Enamorándome del papi de mi prometido (Padres prohibidos nº 4) Jerome
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Jerome

Veo a Blair desaparecer en la habitación de invitados y me obligo a seguir caminando hacia mi despacho en lugar de seguirla. Su expresión destrozada en el espejo retrovisor de camino a casa ha despertado una rabia protectora que no sentía desde la muerte de mi esposa.

Pero esto es diferente. Más intenso.

Mi hijo es un maldito idiota.

Me sirvo un bourbon y me acomodo tras el escritorio, pero concentrarme es imposible. Cada poco, me sorprendo escuchando los sonidos de arriba: el suave roce de los pies de Blair sobre la madera, el agua corriendo en el baño de invitados, el clic discreto de su puerta al cerrarse.

Está en mi casa. Bajo mi protección. Y la satisfacción que eso me produce debería preocuparme más de lo que me preocupa.

A los cincuenta, creía haber superado el deseo de lo inalcanzable. Pero Blair Matthews —dulce, vulnerable, completamente ajena a su propio atractivo— lleva tiempo poniendo a prueba ese control.

Esta noche, por fin me corresponde a mí protegerla.

El móvil vibra con mensaje tras mensaje: familiares que exigen explicaciones, amigos que preguntan si la boda de mañana sigue en pie, proveedores que necesitan respuestas inmediatas.

Los atiendo a todos con eficiente autoridad, cancelándolo todo, gestionando las consecuencias del espectacular fracaso de mi hijo.

La organizadora de bodas de Bobby recibe el tipo de respuesta que garantiza que no discutirá por los depósitos. El catering cede de inmediato cuando menciono la decepción de la familia St. John. La florista ni siquiera intenta negociar cuando le explico las circunstancias.

La gente de esta ciudad sabe que decepcionar a Jerome St. John tiene consecuencias. No amenazas ni violencia —soy un hombre de negocios, no un matón—, sino las que nacen de cultivar relaciones y de ser alguien cuyo descontento afecta carreras y estatus social.

Mi influencia cala hondo en los círculos empresariales y sociales de Carolina del Norte. Los presidentes de los bancos atienden mis llamadas en persona. Los concejales sopesan mis opiniones con cuidado. Los competidores que se atreven a ir contra mí acaban topándose con obstáculos inesperados.

Todo construido por medios legítimos: inversiones estratégicas, generosas contribuciones políticas, cultivo meticuloso de las relaciones adecuadas. El poder que solo se consigue a los cincuenta, con un historial probado de éxitos.

Pero mi mente no deja de volver al piso de arriba, a la mujer de veintitrés años que me miró con confianza cuando le ofrecí refugio.

La mujer contra cuya atracción llevo luchando desde que nos conocimos.

Siempre supe que Blair merecía algo mejor que Bobby. Desde el momento en que él la trajo a casa a cenar, vi cómo iluminaba cada habitación, cómo su risa aliviaba la tensión de mi pecho. Es inteligente, amable, genuinamente dulce de un modo que parece imposible en nuestro cínico círculo social.

Y Bobby la trató como un accesorio. Una cosa bonita para lucir en su brazo mientras hacía lo que le daba la gana a sus espaldas.

La puerta del despacho se abre sin llamar: el gesto típico de Bobby desde la infancia. Se desploma en una de mis sillas de cuero como un adolescente petulante, aún con la ropa de la cena de ensayo, el pelo revuelto.

—Papá, tenemos que hablar.

No levanto la vista del ordenador, desde el que destruyo sistemáticamente sus planes de boda.

—¿Sobre qué, exactamente? ¿Sobre cómo dejaste embarazada a una chica de diecinueve años mientras estabas comprometido con otra? ¿O sobre cómo fuiste demasiado cobarde para decírselo tú mismo a Blair?

—No es tan simple...

—Es así de simple.

Por fin levanto la mirada hacia él, y Bobby se estremece ante lo que ve en mis ojos.

—Engañaste a tu prometida. Una y otra vez. Dejaste embarazada a otra mujer. Y luego permitiste que se enterara en tu cena de ensayo, delante de todos los que le importan.

—No sabía que Tiffany iba a aparecer...

—Eso lo empeora, no lo mejora.

Cierro el portátil con fuerza deliberada.

—Llevas meses mintiéndole a Blair. ¿Pensabas que esto iba a esfumarse sin más?

Bobby se remueve incómodo, incapaz de sostenerme la mirada. A los veinticinco, sigue actuando como un crío que espera que otro le limpie los desastres. El contraste entre él y Blair —que afrontó la humillación de esta noche con más dignidad de la que él ha mostrado en su vida— es abismal.

—Tiffany dijo que lo llevaría con discreción. Iba a arreglarlo después de la luna de miel.

—¿Arreglarlo?

Mi voz baja a ese tono que pone muy nerviosos a hombres hechos y derechos con trajes caros.

—¿Me estás diciendo que ibas a casarte con Blair mientras tu novia embarazada esperaba pacientemente entre bastidores?

—Papá, no lo entiendes...

—Lo entiendo perfectamente.

Me levanto, aprovechando cada centímetro de mi metro noventa para imponerme sobre él. A los cincuenta, he aprendido que la presencia física puede ser más efectiva que alzar la voz.

—Querías el oro y el moro. Una esposa respetable y una amante joven esperando en la sombra.

—No era así...

—¿Entonces cómo era?

