Enamorarse de un vampiro es un caos 5. Celine
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5. Celine

Celine

—Tienes que ponerte ese vestido corto rojo. Resalta tus pantorrillas. —Ava está sentada en la cama, apoyada en las manos, mientras me muevo incómoda bajo la intensidad de su mirada.

Pongo los ojos en blanco.

—No creo que nadie vaya a fijarse en mis pantorrillas.

—Tienes razón. —Me lanza una sonrisa triunfal—. Estoy segura de que todos te mirarán el culo.

La inauguración de la discoteca es esta noche, y Ava ha insistido en dejarme ropa, o más bien en quitármela, teniendo en cuenta lo empeñada que está en crearme un conjunto con las menos prendas posibles.

—¿Por qué no puedo ponerme esto? —Señalo mis vaqueros, mi chaqueta de cuero y la camiseta que llevo. Ella niega con la cabeza y camina hacia mí para sujetarme el vestido rojo contra el cuerpo.

—A pesar de que sé que has accedido al plan por otros motivos, esta noche salimos de fiesta. Todo el mundo irá con las tetas y el culo fuera. Desentonarás mucho si no llevas un vestido. —Rebusca en su armario unos instantes antes de sacar el mismo minivestido en color negro—. ¿Y si te pones este?

Suspiro y extiendo la mano hacia ella, aceptando mi derrota. Al menos es negro.

—De acuerdo, pero pienso llevar la chaqueta de cuero por encima. —Ava aplaude y me indica que use el baño para cambiarme. Suspiro con fuerza. Un segundo antes de que logre cerrar la puerta, me lanza a la cara un sujetador de encaje con push-up .

—¡Señorita! Cuidado con lo que vas lanzando por ahí. Casi me matas con esa cosa. Estoy segura de que lleva al menos cinco kilos de relleno —grito cuando dejo de ver por culpa de la delicada tela. Recibo una risita diabólica a modo de respuesta.

Me quedo solo con mi ropa interior negra básica antes de echar la cabeza hacia atrás, mirar al techo y tomarme unos segundos para prepararme mentalmente antes de embutirme en ese vestido tan ceñido.

Lo saco de la percha y me lo voy bajando poco a poco por el cuerpo mientras admiro el pecho y las caderas tan bonitas que me marca.

No tengo muchas curvas ni soy muy generosa de escote, pero este vestido y el sujetador con push-up crean una ilusión bastante convincente.

Me aliso la tela elástica y le quito una pelusa antes de ponerme la chaqueta de cuero y sacarme el pelo para que me caiga por la espalda.

Puede que Ava me haya convencido de que me embuta en este vestido, pero pienso llevar mi chaqueta.

Sé que muchas chicas son capaces de aguantar las inclemencias del tiempo de Chicago con unos conjuntos muy reveladores, pero yo no.

Jamás escogería verme guapa antes que algo práctico o calentito.

Me doy la vuelta para mirarme desde todos los ángulos y me sorprende bastante el resultado.

Tengo el pelo sedoso y liso, ya que antes me he pasado la plancha.

Con la cantidad de lluvia que hemos tenido últimamente, no puedo fiarme del tiempo ni de mis ondas rebeldes.

El marrón de mis iris se ve acentuado por el rímel y las pestañas postizas.

Por suerte, Ava solo me ha puesto algunas en las esquinas, no la tira completa; si lo hubiera hecho, me habría sentido como si tuviera orugas en los ojos.

Parece que aprendió la lección cuando salimos de fiesta hace unos meses y no dejé de parpadear en toda la noche.

Se rio mucho de mí y me dijo que parecía que trataba de ligar con todo el mundo.

Una sombra cálida y rosa brillante me tiñe los párpados, y llevo un ahumado negro mate en las comisuras de los ojos.

He de admitir que, a pesar de que todo este maquillaje se sale de mi zona de confort, en conjunto me hace sentir que estoy buenísima, que soy poderosa y que puedo con todo.

Me doy un último retoque con un poco de pintalabios rosa y abro la puerta para esperar la aprobación de Ava.

—Joder, chica. Tienes que vestirte así más a menudo. Tus clases de boxeo están surtiendo efecto. —Suelta un silbido y se queda con las manos en las caderas—. ¡Espera! Falta el toque final. —Coge un par de botines negros con tachuelas y los deja delante de mí.

Me siento en su cama para ponérmelos mientras ella se decanta por unos tacones.

Su vestido es de color champán y se amolda a la perfección a su cuerpo definido, a la par que deja al descubierto sus largas piernas.

Se ha hecho una cola de caballo alta, como la que suelo llevar yo casi siempre, y se ha soltado algunos mechones rosas que le enmarcan el rostro.

—¿Veredicto? —Nos ponemos frente al espejo de cuerpo entero que tiene colgado en la pared mientas entrelaza su brazo con el mío y me sonríe—. Parecemos un par de guarronas —responde por mí.

