Enamorarse de un vampiro es un caos
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1. Zavier
Zavier
Oír a los hombres pedir clemencia es algo que siempre me hace sonreír.
No estoy muy seguro de en qué lugar me deja eso, pero, después de haber vivido trescientos años, gracias a los asesinatos recupero la chispa de la vida.
—¡Puto enfermo! —me grita un hombre repugnante y barrigudo desde el suelo mientras se aferra al muñón en el que antes se encontraba su pierna.
El pelo grasiento se le pega al rostro, y veo cómo le sale disparada la saliva de la boca cada vez que me grita.
Casi consigue mancharme los zapatos buenos que llevo puestos.
Los miro con el ceño fruncido, ya que últimamente les he tomado cariño. Doy un paso atrás para evitar cualquier posible incidente.
Sacudo la cabeza y me río.
—Me han dicho cosas peores. Por cierto, cuidado con los zapatos —le respondo.
No quiero que ni una sola gota de sus fluidos corporales caiga en ellos. No es que me preocupe dejar rastro o ADN, sino que comprobar lo limpio que puedo acabar tras un asesinato se ha convertido en una especie de juego para mí.
Además, no me gusta la sangre, a no ser que sea para bebérmela. E incluso para eso soy muy tiquismiquis.
Echo un vistazo a la sala para apreciar bien mi trabajo.
Veo charcos de sangre y extremidades por todo el suelo del almacén.
Cabezas decapitadas, dientes rotos e intestinos arrancados de cuajo cuelgan de las paredes como si fueran guirnaldas.
Lo que empezó siendo una pandilla de cuarenta hombres se ha visto reducida a uno, y la escena se ha convertido en una obra maestra pintada de carmesí.
Sonrío de nuevo al único superviviente y, despacio, me dirijo hacia él. Mis pasos resuenan sobre el suelo de hormigón. Los otros sonidos que se oyen son el de la lluvia que azota fuera y el de la respiración entrecortada de mi compañero, que está a punto de morir.
Vuelve a gritar conforme me acerco, y reconozco el miedo en sus ojos.
Me encanta cuando gritan. Lo que más me alimenta es el terror que se refleja en su mirada. Me gusta ver cómo los hombres que han cometido actos horribles al final experimentan un ápice de lo que en su momento sintieron sus víctimas.
—¿Por qué haces esto? —lloriquea mientras intenta arrastrarse para alejarse de mí, aunque sus esfuerzos son inútiles. Lo único que consigue es acelerar la hemorragia de la arteria femoral que tiene seccionada, y cada vez está un paso más cerca de unirse a sus compañeros en el más allá.
—Creo que ya lo sabes, Peter. —Me deleito al lamerme los colmillos y meterme las manos en los bolsillos mientras sigo acercándome a él.
Me divierte provocar a hombres poderosos. Qué ridícula me parece esa palabra.
Lo cierto es que todos son patéticamente humanos, y puedo romperlos con facilidad en cuanto consigo dar con ellos. Llevo más de un siglo sin tener una afrenta seria.
—¡Por favor! Te lo suplico. —No deja de moquear, y su hedor corporal envuelve el aire, lo que me hace fruncir la nariz de puro asco.
Su tono de piel es ceniciento, y no solo por el miedo.
Casi se le ha acabado el tiempo, y parece que lo sabe—.
¡Haré lo que me pidas! ¿Quieres dinero? ¿Armas?
¿Drogas? Te juro que puedo proporcionarte todo eso y más.
Conozco a mucha gente —me suplica con las manos en alto mientras veo cómo la sangre sigue su curso.
Los latidos de su corazón son cada vez más lentos.
Se le van cerrando los párpados por el cansancio.
—Mmm… —Me doy golpecitos con el índice en la barbilla mientras finjo sopesar su oferta—. ¿Estás seguro de que podrías hacerme ese favor? —le digo para jugar un poco más con él—. Lo cierto es que ando un poco mal de dinero.
Él asiente con fervor.
—¡Sí! Tan solo deja que llame a mis hombres para que lo solucionen.
Qué inocente. Cree que todavía puede hacer algo para salvarse, a pesar de que la muerte está llamando a su puerta. Me encanta ver ese atisbo de esperanza en su mirada antes de arrebatárselo del todo.
—Te queda… —Le echo un vistazo a mi muñeca desnuda—. Menos de un minuto, Peter. Seamos serios. Creo que nos estás haciendo perder el tiempo a los dos.
—¡Muérdeme! Conviérteme en… lo que sea que eres tú.
Anda, así que por eso ha intentado sobornarme.
No reprimo la risita genuina que se me escapa de la garganta.
Supongo que estos tres últimos siglos de vida —o como se llame esto— me han dejado un tanto desquiciado.
Pero sé que no puedo confiar en que la policía vaya a hacer bien su trabajo.
Me aburro. Así que, ya que estoy, he decidido ayudarles a limpiar las calles y causar de paso un poquito de caos por mi cuenta.
Recojo su móvil del suelo, después de habérselo pateado antes, y se lo tiendo. Tiro de la tubería de plomo oxidada que aún sujeta la mano que le he extirpado a una víctima, y, sin que le dé tiempo a parpadear, se la aplasto contra el brazo, lo que le hace gritar de nuevo y soltar el teléfono.
El móvil cae contra el cemento y la pantalla se parte en dos.
Qué frágiles son.
Los humanos.
Sus cosas.
Todo.
Todo menos yo.
