Enamorándome del padre de mi novio (Padres prohibidos nº 3) Lance #2
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Lance #2

—¿Te apetece vino? ¿Café?

—Café, gracias.

Voy a la cocina y enciendo la cafetera, consciente de su presencia mientras ella recorre el salón. Se detiene frente a las ventanas, contemplando las luces de Seattle.

—Es hermoso —dice ella.

—Tú también lo eres.

Se gira para mirarme, y el deseo en sus ojos casi me hace caer de rodillas.

—Lance.

—Ven aquí.

Se acerca a mí lentamente, y cuando está lo suficientemente cerca para tocarla, extiendo las manos hacia ella. Enmarco su rostro con las manos, acariciándole los pómulos con los pulgares, y ella se inclina hacia mi contacto como si lo hubiera anhelado desesperadamente.

—Dime qué quieres —digo en voz baja.

—Quiero olvidarme de todo lo demás. Quiero sentirme importante, valorada, deseada.

—Eres deseada. Jodidamente deseada.

Me inclino y la beso, y ella se derrite contra mí de inmediato. Su boca es suave, ansiosa, perfecta. Sabe a vino y a posibilidades, y cuando gime suavemente contra mis labios, estoy perdido.

Profundizo el beso y la hago retroceder contra la encimera de la cocina, presiono mi cuerpo contra el suyo para que sienta exactamente cuánto la deseo. Jadea cuando nota mi erección contra su cadera y se aferra a mi camisa.

—Lance —susurra contra mi boca.

—¿Qué necesitas, cariño?

—Necesito... No lo sé. Nunca he...

Se interrumpe, avergonzada, y la comprensión me golpea como un rayo.

—Nunca te han cuidado como es debido, ¿verdad?

Niega con la cabeza, y la furia me invade. Furia hacia mi hijo por desperdiciar a esta mujer increíble, por no adorarla como merece.

—Deja que papi te cuide —murmuro contra su oído.

Se queda completamente quieta en mis brazos.

—¿Qué?

—Deja que te cuide, nena. Deja que te muestre lo bueno que puede ser.

—¿Papi?

La palabra sale sin aliento, vacilante.

—¿Te gusta eso? ¿Te gusta llamarme papi?

—Yo... no lo sé. ¿Quizá?

Me aparto para mirarla a la cara, veo la confusión y la excitación batallando en su expresión.

—Está bien si no te gusta. Eres tan joven, tan dulce. Y quiero protegerte, mimarte, satisfacer todas tus necesidades.

—¿Todas mis necesidades?

—Todas y cada una.

La levanto sobre la encimera y me coloco entre sus piernas. Mis manos se deslizan por sus muslos con lentitud reverente. Jadea ante el contacto, echa la cabeza hacia atrás contra el armario, y puedo ver el pulso latiendo en su garganta.

—Eres tan hermosa —murmuro mientras deposito suaves besos en su cuello—. ¿Alguien te ha dicho alguna vez lo perfecta que eres?

Niega con la cabeza, y la furia crece en mi pecho. Mi hijo ha tenido a esta diosa durante un año y nunca la ha hecho sentirse adorada.

—Déjame probarte —digo mientras llevo la mano al botón de sus pantalones—. Déjame mostrarte lo preciosa que eres.

—Lance, no sé si... Nunca he...

Su confesión me detiene en seco.

—¿Nunca qué, cariño?

—Nadie nunca ha... Danny nunca quiso...

Se interrumpe, avergonzada.

La rabia que me invade es volcánica. Danny nunca le ha hecho sexo oral. Nunca la ha adorado como merece. Nunca la ha hecho sentirse el tesoro que es.

—Deja que papi te cuide —digo contra su oído—. Déjame mostrarte lo bien que se siente ser adorada.

Esta vez, cuando lo digo, no lo cuestiona. En cambio, asiente, con los ojos oscurecidos de deseo y confianza.

