Lance
Una llamada me despierta.
—Tenemos un problema —dice Matteo sin preámbulos cuando contesto el teléfono.
Me despierto de golpe y alargo la mano hacia la bata mientras salgo de la cama para no despertar a Khloe.
—¿Qué tipo de problema?
—Danny ha estado ocupado desde ayer. Después de su enfrentamiento con Khloe, hizo unas llamadas interesantes.
—¿Qué tipo de llamadas?
—Primero, llamó a Jessica Mills del Seattle Weekly. Se especializa en escándalos de familias adineradas.
Un frío helado se me instala en el estómago.
—¿Qué le dijo?
—Le propuso una historia sobre un empresario poderoso que se aprovecha de mujeres jóvenes. Mencionó específicamente una relación con diferencia de edad, con manipulación y traición familiar.
—¿Tiene alguna prueba?
—Todavía no. Pero Danny está desesperado por dinero ahora que le has cortado el grifo. Se ha ofrecido a venderle cualquier información que pueda conseguir.
Voy a mi despacho y cierro la puerta.
—¿Hasta qué punto está desesperado?
—Tiene las tarjetas de crédito al límite, el alquiler vence la semana que viene y están a punto de embargarle el coche. Si no encuentra algo rápido, acabará en la calle.
—Bien. Quizás eso le enseñe a ser responsable.
—Quizás. O quizás lo vuelva más peligroso. La gente desesperada es impredecible.
La implicación flota en el aire entre nosotros. Danny ya no está solo enfadado. Está acorralado económicamente, y eso lo hace capaz de casi cualquier cosa.
—¿Alguna otra llamada?
—Contactó con varios sitios de cotilleos para ofrecerles información sobre tu vida personal. Y, Lance, ha estado preguntando por ahí sobre Khloe. Ha hablado con gente de su universidad, con sus amigos, con cualquiera que pueda haber notado cambios en su estilo de vida.
—¿Qué tipo de cambios?
—Ropa nueva, café caro, que últimamente está más feliz. Está armando un caso circunstancial: alguien con dinero la está mimando.
Me pellizco el puente de la nariz.
—¿Cuánto tardará en atarlo todo?
—Ya ha llegado a esa conclusión. La cuestión es si puede probarlo lo suficiente para vender la historia.
—¿Qué más?
—Ayer por la tarde estuvo sentado frente al edificio de tu oficina. Hizo fotos de la gente que entraba y salía. Está buscando algo, Lance. Algún tipo de prueba que pueda usar.
Aprieto la mandíbula. Solo de pensar que Danny acosa a Khloe, que la vigila, que está montando un caso contra nosotros, me hierve la sangre.
—Refuerza la seguridad de Khloe. Quiero que alguien esté con ella en todo momento.
—Ya está hecho. Pero, Lance, hay algo más. Danny ya no trabaja solo.
—¿Qué quieres decir?
—Ha contratado a alguien. Un investigador privado llamado Tony Marsh. Un tipo de lo más rastrero que se dedica a desenterrar trapos sucios de familias adineradas para casos de divorcio y prensa amarilla.
—¿Cómo demonios se ha podido permitir Danny un investigador privado?
—No se lo ha permitido. Marsh trabaja a comisión. Si encuentran algo vendible, se lleva una parte de lo que Danny gane con la historia.
Esto va de mal en peor. Ahora Danny tiene ayuda profesional en su campaña para destruirnos.
—¿Qué reputación tiene Marsh?
—Es bueno en lo que hace y no es escrupuloso con los métodos. Si hay trapos sucios, los encontrará. Y si no los hay, se los inventa.
Después de colgar con Matteo, me quedo sentado en mi despacho intentando asimilar todo esto. Mi hijo ya no solo intenta chantajearme. Está montando un caso, reuniendo pruebas, preparándose para la guerra.
Y tiene ayuda profesional.
El móvil vibra con un mensaje de Jennifer.
Jennifer: Necesito hablar. Urgente.
La llamo de inmediato.
—Por favor, dime que tienes mejores noticias que Matteo —digo cuando contesta.
—Ojalá pudiera. Lance, anoche alguien llamó a la oficina para preguntar por tu vida personal. En concreto, si tienes pareja y si hay algún anuncio próximo.
—¿Danny?
—La voz estaba distorsionada, pero probablemente. Está tanteando, buscando confirmación.
—¿Qué les dijiste?
—Que tu vida personal es privada y que no hacemos comentarios sobre rumores. Pero, Lance, sabían cosas. Detalles concretos sobre tu agenda, sobre reuniones que has tenido, sobre cambios en tu rutina.
—¿Qué tipo de cambios?
—Sabían que últimamente sales antes más a menudo. Sabían lo de las flores que has mandado a varios sitios. Sabían que has estado de un humor inusualmente bueno.
—Alguien me ha estado vigilando.
—Eso creo yo también. Y hay más. Esta mañana he recibido una llamada de Rebecca Torres del Seattle Times. Ha oído rumores sobre tu vida personal y quiere saber si tenemos algún comentario.
—¿Qué tipo de rumores?
—Del tipo que sugieren que tienes una relación con alguien mucho más joven. Fue muy específica con la diferencia de edad, Lance.
Se me hiela la sangre. Si la prensa seria está empezando a husmear, la campaña de Danny está funcionando.
—¿Qué me recomiendas?
—Adelantarnos a la historia. Anunciar el compromiso nosotros antes de que Danny pueda vender su versión a Jessica Mills.
—¿Hoy?
—Esta mañana. Ya he redactado un comunicado de prensa.
—¿Y la boda?
