Lance
Estoy revisando contratos cuando el móvil vibra: es Khloe. Llevo todo el día esperando esta llamada, desde que me escribió para decirme que iba a verse con Danny para dejarlo.
—Caballeros, continuaremos mañana —digo, aunque esté interrumpiendo una negociación de un millón de dólares. Los hombres que rodean la mesa de juntas intercambian miradas, pero salen sin rechistar.
Contesto la llamada de Khloe en cuanto se cierra la puerta.
—Está hecho —dice, y el alivio en su voz me llena el pecho de satisfacción.
—¿Cómo te sientes?
—Libre. Aterrada. Feliz. Preocupada.
La última palabra me pone en alerta.
—¿Preocupada por qué?
—Danny estaba más enfadado de lo que esperaba. Amenazó con averiguar con quién estoy saliendo.
Se me hiela la sangre. Sabía que Danny se enfadaría, pero las amenazas son otra cosa. Algo que requiere actuar de inmediato.
—Deja que me ocupe de Danny. Sé cómo tratar a mi hijo.
—¿Seguro? Porque parecía bastante decidido cuando se fue. Y muy enfadado.
¿Lo bastante enfadado como para hacer una estupidez? ¿Para hacerle daño? Solo pensarlo hace que cierre los puños.
—No te hará daño. No lo permitiré.
—Espero que tengas razón.
Suena alterada, y odio que mi hijo le haya metido ese miedo en el cuerpo.
—La tengo. ¿Estás libre esta noche? Quiero celebrarlo contigo.
—¿Celebrar?
—Ahora eres oficialmente mía. Eso merece una celebración.
Y lo merece. Después de semanas deseándola, haciéndola mía, enamorándome de ella mientras técnicamente estaba con otro, por fin es solo mía. Se acabó la culpa, las complicaciones, compartir su atención con mi inútil hijo.
—Sí. Estoy libre esta noche. Para lo que quieras.
La sumisión en su voz me pone duro al instante.
—Buena chica. Paso a recogerte a las siete.
Cuelgo y llamo de inmediato a mi investigador privado.
—Matteo, necesito vigilancia sobre Danny Van Baars desde ya. Las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana.
—¿Cuál es el nivel de amenaza?
—Alto. Acaban de dejarlo y está furioso. Necesito saber si planea tomar represalias.
—¿Contra la chica?
—Contra cualquiera. Pero sí, sobre todo contra ella.
—Entendido. Tendré a alguien vigilándolo en menos de una hora.
La siguiente llamada es para Jennifer.
—Cancela todo lo de esta noche —digo cuando contesta.
—¿Todo? ¿Incluso la cena con la comisión de urbanismo?
—Todo. Reprograma lo que puedas y envía mis disculpas por el resto.
—¿Khloe ha dejado a Danny?
—Sí. Y quiero que esta noche sea perfecta para ella.
—Por supuesto. ¿Lo de siempre?
—Sí, pero que sea especial. Es una celebración.
—Lo será. ¿Lance?
—¿Sí?
—Ten cuidado. Si Danny está tan enfadado como crees, podría hacer alguna locura.
Jennifer tiene razón. Danny siempre ha sido impredecible cuando no se sale con la suya, y perder a Khloe le va a sentar como un tiro. Sobre todo si descubre que me eligió a mí en vez de a él.
—Me estoy ocupando de ello —digo.
—Lo sé. Tendré todo listo para las seis.
El resto de la tarde se me hace eterno. Intento concentrarme en el trabajo, pero no dejo de pensar en Khloe, en cómo le temblaba la voz al mencionar las amenazas de Danny. Para cuando salgo a recogerla, he tomado una decisión que nos cambiará la vida a los dos.
***
La noche es oscura y fresca. Espero frente al edificio de Khloe. Está deteriorado. Eso tiene que cambiar. Una de las muchas cosas que cambiarán ahora que es mía.
Cuando baja, me deja sin aliento.
