Enamorarse de un vampiro es un caos 2. Celine
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2. Celine

Celine

La mayoría de las chicas de veintiséis años que conozco suelen pasarse el fin de semana de copas con las amigas. Pero ¿yo? Yo me encuentro frente a lo que parece ser un burdo intento de crear una carita sonriente con cabezas decapitadas y extremidades humanas.

Pero ¿qué cojones…?

Inclino la cabeza, desconcertada, mientras intento procesar lo que estoy viendo.

—Detective Brennan.

Levanto la cabeza de golpe al oír mi nombre. El capitán Barnes me saca de mi trance.

—¿Sí, capitán? —Me apoyo en el otro pie para equilibrarme y me llevo las manos a las caderas antes de volverme para quedar frente a él.

Él se rasca el bigote.

—Sé que es tu primer caso tras el ascenso, pero debo decirte que no es algo inusual. He pensado que debías saberlo.

El capitán Barnes es un hombre robusto que impone bastante.

Lleva el pelo castaño rapado y sus ojos oscuros transmiten una actitud seria que reta a cualquiera a que intente engañarlo.

A nadie le sorprende que tenga la tasa de resolución más alta en todo el departamento con esa mirada escrutadora.

Espero no tener que verme jamás al otro lado y ser objeto de su ira.

Conozco a este hombre desde niña. Mi padre también era detective, así que el capitán Barnes prácticamente me ha visto crecer.

—Señor —respondo en un tono neutro—, ¿quiere decir que suelen encontrarse a menudo con caritas sonrientes hechas con trozos de personas? —Intento respirar por la boca, ya que el aroma a sangre y bilis es asfixiante.

¿En qué lío me he metido? Quizá tendría que haberme conformado con ser agente y dedicarme a patrullar las calles.

El capitán niega con la cabeza.

—Por desgracia, sí. Llevamos años investigando muchos asesinatos que siempre terminan con estas representaciones tan grotescas e infantiles.

Juraría que he oído un bufido de incredulidad seguido de un «¿Cómo que infantiles?», pero, cuando echo un vistazo a mi alrededor, compruebo que en esta parte del almacén solo estamos Barnes y yo.

El capitán me pone una mano en el hombro y me lo aprieta.

—Sé que no te han informado del todo, ya que acaban de ascenderte, pero eres uno de los talentos más prometedores del equipo.

Tus últimas investigaciones han sido impecables, y necesitamos que nos ayudes a resolver esto.

—Se pasa una mano por la cabeza—. Entendería que fuera demasiado para ti.

Ya he perdido a varios oficiales que no han podido soportarlo.

—Hace un gesto hacia las extremidades apiladas y los charcos de sangre.

Hay demasiada sangre. No suelo ser aprensiva, pero en esta ocasión me cuesta aguantarme las arcadas.

Intento calcular de cuántos cuerpos estamos hablando como para que haya tanta sangre, pero mi cerebro no parece querer darme una cifra concreta; se limita a indicar un «muchos».

—De acuerdo —suelto con pesar mientras echo un vistazo a los cadáveres desperdigados por el almacén—. Muchas gracias por la sinceridad, pero me las apañaré. — Al menos eso creo —. ¿De cuántos asesinatos estamos hablando?

El capitán Barnes suspira y coge una gruesa carpeta que le tiende otro detective. Comienza a pasar las páginas y cuenta en voz alta. En el último mes ha habido tres escenas del crimen idénticas a esta.

Me quedo boquiabierta. Jamás he visto algo así.

—¿Te importa si le echo un vistazo? —Extiendo la mano y él asiente.

Las fotografías que contiene la carpeta de manila son muy gráficas, y no puedo evitar hacer una mueca al ver una enorme cantidad de cuerpos humanos manipulados de formas que ni siquiera creía posibles.

Tres delitos en un mes me parecen demasiados, sobre todo teniendo en cuenta que la media de muertes por caso es de un mínimo de diez.

Matar a una sola persona de esta manera debe de ser agotador, así que no puedo ni imaginar lo que será cargarse a tantas.

No tiene sentido. Casi parece imposible.

—Todos estos casos son muy sangrientos, pero siempre tiene tiempo para limpiar —dice haciendo las comillas con los dedos— y dejarnos la escena del crimen justo como él quiere. Y jamás se olvida de plasmar su firma hecha con sangre.

Se vuelve para señalar una carita sonriente muy cutre con… ¿Eso son colmillos? El autógrafo parece repetirse en todos y cada uno de los casos. Camino hacia la masacre y paso por encima de un torso desmembrado para ver la firma desde un lado.

—Menuda panda de psicópatas —susurro—. Porque será una banda, claro.

Es imposible que esto lo haya hecho una sola persona.

El capitán Barnes suelta una risa ahogada.

—Es como si persiguiéramos a un fantasma.

Nunca hay restos de ADN, y cada vez que encontramos la huella de un zapato, siempre es de la misma talla.

Sé que no tiene sentido que solo haya un sospechoso, pero…

—Suelta un suspiro cansado—. Ah, y otra cosa más.

—Barnes se rasca la nuca y exhala—. El común denominador de estos asesinatos es que todas las muertes son de criminales.

Ha aniquilado a varias organizaciones que llevábamos años intentando desmantelar.

Me vuelvo para mirarle de frente.

—¿Todas? —Me quedo anonadada mientras trato de pensar quién sería capaz de hacer algo así y qué motivos tendría para ello.

¿Acaso estamos cara a cara con un Dexter de carne y hueso?

—Todas. —El capitán parece tan confundido como yo, lo que me indica que tengo mucho trabajo por delante.

Vuelve a echar un vistazo a la escena—. Solo te lo confesaré a ti, pero me alegra que alguien se esté deshaciendo de tantos violadores, pedófilos y traficantes.