—¡Joder! —Las lágrimas resbalan por la cara de Peter igual que las gotas de lluvia caen por el exterior de las ventanas mientras lloriquea y se aprieta el brazo—. Pero ¿a ti qué te pasa? Por favor, por favor, por favor, no me mates. Tengo mujer.
—¿Acaso creías que tu miserable ofrenda llegaría a interesarme? —Inclino la cabeza y chasqueo la lengua—. Llevo con vida más tiempo del que podrías llegar a imaginar y he tenido acceso a todo lo que puedas ofrecerme e incluso a más.
Suspiro al darme cuenta de que se nos ha acabado el tiempo.
—Pensaba que me resultarías más divertido, Peter.
—Vuelvo a chasquear la lengua y le apunto con el dedo—.
Además, ¿cómo pretendes usar de excusa a tu mujer para evitar que te mate?
¿Piensas en ella mientras te dedicas a pasar droga?
¿O cuando secuestras a jovencitas para vender su cuerpo después?
¿O es que solo te acuerdas de ella para intentar salvar el culo en situaciones desesperadas?
—Me inspecciono las uñas, que llevo cortadas a la perfección—.
Apuesto lo que sea a que ni siquiera la quieres, lo que es una lástima.
El amor es lo único que hace que la vida valga la pena.
Solo me he enamorado una vez, pero me di cuenta de que ella estaba incluso más loca que yo, así que no tardé mucho en salir pitando de esa relación.
No he vuelto a tener nada serio desde entonces, pero digamos que soy todo un romántico…
Bueno, lo cierto es que no tengo corazón, así que no sé de dónde me sale. Pero sé que está ahí. En alguna parte.
Peter suplica por su vida con vehemencia y yo pongo los ojos en blanco. Los más duros de pelar son los que más gritan y cantan como pajaritos. Le quitan toda la gracia al asunto.
Aguzo el oído al oír a lo lejos las sirenas de la policía.
—Adiós, Peter.
El aludido abre muchos los ojos cuando procesa mis palabras y, al segundo, su cabeza termina rodando por el cemento. Veo cómo esta golpea otra de camino y ambas profieren un sonido extraño al chocar. Suelto una risita cuando se ponen a rodar a la vez como si fueran bolos.
—¡Pleno!
Las sirenas cada vez suenan más cerca, pero, como tengo una velocidad de infarto, sé que todavía puedo darle el toque final a mi obra de arte. Me muevo como un rayo, recojo todo lo que necesito y hago lo que mejor se me da.
Tras colocar las cabezas justo donde quiero, mojo los dedos en un charco de sangre especialmente viscoso para dibujar el símbolo que se ha convertido ya en mi seña.
Me pongo en pie y me limpio las manos con un pañuelo que le he robado antes a uno de los lacayos de la pandilla, y después lo lanzo al suelo.
Los vampiros no tenemos huellas dactilares, así que no hay forma de que consigan rastrearme.
Eso es lo más divertido de todo: están persiguiendo a un fantasma, a un espectro que jamás serán capaces de atrapar.
Trepo rápidamente por un andamio y me dirijo a la ventana con la intención de huir.
Es hora de que los polis den vueltas y vueltas en vano, como siempre. Idiotas. Llevan años intentando cazarme cuando lo que deberían hacer es enviarme flores y una nota de agradecimiento.
Las luces rojas, blancas y azules inundan el almacén. Las sirenas suenan con tanta potencia que me estremezco.
Me pregunto qué llegarían a pensar si supieran que el asesino en serie que mata por las noches en Chicago ni siquiera es humano. Estoy seguro de que sus débiles mentes no podrían llegar a procesarlo.
Esbozo una sonrisa de suficiencia y, cuando estoy a punto de perderme en la noche bajo el amparo de los relámpagos y la lluvia, me detengo. No estoy muy seguro de qué me lleva a hacerlo, tan solo sé que me vuelvo hacia el coche de policía que acaba de frenar ante la puerta del almacén.
El destello de un cabello castaño me llama la atención.
Cae sobre los hombros de una mujer en medio de una cortina de oscuridad tan brillante que se asemeja a las alas de un cuervo, y noto que se me detiene el corazón.
Me quedo embelesado cuando la veo bajar del coche y observo sus piernas tonificadas enfundadas en unos vaqueros pitillo y unas botas negras.
No es la primera vez que veo a una humana tan atractiva, pero es como si hubiera una atracción magnética que me empuja hacia esta en particular.
Deseo apartarle el pelo que se le empieza a pegar en el rostro por la lluvia.
Veo cómo observa la escena con seriedad.
No logro distinguir de qué color son sus ojos.
Parece que el vampirismo no lo cura todo y mi visión de mierda decidió acompañarme en esta nueva vida cuando terminé convertido en uno.
No es tan malo, ya que las gafas me quedan genial.
Hay algo cautivador en su forma de moverse. Parece una mujer fuerte, aunque puedo sentir cierta vulnerabilidad en ella. Ojalá pudiera captar su aroma, pero es una tarea muy difícil entre la fuerte tormenta y la mezcla de sangre que hay en el almacén.
Mi reacción me pilla con la guardia baja; nunca había sentido una conexión tan visceral con ningún otro humano. Es casi como si… No, no es posible.
Me recuesto contra la pared del andamio, en una esquina oscura, para seguir observándola mientras estiro las piernas en lugar de marcharme como había planeado. Después de todo, la noche no ha sido una total pérdida de tiempo, ya que parece que acabo de encontrarme con mi nueva obsesión.