Enamorarse de un vampiro es un caos 9. Zavier
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9. Zavier

Zavier

—Tendrías que haberla visto. Iba espectacular.

Por un momento creí que estaba a punto de morirme y subir al cielo después de bailar con ella —digo con efusividad al recordar el dulce cuerpo de Celine pegado al mío—.

Aunque, si tengo que ser sincero… —cavilo mientras me toco el labio—, si Dios existe, no creo que me vaya a dejar pasar por las puertas del paraíso.

Ya sabes, por todos los asesinatos y cosas malas que he hecho, y por la forma indecente en que pienso en Celine.

Silencio.

—¿Sabes a qué me refiero? —le suelto, dándole un golpecito en el brazo.

Silencio.

—¿Me estás escuchando?

Más silencio.

—¡Oye! —grito, irritado. ¿Cómo es que mi único amigo no quiere escucharme hablar sobre el amor de mi vida? Qué falta de educación.

—¿Qué?

—Nunca me escuchas. —Levanto las manos, exasperado.

—¿De qué estábamos hablando? —Dirige su oído bueno hacia mí, aunque nunca sé cuál de los dos lo es.

—¡De Celine, pedazo de carcamal! —le grito al anciano que está sentado frente a mí—. Mi amor verdadero en esta vida inmortal —añado en voz baja.

Mi compañero de ajedrez tiene mucha sordera y está casi ciego.

Conocí a Tom hace sesenta años. Nos llevábamos muy bien cuando yo frecuentaba el bar de su familia, pero terminaron metidos en líos con una banda de traficantes que no paraba de sangrarles en términos económicos, y me encargué de ese problema.

A partir de ese momento forjamos una buena amistad, así que lo visito cada vez que paso por allí.

Por suerte, su seudoceguera le ha impedido reparar en que no envejezco.

He de admitir que me siento muy bien al tener algo constante e inmutable en un mundo tan cambiante.

Ser un vampiro es tanto una bendición como una maldición conforme va pasando el tiempo.

He aprendido a aceptar la muerte de mi familia y mis amigos, pero de vez en cuando me encuentro con un alma a la que sé que echaré de menos cuando le llegue la hora.

Tom es, sin duda, una de esas rayas joyas. Nunca he tenido la oportunidad de envejecer junto a alguien. Solo con él.

—¿A quién llamas carcamal, Zac? —Veo que juguetea con sus audífonos—.

¡Si tenemos la misma edad! —me grita desde debajo de su enorme mostacho.

Siempre me meto con él al decirle que se parece a Oloroso Pete de Toy Story y le suplico que se disfrace de ese personaje en Halloween. Yo podría ser Perdigón. ¡Arre, vaquero!

—Te toca. Aunque ya sabes que voy a ganar, como siempre.

—Me subo las gafas por el puente de la nariz y me cruzo de brazos.

Ya no me molesto en corregirle cada vez que pronuncia mal mi nombre.

Un día insistió en que Zav era un nombre tonto y empezó a llamarme Zac, a pesar de que sabe lo mucho que me cabrea.

Tom refunfuña y se inclina hacia el tablero para mover la reina y la coloca en línea con mi rey.

—Jaque. —Sonrío victorioso.

—Eres un tramposo. —Tom tira las piezas del tablero y pongo los ojos en blanco.

Y se supone que el dramático soy yo.

—Y tú un mal perdedor. —Pongo los pies sobre la mesa y los cruzo antes de echar un vistazo al bar; nuestra partida ha llegado a su fin.

Ahora lo llevan los nietos de Tom, ya que él es demasiado mayor para gestionarlo, y lo han convertido en un restaurante.

Parecen buena gente, pero siempre evito cruzarme con ellos para evitar preguntas incómodas sobre mi aspecto y mi juventud.

Los clientes hablan en voz baja y deambulan por la sala como pequeños insectos carroñeros.

Un niño humano pasa corriendo y casi me roza el hombro.

Me echo hacia atrás con asco y me limpio los gérmenes invisibles de la camiseta.

No me gustan los niños, siempre lloran, gritan y van sucios, aunque por lo general la culpa es de los padres de mierda que tienen, que no se preocupan de educarlos.

Solo haría una excepción si Celine quisiera tener hijos.

Le daré tantos como quiera. Tengo muchas ganas de probar el acto de fabricación de bebés con ella.

Espera.

Bebés.

Celine.

Tengo que anotar eso.

Saco del bolsillo mi fiel libreta y un bolígrafo, me lamo el dedo y la abro por una página en blanco. Escribo rápidamente «Darle hijos a Celine» en una nueva lista que he creado llamada «Objetivos en mi larga vida con Celine».

Además, a pesar de que los vampiros pueden tener hijos, es muy inusual, lo que significa que, si ella quiere, tendremos que practicar mucho. Me froto las manos emocionado.

—Vuelves a parecer un maniaco, Zac. —Tom mueve una torre en mi dirección y yo se la quito de la mano.

—No sé de qué hablas. Además, ¿cómo puedes saber eso? Si casi no ves. —Me meto con él, a pesar de que ambos estamos sonriendo.