No tenemos suficiente personal para pararles los pies a todos.

El capitán se aleja cuando le llama otro oficial.

Suspiro y me aparto el pelo mojado del rostro.

Me alegro de que al menos uno de los dos albergue algo de esperanza.

Esta escena del crimen no se parece a nada que haya visto antes.

Durante mis años de entrenamiento tuve que enfrentarme a todo tipo de locuras, y me encantan las películas de terror, pero esto se lleva la palma.

Suelto el aire que contenía y una sombra en el techo me llama la atención, aunque no distingo nada cuando alzo la mirada.

—Probablemente sea una puta rata —me digo—. Odio las ratas.

Lanzo las llaves del piso al cuenco que tengo en la entrada y me quedo de pie en silencio. Lo cierto es que hoy no tenía planeado enfrentarme a una banda de asesinos en masa que crean obras de arte con intestinos humanos y que solo se dedican a cargarse a criminales.

De pronto, una cabeza peluda aparece y se restriega contra mi pantorrilla, así que bajo la mirada para encontrarme con Medianoche, mi gato heredado.

Me niego a decir que es mío, ya que estoy segura de que me dejaría a la primera de cambio si alguien le ofreciera más chuches que yo.

Su pelaje negro azabache hace que se camufle a la perfección entre las sombras, salvo por sus ojos amarillos y brillantes.

—No te pienso acariciar —le advierto, y me aparto de él.

El gato sisea ante tal osadía—. Me lo imaginaba.

Conozco muy bien este juego. —Agarro una lata de comida húmeda del estante de la cocina y empiezo el ritual de todos los días para alimentar a este cascarrabias—.

Siempre intentas camelarme para salirte con la tuya.

Medianoche camina con elegancia como todo un príncipe presumido y salta a la encimera para esperar con impaciencia a que termine de prepararle la cena. Le veo recoger la cola alrededor de sus patitas peludas para actuar como si fuera un alma inocente.

—Siento mucho no haber podido venir antes, pero mejor tarde que nunca, ¿no?

Apoyo el codo en la encimera mientras le observo lamer la lata cuando se la pongo delante.

Intento resistir el impulso de rascarle detrás de la oreja.

Aunque parezca mono, es un matón. Tengo un comedero automático de pienso para gatos programado a distintas horas durante el día, pero Medianoche necesita su lata húmeda a diario si no quiero que se desate el infierno en casa.

Observo al gato y no puedo evitar pensar en mi padre y su situación.

Mis padres estaban perdidamente enamorados hasta que dejaron de estarlo.

Se supone que siempre es «hasta que la muerte nos separe», ¿no?

Al parecer, mi madre no estaba del todo de acuerdo con eso.

A mi padre le diagnosticaron demencia precoz a los cincuenta años, y eso la destrozó.

Los síntomas empezaron a aparecer poco a poco: se le olvidaban las fechas, faltaban productos en la lista de la compra y repetía preguntas para respuestas que ya habían sido dadas.

Pero luego todo fue a peor. Comenzó a deambular, a perder cosas importantes y dejó de reconocer a todo el mundo.

Mi madre entró en pánico y no pudo soportarlo, a pesar de que la responsabilidad de una esposa es ayudar a su cónyuge en sus mejores y peores momentos. En cuanto el médico nos confirmó que la enfermedad no pararía de avanzar y que tendrían que internarlo en una residencia, mi madre salió por patas.

Llevo sin hablar con ella desde ese día, a pesar de que desde entonces ha intentado llamarme varias veces. ¿Para qué? No tengo ni idea. Quizá se sienta culpable o quiera pedirme perdón.

Cuando se marchó, no solo lo abandonó a él. Yo tenía dieciocho años. Necesitaba a mi madre, y ella desapareció. Ese golpe fue mucho más duro que el diagnóstico de mi padre. Él al menos no eligió olvidarse de mí.

Fue brutal ver cómo el hombre fuerte y orgulloso que había sido mi padre se iba deteriorando hasta terminar siendo el cascarón de lo que una vez fue. En sus mejores momentos fue un detective muy querido y brillante, y me dolió mucho ver cómo iba perdiendo esa parte de él.

Espero que la mayoría de la gente no conozca nunca el insoportable dolor de entrar en una habitación y que una de las personas más importantes de su vida no la reconozca.

La primera vez que ocurrió sentí como si me clavaran un cuchillo y me desgarraran por dentro, y acabé llorando en el sofá después de volver de visitarle. Creo que esa fue una de las pocas veces que Medianoche se acercó a consolarme y no me arañó.

A pesar de ser un mequetrefe, el gato es uno de los últimos vínculos que mantengo con mi padre. Fue su compañero de vida durante diez años, y me pidió que cuidara de él cuando todavía estaba lúcido.

—No confío en nadie más para que se quede con él —dijo mientras le daba una última caricia afectuosa a Medianoche.

Insistí en que se lo quedara porque he leído que las mascotas pueden ayudar a los pacientes con demencia, pero él, con lágrimas en los ojos, me dijo que yo lo necesitaría más, a sabiendas de que iba a quedarme sola en casa.

—¡Au! —Me froto el tobillo, justo donde Medianoche ha decidido darme un mordisco. Al mirar hacia abajo, veo que me está mirando con esos ojos pequeños y brillantes mientras mueve la cola detrás de él—. Ya te he puesto la cena y me he disculpado por haber llegado tan tarde.

Él refunfuña y yo pongo los ojos en blanco antes de dirigirme hacia mi habitación y cerrar la puerta para asegurarme de que no entre. Noto que me pesa el cuerpo por el cansancio y no consigo conciliar el sueño. No al recordar la clase de trabajo que me espera mañana.