—Spencer no podrá apartar los ojos de ti. —Sé que ambos se abstraerán en su pequeño mundo en cuanto pongamos un pie en la discoteca.

Ava siempre me promete que no me dejará colgada cuando salimos de fiesta, pero no puede evitarlo.

En cuanto se junta con su novio, suelen perder la noción del tiempo y el espacio.

Una parte de mí siente envidia. Me encantaría encontrar a alguien así, alguien a quien quiera tanto que el resto del mundo no pueda compararse con su compañía.

—Hablando de Spencer, ya está aquí. Coge el bolso y ¡vámonos! —Se echa un poco más de perfume, que me hace toser cuando se me mete directamente en los pulmones. Agito la nube de fragancia con la mano antes de seguirla.

—Me tienes preocupada, Celine —dice en un tono suave que contradice su habitual efervescencia.

—¿Qué es lo que te preocupa? —le pregunto mientras entramos en el ascensor.

Ava me echa una mirada con la que me quiere decir: «¿Lo dices en serio?».

—Venga ya. Te dedicas a hablarle a un gato con el que mantienes una relación de amor-odio y nunca te veo hacerle caso a nada que no sean tus informes, así que no te das cuenta de la cantidad de hombres a los que les llamas la atención.

—Las puertas del ascensor se abren y nuestros tacones resuenan por el suelo de baldosas—.

Sé que no eres de fiestas, pero tienes que obligarte un poco a salir y conocer a gente nueva.

No puedes detener toda tu vida para cuidar a todos los que te rodean.

Una corriente de aire me saca el pelo que llevo por debajo de la chaqueta, y este me hace cosquillas en la nariz. Me lo coloco detrás de la oreja para que no me moleste.

—Si me prometes que vas a estar con el oído puesto durante toda la noche, yo te prometo que me dejaré llevar un poquitín. —Junto el índice y el pulgar dejando un espacio mínimo entre ellos para enfatizar así mi argumento.

—De acuerdo. Aunque espero que sea más que un poquitín.

—Me rodea con el brazo y me empuja para abrazarme de lado—.

Creo que la única vez que te he visto soltarte el pelo es cuando las dos nos emborrachamos después de lo de Ren Evans.

—El día que el protagonista masculino de nuestra serie romántica favorita anunció que se marchaba, ambas nos pusimos muy tristes.

—Todavía no me he recuperado de eso —musito secándome una lágrima invisible del ojo.

Ava parece estar de acuerdo, aunque pronto pega un chillido antes de lanzarse a los brazos de Spencer, que nos está esperando apoyado en su coche con el motor en marcha.

Spencer es un hombre muy atractivo, y me parece un buen partido para Ava.

No sé cómo lo hace, pero consigue equilibrar su energía caótica con un aura tranquila.

Es todo un caballero, siempre le abre la puerta, le manda flores a la oficina y le prepara la cena.

A pesar de que son un par de cursis cuando están juntos, sé que también saben disfrutar por separado y que siempre se dan espacio el uno al otro.

Si algún día encuentro a mi pareja ideal, espero que se parezca un poco a Spencer.

No creo que pudiera soportar a alguien que no fuera autosuficiente y necesitara supervisión constante.

—Su carruaje, milady. —Con un gesto, Spencer le ofrece el asiento del copiloto a Ava.

Doy golpecitos con los botines en el suelo y me cruzo de brazos como si estuviera enfadada.

—¿Y qué soy yo entonces, el último mono?

Él abre una de las puertas de atrás y me guiña un ojo.

—Claro que no. Quizá el bufón de la corte —se ríe de su chiste.

Lo fulmino con la mirada, aunque en broma, y me meto en el coche con toda la elegancia que puedo, tratando de no mostrarle mis partes íntimas al portero de Ava ni al resto de peatones que pasan por allí.

—¿Me podrías decir otra vez a quién se supone que estamos buscando? —Ava se vuelve en el asiento para mirarme en cuanto arrancamos.

Abro la aplicación de notas del móvil.

—Según mi investigación, el dueño de la discoteca se llama Damien Black.

También tiene otras dos en Los Ángeles y Miami.

Parece que es un empresario de éxito, aunque no hay mucha información sobre él en internet.

Se mantiene en el anonimato la mayor parte del tiempo. Parece que no tiene ni hijos ni pareja.

Habitualmente, no compartiría los detalles de un caso con Ava, y mucho menos con Spencer presente, pero, como aún no hemos empezado a investigar —al menos, no de momento—, no necesito filtrar lo que les cuento.

—Ajá. —Ava se da golpecitos en la barbilla, pensativa—. ¿Y cómo se supone que sabemos que está envuelto en el tráfico de personas si casi no hay información sobre él?