8. Celine
Celine
Con la adrenalina disparada, empujo las manos que me sujetan y saco la pistola a la vez que le quito el seguro. Si voy a morir hoy, pienso llevarme a este acosador conmigo.
—¡Quieta, Rambo! —Una voz de barítono me hacer mirar hacia arriba y me encuentro con un par de vívidos ojos verdes abiertos de par en par por la sorpresa.
Aprieto con más fuerza la pistola y la apunto hacia el desconocido, que levanta las manos en un gesto muy poco amenazador.
—¿Quién coño eres? ¿Por qué me sigues? —le pregunto con tono acusador; se me entrecorta la respiración.
—¿Qué? ¿Seguirte? —Su tono le hace parecer inocente—. Ni siquiera te conozco —me dice con tranquilidad—. Vivo en esta planta. Me parece que somos… —Mira en dirección a mi pistola y ladea la cabeza—. Vecinos.
Echo otro vistazo al pasillo para tratar de descubrir cualquier cosa que pueda estar fuera de lugar, pero, cuando vuelvo a mirarle a los ojos, no veo ni una pizca de maldad.
Estás paranoica, Celine.
Los casos en los que estoy trabajando me están volviendo loca. No es que el de la discoteca sea un caso real, pero me está afectando como si lo fuera.
Suspiro y vuelvo a colocar el seguro a la pistola antes de guardarla en su sitio. El hombre baja las manos despacio y me observa con cautela. Me paso una mano por la cara y me centro antes de destensar los hombros y relajarme.
—Siento haberte apuntado con la pistola.
Llevo un par de días raros. —Suelto una risita seca y vuelvo a mirar al desconocido.
No puedo evitar ponerme a reír cuando veo una caja de pizza en su cabeza a punto de caerse al suelo.
No sé cómo he podido perderme ese detalle.
Lo achaco al shock inicial al creer que me estaban atacando.
—Qué sombrero tan chulo.
Lo que no entiendo es cómo ha conseguido ponerse una caja de pizza en la cabeza y mantenerla en equilibrio.
Unos labios rosados y carnosos se curvan hacia un lado, y me suelta para coger de nuevo la caja.
Me permito examinar al hombre que tengo delante mientras él está distraído con eso. Noto que el corazón comienza a irme más rápido de nuevo, aunque esta vez es por un motivo completamente distinto al de antes.
Su pelo rojo se le riza en la frente de forma juvenil y se le alisa en la nuca.
Unos mechones rebeldes le caen por los ojos, y tengo que resistir el impulso de apartárselos de la cara.
Unas gafas adorables descansan sobre su nariz y actúan como ventana hacia sus ojos verdes y vivos.
Su ropa es muy parecida a la mía: jersey y pantalones negros.
Una delgada cadena de plata le asoma por el cuello del suéter.
A primera vista, no parece peligroso. Está en forma, aunque es muy delgaducho, y quizá me esté viniendo arriba, pero pienso que, si fuera necesario, podría vencerle en una pelea cuerpo a cuerpo.
Para algo me paso muchas horas practicando boxeo…
Aunque hay algo extraño en él, algo que me pone en alerta.
—Las situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Tenía que proteger la pizza. —Da unos golpecitos a la caja de cartón, lo que me saca de mi trance.
Sacudo la cabeza, disgustada por haberle hecho un repaso tan concienzudo.
Su sonrisita de placer masculino me indica que se ha dado cuenta.
—Quizá deberías mirar por dónde vas y no ir agarrando a mujeres al azar. Lo digo para que esto no vuelva a repetirse —contraataco, aunque seguramente sea culpa mía por no prestar atención.
—Has sido tú la que ha chocado conmigo —señala mientras lo rodeo para acercarme a mi puerta. Una ducha calentita, mi cama y un buen libro me están llamando a gritos después de este día tan largo.
El desconocido extiende un brazo y me agarra del codo. Observo la mano musculosa y repleta de venas que me baja hasta la muñeca; me siento pequeña bajo su mirada, justo antes de volver a clavar la mía en la suya.
—¿Te apetece comer conmigo? —suelta de repente mientras un rizo rojo le cae delante de la cara.
Lo aparta con un movimiento de cabeza mientras sus ojos permanecen fijos en mí.
Noto un brillo depredador en ellos, no de forma grotesca, sino intensa.
Algo me dice que me quede quieta ante su mirada.
No sé qué es, pero subo la guardia al instante.
—La verdad es que no. Pensaba que había quedado claro que no nos conocemos.
Abre mucho los ojos mientras da un paso atrás y vuelve a soltarme.
—Lo siento mucho, no sé dónde me he dejado los modales. Acabo de mudarme. —Señala la puerta del apartamento que se encuentra justo al lado del mío y sonríe como si fuera lo más sencillo del mundo.
