Enamorarse de un vampiro es un caos 7. Celine
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7. Celine

Celine

Ava mueve los labios, pero solo puedo pensar en mi hombre misterioso, que ha desaparecido en un abrir y cerrar de ojos.

La forma en que sus manos se movían por mi cuerpo me ha despertado una sensación que jamás había experimentado.

Era como si llevara sosteniéndome toda la vida.

Ojalá le hubiera visto la cara, porque sé que ahora seré incapaz de reconocerle entre la multitud.

—¿Hola? —Un chasquido de dedos me devuelve al presente y me encuentro con Ava y Spencer, que me observan con una expresión igual de perpleja. Parece como si nunca me hubieran visto así—. ¿Te has quedado pollitraumada? —Ava me escruta para encontrar una respuesta.

—Lo siento, continúa —la insto, y sacudo la cabeza para despejarme.

No sé si yo lo llamaría «pollitraumada», pero es cierto que no paro de dar vueltas al hecho de que quizá me lo haya imaginado todo.

Me lanza una mirada cómplice, pero continúa:

—Me estaba retocando el maquillaje en el baño y he oído a alguien hablando.

Hay una rejilla de ventilación justo encima de los espejos que supongo que conecta con una oficina o algo por el estilo.

Y no es que estuvieran charlando en voz baja precisamente.

Además, parecía que estaban muy enfadados porque les había ido mal una entrega.

—No me parece del todo sospechoso. —Spencer frunce el ceño y se recuesta. Con los dedos, le roza el hombro desnudo a Ava. Ese pequeño toque y la intimidad que comparten me hace desear lo que ambos tienen.

—Ya, claro. —Ella frunce los labios hacia él y arquea una ceja con descaro—. Pero estaban hablando de una entrega de sangre .

—¿De sangría? —Spencer se rasca la cabeza—. Estamos en una discoteca, Aves.

—No. —Ella niega con la cabeza y los rizos rosas le vuelan a ambos lados—. De sangre . —Abre mucho los ojos y nos mira incrédula.

—¿Estás segura de que lo has oído bien, Aves? Sé que todo huele muy raro por aquí, pero eso me parece demasiado. —Spencer se acobarda cuando ella lo fulmina con la mirada.

Incluso a mí me cuesta encajar las piezas de este rompecabezas.

—Lo juro. Te doy mi palabra de scout . —Las luces de la discoteca se reflejan en sus brazaletes de oro cuando levanta la mano como si estuviera prestando juramento.

La miro primero a ella y luego hacia la puerta del baño que ha indicado antes de tomar una decisión.

—Enseguida vuelvo. —El cuero del asiento cruje cuando me levanto y me dirijo a la barra.

—¡Un destornillador, por favor! —grito por encima de la música, y dejo unos billetes arrugados sobre el mostrador.

El camarero me pasa el cóctel que le he pedido y empiezo a tambalearme, incluso derramo un poco de bebida al suelo.

Me apoyo en la pared y finjo estar borracha mientras me encamino a la oficina.

Por suerte, los seguratas acaban de dejar su puesto para escoltar a un par de borrachos de verdad fuera de la discoteca, así que tengo vía libre.

Escaneo los alrededores una última vez antes de colocar la mano detrás de mí y bajar el pomo de la puerta; se abre con facilidad.

El pelo se me balancea sobre los hombros cuando me doy la vuelta y me adentro en el espacio. Justo cuando estoy a punto de ver algo, una enorme mano se cierra sobre la mía y empuja la puerta de golpe. El corpulento guardia de antes me estampa contra la pared y me fulmina con la mirada.

—¿Qué coño crees que estás haciendo? —me escupe mientras me mira de arriba abajo con unos ojos oscuros.

Ha llegado el momento de sacar a la chica de hermandad borracha que hay en mí: me vuelvo de gelatina bajo su agarre e intento parecer lo más atontada posible.

—¿No es el baño? —Levanto mi copa y derramo unas gotas en sus zapatos negros. Suelto una risita para dar más veracidad al asunto—. Tengo muchas ganas de hacer pis.

—Maldita zorra. Estás igual de borracha que el resto. —Me empuja lejos de la puerta, así que termino trastabillando, aunque él me ayuda a mantenerme en pie con una sola mano—. Largo. Si vuelvo a verte por aquí, te echaré a patadas. Primer y único aviso.

—Pero, espera, ¿dónde está el baño? —sigo fingiendo mientras trato de recuperar el equilibrio.

—Ya lo encontrarás. Vete. —El tono de su voz no deja lugar a réplica—. No te gustará lo que pasará si no te piras ya.

Suelto un gemido lastimero, como si no fuera más que una pobre chica indefensa y asustada.

—Vale, vale.

Me alejo a trompicones —esta vez sin forzarlo— y me agarro al codo de una desconocida para mantenerme en pie.

—¡Oye! —se queja la chica.

—Lo siento, casi me caigo.

Me abro paso de nuevo entre la multitud hasta que encuentro la mesa en la que están Ava y Spencer, y me dejo caer en el sillón, dejando a un lado mi copa medio vacía.

—¿Qué creías que iba a pasar? —se ríe Ava mientras me limpio la mano que llevo pegajosa por el alcohol—. Era imposible que llegases a entrar.

