Enamorándome del papi de mi prometido (Padres prohibidos nº 4) Blair
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Blair

Me despierto con la lluvia golpeando ventanas desconocidas y, por un instante de bendita ignorancia, olvido dónde estoy. Entonces la realidad me golpea: la cena de ensayo, el anuncio de Tiffany, la traición de Bobby. La boda que debería celebrarse esta tarde.

Un solo error. Como si dejar embarazada a alguien fuera un accidente que pasa una sola vez.

Apago el teléfono y hundo la cabeza bajo las sábanas, pero el sueño no vuelve. Cada vez que cierro los ojos, veo el rostro de Tiffany, su mano curvada en gesto protector sobre su vientre. El bebé de Bobby. El futuro que eligió en lugar de mí.

Un golpe suave interrumpe mi miseria.

—¿Blair? Te traigo café.

La voz de Jerome, ronca y cálida por la mañana, me provoca un revoloteo en el estómago.

—Adelante.

Entra con una bandeja de plata, porcelana auténtica y lo que parecen pasteles caseros.

Ya se ha duchado y lleva vaqueros oscuros y una camisa azul marino que resalta las canas de su pelo.

Todo en él rezuma dinero, desde la ropa perfectamente entallada hasta su forma de moverse con absoluta seguridad.

A sus cincuenta, Jerome tiene una presencia que llena la habitación. Maduro. Sofisticado. Todo lo que Bobby jamás será.

—¿Los has hecho tú? —pregunto, señalando los pasteles.

—Tengo muchos talentos ocultos —responde con una sonrisa pequeña pero sincera—. Hornear me relaja después de situaciones complicadas en los negocios.

Hay algo en cómo lo dice que me hace preguntarme a qué clase de negocios se dedica Jerome. Pero el café huele de maravilla y el pastel se deshace en mi boca.

—No tenías por qué...

—Quería hacerlo —deja la bandeja con cuidado—. ¿Qué tal has dormido?

—Mejor de lo que esperaba —es verdad. A pesar de todo, hacía meses que no me sentía tan segura—. Esta cama es increíble.

—Debería serlo. La mandé hacer a medida —Jerome se acomoda en la silla junto a la ventana, y observo cómo se mueve: controlado, deliberado. Todo en él transmite una solidez que Bobby nunca tuvo—. Creo en invertir en comodidad.

La forma en que me mira al decirlo hace que me suba el calor por el cuello. Como si ya estuviera pensando en mi comodidad de formas que van mucho más allá de las habitaciones de invitados.

—He estado haciendo llamadas. Los proveedores, la iglesia... todo cancelado.

—¿Y los depósitos? Solo las flores costaron...

—Resuelto —su tono no admite discusión—. La florista se mostró muy comprensiva en cuanto le expliqué la situación.

—¿Comprensiva o intimidada? —la pregunta se me escapa antes de poder contenerme.

La sonrisa de Jerome es cortante.

—¿Importa? El resultado es el mismo.

Esa forma despreocupada de desechar miles de dólares me recuerda con quién estoy tratando. Jerome St. John es dueño de la mitad de los inmuebles comerciales de Charlotte. Por lo que he oído en las cenas familiares, su influencia va mucho más allá de los negocios.

—No puedo permitir que pagues por los errores de Bobby...

—No me estás permitiendo nada —estudia mi rostro con una intensidad que me hace estremecer—. ¿Has pensado en lo que viene después?

La pregunta que llevo evitando.

—Tengo que recoger mis cosas del apartamento de Bobby.

—Sobre eso —la expresión de Jerome se endurece de un modo que me hace alegrarme de no ser su enemiga—. Bobby instaló a Tiffany anoche. Tus cosas están en un trastero. Quiere que lo recojas todo o lo tirará.

Lo miro sin dar crédito.

—¿Me ha echado? ¿Ya?

—Por lo visto estaba desesperado por darle a Tiffany un sitio donde quedarse después de su dramático anuncio —la mandíbula de Jerome se tensa y hay algo peligroso en su voz—. El pánico hace que la gente cometa estupideces a toda prisa.

La crueldad del gesto me golpea con fuerza. Menos de doce horas después de cancelar la boda, Bobby ya me había reemplazado. Literalmente.

—¿Por qué no romper conmigo sin más? ¿Por qué seguir adelante con todo?

—Porque quería estar en misa y repicando —Jerome se acerca para sentarse en el borde de la cama, lo bastante cerca como para que pueda olerle la colonia—. Pensó que podía tener su boda, su esposa respetable, y mantener a Tiffany como amante. Cuando el plan le estalló en la cara, entró en pánico.

Más tarde, voy sentada en el Mercedes de Jerome viendo las calles conocidas desdibujarse a mi paso. El coche es impecable, caro e imponente a su manera: todo cuero negro y cristales tintados.

—Pareces nerviosa —observa Jerome con las manos firmes en el volante.

—No estoy acostumbrada a coches tan buenos —no es toda la verdad. Tampoco estoy acostumbrada a hombres tan sofisticados.

—Te acostumbrarás a muchas cosas —su voz es serena pero firme—. Empezando por hoy.

El guardamuebles es todo hormigón y tristeza: el tipo de sitio donde la gente arroja los restos de relaciones fracasadas. Jerome aparca y estudia el edificio con la misma intensidad que dedicaría a un negocio.

El trastero 47 está abarrotado del suelo al techo con cajas etiquetadas con la letra de Bobby. Toda mi vida adulta metida en un espacio de tres por tres que huele a cartón y sueños rotos.