—¿Qué le ha pasado a Cory? —Es mi vecino de toda la vida, y nunca me ha dicho que estuviera pensando en mudarse.
Lo que sí intentó fue ligar conmigo en varias ocasiones, aunque no logró nada.
Seguía estancado en la época universitaria, y ese tipo de chicos no van conmigo, aunque manteníamos una relación cordial y hablábamos cuando nos cruzábamos en el pasillo—.
Le vi el otro día y no me comentó que estuviera pensando en mudarse.
—¿Así se llamaba el que vivía aquí antes?
—me pregunta con un tono que deja entrever que sabe más de lo que parece.
Se pasa la caja de pizza a la otra mano—.
La inmobiliaria me llamó de repente, ya que estaba en la lista de espera para cualquier piso que saliera en este edificio.
Cuando me dijeron que había una oportunidad aquí, casi salto por la ventana de la emoción.
—No sé por qué, pero ese comentario le hace sonreír.
Entrecierro los ojos con suspicacia, pero él se limita a encogerse de hombros.
Debo de haberme vuelto loca, porque termino tomando una decisión irracional.
Las palabras me salen de la boca antes de que me dé tiempo a procesar lo que estoy diciendo.
Es casi como si no pudiera controlar mi cuerpo ni mis decisiones.
Me siento atraída por este desconocido. De todas formas, llevo la pistola encima, y la gente se daría cuenta si desapareciera, así que a la mierda todo.
—¿Sabes qué? He tenido un día de mierda y un poco de pizza no suena nada mal, así que, ¿por qué no? —Él lanza un puño al aire en señal de victoria, lo que me hace reír—. Detrás de ti, míster… —Alargo esa última palabra para que él siga la frase.
—Soy Zavier, aunque mis amigos me llaman Zav.
—Encantada, Zavier. —Marco un límite al usar su nombre completo—. Soy Celine. —Le tiendo la mano y él la envuelve con la suya. Noto una chispa cuando nos rozamos, pero quizá se trate de lo que me queda de resaca y de mi cansancio mental… Por eso me estoy imaginando cosas.
Me sujeta la mano más tiempo del necesario hasta que al final me la suelta.
—Adelante. —Oigo el tintineo de las llaves antes de seguirle a través de la puerta abierta.
Nunca entré al apartamento de Cory cuando vivía a mi lado, así que no estoy muy segura de qué debo esperar.
Supongo que, como vivimos en un edificio de apartamentos de alquiler, sus habitaciones serán similares a las mías, pero al instante me doy cuenta de que el suyo es mucho más grande.
En el salón hay un gran sofá negro y un enorme televisor de pantalla plana en la pared.
No hay mucha decoración, aparte de algunos pósteres de películas y objetos deportivos, la mayoría de hockey.
—¿Te gusta el hockey? —le pregunto.
—No mucho. —Deja la pizza en la encimera.
Interesante.
—¿Cuándo te has mudado?
Escaneo el lugar. No recuerdo haber notado ninguna señal que me indicara que alguien se estaba mudando, aunque es cierto que últimamente no he estado mucho en casa.
Me meto las manos en los bolsillos traseros y rozo la navaja que siempre llevo ahí por si acaso.
Si hay algo que me enseñó mi padre cuando era pequeña es que una nunca se pasa de paranoica.
—Ayer —contesta Zavier desde la habitación en la que ha desaparecido—. Querría haberme presentado, pero no estabas en casa. Fui puerta por puerta repartiendo el bizcocho de limón que hice para mis nuevos vecinos.
¿Hizo bizcocho de limón?
Intento imaginarme al hombre que tengo delante con un delantal en la cintura horneando un bizcocho en la cocina que todavía no he visitado. Odio admitir que esa visión me parece más que atractiva.
Veo algunas cajas al lado de la barra de la cocina que parecen estar esperando a que alguien las abra.
—Salí con unos amigos. —Me siento en uno de los taburetes que hay junto a la encimera—. ¿En serio hiciste bizcocho de limón? ¿Con tus propias manos? —Necesito que me lo aclare para saber si lo que me he imaginado es cierto o no.
Aparece de nuevo en la cocina, y tengo que hacer un esfuerzo consciente para no abrir la boca cuando le veo quitarse el jersey. Se le sube un poco la camiseta que lleva debajo, revelando una piel suave como el alabastro. Unos músculos marcados me indican que suele frecuentar el gimnasio.
Noto que se me contrae el abdomen.
Relájate. No vayas por ahí. Ava tiene razón, necesitas enrollarte con alguien, pero no con tu vecino. Si la cosa termina mal, no podrás evitar encontrarte con él de vez en cuando.
