Enamorándome del padre de mi novio (Padres prohibidos nº 3) Lance
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Lance

Jennifer ha preparado la sala de conferencias con agua, café e informes preliminares sobre posibles alianzas educativas. Todo tiene un aspecto legítimo, profesional, intachable.

Exactamente lo que necesito que parezca.

Estoy de pie junto a la ventana de mi despacho, observando la calle e intentando calmar la expectación que me recorre las venas. Hace años que una reunión no me provoca esta emoción. Hace más tiempo del que quiero reconocer que no siento este deseo por nada.

—Ya está aquí —anuncia Jennifer desde la puerta.

El pulso se me acelera.

—¿En la sala de conferencias?

—Se lo ofrecí, pero ha pedido ir al baño primero. Nervios, seguramente.

Chica lista. Se toma un momento para recomponerse antes de entrar en lo que probablemente sospecha es algo más que una simple reunión de negocios.

—Dale cinco minutos y luego hazla pasar.

Jennifer asiente y desaparece. Aprovecho para comprobar mi aspecto en el reflejo de la ventana. Traje gris marengo, corbata azul que realza mis ojos, colonia pero sin pasarme. Parezco un hombre de éxito, poderoso, controlado.

No parezco un hombre a punto de seducir a la novia de su hijo.

Unos golpes suaves en la puerta anuncian su llegada.

—¿Señor Van Baars? Khloe Quan ha llegado para la reunión.

—Hazla pasar.

La puerta se abre y Khloe entra en mi despacho.

Lleva un blazer azul marino sobre una blusa color crema y pantalones oscuros.

Profesional, conservadora, apropiada para una reunión de negocios.

Pero la tela se ciñe a sus curvas de un modo que me seca la boca, y cuando se mueve, vislumbro un encaje bajo la blusa que me hace desear explorar con las manos.

—Khloe —digo, levantándome y rodeando el escritorio—. Gracias por venir con tan poco tiempo de aviso.

—Señor Van Baars.

Me tiende la mano y se la estrecho, reteniéndola un instante más de lo necesario. Su piel es suave, cálida, y recuerdo exactamente la sensación de cuando le toqué el rostro hace tres noches.

—Lance, por favor. Ahora trabajamos juntos.

—¿Ah, sí? —Ladea la cabeza, estudiándome el rostro—. No estaba segura de que fuera una oferta de trabajo real.

Directa. Me gusta. No va a fingir que esto es puramente profesional, igual que yo tampoco pienso hacerlo.

—Es real —digo—. Llevo meses dándole vueltas a programas de extensión educativa. Tu formación te convierte en la candidata perfecta para el puesto.

—¿Mi formación, o el hecho de que estoy saliendo con tu hijo?

La pregunta flota entre nosotros, cargada de implicaciones. Me está retando, tanteando si admitiré que esto es personal.

—Tu formación —respondo con firmeza—. Danny no tiene nada que ver con esto.

No es del todo cierto, pero tampoco del todo falso. Ya estaba considerando programas educativos antes de conocerla. Tiene el perfil perfecto. Que quiera tenerla a solas y explorar cada centímetro de su cuerpo es solo un incentivo añadido.

—¿Nos sentamos? —Señalo la mesa de reuniones.

Asiente y se sienta frente a mí. Despliego los informes que preparó Jennifer, agradecido de tener algo en lo que concentrarme aparte del aspecto de los labios de Khloe o de cómo se le entreabre la blusa cuando se inclina hacia delante.

—Van Baars Development siempre se ha centrado en construir comunidades —comienzo—. Pero quiero ampliar esa misión. Crear programas que apoyen a quienes viven en esas comunidades.

—¿Qué tipo de programas?

—Iniciativas extraescolares para niños en riesgo. Lo mismo que ya estás haciendo, pero con financiación y recursos adecuados.

Se le enciende el interés en los ojos. Interés genuino, no la atención cortés que muestra la gente cuando quiere quedar bien con un posible empleador.

—Los invisibles.

—Exactamente. —Me inclino hacia delante, cautivado por su pasión—. Entiendes lo que necesitan estos niños porque los ves.

—No puedes enseñarle a multiplicar a alguien que no sabe de dónde va a salir su próxima comida.

—Por eso quiero que diseñes el programa. Que decidas qué es lo que más necesitan estos niños, qué marcaría mayor diferencia en sus vidas.

—Es increíble. —Me mira fijamente desde el otro lado de la mesa—. ¿De verdad me dejarías crear algo desde cero?

—Insistiría en ello. Tu visión, tu experiencia, presupuesto ilimitado dentro de lo razonable.

—¿Cuál es la trampa?

Chica lista. En mi mundo, siempre hay trampa.

—No hay trampa. Quiero hacer algo que valga la pena con mi dinero. Tú quieres ayudar a niños olvidados. Los dos conseguimos lo que queremos.

Me escudriña el rostro en busca de engaño o segundas intenciones. No las encontrará, porque mis intenciones son exactamente las que he expresado. Sí quiero financiar programas educativos. Sí creo que es perfecta para el trabajo.

Que trabajar juntos me dé razones legítimas para pasar tiempo con ella es simplemente buena estrategia.

—¿Cuándo querrías empezar?

—De inmediato. Trabajaríamos codo con codo para asegurarnos de que todo esté a la altura de nuestras expectativas.

La expresión «codo con codo» flota en el aire entre nosotros. Colaboración profesional con matices personales.

—Solo hay un problema —dice en voz baja.

—¿Cuál?

—Danny. Esto no le va a gustar.