Lleva un sencillo vestido negro que se ciñe a sus curvas a la perfección. El pelo suelto, apenas maquillada, y a pesar de la preocupación de antes, irradia esa felicidad que solo da haber tomado la decisión correcta.
—Estás preciosa —le digo, ofreciéndole el brazo.
—Gracias. Tú tampoco estás nada mal.
Llevo un traje azul marino, pero no estoy pensando en mi aspecto. Estoy pensando en lo bien que sienta verla sonreír sin sombras, sin culpa.
—¿Cómo te sientes? —pregunto mientras la ayudo a subir al coche.
—Mejor. Más ligera. Como si hubiera cargado con un peso sin darme cuenta.
—Bien. Ese peso te impedía conseguir todo lo que mereces.
Conducimos hasta mi ático en un silencio cómodo, con su mano en la mía, ambos asimilando la magnitud de lo que ha cambiado entre nosotros. Cuando llegamos, se detiene en el salón y contempla las luces de la ciudad.
—Ahora es diferente —dice en voz baja.
—¿En qué sentido?
—Antes, esto parecía robado. Secreto. Como si lo estuviera cogiendo en vez de eligiendo.
—¿Y ahora?
—Ahora es como llegar a casa.
Sus palabras me impactan más de lo que esperaba. Llegar a casa. Eso es exactamente lo que siento yo también. Como si hubiera pasado toda mi vida esperando a que ella apareciera.
—¿Tienes hambre? —pregunto.
—Mucha. Pero no solo de comida.
La confesión hace que mi pulso se acelere. Me mira con ardor, con deseo, con esa clase de anhelo que me hace querer olvidarme de la cena y llevarla directamente a mi dormitorio.
Pero no puedo. Todavía no. No hasta que haya hecho lo que necesito hacer.
—Primero la comida —digo, aunque me cuesta un esfuerzo enorme—. Quiero cuidarte como es debido.
—Me gusta que cuides de mí.
—Bien. Porque pienso pasar el resto de mi vida haciendo exactamente eso.
Cenamos en el balcón, con vistas a la ciudad que se extiende bajo nosotros como un manto de estrellas. La conversación fluye con facilidad, con una comodidad que nunca tuvimos cuando nos escondíamos.
—Cuéntame de la ruptura —digo durante el postre.
—Fue más fácil de lo que esperaba. Y más difícil.
—¿Cómo es eso?
—Más fácil porque me di cuenta de que no teníamos nada por lo que valiera la pena luchar. Más difícil porque pude ver lo poco que nuestra relación significaba para él.
—¿A qué te refieres?
—No pudo pensar en una sola vez que me hubiera hecho sentir valorada. Ni un solo ejemplo. Y cuando rompí con él, su mayor preocupación fue que hubiera encontrado a otro.
Se me tensa la mandíbula.
—¿Le contaste lo nuestro?
—No exactamente. Pero sabe que hay alguien. Dijo que iba a averiguar quién es.
—¿Te preocupa eso? ¿Que descubra que soy yo?
Khloe lo considera, haciendo girar la copa de vino entre los dedos.
—Me preocupa cómo reaccionará. Danny no lleva bien el rechazo, y enterarse de que es su padre...
Se interrumpe.
—Déjame a mí preocuparme por Danny. Puedo lidiar con mi hijo.
—¿Y si no puedes? ¿Y si esto destruye tu relación con él para siempre?
Extiendo el brazo por encima de la mesa y le tomo la mano.
—Entonces es un precio que estoy dispuesto a pagar. Vales más para mí que su aprobación.
Se le llenan los ojos de lágrimas.
—¿Lo dices en serio?
—Nunca he hablado más en serio.
Terminamos la cena hablando de cosas más ligeras, pero veo la preocupación que aún asoma en sus ojos. Las amenazas de Danny la han afectado más de lo que quiere admitir.
Cuando entramos, sirvo dos copas de champán.