—Lo sé, pero quería comprobar si podía ver u oír algo.

Spencer se inclina hacia delante y baja la voz.

—Celine, ten cuidado. Si esto es lo que creéis, podrías salir herida o algo peor.

Su preocupación es sincera y muy dulce, pero no la necesito.

—No puedo hacer nada. No tengo una orden judicial ni una causa probable.

Si hay alguien que deba respetar la ley, esa soy yo. Aunque odio el hecho de pensar que alguien pueda estar herido mientras me veo obligada a esperar a que ocurra algo que fuerce una investigación.

—¿Qué tal la resaca? —Ava me da una palmadita en el hombro cuando pasa por mi escritorio hacia el final de mi turno al día siguiente.

Oculto la cabeza entre los brazos para tratar de amortiguar toda la luz y el sonido posible.

Me duelen los oídos con cada crujido de papel y cada portazo.

A pesar del ibuprofeno que he ido tomando de vez en cuando y de toda el agua que he engullido, parece que no logro deshacerme de esta brutal jaqueca.

Y todo ha sido por mi culpa. No bebo a menudo, así que suelo pasarme cuando lo hago.

—Uf. —Mi gemido ahogado es patético—. No pienso beber nunca más. —Levanto un dedo y apunto en su dirección—. Si me dejas hacerlo, pienso repudiarte como amiga.

Ava me agarra el dedo y me lo aparta para que deje de señalarla.

—Jamás harías algo así. Me quieres demasiado. Además, fue todo en nombre de la justicia, ¿no?

—Calla —replico, y la muy perra se ríe de mí.

—Eres una floja. Me parece increíble que la resaca te dure tanto. —Se aleja hacia la impresora para hacer una copia del documento que lleva en la mano.

—Gracias por constatar lo obvio. —Me apoyo en la silla y empiezo a parpadear hacia las luces de la oficina. ¿De quién fue la idea de poner estos horribles fluorescentes en los edificios?

Sé que no debería de haber pedido chupitos, que son demasiado para mí, aunque me ayudaron a fingir que estaba borracha. No obvié el hecho de que el guardia no me quitó el ojo de encima en toda la noche. Fue bastante inquietante, por decirlo con suavidad.

Las botas de Ava resuenan por el suelo cuando vuelve y se sienta encima de mi escritorio.

—Para alguien que no suele beber, engullías el tequila como si fuera zumo. Me sorprende que esta mañana hayas podido levantarte de la cama. —Extiende las manos y admira el esmalte rosa brillante, que es casi del mismo tono que su pelo—. Estaba convencida de que hoy te cogerías la baja.

—Lo cierto es que si Medianoche no me hubiera despertado clavándome las uñas en el brazo, seguramente no habría oído la alarma.

Ese mierdecilla se vuelve loco si no le doy de comer todos los días a la misma hora.

—En muchas ocasiones me he planteado la idea de darlo en adopción, pero no podría hacerle algo así a mi padre.

Puede que ya no se acuerde de Medianoche, pero yo sí que recuerdo cómo me suplicó que me hiciera cargo de su felino gruñón cuando aún estaba lúcido.

Además, temo que, si lo doy en adopción, el maldito gato sepa encontrar el camino de vuelta a casa y me raje el cuello mientras duermo.

Ava se aclara la garganta y me saca de mis pensamientos. Noto un brillo en sus ojos que hace que los míos se entrecierren con suspicacia.

—Avaaa —alargo la última sílaba de su nombre—. ¿Qué estás tramando?

—Voy a organizarte una cita a ciegas. —Casi da saltitos en el sitio mientras me cruzo de brazos y le echo un vistazo al reloj de pared que hay detrás de ella. Ya casi es la hora de irse.

—¿En serio? ¿Y cuándo pensabas decírmelo?

Me parece muy dulce que Ava quiera verme feliz, aunque también me resulta agotador. Es cierto que me encantaría encontrar a alguien que encajase conmigo, pero eso requiere tiempo, esfuerzo y dedicación, y ahora mismo carezco de todo eso.

—Spencer tiene un primo que es un amor. Creo que podría llegar a gustarte. —Extiende una mano y me coge las mías—. Dale una oportunidad, ¿vale? ¿Por mí? Jamás intentaría juntarte con alguien a quien yo no aprobara.

No es la primera vez que lo intenta. Las citas anteriores no han sido malas, pero sigo aferrada a la idea romántica de que quizá pueda encontrar a alguien de forma natural. Aunque para eso primero tendría que salir de casa un poquito más, cosa que no hago.

—¿Cómo se llama? ¿Y cómo es? —musito cuando me doy cuenta de que no conseguiré que se baje del burro. Con suerte, si le hago muchas preguntas, la convenceré de que lo cancele todo.

Ava coge el móvil y empieza a buscar con entusiasmo gracias al destello de esperanza que acabo de ofrecerle.

Me enseña la foto de perfil de un hombre muy atractivo.

Tiene el pelo negro azabache y lleva unas gafas de montura metálica que le hacen parecer un poco empollón, pero un empollón buenorro.

Siempre he tenido debilidad por los hombres con gafas, así que eso le da puntos extra.

Es delgado y tiene los ojos del color del océano.

En la parte superior, destaca su nombre en negrita: A SHER B ROOKS .