—Eficiente —dice Jerome con voz mortalmente serena mientras examina las cajas—. Bobby siempre se le dio bien deshacerse de lo que ya no quería.

—¿Cuánto le habrá llevado esto? —pregunto mientras abro la caja más cercana: joyas, mi diploma, fotos de los dos que Bobby claramente quería que desaparecieran.

—Horas, probablemente. Empaquetado a lo loco —Jerome levanta cajas como si no pesaran nada, con movimientos eficientes y controlados. Observo cómo se le marcan los antebrazos bajo las mangas de la camisa; esa demostración de fuerza sin esfuerzo hace que se me seque la boca.

—No tienes por qué...

—Quiero hacerlo —sus ojos encuentran los míos en el espacio reducido—. Déjame ocuparme de esto por ti.

Hay algo en su voz que hace que la simple oferta suene a mucho más.

En el fondo de una caja, encuentro una tarjeta que Bobby me dio la Navidad pasada: Para mi futura esposa. Te querré siempre, Bobby.

La arrugo y Jerome observa con aprobación.

—Buena chica —dice en voz baja—. No mires atrás.

La última caja contiene mi vestido de novia.

Lo miro a través de la funda protectora: miles de dólares en seda y encaje que nunca se usarán.

El vestido que pasé horas eligiendo, con el que me imaginaba recorriendo el pasillo.

Por un momento, lo veo todo con claridad: yo de blanco, Bobby esperando en el altar, Jerome observando desde la primera fila con esa expresión intensa que tiene.

Solo que en mi imaginación, es hacia Jerome hacia quien camino, no hacia Bobby.

El pensamiento me sacude tanto que retrocedo un paso.

—Déjalo —dice Jerome en voz baja detrás de mí.

—Costó...

—No me importa lo que costó. —Sus manos se posan en mis hombros, cálidas y posesivas—. Déjalo con el resto de sus errores.

Me giro entre sus brazos, abrumada por todo lo que he perdido. No solo a Bobby —me doy cuenta de que no lo echo tanto de menos—, sino todo mi futuro. La identidad que había construido en torno a ser la prometida de alguien.

—No sé quién soy sin él —susurro—. He sido la novia de Bobby durante tres años. Antes de eso, solo era la chica huérfana con beca. No sé cómo ser otra cosa.

—Eso no es todo lo que eres. —Las manos de Jerome enmarcan mi rostro, obligándome a mirarlo a los ojos. Su mirada me hace sentir que ve algo en mí que ni siquiera sé que existe—. Eres inteligente, amable, hermosa. Tienes más potencial del que mi hijo jamás mereció.

—Pero no tengo dónde vivir, ni trabajo, ni ahorros...

—Tienes tiempo para resolverlo. —Sus pulgares acarician mis pómulos, y el contacto me recorre con una oleada de calor—. Tienes mi protección, lo que necesites. Durante el tiempo que lo necesites.

—¿Por qué? —La pregunta sale apenas audible—. ¿Por qué haces esto?

Jerome guarda silencio durante un largo momento, con sus ojos oscuros escudriñando los míos.

—Porque te mereces algo mejor. Porque alguien tiene que cuidarte como es debido.

Hay un peso en su voz que hace que mi pulso se acelere. Esto ya no es solo amabilidad.

—Jerome...

—Vamos —dice, retrocediendo—. Te llevo a casa.

Casa. Como si perteneciera allí.

De vuelta en su casa, llevamos las cajas adentro; Jerome carga las más pesadas sin despeinarse. Resulta hogareño de una manera que resalta lo distinto que es esto de lo que tenía con Bobby. Bobby siempre me había hecho sentir como un estorbo. Jerome me hace sentir deseada.

Noto cosas de su casa que anoche me pasaron desapercibidas en mi neblina emocional: las obras de arte que resultan imponentes más que acogedoras, la forma en que todo está perfectamente dispuesto pero no del todo cómodo. Como un escaparate diseñado para impresionar, no para vivir.

—Tienes cosas preciosas —digo, dejando una caja en el salón.

—Creo en rodearme de calidad. —Su mirada busca la mía—. En todo.

La forma en que lo dice me provoca un revoloteo en el estómago. Como si yo fuera algo de calidad con lo que ha elegido rodearse.

—Debería llamar a la gente —digo una vez que terminamos, dejándome caer en su sofá de cuero—. Explicar lo que ha pasado. Lidiar con las consecuencias.

—O podrías asimilar esto antes de gestionar las reacciones de los demás. —Jerome se sienta a mi lado, tan cerca que su muslo roza el mío—. ¿A quién pensabas llamar exactamente?

La pregunta me detiene en seco.

—A la familia de Bobby, supongo. A algunos amigos de la universidad.

—La familia de Bobby, que se pondrá de su parte. Amigos de la universidad a los que apenas ves ya. —La mano de Jerome busca la mía—. Acéptalo, cariño. No tienes a nadie más.

La brutal honestidad duele, pero tiene razón. He estado tan centrada en encajar en el mundo de Bobby que olvidé construir mi propia red de apoyo.

—Suena patético cuando lo dices así.

—No patético. Aislada. —Su agarre se intensifica—. A propósito, apostaría. A Bobby le gustan sus mujeres dependientes.

Lo miro de verdad: las canas que salpican su cabello oscuro, las líneas alrededor de sus ojos que hablan de experiencia, la confianza que lleva como armadura. Nada que ver con la inseguridad juvenil de Bobby.

—¿Qué harías tú en mi lugar?