Enamorarse de un vampiro es un caos 3. Celine
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3. Celine

Celine

—Buenos días, Celine —me saluda una voz alegre cuando llego a la comisaría al día siguiente.

Antes de sentarme, cuelgo la chaqueta de cuero en el respaldo de la silla y agarro el archivo que se encuentra en el centro de la mesa.

Ava, la secretaria del capitán Barnes y mi mejor amiga, me sonríe desde su despacho.

Lleva el cabello ondulado de un color rosa pastel y una blusa blanca holgada, todo lo contrario a mi melena de color ébano y mi conjunto negro. La conocí el primer día de trabajo, hace dos años, y pronto nos hicimos amigas, a pesar de que me costó un poco acostumbrarme a su energía desbordante.

En nuestro oficio, o eres muy optimista y alegre como ella o más bien realista y seria como yo.

Supongo que estos dos enfoques tan distintos son para tratar de compensar las locuras que tenemos que ver día sí y día también.

Alguien una vez me dijo que era una cascarrabias, pero creo que eso es pasarse.

Esta profesión puede llegar a ser muy dura.

—¿Estás emocionada porque te ha tocado el caso del Asesino del Caos? —No para de mover el bolígrafo que tiene en las manos, como si necesitara encontrar la forma de liberar toda la energía contenida.

—¿Así es como lo llaman? —le pregunto sin levantar la mirada del archivo, aunque por el rabillo del ojo veo que no deja de gesticular—. Se supone que no debemos poner nombres a los casos. —Arqueo una ceja en su dirección y trato de no reírme.

—Lo sé —sonríe mientras cruza las manos con recato sobre el escritorio—. Pero todos esos asesinatos son tan… —mueve una mano con la manicura perfecta para buscar la palabra adecuada— … macabros y sangrientos. No me negarás que es fascinante que alguien sea capaz de cometer ese tipo de crímenes.

—¿Cómo es que sabes tanto sobre el caso? —le pregunto, ya que, a pesar de ser la secretaria, no debería estar al tanto de los detalles confidenciales.

—Durante una cena, el detective Kerr se pasó con la bebida y se fue de la lengua conmigo y con otros compañeros.

Se puso a despotricar sobre que no podía soportarlo más y compartió muchos datos que probablemente no tendría que haber soltado.

Supongo que este caso ha sido un punto y aparte para ese chico.

Lo sabrías si salieras más a menudo con nosotros.

—Me mira con firmeza—. Todos han hecho un muy buen trabajo para tratar de encubrir la mayoría de los asesinatos, pero ahora que los medios de comunicación están empezando a enterarse, estoy segura de que empezará a cundir el pánico.

—Da toquecitos con el dedo sobre el periódico que hay encima de la mesa.

Recuerdo que Barnes mencionó la cantidad de detectives que habían abandonado el caso mientras íbamos de camino a la escena del crimen.

—El capitán me ha dicho que confía plenamente en mí. —Hojeo todas las páginas mientras murmuro por lo bajo—: Sin presión.

Quiero estar a la altura de sus expectativas. El capitán Barnes ha confiado en mí desde el primer momento. A veces creo que piensa que debe compensar la ausencia de mi padre. Supongo que ve su legado en mí y en mi potencial, lo cual puede llegar a ser demasiado.

—Sé que conseguirás llegar hasta el fondo del caso. Siempre lo haces. De no ser así, no te habría dado el ascenso. —Ava se vuelve hacia el ordenador y oigo cómo empieza a teclear con sus uñas largas. No sé cómo soporta llevarlas así. Yo siempre mantengo las mías muy cortas.

Me pongo de pie y me dirijo hacia la cafetera que hay en la sala de descanso, a pesar de que sé que el café de ahí es malísimo.

Dios mío, tengo que convencer a los de arriba para que nos pongan una Nespresso. ¿Cómo se supone que debo concentrarme en las investigaciones si no consigo mi dosis de cafeína?

Me vuelvo al oír unos pasos que se acercan y veo que se trata de Ava, que lleva mi chaqueta de cuero colgando de los dedos y las cejas arqueadas.

—¿Bean Hive? —Sonríe al mencionar el nombre de nuestra cafetería favorita.