—Soy una caja de sorpresas. ¿Pizza? —Unos dientes blancos y brillantes revelan una sonrisa perfecta mientras se acerca a la caja.
Asiento e intento centrarme en otra cosa que no sea su cuerpo de infarto—.
Espero que te guste el pepperoni . —Saca unos platos de cartón de un armario y reparte dos porciones; acepto encantada.
Su cuerpo corpulento resulta muy gracioso cuando se sienta en el pequeño taburete que hay a mi lado.
¿Por qué habrá comprado unos taburetes tan pequeños? No tengo ni idea.
—Me encanta el pepperoni . Si hubieras comprado pizza de jamón y piña, hubiera tenido que matarte.
Cojo la porción grasienta y le doy un bocado. Es la mejor pizza de todas, con mucho queso fundido y pepperoni caliente. Él se ríe, y ese sonido me hace sentir cosas en el pecho.
—¿Hubieras recurrido a un asesinato? Me gusta. —La sonrisa rebelde que esboza esconde un brillo travieso.
Se hace un silencio agradable, y me doy cuenta tras unos instantes de que disfruto muchísimo de la compañía de Zavier, lo que me resulta extraño, dada mi preocupación anterior, pero noto una especie de aura a su alrededor que me ayuda a acallar mi paranoia.
—¿Desde dónde te has mudado? —Me sorprendo queriendo descubrir más información sobre mi nuevo vecino.
Él ya se está comiendo su segunda porción, y veo que se le ha quedado un poco de salsa en el labio. Cuando nota que lo miro, saca la lengua para relamerse.
—Se podría decir que soy un nómada. Voy de acá para allá. —Con una servilleta, se limpia la grasa de los dedos antes de meterse el último bocado en la boca—. Me resulta bastante aburrido vivir siempre en el mismo sitio. ¿Qué hay de ti?
—Nací y crecí en Chicago. Antes soñaba con viajar…
—Ladea la cabeza cuando me detengo y espera pacientemente a que continúe—.
Pero esos sueños se desvanecieron cuando acepté mi trabajo y asumí encargarme de vez en cuando de mi padre.
Tiene demencia severa, y mi madre… bueno, no tengo ni idea de dónde está.
Me da miedo coger un avión y que justo le pase algo.
A pesar de que sé que está en buenas manos en la residencia, no puedo evitar pensar siempre en lo peor.
Dejo el plato de cartón en la encimera y evito el contacto visual con él.
No sé por qué acabo de contarle todo esto.
No suelo hablarle a la gente de mi padre, y mucho menos a alguien que es casi un desconocido.
Me doy cuenta de que estoy frotándome los labios, como si hubiera alguna forma de recuperar el vómito de palabras que acabo de soltarle.
Una mano firme se posa sobre la mía, me aparta los dedos de los labios y alzo la mirada. La simpatía que desprenden sus ojos me cautiva, y sé que, aunque quisiera, no podría dejar de mirárselos.
—Parece que ya has hecho más que suficiente. No puedes dejar tu vida atrás por los demás, Celine. —Nuestra conversación ha tomado unos derroteros muy serios, y me sorprende abrirme de esta forma. Hay algo en él que me invita a seguir hablando y a contarle todo lo que llevo dentro.
Me aclaro la garganta y me pongo a recoger los platos vacíos y las servilletas sucias. Veo una papelera de acero inoxidable junto al frigorífico y la abro para tirar la basura. Me limpio las manos en los vaqueros antes de volverme hacia Zavier.
—Bueno, me alegro de haberte conocido. —Fuerzo una sonrisa y comienzo a andar despacio hacia la puerta principal.
No me he quitado los zapatos en ningún momento, lo que facilita mi salida—.
Muchas gracias por la pizza y…, supongo que nos veremos por aquí.
—A pesar de lo que digo, deseo en secreto no verle demasiado.
Temo que mi fascinación por Zavier influya negativamente en mi productividad.
No puedo permitir que nada me distraiga.
Zavier camina hacia mí con el sigilo de un jaguar, y trago saliva.
De pronto, el aire parece demasiado denso, y retrocedo hasta la entrada.
Él se acerca cada vez más a mí hasta que termino con la espalda pegada a la puerta.
No me acorrala, deja un huequecito de distancia entre nosotros.
Podría salir corriendo, si quisiera, pero me quedo congelada en el sitio.
—Te aseguro que sí. —Unos labios suaves me rozan el lóbulo de la oreja—. Me alegro de haberte conocido, Celine. —Su intensidad es eléctrica, y temo que, si no me marcho pronto, ocurrirá algo entre nosotros.
—Buenas noches —digo con voz chillona, obligando a mi cuerpo a salir de debajo de él. Lo humanamente más rápido que puedo, abro la puerta y salgo de su casa sin mirar atrás, a sabiendas de que me sigue observando.