Enamorándome del papi de mi ex (Padres prohibidos nº 1) Arturo #2
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Arturo #2

El beso se profundiza, mi exploración es minuciosa y posesiva. Saboreo café y algo más dulce, algo que solo le pertenece a ella. Mis manos recorren su espalda, memorizando la delicada curva de su columna a través del fino algodón de su vestido.

Cuando finalmente rompo el beso, ambos respiramos con dificultad. Sus labios parecen más llenos, ligeramente hinchados por mis atenciones. Sus ojos permanecen cerrados un momento, las pestañas aletean contra las mejillas sonrojadas.

—Eso ha sido... —comienza con voz temblorosa.

—Solo el comienzo —termino por ella mientras mis manos enmarcan su rostro—. Si me lo permites.

Sus ojos se abren y revelan una mezcla de confusión y deseo que refleja mi propia turbulencia interior. —Esto está mal —susurra, aunque no hace ademán de salir de mi abrazo.

—¿Según la definición de quién? —la desafío mientras mis pulgares acarician sus pómulos—. ¿De la sociedad? ¿De mi hijo?

—Todo eso —admite—. Y además me estoy quedando en tu casa. Ahora mismo no tengo otro sitio adonde ir.

El recordatorio de su vulnerabilidad me hace recobrar algo de compostura. —Nunca usaría eso en tu contra, Jeanne. Tu lugar aquí no depende de lo que haya entre nosotros.

Ella escudriña mi rostro en busca de la verdad. —Te creo.

—¿Pero? —la insto, percibiendo que aún vacila.

—Pero esto es demasiado intenso. —Sus manos permanecen apoyadas en mi pecho, atrapadas entre apartarse y acercarse más—. Demasiado repentino. Demasiado abrumador.

Considero sus palabras, obligando a mis pensamientos desbocados a calmarse. Ella merece algo mejor que un hombre dominado por el deseo primitivo. Merece poder elegir. Consideración. Respeto por los mismos principios que me atraen hacia ella.

—Tienes razón —concedo, aunque me cuesta—. Deberíamos dar un paso atrás. Pensar con más calma en lo que está pasando entre nosotros.

Alivio y decepción luchan en su expresión. —Sería lo sensato.

—Nunca he presumido de ser sensato cuando se trata de ti. —Permito que mis dedos tracen la delicada línea de su clavícula, deleitándome con el escalofrío que mi caricia provoca—. Desde el momento en que llegaste, has destruido cada pizca de mi autocontrol.

La confesión hace que se ruborice. —Me cuesta creerlo.

—Créelo. —Mi voz se vuelve ronca de nuevo, la honestidad arrancada por el hambre que aún me recorre—. Tu virginidad, tu inocencia, tus principios: despiertan algo posesivo en mí, Jeanne. Algo que quiere reclamar lo que has guardado con tanto celo.

Su respiración se entrecorta, las pupilas dilatadas ante mi franqueza. —No deberías decir esas cosas.

—Quizá no —admito, aunque no me arrepiento de mi honestidad—. Pero no voy a mentirte. No voy a fingir que mi interés es del todo inocente.

Traga saliva de forma visible, y noto el pulso que le late en la base de la garganta, justo donde descansan mis dedos.

—¿Y ahora qué?

—Ahora —digo, obligándome a soltarla— reconocemos lo que hay entre nosotros. Pero vamos con cuidado.

La pérdida de contacto parece afectarla tanto como a mí. Se abraza el cuerpo, de pronto más pequeña sin mis brazos rodeándola.

—¿Es posible eso? —pregunta—. ¿Reconocerlo y no actuar?

—No lo sé —admito—. Pero respeto demasiado tus principios como para empujarte a algo de lo que puedas arrepentirte.

La ironía me golpea: respetar su virginidad mientras fantaseo con reclamarla. Pero mi deseo va más allá de la mera liberación física. La quiero entera: su confianza, su entrega, su don ofrecido por voluntad propia.

—Gracias —dice en voz baja, retrocediendo hacia la puerta—. Por entenderlo. Por no presionarme.

Asiento, sin fiarme de mi voz mientras la veo alejarse. Todo mi ser me empuja a cruzar la habitación, alcanzarla antes de que se vaya, terminar lo que empezamos.

Pero debo controlar ese deseo primitivo, al menos de momento. Ya he cruzado líneas que juré respetar. No voy a empeorar las cosas presionándola.

—Jeanne —la llamo cuando llega al umbral.

Se detiene y se vuelve con la mirada interrogante.

—Hablaba en serio —mi voz desciende, incapaz de ocultar la posesividad—. Sobre desearte. Sobre entender el valor de lo que has guardado. No lo dudes nunca, decidas lo que decidas.

El rubor le inunda las mejillas de nuevo; se muerde el labio inferior en un gesto que pone a prueba mi determinación.

—No lo olvidaré.

Cuando se va, me hundo en la silla del escritorio y me paso una mano por el pelo. Su sabor persiste en mis labios. Su aroma se aferra a mi ropa. El recuerdo de su cuerpo apretado contra el mío me arde en la mente.

He dejado claro mi deseo. He cruzado la línea que separa los pensamientos inapropiados de la acción prohibida. Ya no podemos volver a fingir que esto es mera hospitalidad.

Saberlo me llena de triunfo y aprensión. He besado a la exnovia de mi hijo. He revelado mi obsesión con su virginidad. He dejado clara mi intención de reclamar lo que ha guardado, si ella consiente.

Según cualquier criterio convencional, me he comportado de forma imperdonable. Pero mientras sus ojos desorbitados y su respiración agitada se repiten en mi memoria, la satisfacción consume cualquier culpa. Ella también lo desea. Me desea a mí, a pesar de todo lo que hace que esto esté mal.

El teléfono vibra sobre el escritorio; el nombre de George parpadea en la pantalla. Verlo me hiela la sangre por un instante: un recordatorio de las complicaciones que se avecinan.

Dejo que suene sin contestar. Lo que mi hijo quiera puede esperar. Tengo preocupaciones más urgentes: en concreto, la virgen bajo mi techo que ahora sabe exactamente cómo la deseo.

Y que, a menos que haya malinterpretado todas las señales, podría desearme con la misma intensidad.

Saberlo me envía una oleada de calor por las venas. Durante catorce años, desde la traición de Margaret, he mantenido mis deseos bajo estricto control. Relaciones casuales, límites claros, distancia emocional.

Ahora Jeanne Case amenaza con derribar cada muro que he levantado, con su inocencia, sus principios, esos ojos castaños tan abiertos que ven demasiado.

La deseo con una intensidad que roza la obsesión. Quiero reclamar lo que ha guardado con tanto celo. Quiero guiarla hacia placeres que nunca ha conocido, enseñarle todo sobre el deseo, la satisfacción, la entrega.

La naturaleza depredadora de estos pensamientos debería avergonzarme. En cambio, alimentan el hambre posesiva que se intensifica cada día.

Tiene la mitad de mi edad. Es la exnovia de mi hijo. Una virgen decidida a esperar al matrimonio y al amor verdadero.

Y me estoy volviendo peligrosa y obsesivamente decidido a hacerla mía.