—Gracias por tanto. —Agarro la chaqueta, me la pongo y la sigo hacia la salida—. Imposible concentrarme hoy sin mi dosis diaria de cafeína.

—Yo me ocupo, amiga. —Ava me da una palmadita en la espalda.

—Pero esta vez invito yo. —Me detengo y la miro a los ojos antes de que pueda abrir la puerta—. La última vez pagaste tú, así que hoy me toca a mí.

—Gracias, papi. No pienso negarme a un café gratis. —Se adelanta y me sujeta la puerta.

El viento de octubre me despeina los mechones oscuros sobre el rostro.

Me quito la goma de pelo que llevo en la muñeca y me hago una coleta.

Bean Hive se encuentra a unos minutos andando de la comisaría, así que muchos de nuestros compañeros van y vienen durante el día.

Me hubiera conformado con el café de esa máquina horrorosa, pero no sé decirle que no a Ava.

Ella suspira a mi lado.

—Tienes un pelo largo y precioso, y siempre lo ocultas con esas coletas que te haces. —Me da un tirón en la punta.

Me encojo de hombros y me aferro aún más a la chaqueta cuando el viento comienza a soplar con fuerza.

—Tengo mucha cantidad, y siempre se me mete en los ojos.

A pesar de lo que le acabo de decir, jamás se me ocurriría cortármelo.

Mi padre siempre me decía que le encantaba mi pelo largo. Incluso ahora, a pesar de que ya no me reconoce, cada dos por tres hace algún comentario sobre lo bonito que lo tengo.

La última vez que le vi, me dijo: «Mi hija tiene diez años y también tiene un pelo precioso. Le llega más o menos a la mitad de la espalda. He aprendido a hacer trenzas solo por ella».

Continuamos andando por la calle hasta que llegamos a la cafetería.

Me detengo justo antes de extender la mano para agarrar el pomo de la puerta, lo que provoca que Ava se tropiece conmigo.

—¿Qué ocurre? —Mira de nuevo hacia la calle mientras me doy la vuelta para observar los alrededores.

En nuestro trabajo, pronto te vuelves una paranoica, así que el escalofrío que me recorre la espalda me pone en guardia. Miro a derecha e izquierda, y después detrás de nosotras.

—Nada —musito antes de escanear por última vez toda la zona—. Me ha parecido que alguien me estaba observando.

Ava hace una pausa y mira de nuevo hacia la calle.

—Yo no veo a nadie.

—Imaginaciones mías —digo, aunque no consigo deshacerme de esa sensación tan incómoda.

Al entrar en el local, el aroma a café recién molido me invade de lleno.

Suelto un suspiro feliz y sonrío cuando la propietaria, Luna, nos ve y nos guiña un ojo mientras se acerca para que le pidamos lo de siempre.

Encontramos una mesa vacía en la esquina trasera, rodeada de plantas, y esperamos allí a que nos prepare nuestros cafés con leche.

La decoración de la cafetería es una mezcla entre moderna y rústica.

De las paredes de ladrillo rojo cuelgan varias plantas y algún que otro cuadro ocasional que muestra unos granos de café que parecen abejas.

Hay varios sillones, sillas que parecen muy cómodas y mesas de madera natural esparcidas por toda la sala; unas bombillas Edison colgantes iluminan el espacio.

—¿Qué tal va tu padre? —La pregunta me devuelve a la realidad.

—Igual que siempre. —Trazo una espiral en la mesa con el dedo—. No puedo evitar albergar la esperanza de que algún día se cure por arte de magia, aunque sé que no ocurrirá. En la residencia lo cuidan muy bien, así que de momento no puedo quejarme.

Al darse cuenta del poco entusiasmo que transmito, Ava decide aparcar ese tema mientras saca un trozo de papel del bolso y lo pone encima de la mesa.

—¿Sabes lo que necesitas? Salir un rato y pasártelo bien.

Echo un vistazo al papel y no consigo evitar la mueca de desdén que se me dibuja en el rostro.

—¿Una discoteca? Ava, no sé cuántas veces tengo que decírtelo, pero ese no es mi rollo.

—Agarro el panfleto e intento quitarle las arrugas.

Anuncia que van a inaugurar una en el centro de la ciudad—.

¿Por qué no vamos a pintar cerámica? ¿O al cine, como solemos hacer?

