa sensación.

No tiene mucho en la puerta de la nevera, solo un par de imanes con información de restaurantes de la zona.

También hay colgado un calendario, que seguramente le dieron gratis, pegado en un lateral con un imán que también es una foto.

Resigo su rostro con el dedo y puedo ver el dolor que se esconde tras su sonrisa forzada.

A su lado hay un hombre mayor sentado con la mirada perdida. El parecido entre ellos es asombroso.

Una fecha rodeada en el calendario me llama la atención, así que me acerco para fijarme en ella y me doy cuenta de que, para mañana, ha escrito «Cita doble en Strike Lanes».

¿Cita doble? De eso nada.

—Medianoche, ¿cómo has podido permitir esto?

—Si mi pelo pudiera estallar en llamas, como el color que evoca, sería por la rabia que me abrasa en este momento.

El gato me ignora, por supuesto, y continúa acurrucado en el sofá; al parecer, la información no le afecta tanto como a mí.

Me mira durante un rato justo antes de lamerse las patas.

¿Mi chica en una cita con otro hombre? Inconcebible.

Voy a tener que tomar medidas. Ha llegado la hora de demostrarle a Celine lo perfectos que somos juntos.