Me deshago de sus pantalones y bragas con rapidez, pero con delicadeza, como si desenvolviera el regalo más precioso. Cuando le separo los muslos, gimo ante lo que encuentro. Está rosada, húmeda y reluciente para mí.

—Mírate —susurro—. Tan mojada, tan lista. ¿Has estado pensando en esto, nena? ¿En la boca de papi sobre ti?

Asiente, demasiado agitada para hablar.

—Eres perfecta —le digo mientras deposito suaves besos en la cara interna de sus muslos—. Absolutamente perfecta. Voy a tomarme mi tiempo contigo, voy a hacerte sentir tan bien.

Cuando por fin paso la lengua por su centro, grita como si la hubiera tocado con fuego.

—¡Oh, Dios, Lance!

—Papi —corrijo suavemente contra su piel—. Di papi, nena. Déjame oír cuánto necesitas esto.

—Papi —jadea, y la palabra me va directa a la polla.

La trabajo lentamente, metódicamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Mi lengua explora cada pliegue, cada punto sensible, aprendiendo qué la hace jadear, qué la hace gemir, qué hace que sus manos se aferren a mi pelo.

—¿Se siente bien esto, cariño? —pregunto, haciendo una pausa para mirar su rostro sonrojado.

—Sí —jadea—. Tan bien. No lo sabía. Nunca supe que podía sentirse así.

—Eso es porque nadie te ha cuidado como es debido. Pero papi lo hará. Papi va a hacerte sentir como una reina.

Vuelvo a mi adoración, usando la lengua para trazar patrones que hacen temblar sus muslos. Cuando deslizo un dedo dentro de ella, está tan apretada que casi pierdo el control.

—Relájate para mí, nena. Deja que papi entre.

Es increíblemente receptiva, su cuerpo canta bajo mis caricias. Cuando se corre la primera vez, grita mi nombre, con la espalda arqueada contra el armario. Pero no me detengo.

—Otra vez —ordeno contra su carne sensible—. Dale a papi otra.

—No puedo —gimoteó—. Es demasiado.

—Sí puedes. Eres tan fuerte, tan perfecta. Déjate ir.

Cuando se corrió por segunda vez, me llamó Papi, y el sonido fue pura gloria.

Continué mi dulce asalto; mi lengua y mis dedos actuaban en perfecta armonía para llevarla más alto de lo que jamás había estado. Su cuerpo temblaba, hipersensible, pero sentía otro orgasmo gestándose.

—Por favor —jadeó—. Papi, por favor, no sé si puedo soportar otro.

—Solo uno más, nena. Uno más para demostrarle a Papi lo buena que puedes ser.

Con el tercer orgasmo, sollozaba de placer, las manos hundidas en mi cabello, el cuerpo completamente rendido a mi control. Lágrimas de puro éxtasis le corrían por las mejillas.

—Por favor —jadeó—. Por favor, Papi, no puedo más.

Me aparté y alcé la vista hacia ella, contemplando su rostro sonrojado, su melena revuelta, cómo me miraba como si acabara de revelarle el sentido de la vida.

—Eres perfecta —le dije, depositando besos suaves en sus muslos—. Jodidamente perfecta. Sabes a gloria. Así deberían tratarte cada día. Eso fue solo una muestra de cómo quiere adorarte Papi.

Me levanté y la estreché entre mis brazos, sosteniéndola mientras se recuperaba. Aún temblaba, aún sobrepasada por lo que acababa de ocurrir.

—No tenía ni idea —susurró contra mi pecho—. Nunca imaginé que pudiera ser así.

—Siempre puede ser así conmigo. Nunca te daré por sentada, nunca te dejaré insatisfecha. Papi va a cuidar muy bien de ti.

Me miró fijamente, y pude ver el momento exacto en que se rindió por completo a esto, a nosotros, a lo que fuera que estuviéramos convirtiéndonos.

—Sí, Papi —susurró.

Y supe que la tenía exactamente donde la quería.