—Por tu libertad —digo, alzando la copa.
Bebemos, y luego dejo las copas a un lado y la estrecho entre mis brazos.
—Estoy muy orgulloso de ti —murmuro contra su pelo—. Por elegirte a ti misma. Por elegirnos.
—No fue como elegir. Fue como si fuera la única opción.
—Porque lo era. Siempre fuimos inevitables, nena. Desde el momento en que te vi en aquel restaurante.
Se aparta para mirarme.
—¿Lo éramos?
—Sí. Solo necesitabas tiempo para darte cuenta.
La beso, despacio, profundamente, con todo lo que siento por ella. Amor, orgullo, posesión, gratitud. Cuando nos separamos, los dos respiramos agitados.
—Te deseo —susurra.
—Me tienes. Por completo.
—No, me refiero a que te deseo. Quiero estar contigo, del todo.
Sus palabras me paran el corazón. Está hablando de entregarme su virginidad, de dejar que la haga mía por completo.
—Khloe.
—Estoy lista. Quiero que mi primera vez sea contigo, que sea por amor y no solo por... conformarme.
La confianza en su voz me conmueve profundamente. Me está ofreciendo algo precioso, algo que no se puede recuperar. Y lo deseo más de lo que he deseado nada en mi vida.
Pero todavía no. No hasta que haya hecho esto oficial.
—Esta noche no —digo, aunque me mata.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque mereces más que solo sexo, nena. Mereces todo.
Un destello de confusión le cruza el rostro.
—No entiendo.
—Lo sé. Y no puedo explicártelo ahora. Pero ¿confías en mí?
Me estudia la cara, y lo que ve debe tranquilizarla porque asiente.
—Confío en ti.
—Bien. Pero eso no significa que no podamos celebrar de otras maneras.
La llevo a la cocina y la apoyo contra la encimera donde hemos estado antes.
—¿Qué te parecería vivir aquí?
—¿A qué te refieres?
—A vivir aquí de forma permanente. A mudarte conmigo.
Abre mucho los ojos.
—Eso es un paso muy grande.
—¿Estás lista para dar pasos grandes?
—La situación con mi compañera de piso es terrible. Megan nunca limpia, trae tíos constantemente, y lleva tiempo pidiéndome que me vaya porque su novio quiere mudarse.
El alivio me inunda.
—¿Entonces eso es un sí?
—Sí. Dios, sí. Odio ese apartamento.
—Bien. Trasladaremos tus cosas este fin de semana.
La subo a la encimera y me coloco entre sus piernas. Mis manos se deslizan por sus muslos, subiéndole el vestido.
—Quiero celebrar que estés aquí conmigo. Que seas completamente mía.
Jadea cuando aparto las bragas a un lado, dejándola expuesta a mis caricias. Ya está húmeda, lista para mí.
—Ahora eres mía —digo mientras deslizo dos dedos en su interior—. Completamente mía. Oficialmente mía.
—Sí —susurra—. Toda tuya, papi.
La acaricio con los dedos mientras beso su cuello, su garganta, ese punto sensible detrás de la oreja que la hace gemir. Es tan entregada, tan perfecta, y es mía.
—¿Sabes lo que voy a hacerte? —murmuro contra su piel.
—¿Qué?
—Voy a mimarte. Voy a adorarte. Voy a asegurarme de que nunca vuelvas a dudar de lo que vales.
—Lance...
—Voy a despertar a tu lado cada mañana, volver a ti cada noche. Vas a ser todo mi mundo.
Se corre con un grito, su cuerpo contrayéndose alrededor de mis dedos, y la guío a través del orgasmo, prolongando cada ola de placer.
—Te amo —jadea cuando puede volver a hablar.
—Yo también te amo, nena. Más de lo que imaginas.
Y así es. Tanto, que voy a hacer esto bien. Tanto, que voy a darle todo lo que se merece, empezando por una propuesta que le demuestre lo mucho que significa para mí.