Oír el nombre de mi hijo no debería afectarme, pero me afecta. Me recuerda que ella sigue siendo técnicamente su novia, que sigue durmiendo en su cama, que sigue fingiendo que su relación tiene futuro.

—¿Por qué iba Danny a oponerse a que aceptes un trabajo que impulsa tu carrera?

—Porque implica pasar tiempo contigo. Y después de...

Se interrumpe, pero los dos sabemos lo que está pensando. Después de la otra noche, hay algo entre nosotros. Algo que no tiene nada que ver con los negocios y todo que ver con cómo nos miramos por encima de una mesa durante la cena.

—Aquello fue para que no pasaras tu aniversario sola. Esto es para que tengas la carrera que mereces.

—¿Lo es?

Otra pregunta directa. Otro desafío. No va a dejarme esconderme detrás de pretextos profesionales.

—Sí —digo, sin apartar la mirada—. Y también para pasar tiempo con alguien que comparte mi visión de ayudar a niños que necesitan quien los defienda.

—¿Solo eso?

—¿Qué más podría ser?

—No lo sé. Dímelo tú.

Nos miramos fijamente por encima de la mesa de conferencias, el aire cargado de un deseo que ninguno se atreve a nombrar.

Podría decirle la verdad. Admitir que no he podido dejar de pensar en ella desde nuestra cena.

Confesar que quiero mostrarle cómo trata un hombre de verdad a una mujer como ella.

En cambio, me levanto y me dirijo a las ventanas con vistas a la ciudad.

—Creo que deberíamos continuar esta conversación cenando —digo—. En algún lugar más cómodo donde podamos hablar de los detalles sin interrupciones.

—¿Cena?

—Cena de negocios.

Es una excusa transparente, y ambos lo sabemos. Pero le ofrece una coartada, nos da a los dos una forma de fingir que esto sigue siendo profesional.

—No sé si es buena idea.

—¿Por qué no?

—Porque... —se levanta y viene hacia mí junto a la ventana, parándose tan cerca que puedo oler su perfume—. Porque no creo que ninguno de los dos sea muy bueno fingiendo que esto es solo trabajo.

Su franqueza me sacude. Está admitiendo lo que ambos sabemos, aquello que llevamos esquivando desde que entró en mi despacho.

—Tienes razón —digo en voz baja—. No lo somos.

—Entonces, ¿qué estamos haciendo aquí, Lance?

La forma en que pronuncia mi nombre me llega directa a la entrepierna. Me vuelvo hacia ella, y está tan cerca que podría tocarla, tan cerca que podría besarla, tan cerca que podría empujarla contra el cristal y mostrarle exactamente qué estamos haciendo aquí.

—Vamos a cenar —digo—. Y vamos a ver qué pasa.

—¿Y Danny?

—Danny tomó su decisión cuando olvidó tu aniversario. Ahora tú puedes tomar la tuya.

Me mira fijamente, y puedo ver la batalla que se libra tras sus ojos. La buena chica Khloe, la que no rompe las reglas, contra la mujer cansada de conformarse con menos de lo que merece.

—De acuerdo —dice al fin.

—¿De acuerdo?

—Cena. Pero en algún lugar público, algún lugar seguro.

Sonrío, porque es lo bastante lista para saber que necesita protegerse de mí, de esto, de lo que le hago sentir.

—Conozco el lugar perfecto.

***

Esa noche, estamos sentados en un reservado de Canlis, el restaurante más exclusivo de Seattle. El comedor da a Elliott Bay, las velas parpadean sobre la mesa entre nosotros, y apenas hemos tocado el vino carísimo que pedí.

—Esto no parece muy seguro —dice Khloe, señalando lo que nos rodea.

—¿Seguro en qué sentido?

—Seguro como que no voy a hacer algo de lo que me arrepienta.

—¿Como qué?

Da un sorbo de vino, y observo cómo asoma la lengua para atrapar una gota en el labio.

—Ya sabes qué.

—Quiero oírte decirlo.

—Lance.

—Dilo, Khloe.

—Como besarte. Como olvidar que se supone que estoy con otra persona. Como dejarte llevarme a casa y mostrarme lo que me he estado perdiendo.

La confesión queda flotando entre nosotros, cruda, honesta, llena de posibilidades.

—¿Y qué crees que te has estado perdiendo?

—Todo —susurra.

Es toda la invitación que necesito. Me levanto, rodeo la mesa hasta donde está ella, le retiro la silla y le ofrezco la mano.

—Ven conmigo.

—¿Adónde?

—A mi casa. Deja que te enseñe qué es todo.

Se queda mirando mi mano extendida un largo momento, y puedo ver cómo toma la decisión. La buena chica Khloe o la mujer dispuesta a coger lo que quiere.

Toma mi mano.

El trayecto hasta mi ático transcurre en un silencio cargado. Khloe va sentada en el asiento del copiloto de mi BMW, con las manos cruzadas en el regazo, la respiración ligeramente agitada. Puedo sentir la tensión que emana de ella, la expectación, los nervios, el deseo.

—No tenemos que hacer nada que no quieras hacer —digo mientras entramos en el garaje de mi edificio.

—Lo sé.

—Puedes cambiar de opinión en cualquier momento.

—También lo sé.

—Bien.

Subimos a mi ático en el ascensor, en silencio. Cuando las puertas se abren directamente al salón, Khloe sale y mira a su alrededor con los ojos muy abiertos.

—Esto es increíble —dice, contemplando los ventanales, los muebles modernos, la vista de la ciudad extendiéndose a nuestros pies.