Vuelvo a guardar la libreta en el bolsillo y recoloco el tablero en su sitio mientras recojo algunas de las piezas que se han caído al suelo. Fue un regalo que le hice a Tom hace unas Navidades; se lo encargué a un artesano que lo hizo a mano en Francia.

—Eso es lo que tú crees. Puede que mi cuerpo me esté fallando, pero mi mente sigue tan fresca como una lechuga.

Sé que siempre tramas algo cuando te quedas en silencio.

—Intenta levantarse, con los brazos temblorosos y las manos aferradas al borde de la mesa.

Me incorporo para ayudarle, pero Tom me suelta un gruñido.

—Puedo solo. Quizá me fallen los ojos y los oídos, pero las piernas me funcionan la mar de bien. —Se aparta de mí y se incorpora sin decir ni una palabra más—. Sigo sin entender cómo puedes moverte tan rápido a nuestra edad —refunfuña—. Es muy frustrante.

—Adiós, Tom —le suelto mientras salgo del bar a grandes zancadas.

No puedo evitar sacudir la cabeza ante el gruñido que me suelta a modo de respuesta. Llegará un día en que mi saludo solo reciba silencio a cambio. Intento saborear la poca humanidad que me queda con la punzada de dolor que siento al pensar en lo duro que será para mí el día que Tom falte.

Me quedo de pie bajo el toldo del restaurante y observo cómo la lluvia cae sobre el asfalto.

Mi jersey de color crema se oscurece con el aguacero; las gotas empiezan a acumularse en la tela cuando saco un brazo.

Me lamo la lluvia del labio y me dirijo al coche, que está aparcado en la parte de atrás del aparcamiento.

Troto hacia el elegante deportivo negro, me encajo a duras penas debido a mi voluminosa constitución y me pongo el cinturón.

Puede que sea indestructible, pero también un ciudadano ejemplar.

Saco la libreta antes de arrancar y escribo:

Asegurarme de que Celine se ponga siempre el cinturón. La seguridad es muy sexy.

Sé que, cuanto más tiempo pase, más me costará contener el deseo que siento hacia ella.

El poder de atracción de una pareja destinada es imposible de resistir a largo plazo, y ya estoy cansado de negarme lo inevitable.

Al principio me dio miedo descubrirlo y aceptar la verdad que se me presentaba ante los ojos; llevo mucho tiempo solo, y la posibilidad de que quizá estuviera equivocado me retenía.

Habría sido devastador llegar a pensar que al fin he encontrado a mi compañera después de tantos años habitando en este mundo y darme cuenta de que me he equivocado.

Pero no me he equivocado.

Celine es mía.

No puedo evitar sentirme atraído hacia ella. Quiero conocerla. Pero poco a poco. Como debe ser. Es una humana, y se merece que la cortejen. Quiero hacer las cosas bien con ella. Justo como podría llegar a esperar ella de mí.

Aunque lo cierto es que no puedo evitarlo, nunca sé cómo hacer las cosas de la forma correcta.

Supongo que se debe a que me ha tocado vivir cientos de años, pero es mucho más divertido alejarse de lo convencional. Hace que la vida sea interesante.

Los limpiaparabrisas barren con furia la lluvia de la luna del coche mientras me abro paso entre el tráfico.

El irregular patrón climático que estamos teniendo de un tiempo a esta parte me hace cuestionarme lo siguiente: en la comunidad sobrenatural se cree que la lluvia fuerte y consistente siempre indica que se han reunido muchas criaturas en algún punto de la ciudad.

Tendemos a permanecer con nuestra especie en distintas áreas de todo el mundo.

Las zonas muy pobladas suelen ser territorio vampírico; los bosques aislados, el refugio de los hombres lobo; las sirenas se quedan en las playas; los dragones, en las cordilleras; y así sucesivamente.

Las fuertes lluvias podrían indicar que varias especies se han cruzado en un mismo lugar o la llegada en masa de una sola especie.

Voy a tener que mantenerme alerta si las cosas empiezan a ponerse raras.

Celine es mi prioridad, así que no puedo permitir que los ajustes de cuentas entre especies la pongan en peligro.

Sé que algún día tendré que contarle a Celine lo que soy.

No pienso existir sin ella, ahora que sé que me pertenece. Por el momento es humana, pero quizá algún día pueda convertirla. Cuando esté preparada.

¿Y si nunca lo está?

Aparto ese pensamiento y el miedo que ahora ocupa el espacio en el que antes latía mi corazón.

Se convertirá. Tendrá que hacerlo. No sobreviviría a esta patética existencia después de encontrar a mi compañera de vida si al final la pierdo por algo tan estúpido como el paso del tiempo y el envejecimiento.

Pero sé que debo ir con cuidado. No solo es humana, sino también detective, lo que significa que es muy escéptica.

Después de lo que ocurrió anoche, habrá alzado aún más los muros a su alrededor.

Utilizaría una bola de demolición para echarlos abajo si hiciera falta, pero tengo que acercarme a ella con cuidado; es lo que se merece.

Me detengo en un semáforo en rojo y me paso una mano por mis rizos rebeldes.