Rodeo el escritorio y lo acorralo contra la silla. Bobby me ha visto lidiar con situaciones empresariales difíciles, pero nunca ha sido el blanco de toda mi atención.

—Explícame cómo puede ser aceptable algo de lo que has hecho.

Bobby se pone rojo.

—Blair y yo... nunca... es tan inexperta, papá. Tiffany simplemente estaba... disponible.

La crueldad despreocupada de sus palabras me golpea con fuerza.

Habla de la virginidad de Blair como si fuera un inconveniente y no un regalo que ella guardaba para el matrimonio.

Que tenga veintitrés años y siga intacta, que aún crea en el valor de esperar al hombre adecuado, la hace todavía más especial.

Algo frío se asienta en mi pecho.

—Fuera.

—¿Qué?

—Sal de mi casa. Ahora.

—¡Papá, vamos!

—Acabas de decirme que engañaste a tu prometida porque no quiso acostarse contigo antes de la boda.

Lucho contra el impulso de agarrarlo por el cuello.

—Que dejaste embarazada a otra mujer porque Blair tuvo la osadía de tener principios.

—No es lo que quise decir...

—Es exactamente lo que quisiste decir.

Lo agarro del brazo y lo arrastro hacia la puerta.

—Blair te dio todo lo que tenía: su confianza, su futuro, su corazón. Y tú lo tiraste a la basura porque no te abrió las piernas con la rapidez que querías.

—Joder, papá...

—No.

Lo empujo al pasillo.

—No me vengas ahora con sorpresas. Tomaste tu decisión. Ahora apechuga.

Bobby se tambalea, pero consigue apoyarse en la pared. —¿Dónde está? ¿Dónde está Blair?

—No es asunto tuyo.

—Está aquí, ¿verdad? —Entrecierra los ojos mientras recorre mi casa con la mirada—. La trajiste aquí.

—Le di un lugar seguro donde quedarse. Algo que tú claramente no podías darle.

—¿Seguro? —La risa de Bobby suena desagradable—. ¿O conveniente?

La insinuación me cala hondo. —Cuidado con lo que dices, hijo.

—Vamos, papá. ¿Crees que no me he dado cuenta de cómo la miras? ¿De cómo siempre la has mirado?

Se me hiela la sangre. —No tengo ni idea de qué hablas.

—Claro que no. —Bobby se acerca y baja la voz hasta convertirla en un susurro—. Blair es joven, hermosa, y ahora convenientemente se ha quedado sin techo. La oportunidad perfecta para que el viudo desconsolado juegue a ser el héroe.

Lo estampo contra la pared antes de ser consciente de que me he movido, con el antebrazo presionándole la garganta. Memoria muscular de años manejando negociaciones hostiles y los enfrentamientos ocasionales que conlleva el negocio inmobiliario.

—Una palabra más y te buscarás otro apartamento. Y antes de que me recuerdes que soy el dueño del edificio... sí, lo soy. El alquiler gratis se acaba en cuanto me tocas las narices.

Los ojos de Bobby se abren de par en par, pero no retrocede. —Tengo razón, ¿verdad? La deseas.

Esa verdad me quema en el pecho, pero antes muerto que admitírselo a él. —Lo que quiero es que asumas la responsabilidad de tus actos en lugar de culpar a los demás de tus fracasos.

—Y lo que yo quiero —dice Bobby en voz baja— es que te alejes de mi prometida.

—Exprometida. —Lo suelto con un leve empujón—. Te devolvió el anillo, ¿recuerdas? Delante de testigos.

—Blair está disgustada. Ya entrará en razón.

—No, no lo hará. —La certeza en mi voz me sorprende hasta a mí mismo—. Merece un hombre que la adore, no uno que la trate como si fuera desechable.

—¿Y crees que ese eres tú? —Bobby se alisa la camisa y su expresión se vuelve desagradable—. Tienes edad para ser su padre, papá.

Las palabras dan en el blanco, pero no dejo que lo note.

A los cincuenta, soy muy consciente de la diferencia de edad entre Blair y yo.

Pero la edad es experiencia cuando encuentras a la persona adecuada, y puedo ofrecerle la estabilidad, la seguridad y la devoción que chicos como Bobby jamás podrían darle.

—La edad trae sabiduría, hijo. Algo de lo que tú claramente careces.

—Ella fue mía primero.

—Tú la tiraste a la basura primero. —Abro la puerta principal y el aire fresco de la noche entra en el vestíbulo—. Ahora lárgate.

—Esto no ha terminado.

—Sí, ha terminado. —Me hago a un lado y señalo la puerta—. Blair está bajo mi protección ahora. Eso significa que no la llamas, no vienes por aquí, y desde luego no intentas manipularla para que vuelva contigo.

La frase «bajo mi protección» tiene peso en esta ciudad. La gente sabe que enfrentarse a Jerome St. John significa atenerse a las consecuencias: negocios que se van al traste, invitaciones sociales que dejan de llegar, oportunidades profesionales que se esfuman misteriosamente.

Bobby me mira fijamente durante un largo momento. —Nunca te querrá, ¿sabes? Es demasiado joven, demasiado inocente.

—Ya veremos.

Las palabras se me escapan antes de poder contenerlas, y en los ojos de Bobby brilla un destello de comprensión.

—Así que esas tenemos. —Sale al porche y se vuelve con una sonrisa burlona—. Buena suerte explicándole esto a la familia. La exprometida de tu hijo, instalada en casa de su padre la noche antes de la boda.

Le cierro la puerta en las narices y echo el cerrojo.