—Mantenemos el calendario. El sábado, como estaba planeado. Pero dejamos claro que esto es una historia de amor, no un escándalo.
—¿Eso impedirá que Danny vaya a la prensa?
—Hará que su historia valga menos. «Multimillonario anuncia su compromiso» es mucho menos escandaloso que «Se destapa el romance secreto de un multimillonario».
Tiene lógica, pero también significa renunciar a cualquier esperanza de privacidad. En cuanto lo hagamos público, nuestra relación se convertirá en carnaza para todos los columnistas de cotilleos y tabloides del país.
—¿Y Khloe? ¿Está preparada para ese tipo de atención?
—Tendrá que estarlo. Porque si no controlamos nosotros el relato, lo hará Danny.
—Envíame el borrador.
—Ya lo tienes en el correo.
Abro el borrador de Jennifer en el ordenador y lo leo. Es perfecto. Profesional, romántico, centrado en nuestros valores comunes y en nuestros planes de futuro. Menciona la diferencia de edad, pero la enmarca como la historia de dos adultos que encontraron el amor de forma inesperada.
—Está bien —le digo—. Pero añade algo sobre el trabajo de Khloe con menores en situación de riesgo. Que la gente entienda que no es una cazafortunas, sino alguien que lucha con pasión por los niños que necesitan ayuda.
—Hecho. ¿Lo envío?
—Espera. Déjame llamar antes a mi abogado.
Tras colgar con Jennifer, llamo a Richard.
—Richard, soy Lance. Necesito una consulta urgente.
—¿Qué ocurre?
—Mi hijo planea chantajearme. Necesito saber qué opciones legales tengo.
—¿Chantaje en qué sentido?
—Amenaza con ir a la prensa con información sobre mi vida personal si no le pago. Ya ha contactado con periodistas.
—¿Te ha exigido dinero explícitamente?
—Todavía no. Pero lo hará.
—Cuando lo haga, podremos presentar cargos por extorsión. Pero, Lance, tienes que estar preparado para la posibilidad de que lo haga público de todas formas.
—¿Aunque le pague?
—Sobre todo si le pagas. Eso demuestra debilidad, y no impedirá que vuelva a por más.
—Entonces, ¿cuál es mi mejor opción?
—No le pagues. Adelántate tú y deja que intente vender una historia que ya se ha contado.
—¿Y la difamación? ¿Si miente sobre Khloe o sobre mí?
—Podemos demandarlo si publica declaraciones falsas. Pero si se ciñe a los hechos, aunque sean desfavorables, poco podemos hacer.
—¿Y si fabrica pruebas?
—Eso ya es otra cosa. Si demostramos que las ha falsificado, podemos hundirlo en los tribunales. Pero demostrarlo es lo difícil.
Dos llamadas, el mismo consejo: no pagar a Danny y adelantarme a la noticia.
La decisión debería ser fácil, pero la idea de que arrastren a Khloe por el fango mediático por culpa de los problemas de mi familia me hace dudar.
Todavía estoy sopesando mis opciones cuando suena el teléfono. Un número que no reconozco.
—Van Baars —contesto.
—Papá, soy Danny.
Se me hiela la sangre.
—¿Qué quieres?
—Hablar. Cara a cara. Hay ciertas cosas que tenemos que tratar.
—¿Como cuáles?
—Como tu relación con mi exnovia. Y cómo esa relación podría salir a la luz si no llegamos a un acuerdo.
Ahí está. El intento de chantaje, formulado con la ambigüedad justa para no ser explícitamente ilegal.
—No sé de qué me hablas.
—Claro que lo sabes. Khloe lleva una temporada viviendo muy por encima de sus posibilidades. Ropa nueva, cenas caras, alguien que la cuida muy bien. Alguien con dinero e influencia.
—Aunque eso fuera cierto, no sería asunto tuyo.
—Se convierte en asunto mío cuando quien la cuida es mi padre.
La acusación queda flotando en el aire entre nosotros. Danny lo sabe. No con certeza, pero sabe lo suficiente para ser peligroso.
—Eso es mucho suponer.
—¿Tú crees? Papá, he atado cabos. El momento, el secretismo, tu forma de actuar últimamente. Te estás acostando con Khloe.
—Danny...
—Y ahora me has dejado sin un duro porque me acerqué demasiado a la verdad. Pues enhorabuena. Has conseguido desesperarme lo bastante como para hacer algo que todos lamentaremos.
—¿Qué quieres?
—Lo que es justo. Has destrozado mi vida por un polvo. Lo mínimo que puedes hacer es compensarme por el daño.
El lenguaje vulgar me hace apretar la mandíbula.
—¿Cuánto?
—Cincuenta mil. Lo suficiente para salir a flote mientras tú juegas a las casitas con mi exnovia.
—¿Y a cambio?
—Mantengo la boca cerrada. No vuelvo a llamar a Jessica Mills, no contacto con más periodistas y no hago declaraciones públicas sobre con quién te acuestas.
—¿Y si me niego?
—Entonces mañana mismo todos los portales de cotilleos de Seattle estarán publicando historias sobre Lance Van Baars y su relación depredadora con una mujer que podría ser su hija. Me aseguraré de que sepan exactamente cómo manipulaste la situación para conseguir lo que querías.
La amenaza está clara. Paga o atente a la humillación pública.
—Necesito tiempo para pensarlo.
—Tienes hasta esta noche. Nos vemos en Pike Place Market a las ocho. Ven solo y trae un cheque de caja.
—¿Y si no me presento?
—Entonces supongo que averiguarás cuánto vale para ti tu reputación.