Nuestro actor favorito sale en una nueva película que ya está en cartelera.

—Intento convencerla para que hagamos una actividad un poco más introvertida.

Ava es social por naturaleza y se le da bien todo, pero yo soy más de quedarme acurrucada en el sofá leyendo, o de ir al pequeño gimnasio en el que suelo practicar boxeo. Este deporte siempre me ayuda a aclararme la mente y canalizar mis frustraciones.

—Venga ya. —Pone los ojos en blanco—. Solo sabes estar en casa y hablarle a ese maldito gato.

Abro la boca, indignada, para tratar de refutárselo, pero ella me observa con severidad, lo que me hace recular.

—Celine —me suplica, cogiéndome de las manos—, eres una mujer inteligente, guapísima y soltera que se merece tener un poco de emoción en la vida.

¡Salgamos, bailemos, bebamos y pasémoslo bien!

Quizá incluso te enrolles con alguien —me dice mientras se contonea un poco, y yo suspiro al ver cómo escanea la cafetería buscando a algún posible pretendiente—.

Tú, no yo, por supuesto. Yo tengo a Spencer.

El resto de los clientes son, en su mayoría, personas mayores y universitarios que están trabajando en su portátil.

Le doy un codazo a Ava cuando entabla contacto visual con un estudiante y le guiña un ojo, justo antes de señalarme con la cabeza.

El chico me mira y sonríe, lo que provoca que me tape la cara para esconderme de él.

No soy virgen, pero me temo que a estas alturas mis partes íntimas estarán cubiertas de telarañas, y no es que pretenda que eso cambie dentro de poco.

Mi trabajo y mi padre siempre serán lo primero en mi vida.

No es que no me atraiga la idea de tener novio, pero para eso hay que esforzarse, ya sea saliendo de casa o metiéndose en una app de citas. Y, para ser sincera, los hombres son como las plantas: si no los riegas de vez en cuando, se mueren, y yo no tengo mucha mano para la jardinería.

Luna se acerca con nuestros cafés con leche y me salva de que Ava continúe avergonzándome.

Inclino la cabeza hacia ella para agradecérselo en silencio, tanto por el café como por la ayuda.

Ava me lanza una mirada de desaprobación, como si supiera exactamente lo aliviada que me siento por haberme librado de sus fechorías.

—¿Estáis investigando algún caso interesante, chicas?

—nos pregunta Luna con los ojos brillantes.

Tiene más o menos nuestra edad y ha decidido abrir su propio negocio.

Su cafetería va viento en popa. A veces incluso hay colas de gente esperando para entrar en Bean Hive temprano por la mañana.

Me parece muy inspirador lo que ha hecho con este lugar.

Finjo cerrarme la boca con cremallera, y Luna hace un puchero, logrando así que Ava se ría mientras le da un sorbo al café.

—¿Estáis investigando la red de tráfico sexual que hay en Chicago? —pregunta con tanta despreocupación que no puedo evitar echar un vistazo para asegurarme de que ningún otro cliente la haya oído.

—¿Qué? —Bajo la voz—. ¿Cómo que una red de tráfico sexual? —No me han informado de que haya ninguna ahora mismo, pero no me sorprendería. Hay demasiados casos en activo, y no he tenido tiempo de ponerme al día con todos.

Luna se inclina hacia nosotras y nos susurra:

—Dicen que la nueva discoteca que abre en unos días, Vex, es en realidad una tapadera, y que en los sótanos se dedican a secuestrar mujeres. Si es cierto, ¡qué horror!

—¿De dónde has sacado esa información? —Me asombra su acusación, y Ava me mira con los ojos como platos.

—Tengo mis fuentes. ¡Dame un segundo, Z! —le dice Luna a un cliente con gafas y el pelo rojo. El chaval sonríe en nuestra dirección, pero le ignoro. Tengo cosas más importantes que hacer que sonreír a un chico mono.

Me vuelvo hacia Ava con una sonrisa.

—¿Sabes qué? Creo que me apetece salir esta noche.

Ava se desploma con un suspiro.

—¿Por qué no me sorprende que esta sea tu motivación para salir de fiesta? Pero, oye —dice mientras se inclina hacia atrás y levanta las manos—, si con esto consigo sacarte de casa, adelante.